miércoles, 12 de octubre de 2016

Cruces vividos


El tren paró por fin en la estación después de una larga y perezosa frenada. Los viajeros que debían apearse en ella, contagiados en apariencia por el proceder de aquél, tampoco tenían prisa por abandonar sus plazas y bajar al andén con sus equipajes; es cierto que no ayudaba en nada que estuviera lloviendo de manera copiosa. Una joven, con una pesada mochila a la espalda que abultaba casi tanto como ella, se dirigía hacia la sala de espera del vestíbulo atravesando con parsimonia el andén; no tendría mucho más de dieciséis o diecisiete años pero su rostro llevaba grabado el recuerdo de más de una batalla, de esas en las que todos salen perdiendo. Imaginando qué le depararía el destino a corto plazo, tardó en percatarse de que alguien le protegía de la lluvia con un amplio paraguas multicolor. Levantó la mirada para agradecer el gesto con una sonrisa sincera y balbuceó un tímido «gracias» cuando, ya bajo techo, se detuvo y vio cómo caballero y paraguas desaparecían por la puerta que daba acceso a la calle. Se sentó en un banco corrido cuyo asiento no era sino una traviesa de madera de las que se habían retirado del tendido del ferrocarril años atrás; ni que decir tiene que encajaba a la perfección en la decoración de tan ferroviario entorno. Allí, sentada y sin la carga a la espalda, la joven dudaba del acierto en la decisión que acababa de tomar días atrás, a la par que intentaba identificar qué había visto de familiar en aquella expresión cuando su portador lanzó al aire un cariñoso «de nada» antes de desdibujarse tras una cortina de agua. De pronto sintió un vacío interior, algo así como una llamada que le recordaba que no había probado bocado desde la mañana, y ya estaba anocheciendo. Esperó a que escampara y se adentró en las conocidas calles de la conocida ciudad con la firme intención de hacer caso a la primera señal de bar o taberna que le brindara una puerta abierta.
Se acomodó en una de las mesas más pequeñas que encontró frente a la barra de una pequeña pero coqueta taberna y esperó a que le atendieran. El personal no se hizo de rogar. No había terminado de otear la peculiar decoración del establecimiento cuando un joven que no tendría muchos más años que ella carraspeó al objeto de llamar su atención y a continuación le ofreció la carta; volvió al cabo de unos instantes para conocer su elección. La chica cenó con avidez un menú del día tras lo que depositó en el platillo destinado a tal efecto el doble de lo que se indicaba también en una pizarra colocada en un lateral de la barra.
Ya se disponía a abandonar el mesón, mientras observaba otro de los aperos que le conferían su rústico aspecto, cuando oyó a sus espaldas:
—Perdone, señorita, creo que ha tenido una confusión al abonar la cuenta —dijo acercándose a ella.
—No, no, está bien así —y guiñó un ojo sin saber muy bien por qué lo hacía—, lo que sobre es para usted, quiero decir, para ti —rectificó al reparar en la juventud del camarero.
El chico no tuvo tiempo de agradecer semejante gesto porque enseguida ya sólo alcanzó a ver una mochila flotando en el húmedo aire, alejándose. Dio media vuelta y volvió a sus quehaceres con ánimos renovados; si seguía teniendo tanta suerte con las propinas, pronto podría pagarse ese curso de francés que tanto le motivaba.
Acabada la jornada de trabajo, decidió dar un rodeo para llegar a casa y así pasear un poco aprovechando lo bonancible del clima. Al pasar por una calle que hacía tiempo no transitaba pero que recordó por un anuncio, divisó un bulto a lo lejos, en la acera, pegado a la pared. Al alcanzar su posición, el bulto cobró vida y le demandó una ayuda mediante gestos. El consideró oportuno y justo compartir sus propinas del día con aquella persona y así lo hizo, bien podría esperar unos días más para inscribirse en el curso. Depositó su colaboración —su mente se negaba a denominarla limosna— en el recipiente en forma de boina mutilada, por faltarle el rabo, y continuó su camino aún más alegre si cabe, silbando…
El vagabundo murmuró una especie de agradecimiento que ya nació mudo por los efectos del alcohol y se volvió a dormir con el dinero bien asido dentro de uno de los bolsillos de su ajado y sucio gabán. Tuvo un sueño placentero. Cuando despertó, con resaca pero consciente, lo hizo con la intención de cumplirlo.
Ordenó y adecentó lo que pudo su «zona de confort» y se acercó hasta un parque cercano. Allí se sentó en el único banco que vio vacío y sacó de su vieja cartera un trozo de papel algo sucio e irregular y un lápiz que se había quedado en casi nada después de las múltiples veces en las que le debían haber sacado punta. Meditó unos instantes y garabateó unas frases con más pasión que buena caligrafía, después firmó entre dos lágrimas que secó con una manga. A continuación corrió al supermercado de la esquina y compró una botella de agua. Tomó un largo sorbo y empezó a caminar con rumbo fijo; ya no le temblaban ni manos ni piernas.
Un joven trajeado entró al portal de su vivienda y recogió la correspondencia a media tarde, cuando regresó de completar su jornada laboral. En su buzón encontró publicidad, demasiada, alguna que otra factura y un papel roto y arrugado del que sospechó algo, lo que evitó que lo tirara a la papelera creyéndolo una broma. Antes de desplegarlo según subía las escaleras, le dio un vuelco el corazón, aunque enseguida se serenó y lo envolvió una paz que le quitó de encima y de golpe el peso de diez años cuando leyó lo que le decían mediante aquella letra tan familiar. Entró a su apartamento, bebió un botellín pequeño de agua de un solo trago y se cambió de ropa; se deshizo del traje y se puso algo informal, deportivo. Salió a la calle creyendo saber a dónde se dirigía; lo hacía con algo de temor, mas también con esperanza. De repente empezó a tararear una canción que no había oído en los últimos años, quizá desde aquel portazo, desde aquella separación. Aceleró el paso para imitar a su ritmo cardíaco y al doblar una esquina lo vio allí, al fondo, lejos pero ¡tan cerca...! Ya no era un bulto, sino una silueta erguida que desafiaba a su pasado reciente desde una recuperada sobriedad. Parecía que esperara algo o a alguien, o algo de alguien. Comenzó a llover. Abrió su paraguas y se cubrió con él, y también a un transeúnte que, distraído y poco consciente de que se estaba empezando a empapar, repetía una y otra vez palabras en un francés poco ortodoxo. Se giró para agradecer el gesto y se atrevió a probarse con un «merci, merci beaucoup», lo que hizo que se sintiera orgulloso, no en vano aún no había comenzado ese curso tan deseado.
La escena anterior fue observada por un varón que no había tenido el reflejo de llevar consigo su paraguas multicolor y que, en la otra acera, se refugiaba bajo unos balcones centenarios que desafiaban la ley de la gravedad.
Cuando el joven del chándal estaba al llegar a su destino se quedó sin la compañía que compartió su paraguas durante unos pocos metros, porque aquélla entró en un portal, al que adornaba una placa anunciando una academia de idiomas, mientras repetía las dos agradecidas palabras que se sabía tan bien; un segundo después vio llegar a una chica que, despojada de carga a la espalda, de un salto se abrazó a la silueta que ya no era tal; pensó en acercarse a ambos y abrazarlos, y así lo hizo, y al hacerlo sintió que estaba recuperando a un padre y a una hermana, a su padre perdido y a su hermana viajera.
***
Acaba de parar de llover, lo que aprovecha una figura anónima para cruzar a la acera de enfrente y entrar en un portal que por medio de un cartel anuncia una academia de idiomas en su interior. Es cierto que acaba de salir de allí hace un cuarto de hora escaso, cuando terminó su jornada de profesor de francés, pero debe regresar para recoger el objeto que se dejó olvidado, más que nada por si se le vuelve a necesitar para seguir con ese juego de vidas cruzadas, el de los «cruces vividos».

© Patxi Hinojosa Luján, escrito en Sada, entre la casa de Marilén y Javi y su bar, el Rincón de Burgos; ¡gracias por la hospitalidad!
(12/10/2016)