viernes, 20 de octubre de 2017

El comando


[…] Ellos esperan a un aliado, al último, aquel con el que redondearán su macabro plan.
Ellos no están desarmados, lo desalmados nunca lo están, y aguardan pacientes en un sillón en el que se sienten bien cómodos, el de la perversidad; saben que ese aliado aparecerá tarde o temprano y en el comando todos tienen ya el guion de su papel bien aprendido.
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El viento sopla hoy con inusitada fuerza, huracanado. Llegó el momento.
Aunque el calor es sofocante —no resulta fácil portar un pasamontañas—, «Número uno» está preparado; alterna la mirada entre su reloj, a punto de señalar la «hora F», y su mano derecha, que aprieta algo con fuerza. No puede evitar pensar en «Número trece», su colega de juventud, mientras se pregunta si aquel muchacho frágil e introvertido, del que recuerda casi todo pero al que en este instante de máxima tensión no consigue poner cara, será hoy capaz de hacer lo que hay que hacer.
Es triste, pero los miembros del comando, con su lógica radical, interpretan la vida con el prisma equivocado del odio y la venganza; por eso están contra todos, contra el mundo, aunque el mundo no hubiera reparado nunca antes en ellos; o quizá un poco por eso mismo. Queda la duda de si ignoran o no que sus argumentos sólo cobran validez en sus obtusas y enfermas mentes.
Sí, el viento es el aliado definitivo que, sin embargo, reniega de serlo al conocer las intenciones de todos ellos y, sabedor de que no puede cambiar su naturaleza, aúlla soplos lastimeros silenciados bajo sus rugidos de naturaleza enfadada.
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El anciano, cuya vitalidad parece reñida con su carnet de identidad, hace una pausa en la narración para levantar la mirada de un cuaderno sin estrenar y dirigirla hacia un punto de la estancia que no existe; mientras, se acaricia las cicatrices de una de sus mejillas que tampoco el tiempo quiso disimular.
—Abuelito, ¿qué te pasó en la cara?
—Nada, mi niño —responde con tristeza, y vuelve a concentrar la mirada en unas líneas manuscritas que nunca llegó a garabatear, bastante grabadas se quedaron ya en su recuerdo; y apostilla antes de continuar—, nada comparado con lo que les sucedió a otros muchos…
***
Unos nuevos actores aparecen en escena cuando bajan con premura de los camiones cisterna que los han trasladado al terrible escenario creado por el comando. El calor es sofocante, y se hace muy difícil respirar bajo unas mascarillas obstruidas por las partículas tóxicas de la ceniza; pero tienen tanta decisión como solidaridad rebosando de sus conciencias y siguen avanzando por esos caminos que les adentran en el infierno…
La otra opción no la contemplan, no pueden, todavía no… […]

© Patxi Hinojosa Luján
(20/10/2017)