lunes, 2 de febrero de 2015

«El Niño»

       Casi todo el mundo te conocía por ese apodo en tu pueblo natal. Mucha gente también en el que te acogió por tantos años y que al final fue el que vio como abandonabas este mundo, en silencio, paradójicamente después de haber hecho tanto ruido… Todos esos paisanos que hasta él te acompañaron para, como tú, ganarse el pan y algo de dignidad, se encargaban de no hacértelo olvidar. Curioso alias, «el Niño», al que nunca dejaste de honrar, a tu manera…

       No tuviste la suerte de ir mucho tiempo al colegio, aunque la escuela de la Vida estuvo al quite y te amadrinó a temprana edad. Y puedo dar fe de que muchos estudiados no te llegaban ni a la altura del betún en cuanto a humanidad, clase, educación y saber estar. Eso sí, no te emociones demasiado, no todo lo que vas a leerme serán parabienes…

       Pero, a lo que iba, el hecho de que dominaras la lectura hizo que devoraras cuantos libros y revistas se cruzaran delante de ti, siempre que fueran de historia, política, ciencia, deportes o actualidad, ¡claro! Cómo olvidar todos esos dichos y ocurrentes frases que bien pudieran haber salido del ingenio de un Einstein, un Chaplin o un Marx (Karl y Groucho, los dos en este caso), pero que solo a ti te pertenecieron. Las recordamos más a menudo de lo que hubiéramos supuesto, con nostalgia, con agradecimiento, con cariño, y sin rencor…

        El problema era que no solo tenías ese afán devorador. Más de una botella, y no de agua precisamente, quedó temblando después de tu paso por sus inmediaciones durante todos esos años que transcurrieron desde la temprana edad a la que empezaste a trabajar de ebanista (excelente ebanista) hasta el momento en que tu cuerpo no pudo más, que fue cuando tu mente no quiso más.

       Alguna de las muchas noches en que el reloj te delataba al indicarnos que, una vez más, llegarías tarde a casa, y entre angustias, nervios y, por qué no decirlo, miedo también, nos preguntábamos si, cuando lo hicieras, contarías chistes de Cantinflas o gritarías indiscriminadamente, con o sin amenazas, al final nos sorprendías llegando sobrio, conversador y cariñoso, poniendo no sé qué excusas por tu tardanza y haciendo que la tranquilidad volviera a reinar, eso sí, por una cantidad de horas indeterminada.

       Algún tiempo después, fui consciente de que tus participaciones en las pegadas clandestinas de carteles del hoy moribundo PCE nos libró de alguna que otra borrachera con sus devastadoras consecuencias para ti y para todos nosotros. Ese señor bajito y con bigote, que te dejó huérfano con solo cuatro años, te hizo militar bajo aquellas siglas hasta el final, camarada.

       Y hoy y ahora me surge una duda. Ignoro si allá donde estés, tu espíritu habrá coincidido con el de Ella. Espero y deseo que así haya sido. Entiendo que los espíritus carecen de orgullo, por lo que me reconforta pensar que ya le habrás pedido perdón, y Ella te habrá perdonado. Nosotros estamos en ello…

       PD: ¡Ah!, se me olvidaba... ¡muchas gracias por el escudo gorri ta zuria  que esculpiste en mi corazón hace más de cincuenta años!

© Patxi Hinojosa Luján
(02/02/2015)