domingo, 19 de abril de 2015

Siete de siete


       El siguiente texto es el resultado de una «Propuesta de Trabajo» que lanzara hace un tiempo en Falsaria el compañero Fernando Adrián Mitolo y en la que, finalmente, hemos participado también la compañera Susana Pons Rubio y yo.
Aquí os presentamos nuestro «Cadáver exquisito», esperamos que os guste.

***

       Aquel día no había amanecido aún, cuando, de pronto, alguien llamó al timbre varias veces. En esos momentos, yo estaba feliz viviendo otras vidas que no eran las mías, o quizá sí, no podría decirlo, y fue cuando empecé a sentir esa interacción exterior que hizo que, al final, acabara despertándome y abandonando mis fantasías. La insistencia del timbre a aquellas horas de la madrugada, no hacían presagiar nada bueno, pensé, mientras acudía a la puerta restregándome los ojos para intentar parecer más despierto de lo que realmente estaba ante mi inminente interlocutor. Pero, antes de llegar a abrir, el sonido del timbre cesó y pude oír el ruido de unos tacones que se alejaban con paso acelerado. Sólo tuve tiempo de ver por la mirilla unas elegantes piernas femeninas que, efectivamente, calzaban unos imponentes tacones, cuando desaparecían al entrar en el ascensor. Lancé un bufido —no sé si por haberme despertado o por no haber podido ver de frente a la portadora de esas piernas— y me encaminé de nuevo hacia la cama. Pero, de pronto, un ruido en el pasillo hizo que volviera con rapidez hacia la puerta. Acerqué mi ojo izquierdo a la mirilla y los vi. Ahí estaban, murmurando, aquella mujer y el vecino del piso de arriba, el dueño del pastor inglés; menudo personaje.
       Desde que me había mudado hacía seis meses, él siempre buscaba una oportunidad para entablar conversación, por cualquier cosa: que si el tiempo, que si la crisis, que si pásate a tomar una birra. ¡Qué me importaban a mí el tiempo, la crisis y sus benditas birras! El caso es que, en medio de aquel remolino de ideas sobre el vecino, vi que la rubia estaba mirando fijo hacia mi puerta —al final no era tan bonita como me habían sugerido sus piernas, más bien algo tosca— y que él hacía unos extraños gestos en el aire con los brazos. ¡Gilipollas! Al cabo de unos segundos, se despidieron con un apretón de manos y ella se metió en el ascensor. Pero antes de irse, él dibujó con su dedo índice el número siete sobre la pared y también miró hacia mí, al igual que ella, como si hubiese sabido que yo estaba observándolo todo desde detrás de la puerta. Acto seguido, se encaminó hacia las escaleras, pero en lugar de subirlas para ir a su piso, bajó por ellas. Fui corriendo hasta el salón. Era el único lugar de mi vivienda que tenía una ventana que daba a la calle. Protegido detrás de la cortina, aguardé para ver qué caminos tomaban, tanto el uno como la otra. Diez minutos después, ninguno de los dos había salido. Desconcertado, encendí un cigarrillo y, habiendo descartado la posibilidad de volver a conciliar el sueño, pensé en salir a correr. Haría un par de kilómetros y después tomaría un buen desayuno en la «Cafeta del Tino». Pero un acceso de tos me disuadió de la idea: fumar y correr no casaban bien. Por si eso no bastara, se puso a llover. Un poco, al principio; después, con furia. En ese instante, en el piso de arriba, el pastor inglés se puso a ladrar con desesperación.
       Estaba claro: mi vecino de arriba tenía mejores cosas que hacer que atender a su mascota. Como eso acabaría perturbando mi equilibrio interior, intenté aislarme de los pesados —por repetidos y potentes— ladridos, y me puse a elucubrar sobre la escena de la que acababa de ser testigo. Algo olía mal, y ahora no me estoy refiriendo a mi cuerpo, que después de una agitada y sudorosa noche demandaba una ducha urgente. Me la di y me sentí mucho mejor. Al rato, volví a oír los lamentos del pastor inglés pero ya no me incomodaban, máxime confundiéndose con el atronador chaparrón; tenía otras cosas a las que prestar atención. Así que anoté mentalmente la lista de datos y dudas que poseía hasta entonces:
·         Mi vecino, a partir de ahora el Sr. X, ni había subido a su apartamento ni había salido a la calle.
·         Tampoco lo había hecho la rubia de los tacones, porque era rubia ¿verdad? —me pregunté.
·         No sabía dónde se encontraban ninguno de los dos, ni qué pudieran estar haciendo, juntos o por separado.
·         Había tensión en fuera cual fuera el tema que trataban, aunque también acuerdo entre ambos, a juzgar por el apretón de manos.
·         El número siete significaba algo, pero, ¿qué?; yo no tenía ni idea. ¿Qué querrían de mí, un humilde trabajador del almacén de las aduanas portuarias?
·         Por último, pero no por ello menos intrigante y perturbador, algo tenía que ver yo en todo aquello, aunque no tenía la menor idea de qué podría ser. Si no, no hubieran llamado a mi puerta, ni señalado esta, ni…
       No sabría indicar muy bien para qué, pero anoté todo esto en una libreta y encendí otro cigarrillo.
       Desde ese día, dejé de verlos; pero empecé a oírlos. Y digo oírlos, sin poder arriesgar a ciencia cierta si los elementos acústicos que comenzaron a anidar en el interior de mi cabeza tenían su correspondiente correlato en la realidad. El fin de semana decidí pasarlo dentro de la casa, y no solo porque la lluvia no cesó ni un solo segundo, sino, sobre todo, porque el miedo a encontrármelos en el rellano de la escalera, en el ascensor, o en la calle, me paralizó por completo. Estaban arriba; lo presentía por los ruidos de los tacones de ella. ¿O quizás tendría que decir los de él? No sé por qué se impuso una absurda ocurrencia: él, contoneándose al ritmo de una canción de Bryan Ferry, vestido como una prostituta de burdel, maquillado de una forma exagerada y desprolija, y lanzando entrecortados grititos de colegiala en celo mientras ella, gozosa de observar el espectáculo, se masturba con la cabeza de una estatuilla de ébano cogida del estante de una biblioteca.
       Una ligera excitación se fue apoderando de mí, así que decidí llamar a Ana, la secretaria del muelle, para invitarla a cenar. Solíamos quedar de vez en cuando; no estábamos enamorados, pero lo pasábamos bien juntos. Buen sexo, sin compromisos; era lo que necesitaba. Mientras buscaba el móvil para llamarla,  me percaté de que el ruido de los tacones ya no lo oía en el piso de arriba sino que ahora sonaba más cerca, casi al otro lado de la puerta. Mi excitación desapareció y fue reemplazada por el miedo. Pude sentir que allí había algo maligno. Aun así, abrí la puerta, de golpe. Lo que vi en el rellano me paralizó: la rubia estaba tirada en el suelo, respiraba entrecortadamente y una estatuilla de ébano sobresalía de su falda.  Lo que me hizo gritar fue darme cuenta de que de la cabeza de la chica manaba sangre de forma abundante y, a su lado, un enorme número siete parecía burlarse de mí.
       Cogí el teléfono e hice la pertinente llamada. Justo al colgar lo vi claro: en el almacén del puerto yo era el encargado de uno de los muelles, el número siete, sí el siete. Y de repente me vino a la memoria, como un fugaz disparo, un hecho al que, hasta ese momento, no le había dado ninguna importancia. Resulta que el gerente de la empresa que explotaba los muelles de ese almacén, mi jefe directo, había reservado un contenedor para no sé qué gestión futura, una gestión de la que yo no me tendría que ocupar ni de la cual debía preocuparme, según dijo. Me indicó que, hasta nueva orden, no podría contar con él, por lo que descartara utilizar… ¡el contenedor número siete! Aquello no podía ser casualidad y empecé a elucubrar diferentes teorías, a cuál más macabra. Pero todas ellas acababan igual: con el Sr. X intercambiando un maletín con mi jefe, con un cadáver de pelo rubio viajando hasta quién sabe dónde, camuflado dentro de una carga que yo no prepararía ni de la que gestionaría su envío, y yo, no sé cómo, implicado en tan delictivo acto. Temblé, pero no de frío, y me encendí otro pitillo sin haber acabado el anterior. La Policía no tardaría en llegar.
***
       —Que no, Raúl, ya te he dicho que no me apetece un cine; hoy no. ¡Ay, quita al perro, hazme el favor, que me llenará la falda de pelos!
       —Bueeeno… ¡Y tú, Nerón…, venga, quita, que a “mamá” no le gusta! Oye, por cierto, que me acabo de acordar, ¿encargaste aquello para el sábado?, no te duermas, que faltan dos días.
       —No te duermas, que faltan dos días…, No te duermas, que faltan dos días…, ay, mi vida, ya está todo más que listo, ¿qué te crees? En cuanto Ana me lo dijo me puse manos a la obra. Tú ya sabes lo que me encantan estas cosas. Y más aún cuando se trata de socializar a un “rarito” como tu vecino. Al fin y al cabo es lo que hice contigo.
       —Que gilipollas que eres. Oye, ¿hablaste ya con el tipo aquel del puerto? Morato se llama, ¿verdad? Por lo del contenedor lo digo. Esperemos que no se le escape la lengua y le de pistas sobre lo que viene adentro.
       —Qué sí…, está todo controlado. Enrique no sospecha nada. Es más, al parecer está súper paranoico con lo del siete. No te imaginas la película que se armó desde que te vio hacer esa morisqueta detrás de su puerta. ¿Se puede saber de dónde sacaste esa idea?
       —Mía no fue; fue de Ana. Ya sabes con qué cosas se divierte.
       —Ya. Qué hijaputa. Será por eso que la quiero tanto.
       — ¿Qué la quieres tanto? Venga, no me hagas reír.
***
       Y esto fue ni más ni menos lo que escuché ese domingo por la tarde por la claraboya de la cocina mientras esperaba a la policía. “¡Un momento!” —me dije—. Si los que hablaban en el piso de arriba eran el tipo del perro y la rubia, ¿quién era entonces la chica que yacía en mi rellano? Una sospecha empezó a germinar en mi mente: Ana… a quien yo no había ayudado, la había dejado tirada en el suelo y después me había encerrado en casa, a la espera de la policía. Salí. La chica seguía ahí, pero ya no respiraba. Era Ana, en efecto. Quise, de alguna manera, devolverle la dignidad y le quite la estatuilla de entre las piernas. Me sorprendió lo que pesaba. Volví a entrar a mi casa con una rara intuición. En esa figura de ébano había algo; estaba seguro. Así que la rompí. En su interior había siete bolsitas de terciopelo rojo. Con manos temblorosas abrí una de ellas. Dentro había siete piedras preciosas: diamantes. Lo decidí en ese mismo momento: agarré las siete bolsas y volví a salir al rellano. Salté por encima del cuerpo de Ana y bajé corriendo las escaleras. Al salir a la calle, me crucé con una pareja de policías que se dirigían a mi edificio. No los miré.  Al doblar la esquina de mi calle, tuve claro lo que tenía que hacer. Eché a correr.
FIN
© Susana Pons Rubio, Fernando Adrián Mitolo y Patxi Hinojosa Luján

(21/03/2015)