lunes, 27 de mayo de 2019

Por un voto

(Imagen extraída de la red Internet)

Peco de inmodestia, lo sé, al considerar que mi corta carrera profesional dejó una joya arquitectónica: la Torre Helico, con doble espiral de cristal y titanio, por la que me otorgaron varios premios. Pero intentando sosegar mi orgullo, confesaré que a veces, al escribir, confundía la posición de algunas letras, intercambiándolas sin darme cuenta; y con los números también me pasaba algo similar. No soy disléxico, no es eso, lo que ocurre es que siempre he sido muy muy despistado. En la mayoría de las ocasiones la cosa no iba a más: me percataba enseguida del error y lo corregía, punto; en la mayoría…
***
La coalición de partidos que nos gobierna desde hace cinco décadas, justo desde la última vez en que se nos permitió ejercer el derecho al voto, impone un sistema basado en Ciencia y Tecnología a partes iguales, por lo que destina las partidas presupuestarias más altas a apostar por lo que antes se denominaba I+D+i y que enseguida rebautizaron como «BienEstar», aunque se hayan olvidado del nuestro, y de nosotros...
Si cuento esto es porque es de justicia indicar que todo lo que se ha avanzado a nivel tecnológico se ha retrocedido en derechos sociales; y todos los que, como yo, lo hemos manifestado de manera pacífica, hemos acabado igual, secuestrados de por vida entre cuatro paredes tan blancas que acaban por desgastarnos el alma a través de nuestros cada vez más cegados ojos. Pero eso poco les importa, ellos ya saben bien lo que firman en sus edictos-condena cuando nos encierran en sus mal llamados «Talleres de Conducta», eufemismo cruel donde los haya.
Mas la vida suele ofrecer válvulas de escape, fisuras por donde atacar al enemigo de turno, a veces permitiéndonos aprovechar la fuerza de nuestro oponente en su contra como si de un combate virtual de aikido habláramos.
Estábamos en el año 2069 cuando apareció mi fisura particular, y no era cuestión de desaprovecharla. Aquella mañana íbamos en formación hacia el comedor a la hora del desayuno cuando la vi apoyada en una pared del pasillo: imponente, brillante, tan vanidosa con sus leds encendidos; seguro que funciona, pensé. Y pensé más, tanto que me olvidé de comer aquel día con lo que supuse que mi historial sumaría una nueva amonestación.
Aquella noche apenas dormí, dándole vueltas al asunto, trazando un arriesgado plan, garabateándolo en mi cabeza con insistencia; la única forma, por otra parte, de poder hacerlo al carecer de cualquier atisbo de utensilio de escritura.
Amaneció, y yo lo hice con el día, tan empapado de esperanza como de sudor. En la fila que nos conducía al frugal desayuno, iba avanzando a saltitos, como si ensayara con el germen de un nuevo y rudimentario baile. Cuando llegué a la altura del ingenio, deserté en perpendicular de la formación y corrí hacia la máquina todo lo que mis torpes piernas de setentón me permitieron. Abrí su puerta, entré y cerré con fuerza y estrépito sobre los gritos de los desconcertados guardias. Activé el interruptor principal y enseguida se iluminaron todos los paneles. Extraje de mi mente la fecha exacta y la tecleé en el holograma surgido para tal efecto. La suerte estaba echada.
***
Recuerdo bien, ¡cómo no hacerlo!, que las últimas elecciones generales fueron el domingo 28 de abril del año 2019. Se presentaban en segunda vuelta las dos opciones que resultaron vencedoras en la primera una semana antes. Yo, como gran enamorado de los avances tecnológicos que era, voté por la coalición PPEF (Partidos Por El Futuro), que ganó por la menor diferencia de la historia: un solo voto. Si hubiera votado a sus oponentes, la lógica matemática indica que estos habrían ganado por ese voto de diferencia y yo me habría evitado pasar toda una vida encerrado junto a mis convicciones y remordimientos; porque la realidad es que la coalición recortó las libertades hasta hacerlas desaparecer y me encerró en defensa de la Sociedad, según alegaban siempre los abogados del Estado cuando de juzgar casos similares al mío se trataba.
Pero, por otro lado, la misma coalición propició con su política de inversiones que en el año 2059 se llevara a cabo con éxito el primer viaje en el tiempo; la máquina del tiempo ya era toda una realidad, aunque permaneció en secreto dentro de los ámbitos del Gobierno unos cinco años, hasta su perfeccionamiento. Tras ese período nos enteramos todos del gran logro gracias a la machacona propaganda gubernamental, que llegó incluso a nuestros oídos, confinados como estaban en los últimos rincones de sus mazmorras.
***
Ahora no puedo evitar reírme de mí mismo, y lo hago a carcajadas: estoy atrapado. No puedo salir de la máquina, no responde a ninguno de mis requerimientos pues no hay indicio alguno de que quede algo de energía; tampoco puedo reprogramar un sistema que quizá pereció hace décadas.
Y lo peor no es que me encuentre perdido en el año 2190, en una tierra asolada, sin rastro alguno de vida. Tampoco que esté interiorizando que quizá sea el último humano vivo, temiendo dejar de serlo en breve mientras creo observar, a lo lejos, cómo sólo se mantiene levantada la torre Helico, mi orgullo. No, lo peor es que yo soy el único responsable de mi suerte.
Mi fallido plan era regresar al 27 de abril de 2019 para poder votar en contra del PPEF, pero… ¿Recordáis que os confesé que soy muy muy despistado…?

© Patxi Hinojosa Luján
(27/05/2019)

viernes, 19 de abril de 2019

El recuerdo de lo que no pudo ser

(Imagen extraída de la red Internet)

Observo una vez más cómo el marco de la diminuta ventana encuadra esas montañas que me son tan familiares, y vuelvo a fantasear imaginándomelas como si formaran parte de un lienzo hiperrealista. Sonrío de medio lado al pensar en el trabajo de ciertos pintores de esa corriente, retratando espacios naturales, esgrimiendo cámaras con forma de pinceles que deben esconder lentes y objetivos entre sus pelos; porque si no, no se explica...

―Cariño, ¿no llevas ya mucho tiempo ahí? Sal pronto, ¡por favor…! ―me susurra pegado a la puerta.

Aquel ejercicio de admiración dura poco, lo que tarda el recuerdo de lo que no pudo ser en aflorar a la superficie de mi consciencia; emerge justo un instante antes de perecer ahogado por el excesivo tiempo de inmersión. Es cierto que intenta seducirme siempre, mas el tiempo no juega a su favor y a cada tentativa evidencia menos determinación, menos autoconfianza, sabedor de que no tardará en desaparecer de mis anhelos.

―No he terminado aún, pero no tardaré en salir ―miento.

A ese recuerdo le toma el relevo la cruda realidad, la que me tiene encerrada aquí, separada no sé por cuánto tiempo más de lo único que me aferra a este mundo. Sí, todo esto ocurre de nuevo entre estas cuatro paredes en que me encuentro y que han convertido el reducido y frío espacio en mi edén particular, donde evacuo sin testigos lágrimas de infelicidad que, paradoja, no me impiden ver con claridad.

―Venga, tú y yo sabemos que no estás haciendo nada, ¡sal ya de ahí, ca-ri-ño! ―Ya no susurra.
―Enseguida, voy enseguida… ―contesto más asustada que antes por ese cambio de tono que tan bien conozco.

Aunque aquí, en mi refugio, predomina el blanco, yo me siento gris, oscura. Sé que no debería ser así, pero ese remordimiento por algo que aún no ha sucedido, y que puede que no ocurra nunca, me está corroyendo por dentro ante el temor de que eche por la borda algo más que mi vida, algo mucho más importante.

―¡Date prisa!, ¿es que no me oyes? ―grita, para añadir más calmado tras un instante que a mí se me hace eterno― Tendrás hambre, estoy troceando el pollo asado que encargaste. Por cierto, ¿por qué has cambiado los cuchillos de sitio?, me ha costado encontrar uno.
―¡Ya voy! ―indico, aterrorizada, imaginándomelo.
―Sabes que me tienes que contar adónde has mandado a la niña; porque a mí no me engañas, no está en casa de su amiga, ¿verdad? ―suelta como un mazazo, mientras camina hacia la cocina.
***
Desconozco de dónde habré sacado la fuerza mental…

Desbloqueo la puerta del baño y la abro. Que no se enfade más, que no sospeche, me digo, pero mis lágrimas no obedecen a la orden de discreción y surcan mis mejillas, desde hace años lecho del desahogo de nuestro calvario. Me restriego los ojos con el dorso de mi mano izquierda, la derecha está a otra cosa. Camino hacia él a cámara lenta sin pararme, fingiendo sumisión, y veo con nitidez cómo él se regodea con el sufrimiento que tan bien reconoce en mi cara. Y a cámara lenta veo sus negros ojos mirándome con estupefacción mientras siento cómo se hunde la hoja del cuchillo en sus entrañas a la par que mi esperanza emprende su salida a flote.

… para cambiar la idea de la cuchilla por la del cuchillo, los pensamientos de suicidio por otros nuevos de asesinato; para decidir conservar mi… nuestra vida a cambio de la suya…
***
Un día más lo intento a sabiendas de que mi esfuerzo será baldío. Estoy sumida en una espiral de autocompasión y frustración. Ni siquiera intento engañarme diciéndome que es sólo una mala racha, que más pronto que tarde todo volverá a la normalidad... yo sé que nunca tendré ni la facilidad ni la clase necesaria para describir con un buen texto aquella pesadilla que nos hizo vivir y sufrir nuestro monstruo particular. Quizá la cosa cambie en casa, pronto dejaré esta celda. El abogado de oficio no tuvo que esforzarse demasiado en demostrar que, lo que hice, lo hice en defensa propia, sin apenas tener que argumentar los poderosos atenuantes.
***
Ha llovido mucho desde entonces, mas cuando han sido lágrimas lo han sido de alegría. Ella es ya toda una mujer, y aunque ahora vivimos separadas, estamos cerca. Resulta que es mi cumpleaños, y yo ni me había acordado. Mi hija se ha presentado en casa con su pareja y, después de dejar lo que parece un cuadro en la mesa, me ha hecho el mejor regalo que podría hacerme: me ha cogido las dos manos con las suyas, me ha mirado a los ojos permitiéndome alcanzar con la mirada su alma, y me ha confiado con la voz más segura que jamás le he oído: «Mamá, desde hace unas semanas ya no sueño con sus abusos». Nos hemos dado un abrazo que me ha sabido a justicia divina y me he desarmado de felicidad. Después se ha despedido y, cuando se marchaba agarrada de la cintura por su novia, tan feliz, ésta le ha dado un beso que el pudor ha terminado recolocando a medio camino entre mejilla y labios.
Acabo de reparar en que no he desembalado el cuadro; lo hago y no puedo evitar una sonrisa, esta sí, completa: es una réplica hiperrealista de El cuarto de baño de Antonio López. ¡Qué chiquilla…!

© Patxi Hinojosa Luján
(19/04/2019)

miércoles, 27 de marzo de 2019

De hierro forjado

(Mimi y Momo: Imagen de la obra Mimos, cortesía de su autora y directora, Cristina Torres)

Recuerdo cuando en este mismo emplazamiento había un banco como Dios manda, de esos de hierro forjado en los laterales y madera noble en asiento y respaldo, como los muchos que adornaban los parques de antes, en aquellos tiempos en los que aún no teníamos contaminada la esperanza y ésta mantenía intacta su verde promesa…

Abro unos cansados ojos y sonrío para mis adentros por la cursilada que acabo de soltar, que no es la primera vez que acude a mi mente; pero no la rechazo, al contrario, nunca dejaré de ser un romántico empedernido y un nostálgico incurable.

Llevo ya un par de horas aquí, así que no es de extrañar que me remueva en mi asiento, incómodo y molesto por la dureza del cemento armado. Por hoy es más que suficiente, y ya sé que una vez más a mis músculos les costará despertarse de camino a casa. Según me levanto, la mariposa más grande que recuerdo se apresura a ocupar mi sitio y bate sus alas, con franjas rojas y negras en las de atrás, como señal, interpreto, de agradecimiento y despedida. Vuelvo a sonreír, ahora sin disimulo, y le devuelvo un torpe saludo mientras siento que algo se me escapa…

No es ningún secreto que mañana volveré a mi cita diaria con el frío banco, es la única solución que he encontrado como terapia para el problema de mi memoria… Veréis, ya han empezado a difuminarse los recuerdos de aquella historia que tuvo lugar en este mismo lugar donde hoy padecemos un parque de diseño para gloria de algún politicucho sin escrúpulos; y sé que acabarán por borrarse para siempre, mas también que ésta es la única manera en que podré disfrutarlos un poco más de tiempo. Porque lo cierto es que los recuerdo a todos con cariño, con ese cariño que se tiene a quien, aunque no sea familia de sangre, sí lo es de corazón.
Recuerdo a Carlos, un niño grande en un cuerpo de adulto con manías obsesivas, pero con un corazón tan grande como su pecho, me decían, y lo recuerdo caminando como a saltitos, intentando no pisar las juntas que todo suelo tiene. Recuerdo a Lidia, derrumbada tras su divorcio y que tuvo que armarse de valor y convivir con sus demonios para juntar los cachitos en que se convirtió y así poder recomponerse; también a Mila que, incapaz de aceptar su pérdida, se engañó día tras día hasta perder el control de su vida. Y, ¡cómo no!, a Momo y a Mimi, dos mimos que fueron el nexo de unión de todos ellos, con sus problemas y con sus soluciones.
Quizá os preguntéis, como hacía yo al principio, qué pintaban Mimi y Momo todo el día merodeando por el parque, con sus entrañables aunque escasas actuaciones, porque sus sombreros pesaban poco más cuando se retiraban al caer el sol que cuando llegaban por la mañana. La respuesta es bien sencilla: con el tiempo comprendimos todos que, en esencia, su misión era ayudar, hacer el bien, o al menos intentarlo con todo su empeño, y ello hacía que prestaran poca atención a las monedas. Y quiero pensar que consiguieron que pasado un tiempo algunas voluntades parecieran tan sólidas y artísticas como el hierro forjado de sus… de nuestros bancos. Con su justa dosis de locura, acabaron pintando con brochazos de cordura todas aquellas existencias, también la mía, hasta recolocar cada pieza en su sitio.

Ahora que caigo, hace tiempo que Lidia y Carlos ya no vienen a pasear con su niño; un niño fruto, qué paradoja, de la casualidad más elaborada por nuestra pareja de mimos. ¡Menudos diablillos estaban hechos Momo y Mimi!
Por cierto, me han contado que la desatendida floristería que Mila regentaba en una esquina de este mismo parque tuvo que cerrar. Ella tiene bastante con la pensión de viudedad que le quedó de su difunto Enrique, que al fin aceptó y reconoció como tal gracias al esfuerzo y paciencia de sus amigos, y nuestras mimos no podían hacerse cargo de ella por más tiempo; de la floristería, quiero decir…
*****
Hoy, cuando peino menos pelos pero más canas que antes, acabo de verlo con claridad… Sucedió el día que Momo contó todo… cuando abrió su válvula de escape y, a modo de confesión, se sinceró detallando retazos de su vida en una escala de colores tan desgastados como su traje de clown; como por ejemplo que Mimi, una tarde en que ambas compartieron unos cafés bien cargados… pero de desilusión, la convenció para que se uniera a ella en su delirante proyecto actoral; que en aquellos momentos ya no soportaba no poder ayudar en su consulta de psiquiatría como ella había soñado cuando, siendo una joven ingenua, cursaba la carrera; que Carlos y Mila habían sido dos de sus primeros y más fieles pacientes; que ya no podría concebir su vida de otra manera…
Veo con nitidez cómo, cuando Momo compartió todo esto mientras Mimi asentía a cada frase, y yo espiaba desde el banco de enfrente simulando leer la prensa del día, saludando de cuando en cuando, ese día también vino de visita una mariposa, una mariposa con unas bellas franjas rojas y negras en sus alas traseras…
*****
Venga, señor Carlos, es tarde y hace frío ―me dice esa chica tan simpática y morena, la de siempre―, vayamos a casa; y yo aún recuerdo que debo obedecer…

© Patxi Hinojosa Luján
Inspirado y basado en el musical Mimos, escrito por Cristina Torres para su grupo de teatro Les Figuretes
(27/03/2019)

martes, 26 de febrero de 2019

Una sonrisa bobalicona

(Imagen extraída de la red Internet)

Aún estamos en invierno y a pesar de ello, como en anteriores días, hoy hemos amanecido con un cielo azul tan intenso y despejado que el Sol lo ha agradecido perfilando con nitidez el contorno de su cegadora esfera amarilla.
De un tiempo a esta parte, cuando no llueve, algunos miembros de la familia aprovechan para salir de paseo conmigo. Esta mañana, al pasar cerca de la consulta de una psicóloga conocida de no he entendido bien quién, hemos entrado por algo relacionado con una campaña gratuita de no sé qué tipo de concienciación, o algo parecido... En el último instante se ha optado por que yo no entrara y me he quedado en la sala de espera cuidando de una de mis nietas; mejor así, no he dicho nada, pero estaba ya notando la extraña sensación en la cabeza, esa especie de cinta rodeando y rozando mi cerebro. No llego a sentir dolor, no es eso, es más bien que pierdo parte del control sobre mí misma, como si se escurriera arena de mis relojes entre mis dedos temblorosos. Ya me había pasado antes en varias ocasiones, y me preocupa constatar que esa sensación se queda cada vez más tiempo conmigo.
Ellos han salido al cabo de media hora, más o menos. Lo han hecho algo serios. Al verme, sus semblantes han recuperado el brillo al momento, aunque no han entrado en detalles sobre la reunión y a mí me ha dado cosa preguntar. Después hemos seguido paseando hasta llegar a casa y yo, aprovechando un momento de respiro de esa cinta, y que ahora me encuentro sola en mi cuarto, estoy garabateando estas cuatro palabras con una sonrisa bobalicona.
*
Lo pensé anoche antes de dormir, cuando ya no tenía este diario a mano y reinaba la oscuridad: debo anotar aquí, antes de que el huésped que anida en mi cabeza me impida expresarlo, que tengo una hija maravillosa, y que el resto de la familia también lo es; cada vez me hablan con más dulzura y paciencia y ya no se enojan tanto conmigo cuando me despisto por algo. No sé si ellos se dan cuenta de que esto yo lo agradezco de corazón.
*
Parece que ya no me necesitan como antes, cuando yo necesitaba que me necesitaran. Desde hace un tiempo ya no me encargan el cuidado de nadie; será porque se han hecho grandes todos: estas personas tan amables que me llaman mamá, y los chicos que deben de ser sus hijos, porque me llaman abuelita. ¿Cuántos eran…? ¿Serán todos del pueblo?
*
Ahora tengo miedo, pero no sé de qué, y por más que busco y rebusco no encuentro a mi madre. ¡Madre!, ¿dónde está uste…?

*****

Estoy leyendo con el filtro de una cortinilla salada que me nubla la vista cuando llego al repentino final y debo frenar en seco para no precipitarme al blanco vacío; mientras, una impotencia que reincidió sin compasión amenaza con volver. Las palabras que acabo de leer han despejado algunas de las dudas que nos angustiaban, y quién sabe si en sucesivas relecturas lo seguirán haciendo. Mas ya se acabaron las frases, estos arañazos en el alma que escuecen en la misma medida que consuelan. Las hojas que ahora voy pasando con parsimonia, todas en blanco, se relevan entre sí hasta llegar impolutas a la contratapa evidenciando con amargor todo lo que no pudo ser.
Cierro el block cuando ya he hecho lo propio con mis ojos. Dos lágrimas resbalan por mis mejillas, mas no aparece el gesto reflejo de mis manos para frenar su caída y se estrellan en la tapa dura de aquél dejando dos manchones tan oscuros y desiguales como tantos y tantos destinos. Con la cara humedecida me pregunto si mamá no habrá dejado escondida alguna sorpresa más, aunque ésta ya lo sea en grado superlativo y tenga, tengamos, para una larga temporada con ella.
*
Hoy es uno de esos días ―¡y van unos cuantos…!― en que me sorprendo asomándome a la ventana con la mente relajada, puede que algo dispersa, pensando que la esfera amarilla quizá pudiera tener algún mensaje más de mamá, pero enseguida me digo que no, que ella prefería la Luna…
Al igual que otras veces, busco dentro de mi abarrotado bolso las gafas de sol que tanta tristeza han disimulado en mi rostro estos últimos años. Me las pongo y miro al Sol de frente, como retándolo; pero es sólo un instante, debo evitar que me deslumbre. No veo nada. Pero al retirar la vista, hacia la izquierda, unas nubes blancas cual nieve recién caída, y que no sé de dónde han salido, bailan ingrávidas hasta garabatear lo que parece una gigantesca «d» que se mantiene formada el suficiente tiempo para que se quede fijada en mi memoria. Me engaño diciéndome que es la que le faltaba a su última palabra, y me lo creo, aparentando una naturalidad que no hay por dónde cogerla. Y para reafirmarme, recuerdo que ella, la «ella» de antes de la cruel enfermedad, nunca hubiera dejado sin escribir una letra.
Y es entonces cuando mi sensatez, que lleva un buen rato agazapada ante tamaño ejercicio de fe, asoma con cautela y se anima a preguntarme: ¿no será sólo que crees haberla visto…?; a lo que yo le respondo con aparente seguridad: ¡y qué importará!, pues sospecho que ya nunca se retirará de mi rostro esta sonrisa bobalicona.

© Patxi Hinojosa Luján
Dedicado a Susan, no sólo la mejor compañera que uno pueda imaginar, sino también la mejor hija que una madre podría desear, la mejor madre que unos hijos podrían tener…
(26/02/2019)



jueves, 14 de febrero de 2019

Amigas inseparables

(Imagen extraída de la red Internet)


Es muy posible que lleguemos a descorchar un nuevo mañana, incluso que desembalemos más de un pasado mañana, y en todos nos volverás a engatusar con tus encantos; para muestra el botón de esos stripteases lumínicos en los que el Sol tanto tiene que decir… Sí, somos conscientes de lo maravillosa que puedes llegar a ser, sabiendo que usas manga corta para presumir de ése tu as ganador, sin esconderlo como haría un ilusionista mediocre.
Mas en este hoy que se aleja sin rubor de aquellos mañanas no lograrás evitar que te mire con desconfianza, sin querer disimular la rabia que me da ese compadreo tuyo, que ni niegas ni disimulas, con tu amiga del alma, y que sale a relucir sobre todo cuando bajamos la guardia; una guardia que teníamos esa mañana en su nivel más bajo, el de recién despertados, cuando sentimos en la espalda la puñalada que en forma de noticia fatal nos anudó la garganta, saboteando desayunos, a la par que la emotividad abría el álbum de los recuerdos en color tiñéndolo de azul tristeza.
Esta tarde hemos acudido a verle por última vez, pero no era él, ya no. Sabemos que ella se lo llevó mientras tú mirabas para otro lado, quizá silbándole alegres melodías a algún que otro incauto, y sólo nos dejó su traje terrenal para despedirnos de él. Nos queda el consuelo de que tu socia no nos podrá privar del recuerdo de su alegría, de cómo encogía sus hombros juntando los labios en un gesto que le caracterizaba, a él y a su ternura, tampoco de su sonrisa de eterno Peter Pan…
Hoy alegarás, como siempre, que nuestros progenitores firmaron en su día, con sudor primero y sangre después, el contrato vital por el cual «somos y estamos». ¡Vale!, y admito que puedas no avergonzarte de la letra pequeña que le otorga a tu socia ese protagonismo tan puntual e inevitable; pero dime, ¿en serio tú no puedes mediar para que cuando no le quede más remedio que actuar lo haga descartando para siempre esos toques de crueldad insoportable?
Y ya quitadas las caretas, ¿ella qué argumenta, cuál es su versión?
***
Ninguna de las dos vais a responder, ¿verdad?; yo bien sé que es porque ambas tenéis, amigas inseparables Vida y Muerte, ¡qué doble paradoja!, algo que decir…

© Patxi Hinojosa Luján, a la memoria de Georges Pronier, nuestro querido Jorge
(14/02/2019)

lunes, 14 de enero de 2019

Una visita perturbadora

(Imagen extraída de la red Internet)

No entiendo cómo se han podido borrar; anoche estaban aquí, creo recordar que me dormí con ellas. Conectaré el reproductor mp3 al portátil, a ver… Lo esperado, memoria vacía, ¡qué misterio! En fin, cosas de la tecnología. Ya meteré algunas canciones más tarde; mientras tanto, pondré un cd para que me acompañe mientras friego los cacharros del desmadre de anoche, ¡es tan aburrido hacerlo sin música!
¡Y ahora qué pasa!, el reproductor no reconoce el disco, es como si hubiera insertado un cd virgen; pero la carátula no miente, debería sonar el Captain Fantastic de mi primo Elton, y no lo hace…

Ring, dong, ping. ¡Vaya, qué raro y diferente suena el timbre hoy!

―¡Voy! ―Abro la puerta―. Buenos días.
―Buenos días. ¿Es usted el señor…? Sí, claro que es usted, incluso recién levantado está igual que en la fotografía de nuestro archivo.
―¿De qué archivo me habla?, ¿en qué puedo ayudarle?
―Usted a mí en nada, por ahora. En cambio, yo a usted sí; si acepta cooperar, claro.
―Pues usted dirá…
―Dígame una cosa, ¿lo ha notado, se ha percatado ya del cambio?
―¿El cambio? ¿A qué se refiere? ¡No tendrá que ver con…!
―En efecto, deduzco que ya se ha dado cuenta. Es mi deber informarle de que desde esta pasada medianoche ha caducado su permiso de disfrute de todo contenido de ocio y cultura al no haberlo renovado pese a nuestros tres avisos por correo electrónico. Pero, ¿puedo pasar?, hace un frío que pela aquí en el descansillo.
―Sí, claro, pase. ―Le indico con un gesto dónde está el salón― Puede sentarse en aquel sofá, porque esta casa aún mantiene el derecho al descanso, ¿verdad?
―De eso no nos ocupamos, al menos de momento. Es broma, no me haga caso.
―A ver si me aclaro, ¿me está diciendo que me han enviado tres mensajes para renovar un permiso del que ni yo ni nadie que conozco ha oído hablar jamás? Puedo jurarle que de un tiempo a esta parte sólo recibo mensajes de publicidad, y que van todos derechitos a la papelera, siempre. Ningún mensaje de… ¿de quién? Aún no sé quién es usted ni a quién representa.
―Disculpe mi descortesía, por favor. Me presentaré: soy inspector de la Agencia Estatal para el Disfrute del Ocio y la Cultura, la AEDOC. Esta es mi placa identificativa, yo soy el agente 314, le basta con saber eso.
―Pero, ¿cómo lo hacen, borrar todos los archivos digitales y los cd comerciales? Y, lo que me preocupa incluso más, ¿por qué?
―En cuanto a lo primero, constato que aún no ha visto todo lo que podemos hacer. ¿Ha intentado ojear algún libro esta mañana?, ¿no? Hágalo ahora, verá…

Me dirijo nervioso a la biblioteca, elijo dos volúmenes al azar.

―¡No me lo puedo creer, están todas las páginas en blanco! ―cojo un par de tomos más―, las de todos los libros, parece. ¡Qué horror, no pueden hacer algo así!, la Cultura es un derecho y un bien universal y, además, yo he pagado por cada uno de estos libros, y también por cada disco, ¡esto es un atropello, un robo!
―Le recomiendo que se calme, amigo. Le repito que lo podría haber evitado rellenando el cuestionario que le enviamos hasta tres veces; aceptando nuestras condiciones, pero no lo hizo… Yo he venido hoy aquí para intentar reconvertir la situación como una deferencia hacia su persona; los dos pensamos que es usted de fiar.
―Primero, yo no soy su amigo, no me dé coba. Y segundo, no vi ningún mensaje de su agencia porque ninguno recibí, estoy seguro.
―Sí, sí lo hizo, nuestros informáticos han confirmado que todos llegaron a su servidor y fueron descargados por su programa gestor de correo. He de admitir, de todas formas, que no lo ponemos muy fácil al configurar nuestros mensajes como si fueran publicidad, pero debemos asegurarnos de que quien siga con nosotros cumpla todos los requisitos, y uno de ellos es el de la curiosidad por todo lo que le rodea. Necesitamos a todos nuestros «colaboradores» muy despiertos, pendientes de cada detalle; ya sabe, para informarnos de cualquier idea subversiva que identifique, por muy escondida que pueda encontrarse en manifestaciones culturales amparándose en la todavía vigente libertad de expresión.
―Ahora que caigo… Antes dijo «los dos», ¿quién es el otro, lo conozco?
―«La» conoce. Es su esposa…

Justo aparece ella y cruza una mirada con el agente 314, una mirada que confirma todo.

―Me estáis asustando, los dos, y yo me estoy empezando a preocupar, ¡mucho! ¿De qué va todo esto, es quizá alguna broma de nuestros amiguetes?
―¿De verdad piensas que alguno de ellos podría recrear una broma tan sofisticada?, recapacítalo un instante… ―Es ella la que responde.
―Supongo que tienes razón.

De repente estoy cubierto de humedad; sudo por cada poro de mi piel y percibo que tanto sábanas como almohada están empapadas. ¡Un momento, estaba soñando, era eso! Debí de pulsar el resorte que en ocasiones nos permite despertar a voluntad y todo ha vuelto a la normalidad, estoy despierto. Sí, no ha sido más que eso, un mal sueño. Pero necesito comprobar algo y me giro; no hay nadie más, perfecto, yo vivo solo. Aun así, necesito un café bien cargado, voy a preparárm…

Ring, dong, ping. ¡Vaya, qué raro y diferente suena el timbre hoy!

―¿Abres tú, cariño? ―pregunta desde el baño la voz femenina de mi sueño…

© Patxi Hinojosa Luján
(13/01/2019)

sábado, 12 de enero de 2019

Simbolismos

(Imagen extraída de la red Internet)

Quien más, quien menos, se siente atraído por los simbolismos en general, y por el de los números en particular. El que esto escribe no es una excepción.
Os hablaré de un número que desde hace un año no encuentra sosiego; no soporta el peso de lo que representa ante mi hermano, máxime cuando le toca posar en algún calendario. Así, le he visto ocultarse tras la careta de una simple expresión matemática, como si tan sólo fuera el resultado de una atracción total a cuatro mentiras mientras huye por cuatro esquinas. En otras ocasiones le he sorprendido calzándose el disfraz de «dos» para elevarse después cuatro veces por encima de nuestras cabezas y observarnos desde allá arriba, intuyo que con la oculta esperanza de no vernos él tampoco. Yo le entiendo, y quiero pensar que mi hermano también lo hace.
A pesar de ello, he de reconocer que en ocasiones me es imposible controlar mis emociones y le grito que no es más que un número miserable, que no es consciente del dolor que rememora, aunque yo admita para mis adentros que sí pueda serlo… Pero él nunca entra al trapo y sigue inmutable a mis reproches hasta que consigue ceder el testigo a un compañero para poder volverse invisible por otros treinta días.
Entiendo que ese número sienta tanta vergüenza que le cueste dar la cara, aunque también a él le haya tocado bailar con el peor de los recuerdos, el de «la» pérdida; por eso hoy he permitido un adelanto de mi emotividad, a cuatro días de que a aquél le toque desmaquillarse y mostrarse tal cual es sin excusa posible, evitándonos a los dos el mal trago de mirarnos a los ojos. Y de paso a mi hermano también.
Os confesaré algo: nunca dudé, iluso, de que era yo el que jugaba con los números durante el Camino; hasta hoy, cuando empiezo a sospechar que son ellos los que siempre han jugado conmigo, con nosotros. ¿No es verdad, «dieciséis»…?

© Patxi Hinojosa Luján, carente de ánimo para poder expresar algo el día 16…
(12/01/2019)

viernes, 4 de enero de 2019

Siempre anónimo

(Imagen extraída de la red Internet)

El nuestro es un pueblo pequeño, aquí nos conocemos todos. Por eso, cuando llega algún forastero con la intención de quedarse nos enteramos enseguida…
***
Suele contarse en las tertulias de banco de su Plaza Mayor que, aunque cerraba siempre la puerta al anochecer, tenía especial cuidado en dejar su corazón abierto durante el resto del día, y así era casi imposible que no se fuera ganando el respeto y el aprecio de todos sus convecinos, uno a uno, poco a poco.
Aún hoy, algunos suelen recordar de cuando en cuando que llegó aquí una tarde de otoño hace más años de los que mi memoria admite abarcar, y que lo hizo con discreción, la misma de la que hizo gala después; y cuentan también que con discreción se fue una medianoche, cuando ya todos creían caducado el plazo para su partida, incluido un servidor. Esto fue un duro revés para todos los que acabamos sucumbiendo a sus encantos, queriéndole como se quiere a un amigo de toda la vida o al familiar más cercano.
Aunque lo que más recuerdan algunos es cómo, coincidiendo con su llegada o al poco de ésta, comenzó todo...
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Salpicadas con una periodicidad matemática, empezaron a circular noticias sobre unos sorprendentes eventos que vinieron a alegrar, y en ocasiones solucionar, la vida de no pocos lugareños. Pronto se impuso la lógica y fue imposible mantenerlas en secreto dentro de los límites del municipio, por lo que más pronto que tarde llegó a oídos de las localidades vecinas y las peticiones de empadronamiento desde ellas se multiplicaron. Reaccionando con celeridad, el gobierno del consistorio se vio obligado a emitir un edicto municipal que suspendía sine die todas aquellas que no fueran motivadas por un nacimiento dentro de alguna familia del vecindario.
Pero volviendo a él, era inútil preguntarle nada sobre la cuestión; su reacción ante el osado que se atreviera a planteárselo era un encogimiento de hombros acompañado de un arquear de cejas que evidenciaba una extrañeza no fingida, lo que obligaba a su interlocutor a volverse por donde había venido con nuevas preguntas y el mismo número de respuestas: ninguna.
Después de su partida, se pudo constatar que seguían produciéndose los mismos hechos, aunque es cierto que en estos últimos tiempos se dan con una periodicidad que coquetea más con la anarquía creativa de las Letras que con la exactitud de las Ciencias.
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Desde hace unos días me noto raro, algo disperso. Mi memoria y mis reflejos fallan por momentos e ignoro cuánto tiempo más me acompañará la lucidez para poder seguir ocultando lo que sé sobre esas órdenes bancarias que tanto sorprenden por su generosa cuantía. Desconozco también si algún día se llegará a identificar al impulsor de semejante plan, a su autor intelectual y material.
A veces, cuando noto aquellas lagunas, me da por releer la enigmática nota manuscrita que apareció un buen día sujeta bajo un imán en la puerta de mi frigorífico, con esa caligrafía que me recuerda tanto a la mía…

[…] en las transferencias bancarias deberá figurar siempre «ordenante anónimo» y el beneficiario ser elegido al azar con el sistema que yo considere más oportuno; eso sí, respetando que no pueda haber dos agraciados dentro de una misma familia […]
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Cuenta la leyenda que nunca nos dejó del todo. ¡Y quién soy yo para rebatirlo...!

© Patxi Hinojosa Luján
(04/01/2019)

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Certidumbres

(Imagen extraída de la plataforma Pinterest)

Llego a mi urbanización y aparco el coche sin preocuparme por una vez de dejarlo paralelo a las desgastadas rayas blancas, estará bien así, me digo…
Abro la puerta de roble macizo, que hoy parece más pesada que nunca, y entro en casa. Me dirijo a mi habitación. Quiero acostarme enseguida pues mi cuerpo me pide dormir, está cansado y algo dolorido. Sin embargo, de repente me encuentro en la cama con el televisor encendido, intento ver el final de una película que tengo pendiente. Es inútil, no me concentro y rebobino una y otra vez para comenzar el visionado en el mismo, familiar y estruendoso punto. Empiezo a intuir que nunca sabré cómo continúa y acaba la historia.
Así las cosas, me brindo un reproche: no sé por qué hago esto si yo ahora sólo quiero dormir; quizá sea, me defiendo, para enmascarar el sonido tan agudo y molesto que me acompaña como ruido de fondo. Por fin, cansado de no poder descansar aferrándome a un ejercicio de inutilidad, apago la tele e intento cerrar los ojos; entonces me da un vuelco el corazón al comprobar que ya los tenía cerrados, tan cerrados que me es imposible abrirlos. Me tranquilizo al permitirme una auto mentira piadosa: todo esto no es más que un sueño. Pero funciona sólo el instante que dura hasta que él mismo me muestra su verdadera cara, la que suelen ofrecer las pesadillas con toda su maldad, y no tengo más remedio que aceptar que esto sí refleja con más fidelidad la realidad.
El ruido de fondo se acompaña ahora con unas voces que, respetuosas, inician una conversación entre susurros, y al momento noto cómo un flash intenso lo ilumina todo de un blanco brillante.
Sospecho que algo va mal y no necesito que ni mis cansados ojos ni nadie me lo confirmen, pues antes de que consiga recolocar mis ideas, y como por arte de magia, se encadenan ante mí una serie de certidumbres…

Sé que aquella historia no tiene más final que la escena inicial de mi bucle vacío.
Sé que éste no es mi cuarto.
Sé que esa pantalla no es ningún televisor.
Sé que la línea horizontal que en estos momentos debe dividir en dos el monitor es la enésima en sus carreras profesionales, aunque les duela tanto como la primera.
Sé que abandonarán la estancia con la espalda encorvada por lo que ellos mismos considerarán una nueva derrota.
Sé que estos párpados pegados ya jamás se despegarán.

Sé que no llegué a casa.
Sé que no debí conducir en esas circunstancias.
Sé que debería estar arrepentido, y lo estoy.
Sé que ya es tarde para ello.
Sé que ya no soy…

© Patxi Hinojosa Luján
(26/12/2018)