miércoles, 8 de marzo de 2017

Kilómetro 0


Saco el brazo izquierdo por la ventanilla, abierta a pesar de que la brisa mañanera aún mantiene bastante del frío de la noche. En ocasiones me gusta conducir un rato así, es como si me estuviera comiendo un dulce de algún sucedáneo de libertad. Sé que no debo, que me expongo a una multa, a un resfriado, ¿quizá a una subida de azúcar…? Aun así aguanto unos minutos que aprovecho como horas tras lo que restablezco extremidad y cristal a unas posiciones más correctas para evitar el riesgo de esos posibles castigos.
Al principio de la ruta me incomoda el blanco amarillento enceguecedor del Sol, dificulta al máximo mi visión al remontar por encima del horizonte; mas hoy las nubes son mis aliadas y enseguida corren a esconderlo hasta que, acercándome a la mitad del trayecto, mi rumbo gira a sureste impidiendo a aquel retarme de frente. Libero entonces de su tarea a mis socias, que se retiran silenciosas dejando un cielo limpio y cálido, transparente hasta el azul celeste.
Disfruto de las vistas del recorrido hasta mi destino, sito en el kilómetro cero de mis excursiones, punto de partida de cada una de ellas. En realidad disfruto todo lo que me rodea; sí, desde hace unos meses lo hago a cada instante de este regalo en forma de préstamo que es la vida, no en vano me lo recuerdo en notas autoadhesivas que he situado, como ayuda a mi despistada memoria, en puntos tan estratégicos como la puerta del refrigerador y algún que otro lóbulo de mi cerebro. A pesar de ello, y cuando menos me lo espero, una serie de extrasístoles despiadadas, inesperadas y aterradoras como «la chica de la curva», me traen a la mente imágenes que no por superadas se niegan a desvanecerse para siempre.
Rememoro aquellos días que fueron de plomo y ceniza, de urgencias y desvelos, de ingresos y altas, de disgustos por recaídas, pero también de coraje y esperanza. De victoria al final… No necesito alimentar su recuerdo porque está presente oculto en el traje de camuflaje que se ha calzado en los últimos tiempos, el de la aparente normalidad; e incluso me saluda cada mañana y me desea buenas noches cuando doy descanso a la arena de mi reloj cuando el día ha caducado.
Recapacitando sobre todo ello estoy cuando enfilo el último giro del trayecto y mi corazón sonríe sin latidos que se adelanten. Este viaje llega a su fin pero sé que en breve nuevos proyectos conseguirán que me ponga en acción y abandone el espacio de confort de mi kilómetro cero; también aquel recuerdo, porque os confesaré que, como no frecuento demasiado los carnavales, ahora, a menudo, olvido recordarlo.

© Patxi Hinojosa Luján, recordando a unos «amigos de toda la vida» que conocimos hace 17 meses y que ya entonces nos invitaron a compartir su particular kilómetro cero.
(08/03/2017)