martes, 9 de febrero de 2016

De Vuelta a casa


Tanto por la izquierda como por la derecha del recto trayecto desaparecen con la misma rapidez con la que aparecen, como por arte de experto ilusionista, innumerables bellezas, verdaderas maravillas de la Madre Naturaleza entre las que se intercala alguna que otra obra digamos, más artificial.
El amplio vehículo todoterreno cuenta con una carrocería algo ajada, de color gris plomo, pero que se percibe elegante desde la lejanía; se desplaza a gran velocidad con el habitáculo sellado a cal y canto debido a las condiciones externas. Dentro…
—¡Me aburro! ¿Cuándo llegamos, papá?, ¿falta mucho aún? —pregunta el benjamín de la numerosa familia que viaja cual expedición junto a su padre que, silbando por momentos animadas melodías aunque siempre concentrado al máximo, les está guiando de vuelta a casa ejerciendo de conductor y máximo responsable.
—Ya no queda mucho, hijo, no te impacientes —se apresura a contestar su madre para evitar que su compañero llegue a distraerse y perder la visión, aunque fuera por breve espacio de tiempo, que les ofrece el panorámico cristal; están a punto de entrar en una zona de tránsito muy denso y arriesgado, y toda precaución en la conducción se presume escasa.
Vuelven a casa después de un largo período de ausencia que ya les empezaba a pesar cual enorme mochila cargada de “por si acasos”, casi siempre tan pesados como inútiles. Pero vuelven, y eso es lo único trascendente en estos instantes. Las espaldas de los adultos sienten ya un hormigueo en sus columnas vertebrales que esconden a duras penas con sus vestimentas y forzados gestos faciales. La ausencia ha sido prolongada, más incluso que en las anteriores ocasiones, ¿encontrarán su hogar tal y como lo habían dejado, largo tiempo atrás aunque pareciera ayer? La respuesta la tendrán en breve, y ello acrecienta un punto más el nervioso cosquilleo.
Cuando consiguen superar ese momento, delicado por peligroso, el generado en ese sector de intenso tráfico, observan con atención lo que la luna delantera les presenta, y una mezcla de sorpresa, disgusto e inquietud se apodera de todos los adultos, hasta tal punto que ni siquiera se fijan en que una Luna «muy creciente» les guiña un cráter mientras, presumida, les muestra el ombligo en una clara muestra de cariñosa bienvenida que intenta rebajar —aunque bien es cierto que sin conseguirlo, lo que le decepciona hasta su cara oculta— la tensión que sabe con certeza encontrarán a su llegada y que ya se empieza a reflejar en el cargado ambiente que va adquiriendo ese recinto cerrado. Para entonces el silencio es tan extremo que torna en doloroso, nadie se atreve ni a respirar…
Ya lo tienen a la vista, lo bastante cerca como para confirmar lo que intuyeron en aquel momento que tan dura impresión les produjo, y se confirman los peores augurios. En ese momento las sensaciones entran en dura batalla con las emociones sin que haya alguien que se atreva a dictar veredicto alguno que anuncie un ganador.
Desde una discreta posición, ocultos de miradas no deseadas, confirman algo que no habían contemplado ni como hipótesis: en su hogar se han instalado okupas. Es un hecho tan real como inevitable que tendrán que denunciarlo para a continuación, con toda probabilidad, regresar por donde habían venido.
El responsable del grupo, antes de tomar cualquier otra decisión, decide hacer un examen a fondo del nuevo escenario encontrado y opta por dar unas cuantas vueltas de reconocimiento en la órbita de «su» planeta azul, a varias alturas, pero sin olvidarse de activar el modo de «camuflaje extremo», para evitar desencuentros y malentendidos. Lo que descubren es desalentador, hay miles de millones de esos okupas, unos seres primitivos que no han dudado en dañar su antiguo hogar hasta límites insospechados y entre los que las diferencias sociales y las injusticias parecieran situarse en la cúspide de sus valores morales. La verdad es que nadie entiende nada. Ellos, para evitar mayores males en su querido planeta, lo dejaron descansar de su presencia justo antes de la última glaciación esperando que la Naturaleza abriera paso a la vida de nuevo en el momento oportuno y así prepararlo de nuevo para la presencia de los suyos. Y ahora se encuentran con esto…
Cansado y desanimado, el líder del grupo deja caer sus tres metros y medio terrestres de altura sobre el anatómico asiento y con la pericia que le otorgan los trece dedos de sus dos manos activa en el panel de mandos, en una última comprobación de rutina,  el modo de «visión indiscreta» en un par de direcciones aleatorias. Lo que ve acaba de desorientarle por completo con respecto a esa desconocida raza de la que ha descubierto que se autodenomina humana: En un grupo de esos humanos dos ejemplares, uno de cada sexo por las evidentes diferencias físicas, se entregan a un juego de piel contra piel con una sensibilidad y cariño que le acaba enterneciendo; mas, a poca distancia de allí, otra pareja como la anterior, pero esta vez protegida contra el frío con extravagantes prendas, están inmersos en una grave disputa que acaba en una desigual pelea hasta que el más fuerte, el macho, acaba con la vida de la hembra y se aleja de la escena con total tranquilidad. En una rápida evaluación mental tiene que admitir que no le extraña, recordando lo que han sido capaces de hacerle a su querido planeta azul; aun así tiene que evitar unas arcadas de repulsión. Ya no quiere ver nada más, se irán de allí de inmediato esperando una pronta autodestrucción de tan bárbara raza o una rápida nueva glaciación, lo que antes se produzca.
Toma rumbo de vuelta con destino a su punto de partida, energía y combustible hay de sobra, lo que escasea un tanto es el ánimo, pero está seguro de que lo irán recobrando a poco que superen, ahora en el sentido opuesto, el cinturón de basura espacial que orbita el planeta por gracia de esos salvajes y el posterior de asteroides que tanto dificultaron el pilotaje en el trayecto de ida; quizá también el paso del tiempo ayude. Da un sentido beso al pequeño de sus retoños y le aconseja que duerma un poco, todavía tardarán en llegar a su destino. Lo repite con su compañera, que le devuelve el gesto. Todos los adultos hacen la señal de estar preparados y él parpadea en aparente transparencia. Todos le respetan. Todos le seguirían más allá del fin del Universo. Todos le quieren. Todos le llaman Juva.
Esta vez es Juva el que, antes de alejarse de allí y con afecto y efecto retroactivo, le guiña uno de sus tres ojos, el superior, a una Luna ahora ya llena que más que verlo lo intuye y que pareciera responderle con un aumento de su luminosidad y un sucesivo cambio de matices en su tono de color, del gris plata al gris rojizo «rubor», y de este al gris azulado «pena». ¿Cuántos ciclos tardarán en volver a verse?
Mientras la nave se aleja, en el espacio cercano al planeta ahora llamado Tierra queda grabada una certeza: Tanto Juva como la Luna esperan vivir lo suficiente para contarlo y cantarlo, ambos…  

© Patxi Hinojosa Luján
(09/02/2016)