sábado, 2 de agosto de 2014

De símiles y misiles

       Hay días, aunque no creáis que muchos, no, solo los que tengo que ir a la «estresficina»… en que cuando me despierto por la mañana puedo sentirme incluso como una hermosa y bonita naranja, brillante aunque con la rugosidad justa, sin pelar, sin cortar, sin exprimir… Pero, ¡ay amigo!, cuando ya, y una vez finalizada la jornada laboral, llego a mi hogar, me siento, y no es porque me lo diga ningún espejo sino por las sensaciones que interiorizo, como un limón que, partido por la mitad, hubiera sido exprimido al máximo y ya no le quedara ni una sola gota de jugo en su interior. Después de una larga travesía vital que dura ya demasiados años, y aquí con el adverbio únicamente aludo a lo referente a esa transformación o reacción química, todavía me pregunto cómo este limón puede amanecer, a la mañana siguiente, convertido en aquella naranja… y solo se me ocurre pensar que es debido al sueño reparador, en mi caso siempre junto a mi hada particular, ese pequeño duende que me ha acompañado siempre, haya habido para compartir pan, cebolla, ambas cosas o ninguna de ellas.

       Pudiera parecer que en un principio aflora latente una queja, pero no, nada más lejos de la realidad, puesto que me reconozco como un privilegiado asalariado que por lo tanto, muy cansado eso sí, tiene que estarle agradecido a la vida, muy agradecido.

        Y encima, para más inri, en nuestra tierra no llueven las bombas y los misiles con los que en otra parte del planeta están «obsequiando» a la población, aunque todos sabemos que esos no son los fuegos artificiales que quisieran ver… no me extenderé más aquí, no en caliente, como decimos por estos lares.

       Ya veis, unos tenemos símiles que compartir con los sufridos amigos que pierden el tiempo leyendo nuestras ocurrencias, pero otras muchas personas, lo que por desgracia tienen son misiles que esquivar para poder continuar con sus míseras vidas, pero en las que seguro no falta la pasión mientras no se las arrebaten…

       Y yo lanzo una pregunta al aire: ¿hasta cuándo tanta desigualdad e injusticia?

       Como decía nuestro querido Bernie Taupin, allá por 1976: si Dios está en el Cielo, ¿a qué espera?

       Y eso mismo me pregunto yo en un 2014 que pareciera «muy» futuro cuando surgió aquella reflexión… ¿Tan poco hemos aprendido?

Patxi Hinojosa Luján

(02/08/2014)