miércoles, 1 de junio de 2016

Ya soñaré mañana…


El silencio es quebrado por los cazas que, como en ocasiones anteriores, exhiben con alardes sus velocidades y aceleraciones extremas y desafían al sonido emitiendo un siempre inesperado estallido al romper su barrera. Quizá por ello abro los ojos; al hacerlo dejo patente un recelo que esconde el terror más absoluto y la respuesta es la misma desde hace, calculo, ya casi una semana: la luz se ha olvidado de mí, me acorralan las tinieblas.
A pesar de lo poco que he tenido ocasión de visitar, sé que me estoy perdiendo un panorama mágico, de ensueño; un paraje privilegiado al poseer el espectacular paisaje, único y cautivador, de un parque natural. Por esa razón lo visitan miles de personas cada año, y por ello me decidí yo a hacer lo mismo.
Pues bien, resulta que ahora no puedo verlo ni disfrutarlo, no en la actual tesitura. A duras penas, después de dejar que mis pupilas se dilaten hasta su máximo diámetro, distingo una vez más algo del espacio que me rodea; pero tampoco puedo recorrerlo en su totalidad, los grilletes de hierro roñoso que aprisionan y dañan mis muñecas lo impiden; tengo que conformarme con aprovechar los escasos tres metros de margen que me ofrecen sus cadenas para evitar que mi cuerpo se quede congestionado; aun así, no te daré la satisfacción de vislumbrar atisbo alguno de deterioro físico o mental en mí, no mientras las fuerzas me acompañen.
Me quita el sueño no saber nada respecto a tus intenciones puesto que, después de que me abordaras amparado por tu disfraz de buena persona, de esos que esconden artimañas y engaños, al final te limitaste a emplear tu superioridad física para encerrarme sin ninguna explicación, junto con gran parte de mis ilusiones, en el sótano de esta edificación abandonada. Nunca imaginé que tanta advertencia haciendo hincapié en el riesgo que supone un viaje en solitario de una chica, con una mochila pegada a la espalda, pudiera tener base real, pero ahora tengo que aceptar lo equivocada que estaba; también lamento mi cabezonería al insistir a mis padres en que no daría señales de vida hasta regresar a mi nido de soltera, pese a sus ruegos para que enviara noticias con cierta frecuencia. Pero claro, a ti qué te importa cómo pueda sentirme yo en estas circunstancias, ni si por un casual quisiera cambiar mi actitud para tranquilizarlos…
Me produce un cierto rubor pensar que a poco que lo intente puedo ver con claridad tu cara representada en mi cabeza. Hago la prueba ahora y no me sorprendo al recordar esa cara de niño triste que pareciera que no ha roto un plato en su vida y que destila un punto de amargura, de sufrimiento, de lucha interior; ¿cómo alguien así puede ser responsable de tamaña crueldad, acaso tienes alguna explicación que ofrecerme?
Tengo hambre, y sed. Supongo, o eso quiero pensar porque ayer apareciste más tarde y con más prisa de lo habitual, que ya no tardarás en venir a tirarme al suelo mi ración diaria, como si fuera una apestada, o porque temes enfrentar mi mirada aun en las sombras que reinan en tus visitas. Ahora recuerdo que ayer, cuando lo hiciste, creí oírte un gruñido de malestar, pienso que tampoco tú toleras el hedor que se acrecienta con las horas; el retrete, que sirve de asiento para todo, no brilla por su limpieza e higiene y me temo incluso que no cumple su función como debiera. Lo que daría por una buena ducha en libertad, o un baño con sales aromáticas, no voy a andarme ahora con remilgos. Es extraño, por surrealista que parezca a veces me sorprendo sorprendiéndome, como ahora, que desconozco de dónde puedan salir esos toques de humor.
Aunque tengo mucha hambre porque hoy al final no has venido y mi estómago protesta ya tanto que acalla los sonidos de las cadenas, tengo aún más sed y me cuesta humedecer el reseco paladar pese al empeño que pongo. A duras penas soporto esa sensación en la boca y, aunque quisiera, no conseguiría hablar con algo de fluidez, menos aún gritar. También sé que mis gritos de poco servirían, imagino que te has asegurado de que afuera no se oiga nada de lo que acontece aquí y que para cualquier espectador esta no es más que una construcción a evitar por su difícil acceso y el peligro de posibles derrumbes.
Debo dejar ya de compadecerme y empezar a aprovechar la claridad mental que atesoro como el único valor positivo de mi soledad en esta oscuridad física, incluso a sabiendas de que en estas circunstancias no soy dueña de mi propio destino. Pero será ya mañana, el agotamiento hace mella en mí y me sumerjo en el que intuyo será un nuevo sueño inquieto e inquietante.
Me despierto ya sin prisas por abrir los ojos, total, para qué… Es como si el tiempo se hubiera detenido: siempre la misma negrura, la misma angustia, el mismo vacío, el mismo silencio cuando no lo rompen los militares. Un silencio que el resto del tiempo se me hace más y más insoportable. Un silencio a veces enemigo, a veces confidente. Y sigo sin noticias de ti. No puede ser que me hayas olvidado y me vayas a dejar aquí, así, abandonada a mi cruel destino. En este punto no sé si preocuparme todavía más o empezar a esperanzarme.
¿Sabes qué?, he soñado que el otro día, cuando nos encontramos, te limitabas a indicarme la ruta para llegar aquí y después desaparecías silbando una canción, levantando el polvo del camino, con un niño asido a tu mano. ¿Por qué no me deparó esto el destino aquella tarde, por qué? Sí, ya sé que ni tú ni nadie me va a responder, pero no puedo ni debo acallar los desahogos mentales, en esta coyuntura son de mis pocos aliados.
Hace tres sueños largos ya que no hay ninguna novedad, y como además empiezo a perder las referencias temporales, desconozco si ahora es de día o de noche, si estoy controlando los ciclos de veinticuatro horas, si… ¿Cuándo piensas venir?, ¡joder, no puedes dejarme así, maldito seas!
Me dejo ir y bajo a un nivel de consciencia inferior.
Creo que he perdido la apuesta contigo, tío, mi aspecto a estas alturas de la historia no debe de ser muy digno que digamos, ¿verdad?, ¿por qué no vienes a cobrártela, eh?
¡Un momento!, debo impedir que me abandone también la lucidez. A ver, chica, no has hecho ninguna apuesta con ese malnacido, no tienes ninguna confianza ni nada que ver con él. Apago la sonrisa boba que se había dibujado en mis resecos labios en ese momento de debilidad extrema. Esa debilidad es la responsable de que lo único que desee en estos instantes sea cerrar una vez más los ojos para cambiar el matiz de la oscuridad, con la esperanza de despertarme en un universo paralelo en el que esta experiencia no sea ni siquiera una posibilidad. Pero empiezo a descartarlo antes incluso de sumergirme en el frecuentado mundo onírico.
Me despierta el sonido de unas gotas al golpear en el que será el único tramo liso de la cañería de agua al no estar oxidado, y que en este silencio me parece resonar con la fuerza de una tormenta. O puede que lo haya hecho esta sensación tan molesta en mis brazos, no sé. En todo caso las gotas deben de ser de sangre porque, aunque no acierto a distinguirlas, noto en una de mis muñecas la irritación producida por el roce del hierro oxidado, y cómo aquella evita la postilla arrancada y resbala por mi antebrazo. No lo dudo ni un segundo y aprovecho mi propia esencia; su sabor se mezcla con el de las partículas de óxido y noto que ambos se asemejan en el ligero dulzor. Ya he dejado de sangrar, tendré que confiar en que no tardes en traerme algo con lo que alimentarme. Pero cada vez confío menos en mi confianza; tú no contradices mi intuición y sigues sin venir.
Tengo mucha sed. Me vence el sopor pero hago un sobreesfuerzo para recordar que la llave de paso del agua, que no he llegado a encontrar, estará cerrada dejando al pequeño lavabo de la pared como un simple adorno en mi eterna noche; también que la cisterna del retrete la oigo al otro lado del tabique. Así es que una vez más me resigno a mi suerte, dejo de respirar y tiro de la cadena; evitando las lógicas arcadas por la cercanía de inmundicias sin evacuar, acumulo en el cuenco de mis manos algo de agua que alivie mi sed, mientras aumenta mi repugnancia por todo lo que me rodea, incluida yo misma. Bebo un par de sorbos y utilizo el líquido restante para refrescarme la cara. Vuelvo a dormirme.
***
Algo me despierta. Noto cómo se agrieta el silencio y también cómo, por alguna de sus fisuras, me llegan unas voces lejanas que adquieren en mi cabeza la sonoridad de un coro celestial. Me asalta una duda: ¿No me habré muerto, verdad? No, los difuntos no pueden sentir dolor y a mí estas muñecas me están matando. Las voces se oyen cada vez con más volumen, más cerca; distingo dos. Inspiro lo poco que puedo debido a mi fragilidad y lanzo un grito de auxilio que nace mudo porque ni yo lo oigo. ¿Qué esperabas, después de todo este tiempo de penurias? —Justifico para mis adentros—. Pero sé que es cuestión de insistir y al tercer intento, con gallo incluido, consigo hacer vibrar el aire con mi petición de auxilio.
—¡Ayuda, por favor, estoy abajo, en el sótano! —me desgañito como si me fuera la vida en ello, porque me va.
Al segundo de emitir ese grito de socorro quedo helada, un vuelco en el corazón me recuerda que la angustia no es recomendable para nadie, y menos para alguien que, como yo, sufre de episodios de arritmias extrasístoles; y es que por un momento pienso que una de las voces pudiera ser la tuya y que vienes acompañado para presumir de presa y exhibirme como tal ante una compinche —sí, una, ahora distingo a la perfección una voz femenina junto a la masculina— y me recorre un escalofrío desde la nuca hasta los tobillos; mas enseguida interiorizo positivismo y aparto esa idea de mi cabeza visualizando mi pronta liberación.
—¿Hay alguien ahí abajo, necesita ayuda? —oigo, esperanzada; su decidida respuesta me inyecta energía.
—¡¡¡Por favor, sáquenme de aquí…!!! —suplico en el momento en que un rayo de luz se pasea delante de mis ojos, que se cierran por instinto como autoprotección. Demasiado tiempo viviendo entre tinieblas, necesitaré una adaptación progresiva a la luz, pero la sola mención a esa posible certidumbre me anima a insistir…
—Estoy encadenada, casi no puedo moverme —añado ya más relajada, y me dejo caer sobre el frío y único asiento.
Abro poco a poco los ojos, con precaución, protegiéndome como puedo con mis doloridas manos. Intento enfocar donde supongo están mis salvadores y al rato compruebo, con gran alegría, que no eres tú ninguna de esas dos figuras algo borrosas aún; no podría no identificarte... Han dejado abiertas cuantas puertas y ventanas han encontrado a su paso, porque la estancia disfruta ahora de una penumbra que se me antoja deslumbrante. Enseguida me tranquilizan:
—No tema nada, señorita, somos militares de la base cercana. Estábamos paseando aprovechando nuestras horas de asueto y los dos hemos tenido a la vez el impulso de entrar a explorar la vieja cabaña que todos los compañeros conocemos de siempre; como nuestros superiores nos habían «recomendado» no entrar por el riesgo de derrumbe —ahora vemos que no hay para tanto—, hasta ahora ni se nos había ocurrido. Lo de hoy ha sido extraño; tener los dos la misma idea, así, al mismo tiempo…
—Déjate de rollos, compañero —interrumpe impaciente la chica mientras examina los grilletes—. Perdone señorita, ahora lo importante es sacarla de aquí. Me temo que sin la llave no podremos liberarla, avisaré a la base para que nos traigan algo con lo que intentar forzar la cerradura.
Dicho y hecho. Mi salvadora sale de la estancia para conseguir cobertura y hacer esa llamada. Mientras, su compañero me interroga de manera informal con tanta delicadeza como profusión de palabras, queriendo saber todos los detalles, pero haciendo hincapié en los de mi agresor. Me tranquiliza.
—Ya está —dice quien ahora veo como una risueña joven que cuando habla intenta aparentar más edad de la que tiene en realidad—, enseguida vienen.
—¡Perfecto! —responde él sin pararse a pensar si ha interrumpido o no a la chica—. En cuanto la hayamos liberado la llevaremos con nosotros para curarle esas heridas, tomarle declaración para rellenar el atestado; y avisar al juez de guardia, claro.
Pasan unos minutos que ya no se me hacen tan eternos y en los que ellos dos hablan entre sí y conmigo; en los que entran y salen del cuarto, aunque nunca me dejan sola. Me las apaño para aparentar digna y comparto con los dos mi inquietud al imaginar que tú pudieras aparecer en cualquier momento y no poder prever tu reacción. Ellos me calman al instante, portan sus armas reglamentarias y han dejado atrancada la puerta de acceso principal que ya tenían cerrada con el propósito inicial de disfrutar de algo de intimidad…
—Pero, por favor, que esto no se sepa en la base, no diga nada a nuestros compañeros cuando estemos allí —me solicitan al unísono con sendos guiños que consigo apreciar, no sin dificultad, lo que refuerza mi confianza—, no queremos hacerlo oficial, no por ahora.
Inspiro y expiro el rancio aire de la estancia, sin prisas. Después suspiro. Me está llegando el bajón después de tantas emociones contrapuestas; a pesar de que ya estoy relajada, o quizá por ello, empiezo a sentirme muy cansada. Les pido disculpas y cierro los ojos. Sueño con una pequeña y quebrada montaña que me resulta familiar por su forma piramidal, con peñas de bellos tonos ocres aquí y allá. Y no hay ni rastro de ti, por un momento pienso que has desaparecido por completo de mi vida y siento como si pudiera volar al habérseme quitado un enorme peso de encima, por un momento…
***
Parece que hubiera dormido semanas, noto mi cuerpo descansado y en calma. Parpadeo hasta que puedo fijar la mirada. Estoy en una oficina con varias mesas de trabajo, pero nadie ocupa su puesto porque todos me rodean como si observaran un fenómeno extraño. Sonrío, nerviosa, y saludo con un tímido movimiento de mi mano izquierda; al hacerlo, observo las vendas en ambas muñecas y constato que me han aseado y que porto ropa nueva y limpia, ropa militar. Solo siento agradecimiento. Entonces caigo en mi error. No todos están a mi lado. Mirando más allá del grupo aprecio un habitáculo, hecho en madera noble y cristal, destinado al jefe de la unidad tal y como reza la placa: Coronel Gardenias; dentro, con la cabeza gacha, estás tú.
Se me cae el alma a los pies. Mis salvadores aprecian un cambio súbito en mi semblante y con la discreción que impera en el lenguaje de señas me preguntan qué me pasa; les respondo con un ligero movimiento de mi barbilla en dirección a la oficina acristalada y asiento cuando me inquieren con otro elocuente gesto si es él, si es el joven al que su coronel está firmando un albarán de entrega quién me secuestró.
Les agradezco a todos su preocupación para que así puedan continuar con sus labores y que el momentáneo alboroto lo puedan aprovechar mis bienhechores para, con disimulo, acercarse hasta su objetivo y cogerlo desprevenido. Temo que el hecho de que vayan acariciando las culatas de sus armas pueda delatarles, pero no es el caso, tú continuas con la mirada perdida en ninguna parte incluso cuando, al más puro estilo policial, te leen tus derechos mientras te esposan. Solo después de estar inmovilizado levantas la cabeza, buscas con la mirada, me encuentras, lees en mis ojos y sonríes con tristeza, confirmando que te has quitado una losa de encima. No incluyes ningún gesto que indique que te arrepientes de lo que has hecho, que me pides perdón. ¿Pero sabes?, no es necesario. Yo ya sé que lo lamentas, y no por ti, sino por mí. No me preguntes cómo, no sabría contestarte. Y sé también que te ha dado vértigo constatar que yo ya te he perdonado, cuando tú aún no tienes nada claro si llegarás a hacerlo algún día, si lo lograrás antes de…
Esa, créeme, es y será tu mayor condena.
***
Cuando lo peor ya ha pasado, mis ángeles particulares buscan un hotel para mí en una población cercana y me tranquilizan al asegurar que adelantarán el dinero de su bolsillo hasta que mi agresor sea interrogado y yo recupere las pertenencias que me arrebató y pueda volver a organizarme. Los dos jóvenes militares, de los que no conozco sino su versión de «uniforme de paisano», tienen unos días libres como recompensa por su acción e insisten en acompañarme allí hasta que me instale. Una vez hecho esto, bajamos a la cafetería y, después de contarnos nuestras respectivas vidas frente a unas consumiciones, en una escalada de confianza preguntan por mis proyectos, por mis sueños. Mientras la expresión de mi rostro les hace destinatarios de mi gratitud más profunda, mi respuesta brota con inocencia de lo más hondo de mí antes de que pueda meditarla:
—Hoy, ahora, solo quiero dormir, ya soñaré mañana…

FIN

© Patxi Hinojosa Luján
(15/05/2016)