viernes, 6 de febrero de 2015

¡Estos mayores son tan raros!

       Aquella tarde, mientras regresaba a pie del colegio, Efrén iba dibujando mentalmente su espectacular casa de tres plantas. Armando y Bárbara, sus padres, habían comprado hacía un par de años una mansión enorme justo al final de la calle principal del pueblo. Seguramente lo habrían hecho para destacar de los demás, pero sin estar muy alejados del centro. En la planta baja se ubicaban el enorme salón-comedor, la cocina y un par de baños completos. En el primer piso, las habitaciones del matrimonio, la suya propia, amén de otro par de ellas sin adjudicar, y un cuarto algo más pequeño que servía de oficina para su padre. Y, por último, en el coqueto segundo nivel, abuhardillado, la habitación de Diana, su hermana mayor, y una habitación para dejar los trastos. Además, todas las habitaciones disponían de baño propio. Efrén pensó que les sobraba demasiado espacio, y encima para mantener limpio todo aquello su familia tenía que contratar a una persona dos o tres veces por semana; su inocente cerebro de ocho años no lo acababa de entender, por lo que murmuró:

       — ¡Estos mayores son tan raros!

       Era viernes por la tarde. Hacía más de una hora que Efrén estaba en casa y por fin podía disfrutar del tan ansiado fin de semana al haber terminado ya los deberes que la «seño» le había puesto a su clase. Pero ahora se aburría. No le apetecía jugar con la consola, tenía un leve aunque molesto dolor de cabeza. Empezó a buscar algo con lo que distraerse, o a alguien dispuesto a compartir su tiempo jugando con él… a lo que fuera. Pero ni una cosa ni la otra, parecía que el mundo le tenía olvidado en esos momentos. Pensó que su madre le habría dejado solo por unos instantes mientras iba a comprar algo al supermercado de su misma calle, aunque sabía que no tardaría. Su padre no había llegado aún del trabajo, como era viernes tendría que dejar cerrados todos los temas importantes para así estar tranquilo hasta el lunes. Y de su hermana, pues no tenía ni idea de dónde podría estar, poco o nada sabía de su vida, salvo que tenía un novio que se llamaba Cristóbal.

       Entonces, creyó oír un ruido que provenía de las plantas superiores. En todo caso un ruido muy pequeño, pero como no tenía otra cosa que hacer, ingenuo, decidió ir a curiosear. Subió un piso y confirmó, al oírlo ahora con más volumen, que provenía de la buhardilla. Y subió a ver. Estaba claro, ese ruido, que ahora identificaba como lamentos y susurros, salía de la habitación de Diana. Giró la manilla de la puerta y, como estaba abierta, entró. Su hermana dio un grito que retumbó en toda la casa e inmediatamente después procedió a ponerse bien la blusa y la falda. Al saltar de su cama dirigiéndose enfurecida hacia su hermano, este vio con asombro cómo en el espacio que ella había dejado libre ahora se encontraba Cristóbal, su novio, con la cara totalmente roja, intentando colocarse la ropa para ocultar sus partes desnudas. Mientras Efrén corría escaleras abajo, perseguido por Diana, exclamó:

       — ¡Estos mayores son tan raros!

       Tres meses más tarde, los padres de Diana invitaron a cenar a Cristóbal. Parecía que la ocasión era especial porque pusieron la mantelería, vajilla y cubertería de las grandes ocasiones, pero nadie sacaba ninguna conversación a escena y todos estaban serios, salvo Efrén que, como siempre, estaba a lo suyo jugando a veces con los cubiertos y con la comida. Todo se desarrollaba en un clima de tensa normalidad hasta que, aprovechando que los anfitriones se acercaron a la cocina para traer un nuevo plato, el pequeño de la casa se atrevió a interrogar al novio de Diana:

       —Oye Cristóbal, ¿tú trabajas en un circo? —preguntó de sopetón Efrén.

       —No, ¿por qué lo preguntas? —respondió sorprendido aquel.

       —Porque mi papá dice siempre que eres un payaso —soltó, inocente, Efrén.

       Diana, avergonzada como nunca, no sabía qué decir ni a dónde mirar. Cristóbal, pasados el rubor y la sorpresa iniciales, esbozó una pícara sonrisa apenas visible, que mantuvo incluso cuando Armando y Bárbara regresaron a la mesa con el segundo plato presto para servirse, y que no abandonó hasta que el recatado beso que, a modo de despedida, le regaló Diana al saberse observada, puso fin a la velada.

       Dos meses después, tornándose los papeles, Diana, con un precioso vestido de novia de color blanco diamante, esperaba la llegada de su novio mitigando la impaciencia del sacerdote ofreciéndole una absurda conversación. Cuando por fin apareció Cristóbal por la puerta, un murmullo invadió todo el espacio de la iglesia, y no cesó ni cuando aquel llegó a la altura de la novia, que estupefacta, lanzó un bufido de disconformidad.

       El sacerdote hizo un gesto a los asistentes a la ceremonia para que cesara el runrún, lo que ocurrió al instante. Efrén, desde su privilegiada posición en primera fila, no paraba de alternar la mirada entre el abultado vientre de su hermana y el traje de novio de su prometido por lo que, intrigado y confundido, gritó en la ahora ya silenciosa iglesia:

       — ¡Estos mayores son tan raros!

       Mientras, Cristóbal acarició el gran botón de su colorido traje de payaso y se ajustó la peluca multicolor y la roja nariz de goma…

© Patxi Hinojosa Luján
(06/02/2015)