domingo, 29 de noviembre de 2015

Tiraban de él


Tiraba de él
Ese inoportuno infortunio
Disfrazado de enfermedad
Reincidente, injusta.

Tiraba de él
Con bastante más afán
La esperanza encarnada
En batas verdes y azules
Mas también en otras blancas
Tanto como esa nieve
Que suele caer a escondidas
Cuando estamos soñando
Con poder soñar.

Aunque tiraban de él
Con mucha más fuerza aún
Esas líneas por escribir
Pero también, ¡cómo no!,
El cariño de todos esos amigos que
Entretanto
Sintiendo la angustia
En sus encogidos corazones
No descartaban vender
Parte de sus almas
A los diablos de la sanación
Porque, si llegara el caso,
Ni lo dudarían.

Y tiraba de él
Marca innata forjando su carácter
Cada momento que le queda
Por vivir con toda pasión.
A bocanadas…

© Patxi Hinojosa Luján
(29/11/2015)

jueves, 19 de noviembre de 2015

Mientras tanto

El segundero del reloj vital sigue fiel a su movimiento continuo. Aunque no consigue engañarnos, a pesar de que teatralice en la mayoría de sus actuaciones un recorrido circular con el solo objetivo de que vivamos en la ilusión de que nos mantendremos siempre en la misma dimensión espacio temporal, su implacable y recto avanzar hacia delante enlazando «puntos de no retorno» delata su alianza con nuestros destinos mortales. Podría incluso resultar curioso y hasta relajante pararse a contemplar su cadencioso trabajo si no fuera por su cruel significado. Porque en esencia, y por sorprendente que pudiera parecer, jamás se quedará sin energía para cumplir con su atemporal e ingrata misión; y ello por las escasas ocasiones en que es entendida, no digamos ya aceptada…
Nuestro gato pequeño, ajeno al significado de este y de tantos otros aspectos, tanto caseros como trascendentes, ignora que sin la ayuda de su patita delantera izquierda también continuará con su función ese reloj situado justo al lado de donde él ha decidido que debe echarse sus largas siestas; aunque detenga o invierta el recorrido de la manecilla de este, la de aquel seguirá su camino inexorable, cual huida hacia adelante, inevitable…
Por tanto, y ante certezas como esta, de tal calibre y tan incuestionables, estaremos todos de acuerdo en que cualquier circunstancia podrá aplicar la máxima de que «la vida sigue». Por desgracia, lo hace resignada ante la tozuda irresponsabilidad humana, que alterna las dos caras de esa moneda que quisiéramos tener siempre mostrándonos la más amable, la que está libre de esos odios cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, de todos y cada uno de los tiempos…
Y es por todo ello que hoy yo, mientras tanto, he querido cubrir con un tupido y oscuro velo la consciencia de la presencia constante de tal trascendencia, frenar en seco —intentando no pasarme de frenada— la sensación de derrota que nos invade por momentos y hacerme un regalo: deleitarme con el savoir faire de unos familiares, espigados y ágiles dedos. Sí, esos que consiguen que de una guitarra eléctrica, con un halo de modestia que, aunque lo intenta, no logra enmascarar la clase y la maestría que esparce a los cuatro vientos, se extraiga la interpretación de una entrañable bossa nova —alguien podría aducir, en un sutil halago poco disimulado, que con un sonido un tanto «desafinado»—. Y así disfrutar con el espectáculo de ver cómo se van distribuyendo esas notas musicales por nuestro universo cercano al conseguir todas ellas acomodo en alguna de las múltiples —¿será verdad que son infinitas?— partículas cósmicas que nos acompañan y envuelven. Y que ya de paso aprovechan la coyuntura —¡favor por favor, compañeros!— para indagar sobre el origen de aquél, con la esperanza de conseguir saciar algo la tremenda curiosidad que tiene ese ser que comparte nuestra sangre, muchos de nuestros principios y, espero, también algunos de los ideales, y al que hace un tiempo le dio por profundizar en sus estudios para llegar a comprender y dominar el idioma de los acordes hasta llegar a acomodarlos en complejos —por lo menos para mí— pentagramas tan llenos de corcheas y semicorcheas como de exquisita sensibilidad, pero que en esta fase de su vida añade esa mencionada curiosidad, lógica si se tiene en cuenta que estamos hablando de un futuro físico con un porvenir en el que no se enfrentará sino a los límites que él mismo se imponga.
Eso sí, su cada vez mayor curiosidad científica le disputa el tiempo libre a su faceta artística, ganándole terreno en estos últimos tiempos al jugar en su campo y con el árbitro a favor, por lo que al día de hoy nos queda la duda de saber qué aspecto de su identidad acabará llevándose el gato al agua; y aquí no hablamos de nuestro gato relojero, no, ese seguirá en su casi eterna siesta.
En todo caso, quiero pensar que su mañana siempre empieza hoy y que en él encontrará cabida para sus pasiones actuales y para todas las que puedan añadírseles; también para todos sus proyectos e ideales. 
***
A pesar de que Nikita se ha vuelto a dormir, lo oigo ronronear, supongo que sueña felices travesuras felinas; el sonido del segundero de «su» reloj llega de súbito y me hace caer en la cuenta de algo: si has sido capaz de aguantar hasta aquí leyendo mis ocurrencias, compañero, creo que te mereces una última confidencia por hoy, una que abre un poco más mi cada vez menos elástico corazón, ahora que no nos oye nadie…
Sí, el segundero del reloj vital seguirá siendo fiel a su designio de avance imparable. Pero, mientras tanto, en casa seguiremos exhibiendo nuestras orgullosas sonrisas de satisfacción por todos esos valores que le adornan a él y por los que sabemos que esconde detrás de su colorida máscara, de la que se despoja en contadas ocasiones; eso sí, intentaremos mantenerlas bien ocultas a su seductora y celeste mirada el mayor tiempo posible, no es cuestión de usar todos los comodines antes de tiempo…   

© Patxi Hinojosa Luján
(19-23/11/2015)

sábado, 14 de noviembre de 2015

Mirando por encima del hombro


«La vida sigue», es la tonadilla de distracción que siempre acabamos escuchando cuando algo nos azota con actos que desearíamos no fueran más que un mal sueño, justo antes de asumir que no representan sino la más cruda realidad, esa que nos golpea a intervalos calculados que solo los desalmados controlan.
Una vez más, cuántas confidencias, declaraciones, sentimientos, intenciones… se han perdido; cuántos «te quiero», «perdona», «lo siento», «me encantaría», «¿por qué no…?», «podemos intentarlo», «¿bailarías conmigo?», «tú tenías razón», «¡me gustas tanto!», «si tú quieres…», «lo eres todo para mí», «¡qué a gusto estoy a tu lado!», «deberíamos dejarlo aquí»… se han quedado en el intento, «entre bastidores», sin la oportunidad de salir a la escena de esa obra llamada sinceridad cuando habían conseguido lo más difícil, amasar la suficiente valentía, quizá con el tiempo como aliado, para ganar la libertad de escapar del injusto y oscuro silencio.
Es cierto, la vida sigue, pero mientras la acompañemos, continuaremos mirando de reojo de vez en cuando, con una pizca de ansiedad, por encima de un hombro ya desgastado de tanto trasiego visual. Es posible que tengamos que dejar atrás alguna que otra generación hasta que alcancemos la necesaria tranquilidad que nos permita dejar fija la mirada en lontananza buscando con esperanza reconocernos en una raza en verdad humana, o por lo menos con algunos toques de bondad.
Y mientras llega ese momento, me pregunto: ¿llegará?

© Patxi Hinojosa Luján
(13+1/11/2015)

domingo, 8 de noviembre de 2015

Yo también estuve allí


(Personal reseña del concierto presentación del álbum «Cuestión de intensidad» de Txetxu Altube, celebrado el viernes día 16 de octubre de 2015 en la Sala Galileo Galilei de Madrid)

Hay ocasiones en las que las circunstancias de nuestro entorno bajan la guardia y te permiten aplicar la máxima vital de que «en el fondo, al final todo es cuestión de prioridades», y resulta que ese día no otorgaba opción a duda alguna.
Si lo suyo prometía ser «Cuestión de intensidad», lo nuestro era cuestión de expectativas, que las teníamos, y muchas y muy altas. Aunque ya veníamos intuyendo que casi con total seguridad todas se verían desbordadas, lo que ocurrió con ese torrente de emociones que nos deslizó desde y hasta el éxtasis musical y festivo fue como el impacto contra un tren de mercancías cargado de entusiasmo. Partiendo de esta premisa, todo fluyó con total naturalidad: Dominio musical, voz templada, sentimiento, improvisación, savoir faire, humanidad con clase y clase de humanidad, y, cómo no, Pasión —así, con mayúsculas— como parte de un menú que se nos tenía reservado para ese buffet libre en que se convirtió la cita que ya había derivado en fiesta desde el mismo momento en que se programó.
Las canciones —cuánta belleza en todas, pero aquí no entraré en detalles, lo dejo para las crónicas musicales al uso, y esta pretende no serlo— fueron sucediéndose unas a otras mientras la conexión entre escenario y público se ajustaba al milímetro entre flashes, presentaciones, dedicatorias y Arte; Arte en las melodías, Arte en las letras, Arte limpio, sin maquillar, sin engaños, valor en alza en estos tramposos días de crisis, tanto moral como material. Y tanto es así que el recital se hizo corto, ¡tan corto!
Después de semejante regalo y de bajar de la nube, llegó el momento de serenarse charlando con alguno de los asistentes al concierto y con varios de los músicos también. Grandes también fuera del escenario Jitka Kubesova, Javier Celada y David Castro —de los Street Wings—, grandes el resto de la banda, Nacho Mur, Txarli Arancegui, Alejandro Martínez y, cómo no, Carlos Altube; y grande ese invitado especial que fue Jorge Marazu, al que desde entonces suelo acompañar a menudo a Escandinavia para recrearme en los poéticos y musicales «adioses»…
Era también el tiempo de ignorar el sudor y refrescar la garganta, seca y rota por haber formado parte de un improvisado y multitudinario coro sin ensayos previos.
A continuación, el esperado abrazo al protagonista de la noche, posterior al ritual de la dedicatoria con firma del cd —inmortalizado en la foto de rigor— ya nos advirtió de que aquello se estaba acabando; yo lo recordaré mientras mi cuerpo me dé margen para poder disfrutar una canción más.
Algo más tarde, cuando desperté en la oscuridad del hostal de turno con todos los segmentos encendidos todavía —carga completa de energía—, constaté que todo había sido un sueño, de esos que se sueñan despierto en la cálida compañía de buenos amigos —gracias María, gracias Pedro por ahuyentar mi soledad con esas charlas regadas con cerveza y mucho feeling—, que es lo que hicimos esa noche hasta bien entrada la madrugada.
Todo esto bien podría haber sucedido en cualquier otro tipo de evento, sí, pero da la casualidad de que fue en un concierto de Música. Podría haber sido un concierto de cualquier otro artista, cierto, pero en esta ocasión lo era del señor Txetxu Altube. Y, por supuesto, un servidor podría no haber estado presente, pero resulta que, junto a otros muchos cientos de entusiastas amantes de la Música, llenamos, o mejor dicho, reventamos la Sala Galileo Galilei.
Sí… ¡yo también estuve allí!, y puedo confirmároslo: en efecto, fue «Cuestión de intensidad», de mucha...

© Patxi Hinojosa Luján
(08/11/2015)

martes, 3 de noviembre de 2015

Confuso


En ocasiones nos aborda el invierno
Desde sus naves de hielo
Surcando el mar, y a través de su orilla
Ignorando, altivo, toda playa aliada
Que nunca cómplice de sus ceremonias
Aunque rinda pleitesía ordenando la formación
De unos copos de arena que retan, orgullosos
A esos granos de nieve que intentan ocultarlos
Sin conseguirlo
Y yo me siento confuso

Cuando la primavera y el verano son tan solo recuerdos
 De todo lo que nunca llegó a arribar
Y el otoño se resiste a abandonar
Mi desconcierto
 Caen danzando con el viento
Cada una de las hojas de esos proyectos
Realizados o no
Tiñendo el suelo de tonos tan rojizos y sonoros
Como la pasión que en su día los alimentó
Y yo me siento confuso

Me siento como en esas ocasiones
Especiales
En que te presentas ante mí
Descalza hasta la nuca
Confusa ante mi confusión al verte así
Deseable, deseada
Musa y ninfa a la vez, hada azulada

Antes de que, en prosa, hable el deseo
Con arrimados versos de sudor compartido
E indoloras caricias felinas
Vuelvo a sentirme
Confuso
En ocasiones…

Después, ya no podría…

© Patxi Hinojosa Luján
(03/11/2015)

sábado, 31 de octubre de 2015

Aniversario


Mientras rememoro todo aquello procuro no ensuciar en demasía mi mandil bicolor: no soy buen repostero, pero aun así preparo una tarta imaginaria que adornaré con una sola vela, también ilusoria, y sonrío al pensar que bien podría dejarla encendida sin riesgo alguno de incendio. Aunque esto no será necesario, no, aquello quedó tan grabado a fuego que no precisaré recordatorios forzados por programados, al menos mientras no nos visite el «ladrón de esencias»; quiera el destino que su hoja de ruta no le aboque nunca a nuestra dirección, y si lo hace, que no deje demasiado sufrimiento tras su paso.
Recién terminado el pastel, me regalo su imagen, orgulloso, y me alegra ver que no tiene mal aspecto, de algo me tenía que servir jugar en casa, con el viento de la imaginación a mi favor; pero no lo dejo ahí, también interpreto lo que veo en él en un cerrar y abrir de mente y no me sorprende la mejoría vital producida que observo en mí y en mi entorno.
Llegados a este punto, debería indicar, aunque lo haré de pasada, que el motivo de la personal celebración es un acontecimiento acaecido hace hoy justo un año y que recondujo mi existencia al cederme por sorpresa las riendas de mi tiempo, todo un regalo cósmico. Hasta tal punto que ahora soy yo, y solo yo, el que realiza los pedidos con los cargamentos de arena para mis relojes.
No me paro ahí y sigo imaginando: vamos a proceder con el oportuno ritual de la foto con el cántico y el jaleado soplido que daría permiso al inicio de la fiesta con el reparto de los trozos de dulce; pero en ese mismo fotograma mi chica insiste en que esperemos un instante, acaba de tener una idea y cambia la solitaria vela por tres con formas de números, ella sabe de primera mano que no solo ha sido un año, sino más bien 365 días. Más tarde murmura que quizá hubiera sido aún mejor cambiarlas por las cifras 8, 7, 6 y 0, ya sabéis, por las horas; o incluso… ¡pero no!, ¿cómo podría medirse cada instante para poder plasmar la suma de todos ellos con un número? Sí, ella sabe de primera mano, porque lo vive en su piel, que ahora los momentos se disfrutan y aprovechan sin rubor ni contención, sin la espada de Damocles en que se convertía ese freno de mano echado.
Vuelvo a utilizar mi imaginación para girar el rodillo y extraer la hoja que por poco no se ha llenado con estas palabras. Luego decidiré qué hago con ella, ahora me espera otro folio en blanco retándome a un nuevo duelo incruento, y espero que, como casi siempre, vuelva a acabar en tablas para poder seguir con este emocionante y enriquecedor rito una y otra vez más.

© Patxi Hinojosa Luján
(31/10/2015)

jueves, 29 de octubre de 2015

Os diré algo...


La habitación se encuentra tan en silencio que siento escalofríos, aunque a pesar de ello no llegue a mover ni un solo músculo. Lo único que consigo escuchar son los cuchicheos de vuestras conciencias mientras, deseosos, esperáis el desenlace. La estancia también está en penumbra, puedo percibirlo desde mi oscuridad, unas tinieblas que son las más densas que recuerdo de toda mi larga vida.
Pero no estáis solos, no, colocadas con discreción e invisibles para vosotros se encuentran unas figuras que también esperan lo mismo; aunque ellas son profesionales y no se impacientan lo más mínimo —tienen todo el tiempo del universo—, en esta ocasión algo ha perturbado el normal funcionamiento de sus funciones y han coincidido en un «trabajo» contraviniendo toda regla interna de su actividad. Ninguna de las tres entiende cómo es que no tiene la exclusiva del mismo e, insegura, espera acontecimientos.
Es curioso, pero pese a todo ellas tres no me dan tanto miedo como vosotros, buitres deshumanizados que solo en estas circunstancias os habéis decidido a presentaros. ¿Cuánto tiempo hacía que no visitabais esta casa?, ¡qué más da…! Ahora, ¡eso sí!, no os acerquéis a dar un beso a vuestra anciana tía, no, no vaya a ser que se os pegue algo… En el fondo, los cuatro sois iguales; de entre todo lo que leo en vuestras mentes, en todas ellas, destaca la incertidumbre de no saber si alguno de vosotros gozará de mi predilección o si por el contrario os repartiréis mis bienes por igual al ser —eso creéis, soberbios, en vuestra ambición— mis únicos herederos. Y en vuestros semblantes observo con nitidez cómo se alternan las muecas de pícara sonrisa y la de decepción —según os dicte el estado de ánimo del momento—, bajo el velo, eso sí, de una mal fingida pena. Confieso que estoy disfrutando como nunca con la teatral actuación de aficionados.
Pero volviendo a las siniestras figuras, la indecisión a la que les ha llevado el extraordinario «error cósmico» hace que no me presten la atención necesaria, lo que creo que voy a poder utilizar en mi beneficio…
***
La Parca, la Dama de Negro y la Niña Blanca hace tiempo que, extrañadas, se preguntan cómo es posible que ya no las necesite alguien que, como yo, estaba a punto de cruzar la frontera luminosa, mientras, alejándose ya en distintas direcciones, buscan en sus respectivas agendas el próximo encargo.
Mi familia, por definir a esas personas de alguna manera, intenta entretanto aparentar alegría, demostrar cariño con vacías palabras que construyen frases más falsas que el Judas aquel…
***
Ahora que veo todo con claridad, aunque con el filtro de una ligera, aunque notable y gris opacidad (¡estas cataratas!), puedo darme el gustazo, y… ¡lo voy a hacer!:
—Acercaos, por favor, «queridos» sobrinos; os diré algo…

© Patxi Hinojosa Luján
(29/10/2015)

lunes, 26 de octubre de 2015

Por todo lo que nos queda…


Por nuevas emociones sin contener
Desde que ya no merece la pena disimular
Por ese vaso que se debería medio llenar
Ahora que solo nos visitan sirimiris

Por seguir teniendo duelos
Si antes cambiamos pistolas por risas
Y las presiones, sinceras, no acarician gatillos
Sino espaldas camaradas anchas como castillos
Donde anidar

Por las escobas de esas nuestras brujas favoritas
Que nos sirven para que no queden sin recoger
Los gruesos vidrios de unas jarras, rotas
En mil y un brindis que ya nunca más querrán ser
El último

Por ese amigo que, a cada vez, nos improvisa
Escapatorias cual anchos y herbosos senderos
Bajo las cuerdas flojas que día sí, día también
Nos olvidamos de evitar y nos ven caer
En busca de otra cerveza redentora

Por cada una de nuestras pasiones activadas
Por todas ellas, estén o no por compartir
En casa, en el bar, en el teatro o en el parque
Aquí, pongamos que estamos, sí
Jugando a vivir

Uno de estos días
Ya no dejaremos más que nos alejen de
Nuestra
Recompensa

Sí, que sea por todo ello
Por todo lo que nos queda…

© Patxi Hinojosa Luján
(26/10/2015)

martes, 20 de octubre de 2015

Reseña de «8 días en Roma» de la escritora Carmen Torrico


Como suele ocurrir en estos casos, esta novela me llegó por casualidad —a pesar de que nunca creí en ellas—, por mor de esos encuentros virtuales en uno de los espacios literarios que tanto anidan en la red de redes.
Carmen Torrico es ante todo una escritora honesta, tiene muy claro lo que quiere comunicar a sus potenciales lectores y lo hace sin rodeos, si bien es cierto que utiliza un estilo literario que no evita los detalles, sabe frenar en el momento exacto para que no lleguemos a agobiarnos con ellos.
Fui un privilegiado al ser uno más en su primer círculo de lectores y desde un principio tuve una cosa muy clara: esta novela, que también trata, y mucho, del arte y de la historia artística de Roma y que me estaba interesando y absorbiendo sobre todo por no utilizar estrategias extrañas e ir de cara, no es para nada una obra romántica al uso. Y me explico, es cierto que ese romance que se intuye desde las primeras páginas y que también nos enamora a nosotros es el hilo conductor de toda la trama, aunque no es menos cierto que su desenlace está muy lejos de ser el convencional, o más bien el que esperaría un(a) lector(a) de novela romántica. Más bien al contrario, su final es inesperado, crudo, demoledor y valiente, muy valiente. Y ello le añade un plus a todo lo que ya había acumulado en sus anteriores páginas.
Una breve sinopsis destacaría que estamos ante una novela que narra la historia del deseo, hecho realidad, de una joven gallega que siente la necesidad de emprender sola un viaje a Roma, sin la compañía de su grupo de amigos habitual. Proyecta una salida para empaparse de cultura, arte y belleza disfrutando de su soledad y se sorprende con que a todo esto le acompaña algo más, un romance tan inusual como no buscado con un apuesto romano…
El enamoramiento, posterior complicidad entre los protagonistas y los sentimientos derivados de la trama los sientes como propios, lo que está muy logrado. Mi opinión es que no debes dejar de leer esta novela que construye un gran romance, aun derivando en ocasiones de la línea preestablecida para este tipo de obras; después la opinión será la que sea, que para gustos se inventaron los colores, pero siempre podrás sentir que has añadido a tu mochila emocional un trabajo construido a base de conocimientos, experiencias, sensibilidad, tesón y cariño, todo el cariño… al fin y al cabo su obra, su retoño, bien que se lo merece.

© Patxi Hinojosa Luján
(20/10/2015)

jueves, 15 de octubre de 2015

Las musas también tienen su corazoncito


(Este es el cuento mencionado en el relato anterior «Otoños» y del que el «abuelo» hizo años después una nueva versión corregida y actualizada, más madura, que es la que se reproduce aquí)

Me imagino una escena que me induce a pensar que las musas también deben tener su amor propio, su corazoncito. Me explico: Todos los que alguna que otra vez nos hemos puesto el disfraz de escritor, ese que tan grande me queda a mí, sabemos de la cantidad de frases, párrafos e incluso páginas enteras de ideas hechas fantasía que han acabado en la papelera, la que hasta hace unos años era ese recipiente físico en el que encestábamos, o no, los folios que desechábamos convertidos en bolas amorfas por nuestras manos y que podían estar más o menos llenos de palabras, y ahora la de reciclaje del sistema operativo que ampara el procesador de textos de turno. Digo yo que no siempre habrán sido o serán tan malas las ideas castigadas con semejante humillación, por lo menos las musas corresponsables de ellas no deberían ser de tal opinión.
Sí, me imagino con claridad una escena que «dibujo» improvisando sobre la marcha…
Un aspirante a escritor —casi todos lo son, lo somos— está tan concentrado en su trabajo, del que siempre saldrá su mejor obra, que no se da cuenta de que ya le han dado las mil y es hora de retirarse a descansar; mañana será otro día y, con las fuerzas recuperadas después del necesario descanso y la adquirida renovada motivación, toda fluirá mejor. Se retira, pero no así sus musas y el resto de su séquito. Imagino bien a un par de ellas dando instrucciones a sus pequeños descendientes y aprendices:
—Hoy va a ser un día especial: Ahora, mientras el jefe duerme —indica la musa más veterana y respetada—, debéis recuperar de la papelera todo lo que ha desechado, después lo esparciremos sobre esa mesa imaginaria y nos pondremos a revisarlo en equipo para rescatar lo que en verdad merezca mucho la pena aunque él no lo haya visto así. No debemos culparle por ello, le perdonamos tamaña descortesía por la tensión tan fuerte a la que está sometido en la búsqueda de «su obra maestra», ¿verdad?; pero nuestro deber debería ser no permitir que tantas imaginativas ideas, expresadas con algunas excelentes frases, sigan yéndose al limbo después de todo nuestro trabajo y concentración para hacerlas surgir de la nada. Y yo propongo que lo vaya a ser desde hoy mismo. ¡Dicho queda!
El resto de musas y aspirantes aceptan el compromiso más o menos de buena gana, no les queda otra viniendo de quien viene la propuesta. Y se ponen manos a la obra, esa y las sucesivas noches, con avidez creativa propia, humanizando su trabajo.
Llega un momento, coincidiendo con una escapada vacacional del escritor, en que tendrían material suficiente como para publicar, no una novela sino una trilogía. Y en verdad que todo el grupo se siente muy satisfecho por cómo ha quedado el puzle resultante de todos esos recortes recuperados. Hasta chocan unas inexistentes copas llenas de un vacío espumoso.
Pero lo que en un principio es solo satisfacción pronto se tiñe de vanidad y es aquí cuando se dan un baño de realidad y chocan de bruces contra la realidad del principal y más grande obstáculo en el mundo literario: no consiguen encontrar a nadie que les publique algo si no es cambio de nada, de casi nada…

© Patxi Hinojosa Luján
(15/10/2015)

miércoles, 14 de octubre de 2015

Otoños



Al día aún le quedan algunas horas de vida, aunque hace ya un buen rato que las tinieblas le han tomado el relevo a la claridad; y es que el otoño, cuando en su carrera en pos del invierno está cerca de alcanzarle al atisbarlo a escasas dos curvas por delante, casi palpando el inevitable destino que le hará transformarse en él, pierde en luminosidad lo que gana en belleza cromática.
Aquella habitación ve un día más cómo, en un claro gesto de privilegio, mantiene casi por completo su iluminación mientras en sus hermanas ya solo queda la mínima necesaria para los cuidados y supervisiones de rutina. Es un detalle al que sin duda alguna tú sabes y sabrás corresponder en su justa medida; el prolongado horario laboral que te ha tocado en suerte no te permite llegar antes a visitar a tu querido abuelo, y este no es capaz de dormirse hasta que el timbre de tu voz le acaricia al oído con tiernas palabras y le regala tanta tranquilidad que consigue incluso calmar su dolor más que los sedantes que, cada atardecer, le suministran por la vía intravenosa de ese suero que es ya parte inseparable de su ser.
Como cada día, llegas apresurado con la intención de relevar a tu madre, su nuera, que no tolera que su padre político —aunque en su corazón hace tiempo que borró para siempre ese adjetivo— pase un solo segundo a solas durante el tiempo permitido de visitas. Pocas hijas biológicas podrían regalar una actitud más humana, eso los dos lo tenéis bien claro. Ella no es muy dada a entrar en ese tipo de deliberaciones, no le interesa; se limita a entregar a sus seres queridos, sin esperar nada a cambio, sus mayores tesoros: su tiempo y su ternura. Y punto. Añado también que es bien cierto que tú algo has heredado de ella…
Pero tampoco hoy se despide en cuanto tú llegas, no, te entrega algo, ejecuta un significativo gesto levantando la barbilla y espera impaciente a que saques de esa vieja carpeta que acabas de heredar de él —y a la que le queda solo una de las gomas de sujeción, aunque mantiene en buen estado las fotos de los jugadores de su equipo de fútbol con las poses de unas épocas más ilustres— uno de los cuentos escritos con la característica letra de aquella maravilla de la técnica como era vuestra máquina de escribir Olivetti Lettera 32, que pasó de generación en generación hasta que los modernos ordenadores la relegaron a un apresurado olvido.
En ese momento ya sabes que el día de hoy va a ser especial. Eliges un folio al azar y después observas con atención el título escrito en él: «Las musas también tienen su corazoncito». Lo enuncias con voz seria, como de doblaje, e intuyes —o quieres ver— una ligera reacción de alegría en el rostro de tu abuelo; te dispones a comenzar su lectura cuando tu madre interviene exaltada…
—Hijo, ¿te acuerdas de ese cuento?, es de los que más me gustaban…
—Pues… no, ¿debería acordarme?
—¡Han pasado tantos años…! Es curioso, antes eras tú el que no podía dormirse si antes no te contaba un cuento tu abuelo…
»Tú le pedías que te contara uno y él se lo inventaba para ti, incluso alguna vez los terminasteis juntos. Creo recordar que este era uno de vuestros favoritos. ¡Qué curioso!, él no los recuerda porque es ya muy mayor y además está esa maldita enfermedad… y tú porque entonces eras aún muy pequeño. Tu abuelo ya vivía con nosotros al haber enviudado demasiado pronto y le recuerdo muy bien pasando a máquina, cuando volvía de trabajar, los textos que la noche anterior había garabateado en el primer folio que encontraba. Escribía con solo dos dedos, aporreando las teclas, pero yo siempre he recordado esa imagen con muchísimo cariño, por todo el que él ponía en ello. Después los guardaba con mimo en su querida carpeta. Creo no equivocarme si te digo que gran parte de esos relatos están ahora en tu poder dentro de ese ajado pero inestimable regalo. Por cierto, no te he dicho todavía que esta tarde ha logrado transmitirme, en un corto momento de lucidez, que le haría mucha ilusión que te la quedaras tú y le leyeras algo de vez en cuando, lo que tú quieras…
***
Hacía unas líneas que ya no oía su cansada e irregular respiración y que su vista había abandonado el folio para, recordando ahora sí, como por arte de magia, cada palabra con nitidez, concentrarse en el rostro, sereno, de su abuelo y en su cuerpo, ausente ya para siempre; acababa de dejar atrás su otoño particular y se dirigía con premura al insondable abismo del invierno eterno. Cuando el joven hubo terminado la última estrofa, comunicó el fatal desenlace a la enfermera de guardia con un grito mesurado y a su madre a través del móvil. A continuación, besó la cara sin vida pero aún cálida de aquel ser que seguía pareciéndole un gigante y lo abrazó como nunca había abrazado a nadie. Después se derrumbó. En ese momento descargó toda la tensión acumulada durante los últimos meses con una serie de puñetazos sordos y no exentos de ira en las paredes mientras corría el riesgo de deshidratarse derrochando lágrimas. Cuando consiguió relajarse algo, se prometió a sí mismo hacer realidad la esencia del cuento de su abuelo que acababa de narrar, extrayendo y juntando las frases más imaginativas y poéticas de cada uno de los demás.
***
Abandonas un día más el camposanto. Hasta ahora el tiempo invernal ha respetado todas y cada una de tus lecturas y no has necesitado proteger los valiosos folios de una lluvia que, respetuosa, se ausenta con cualquier excusa durante tu estancia allí, y tú bien que se lo agradeces. Eres muy consciente de que de la retahíla de recuerdos que en los últimos tiempos frecuentan y se alternan en tu activa mente, uno con la cariñosa voz de tu madre se repite con más frecuencia que el resto:
«Me dijo que le haría mucha ilusión que te la quedaras tú y le leyeras algo de vez en cuando, lo que tú quieras… Incluso cuando él ya no esté, me prometió escucharte…»

© Patxi Hinojosa Luján
(13-14/10/2015)