martes, 10 de febrero de 2015

Condenado a vivir

       Cansado ya de todo y de todos, y dejando de mala gana su copa de champán en la bandeja que portaba uno de los camareros contratados para la ocasión, decidió escapar de una vez por todas de la soledad de su chalet unifamiliar, abarrotado para la festiva ocasión de gentes con glamour pero sin alma, con cerebro pero sin corazón. Se sentía solo, estaba solo... Porque no hay persona más sola que aquella que está rodeada de seres superficiales. Y no hay seres tan superficiales como aquellos que pueden llegar a una teatral depresión si no les llega a tiempo el caro encargo de turno de su joyería de confianza, esa que le desgasta semana sí y semana también su tarjeta Visa Platinum, engordada con fondos conseguidos con poco esfuerzo y menos decoro y decencia.

       Había tomado una difícil decisión, y tenía pensado camuflarla en el ámbito de una sesión de puentismo en la que él mismo sabotearía el salto en el momento decisivo. Cuando le tocó el turno, durante los preparativos y mientras le daba las últimas instrucciones y le ajustaba los aparejos, el monitor observó, intrigado, cómo un brillo especial que no identificó como conocido le retaba desde unos verdosos y vidriosos ojos. Estaba ya colocado de pie en la baranda cuando ambos sintieron al unísono un estremecimiento y un sudor frío les recorrió la columna de arriba abajo.

       Pero desistió de soltarse los arneses en el último instante como tenía previsto. El tren de la osadía, que no suele visitarnos a menudo, esta vez pasó de largo, eso sí, rozándolo, sin que él pudiera asirse a su último estribo, y lo perdió, quizá para siempre. Algún ser todopoderoso acababa de dictar sentencia: no tenía derecho a quitarse la vida, por lo que empezó a mentalizarse de que tendría que hacer frente a la miseria en que se había convertido su maldita existencia sin ayudas, solo…

       Sin la ayuda de la muerte, sin el comodín del suicidio.

       Caminó, cabizbajo al principio, orgulloso después, en dirección a su casa. El subidón de adrenalina le había regalado una sensación muy placentera y pareciera que iba levitando. Cuando llegó la encontró vacía, y por primera vez en mucho tiempo no se encontró solo. Ahora le acompañaba el pensamiento de un propósito a cumplir: convertir su existencia en una Vida con mayúsculas.

       Al día siguiente, la plantilla al completo de una empresa de la localidad no terminaba de creerse lo que acababa de oír. Se miraban unos a otros intentando encontrarle sentido al comunicado de su jefe. En resumen, este les había subido el sueldo a todos un treinta y tres por ciento desde ese mismo instante, y les concedía cinco días más de vacaciones por año…

       — ¡Venga, ahora todos a trabajar! —les solicitó a todos que, gratísimamente sorprendidos, obedecieron al instante.  

       Al retirarse, y cuando ya no era visible para sus empleados, sus verdosos ojos regaron sus mejillas con una salada y largamente ausente lluvia de satisfacción.

       Sonó su móvil:

       —Recuerda que el sábado por la mañana tienes cita para un salto —le recordó su interlocutor, que ya no tenía olvidado el sudor frío que había sentido no hacía tantas horas.

       —Descuida, allí estaré…

«Sin la ayuda de la muerte, sin el comodín del suicidio».

       Se alegró de no haber tenido a mano los horarios de «los trenes de la vida»…

© Patxi Hinojosa Luján

(10/02/2015)