miércoles, 15 de abril de 2015

De casa en casa

       La tristeza se dibujaba en su rostro como si se tratara de la obra de cualquier reputado pintor renacentista. Se había convertido en su mayor aliada y en su mejor amiga, hasta el punto de que inundaba todo su mundo. Tanto trajín durante algunos fines de semana ya estaba empezando a cansarle. Su ingenua mente no comprendía por qué tenía que cambiar de domicilio justo cuando se acababa de adaptar de nuevo a un entorno que ya recordaba de ocasiones anteriores. Intuía que era porque ellos dos no se llevaban bien, nada bien. A él nadie le había explicado nada y, aunque lo intuía de antes, lo había deducido por esas conversaciones que, iniciadas como cuchicheos para impedir que él se enterase de lo que hablaban, tenían lugar en una casa sí y en la otra también. Y lo confirmaba porque, al final de las mismas, esos cuchicheos siempre acababan convirtiéndose en acalorados gritos que hacían que la comunicación se cortara bruscamente, se supone que por cualquiera de las dos partes. Él tenía la certeza de que el imaginario hilo telefónico unía siempre en estos casos a las mismas dos personas, que a estas alturas ya no se soportaban ni siquiera para conseguir tener una sola conversación civilizada.

       Cuando empezó este vaivén de traslados periódicos entre las dos casas, él, inocente, pensó que las discusiones se debían a que ambos reclamaban su tutela durante un mayor período de tiempo. El devenir de los acontecimientos le fue quitando poco a poco esa venda que figuradamente le cubría los ojos, ocultándole la verdadera razón de las mencionadas desavenencias familiares, expuestas con tanta claridad en esas charlas telefónicas, tan incómodas para él.

       No tardó mucho tiempo más en comprenderlo todo. Y lo que descubrió le sentó como un jarro de agua fría seguido de un mazazo en la cabeza; aunque fue mucho más impactante el golpe moral que recibió. No podía creerlo, no quería creerlo…

       En un momento de máxima lucidez, tomó una importante decisión y preparó todo para consumar su plan. No permitiría que ninguno de los dos tuviera que pasar el mal trago de tener que seguir ocupándose de él ni un solo minuto más. De entre todas sus pertenencias, todo lo que en verdad era importante y necesario le cabía en su mochila, por lo que una vez estuvo llena se la echó a la espalda. Cerró la puerta tras de sí con la firme intención de no volver a ver nunca más a ninguna de esas dos personas a las que tanto estorbaba, aquellas que, aun llevando su misma sangre, renegaban de él…

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       El alzhéimer que padecía en su fase inicial no le impidió valorar que, con su pensión, bien podría pagarse una modesta residencia de ancianos sita en las afueras de la ciudad. Tendría que dirigirse hacia allí lo antes posible, antes de que el monstruo que empezaba a invadirle le quitara el recuerdo de esa voluntad, y esperar que aún quedara alguna plaza libre, de esas que le ofrecieron la última vez que realizó esa misma consulta…

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       En el otro extremo de la ciudad, un hombre recibe la visita inesperada de su hermano, con el que de un tiempo a esta parte casi no se habla, si no es por teléfono y acabando a gritos. Le acaban de llamar de la residencia de ancianos anunciándole que su padre ha solicitado el ingreso por propia voluntad. La llamada era simplemente informativa. La visita, que en un principio vestía un tono incriminatorio por la negligencia del descuido en el cuidado del mayor, acaba siendo la de la reconciliación, ahora que los dos interiorizan que se han quitado de encima el lastre de tener que ocuparse de su progenitor,…

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       … un padre que, junto a la ya fallecida madre, los tuvieron a ellos dos como moneda de cambio y de chantaje cuando, siendo aún muy niños ellos, se divorciaron de manera nada amistosa y les hicieron vivir separados, alternando dos casas que se intercambiaban cada mes, y en las que tuvieron que convivir con el reproche casi continuo...

© Patxi Hinojosa Luján
(15/04/2015)