jueves, 8 de diciembre de 2016

¡Menos mal!


Estaba el bueno de Johnny Depp haciendo de malo malísimo en la pantalla de un recinto iluminado, fuera de programa, por decenas de luciérnagas con forma de teléfono móvil —de esos tan modernos que pueden con todo, incluso con el respeto— cuando, en la discreta penumbra que reina durante las proyecciones cinematográficas, creímos oír un murmullo que por inapropiado nos pareció molesto y que se acentuó al mostrarse con toda crudeza en un instante de la película en el que la trama nos sumergió en un silencio expectante; aun así no logramos ubicar el origen del mismo, caprichos de las ondas sonoras…
Entonces oímos con claridad lo que no era sino la retransmisión de un partido de fútbol, en concreto el Real Madrid - Málaga. Mi amigo y yo nos miramos sorprendidos de que alguien se hubiera dejado encendido su dispositivo y no tuviera el reflejo de apagarlo para que pudiéramos concentrarnos en aquello que nos había llevado hasta allí.
Así, estuvimos oyendo en los ratos en los que lo permitía el volumen de la sala los gritos —que no voces— de los locutores, aliñando la banda sonora de nuestro ocio, hasta que llegó el final del filme y se encendieron las luces junto con los móviles que aún restaban dormidos.
Formando parte ya del río humano que a cámara lenta abandonaba el lugar, noté que alguien me daba un codazo, ligero, como para llamar mi atención. Cuando me volví en busca del dueño de aquel codo vi que había sido mi amigo, y en su cara observé un gesto de sorpresa y susto. Con un movimiento circular por triplicado de su dedo índice, que respetaba el sentido de las agujas del reloj, me indicó que aplazaba algo para más tarde, y supuse que compartiría conmigo ese algo cuando estuviéramos solos; así lo hizo: me confesó que al intentar poner en funcionamiento su móvil se percató de que, no sólo lo tenía encendido por error, sino incluso con la aplicación de una conocida emisora de radio activada. En su expresivo rostro pude leer un «¡tierra, trágame!» y yo me quedé de piedra unos segundos hasta que los dos explotamos en una sonora carcajada.
***
Si he compartido con vosotros el pecado es porque no haré lo propio con la identidad del pecador. Todo lo que acabo de contaros quedará como un secreto confesable, sólo a medias.
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Y ya finalizo aceptando que, conociendo cómo se las gastan los comentaristas deportivos en su trabajo, tuvimos suerte a pesar de todo, la fortuna de que el resultado final reflejara un sorprendente empate a cero goles.
¡Menos mal!

© Patxi Hinojosa Luján, relatando tal y como ocurrió un caso real vivido en primera persona
(08/12/2016)