miércoles, 8 de abril de 2015

Estar de guardia

       Le había tocado en suerte, y esto es un decir, realizar el servicio militar en el sur, más en concreto en Andalucía, por lo que al año largo de ausencia de su hogar había que añadirle esos calores a los que él, un chico del norte, de Galicia, no estaba acostumbrado. Aquel era un día muy caluroso incluso para esos lares, demasiado a todas luces; y, para colmo, esa tarde le tocaba guardia, su primera guardia, justo después de comer, cuando el sol castiga con más fuerza. Néstor estaba ya sudando por anticipado pensando en esas dos interminables horas que pasaría en la garita de turno, las gotas saladas le recorrían ya a discreción frente, cara, nuca, cuello y axilas; ¿aguantaría?, tenía que hacerlo, no le quedaba otra que resistir si no quería ser, para mucho tiempo, el objeto de burlas y risas de algunos crueles compañeros, los veteranos, lo que no haría sino empeorar en gran medida el estado de aflicción que su situación en aquel ambiente desconocido y hostil le producía. No le servía de consuelo, no, imaginar el impresionante aspecto que un chico joven como él ofrecería embutido en aquel traje de militar con su pulido correaje reluciendo por efecto del sol. Ni siquiera había pensado en ello, para él no tenía la menor importancia, aunque eso no le librara de la obligación de tener esos correajes tan brillantes como las botas, siempre a prueba de revista por parte de algún superior.

       Néstor iba a tener que realizar su primera guardia, como se temía, en una garita situada en plena solana frente a una de las principales arterias de la ciudad, solo transitada en esos momentos por los insensatos turistas que no eran conscientes del poderío del sol en aquella zona a esas horas, y el efecto nocivo que podría causarles, aún antes de llegar a una posible insolación. Mientras, los lugareños guardaban un prudente retiro hasta que el astro rey empezara a esconderse detrás de los edificios más altos y a perder fuerza.

       Cuando llegó el momento, ubicado en su puesto para una calurosa misión de dos horas, comprobó con asombro que él mismo era observado como si de un objetivo turístico más se tratara. Para su desgracia, los hermosos desconchones del cemento de la garita estaban situados en la parte opuesta a la calle, por lo que la imagen que proyectaba al exterior era bastante correcta. Una legión de mujeres — ¿cuántas serían?, ¡miles le parecieron a él!— osaban aproximarse hasta su posición para la fotografía de rigor, acercándosele más cada vez.

       Le llamaron mucho la atención los turistas japoneses, sin duda alguna los más respetuosos aunque los menos discretos, le parecía que algunos de ellos deberían llevar colgadas de su cuello unas veinte cámaras fotográficas, alternando su uso. Debían de haberle hecho decenas de fotos cada uno. Pero no entendía cómo podían conseguir que no se les liaran las correas de todas ellas hasta llegarse a formar un nudo imposible de deshacer.

       Por el contrario, los turistas estadounidenses resultaron ser los menos educados. Comunicándose entre sí con su curioso acento, no dudaban en acercarse a la garita hasta casi adentrarse en ella, con el consiguiente riesgo de un castigo para Néstor. A este ya se le estaba acabando la paciencia, y lo pagó un turista que se acercó demasiado para, se supone, conseguir la foto más impactante. Y se produjo el incidente. El recluta, en un movimiento habitual dentro de la garita para abarcar todos los grados posibles de visión, no pudo evitar — ¿o sí?— pisarle el pie, protegido por una escuálida sandalia, lo que provocó un fuerte alarido de dolor seguido de una salva de, se supone, improperios e insultos, mientras se apresuraba a alejarse de aquel espacio ocupado por tan primitivo ser, jurándose no volver nunca más a esa tierra tan incivilizada que se permitía dar cobijo a semejantes especímenes...

***

       —Y por episodios como este, y otros similares que también reflejan la poca clase que aún gastan en ese perdido y antiguo continente, es por lo que no procede que en el colegio os enseñen, por el momento, nada de su geografía ni de su historia, ni siquiera de su cultura —comentaba orgulloso y convencido un venerable anciano a sus nietos, mientras daba un largo sorbo de un vaso del bourbon destilado con métodos tradicionales y desde tiempos inmemoriales por su familia, en el condado de Kentucky, situado en el centro sudeste de los Estados Unidos de América. 

© Patxi Hinojosa Luján
(08/04/2015)