jueves, 12 de enero de 2017

Inevitable


No necesitaba mirar más por la ventana para saber que el cielo de otoño seguía apareciendo herido, con esas vendas en forma de espesa bruma y nubes bajas que así lo atestiguaban. Además, los escasos espacios que se libraban de aquellas brindaban una claridad que no lograba imponerse, a pesar de su azulado optimismo.
Era viernes y tenía la tarde libre, por lo que la perspectiva de un fin de semana más largo de lo habitual debería de haberle otorgado un plus de calma que no encontró; al contrario, incluso tuvo que doblar la dosis del ansiolítico que le permitía mantener su rutina diaria con un mínimo de dignidad para conseguir retener el galope de su corazón y devolverlo al redil del trote nervioso.
Algo no iba bien y él lo sintió como cuando la aguja coquetea con la piel antes de introducirse en ella, con la certidumbre de que al final va a acabar haciéndolo; esa certidumbre anuló todo atisbo de sorpresa en la llamada telefónica que no tardó en recibir.
Tenía en sus manos un libro abierto que no leía, y en el giradiscos un long play que oía pero no escuchaba, a pesar del esfuerzo que ponía por llamar su atención, cuando el agudo e intermitente tono le obligó a levantarse para atender esa llamada. Con gesto serio y latidos contenidos, prestó atención a cuanto se le dijo desde el otro lado de la línea para, antes de colgar, responder:

Está bien, entendido… voy enseguida.

Cogió la primera prenda de abrigo que encontró y cerró la puerta tras de sí, llevándose consigo la incertidumbre y el nerviosismo que le ocupaban por completo mente y cuerpo, y dejando dentro el anhelo de encontrarse a la vuelta habiendo, de una vez por todas, pasado página…

Llegó jadeando al que había sido su portal durante todos aquellos años que ahora le parecían tan lejanos. Respiró hondo tratando de deshacerse de, al menos, parte de su nerviosismo y empezó a subir las escaleras, intentando alargar el tiempo, aspirando a llegar arriba algo más preparado…

«¿Cómo se prepara uno para lo inevitable?»

Apartó ese pensamiento tratando de no adelantarse a los acontecimientos y encaró el último giro en las escaleras antes de enfrentarse, quizá, a la nueva visión de su futuro, a su nueva versión.
Cuando llegó, vecinos, conocidos y amigos se agolpaban ya delante de la puerta de la vivienda, una vivienda que él había ocupado veintiuno de sus primeros veintidós años de vida, pero que desde hacía mucho tiempo sentía como extraña y ajena.
Los que parecían ser los jefes de las patrullas de bomberos y policía local desplazadas al lugar le pusieron al corriente de las fundadas sospechas que tenían por mor de la información de que disponían en base a testimonios de vecinos y familiares. Ambos, por su experiencia, se temían lo peor; pero lo peor para unos puede que no lo sea para otros muchos, ya nos advirtió Einstein de lo relativo que es todo.
Le iban a informar también de la operación que ya se estaba llevando a cabo en esos mismos momentos cuando un ruido de llaves y cerraduras les alertó de que en breve saldrían de dudas.
La puerta se abrió desde dentro dejando paso a la visión de un miembro del Cuerpo de Bomberos que, con un clarificador movimiento de barbilla, mientras cerraba los ojos por un segundo debido al cansancio por la tensión, confirmaba la versión de las conjeturas previas. Un silencio hiriente y seco apareció con él. Un silencio mezclado con un espeso, viciado y asfixiante olor, desconocido para él hasta entonces, que dejó paso a más, a mucho más…

Se identificó y, acompañado de dos familiares, entró a la vivienda a cámara lenta como si tuviera echado el freno de mano, intuyendo la desagradable escena que podría encontrarse allí, aunque no la intensidad de la misma, ni a nivel físico ni afectivo. 
Allí dentro el universo parecía haber girado sobre un eje inexistente y sus leyes haber rendido pleitesía al desorden: se podía oler el silencio, se podían oír los zumbidos del penetrante olor, como si las partículas en suspensión que lo constituían asemejaran un enjambre de ruidosas abejas; tan denso era…
Y entonces lo vio en el suelo del salón: arrodillado contra un sofá, inerte, con signos de un evidente rigor mortis, producto del paso de varios días tal vez. Ese cuerpo sin vida ya no era más que el traje, ahora inservible y en un estado desolador, que un día vistió a una persona, su padre; mas este ya no estaba, hacía bastante más tiempo del que se podría suponer que había abandonado este mundo. Mucho antes de esta última caída, tuvo otra de relevancia extrema cuando, sobrio entre dos fases de embriaguez, decidió que no se enfrentaría a la enfermedad, que nunca reconocería padecerla…
Después de contemplar la estampa con tanto detenimiento como congoja y realizar el preceptivo reconocimiento para el que fue requerido, expresó un sentido agradecimiento al valiente que se había descolgado desde el piso superior a través de la fachada de un patio exterior hasta acceder a la vivienda, entrando por una de sus ventanas, donde hizo el macabro descubrimiento. Esperó fuera mientras preparaban el cadáver y no abandonó el lugar hasta que se lo llevaron los operarios de la funeraria.
Tuvo claro enseguida que aquella ensalada de sensaciones perduraría para siempre en su cerebro.
Volvió a su hogar ya sin presión a pesar de la asunción de todos los trámites que quedaban por realizar y con la ligereza de quien acaba de quitarse un gran peso de su mochila, aunque evitó que nada de esto apareciese en su rostro con disfraz alguno, ni de tristeza ni de sonrisa. Se dejó caer en su sillón favorito, cerró los ojos, constató la otra vez regular y ya más baja cadencia de sus pulsaciones y abrazó aquel anhelo, ahora convertido en certeza, la certeza de lo inevitable…

© Patxi Hinojosa Luján
(12/01/2017)