viernes, 5 de febrero de 2016

Esperanza


Como cada día, pasaba por delante de la puerta del único café de su pequeña calle —travesía para ser exactos— para, tras superar unos metros, volver sobre sus pasos y entrar en él. Le encantaban los rituales desde que tenía uso de razón y no se escapaba a ellos el hecho de que gustara de sentarse a la mesa libre que estuviera más cerca de la entrada y allí disfrutar de una infusión, que procuraba ir variando para no repetir sabor durante el mayor número de días posible. Se deleitaba también admirando el familiar mobiliario, con sus estanterías repletas de exóticos productos y una decoración… digamos un tanto personal; y solía dar un paseo visual, cuando no más de uno, aunque siempre sin dejar de mirar por el rabillo del ojo a la puerta de entrada. Todo ello con la esperanza de ver entrar a ese alguien que parecía no recordar su cita con él.
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Como cada semana, pasaba por delante de la puerta del único café de su travesía para, tras superar unos metros, volver sobre sus pasos y entrar en él. Mantenía intactos todos sus rituales, tan intactos como se mantenían los detalles del familiar café, a pesar de contar con unos nuevos propietarios que no quisieron en su momento cambiar nada para mantener su personalidad y clientela habitual. La menor elasticidad en su zona cervical le dificultaba las habituales excursiones visuales de antaño, por lo que ahora se concentraba más en seguir vigilando, con la misma constancia, aquella puerta por la que nunca acababa de entrar ella, que seguía sin recordar su cita con él, lo que ya asumía con resignación.
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Cada dos o tres meses, cuando su estado de salud se lo permitía, se acercaba hasta el único café de su travesía y entraba en él, ni su cuerpo ni su mente estaban ya para rituales innecesarios —¿cómo era posible que hubiera sido tan supersticioso de joven?— . Elegía una mesa alejada de la entrada, por aquello de los aires y las corrientes, todos sabemos que no son nada buenos, y menos a ciertas edades, y seguía con la atención puesta en la misma dirección de siempre, la que daba a la calle. Pero nunca llegó a consumarse esa cita, empezaba a asumir la idea de que quizá jamás se produciría. Para aquel entonces, ella ya descansaba en el camposanto, donde no daban permisos de salida ni siquiera para citas de ese tipo, pero eso él aún lo desconocía; más tarde ya ni lo recordaría.
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Una niña llamada Eva, que no llegará a los diez años de edad, está tomándose un refresco en el café de su pequeña calle cuando repara en un anciano que intenta, con dificultad, levantarse de la silla que ocupa ayudándose de un gastado pero coqueto bastón de madera, todo él tallado a mano. Con dos rápidas zancadas llega a su posición y se ofrece a ayudarle. Él acepta encantado la ayuda y una catarata de emociones emborrona sus ojos sin poder ni querer evitarlo. Eva, mientras avanza despacio sujetándole del brazo que no porta bastón, se pregunta por qué nunca llegaron a cogerse así él y su abuela; mientras avanzan juntos, ambos canturrean una canción, la misma canción...
Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, pero esta circunstancia acaba por acontecer en demasiadas ocasiones. No pasa nada, aunque es importante no es vital. Lo fundamental, siempre, es no caer en la desesperanza, ¡eso nunca!
Él nunca lo hizo. Y algo de culpa tuvo aquella niña, hoy ya bella mujer.
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Como es natural, al final todo tiene una explicación lógica:
Desde que se instaló en su portal, su vecina, esa que le tenía robado el sentido desde que la viera por primera vez, empezó a socializar exteriorizando sus costumbres —¿serían para ella también un ritual?—: se dejaba ver, canturreando su canción favorita, por las escaleras, rellanos, portal y ascensor de la comunidad con tanta frecuencia como con la que nos ametrallan con malas noticias en los telediarios. Y siempre, siempre, acababa cruzando con él unas miradas nada recatadas que no escondían deseo y pasión, pero tampoco pudor, todos esos sentimientos coexistiendo en ellas, en todas ellas. Él pensó que todo ese coqueteo constituía en sí mismo una cita tácita y, aunque sin concretar, fácil de llevar a cabo dado lo reducido del entorno en el que se movían; ella siempre deseó un paso decidido y convencional por parte de él, por lo que esperó y esperó, en vano. A ambos les faltó la leña, o quizá la decisión y valentía para usarla en el momento adecuado, para activar el fuego de esa pasión que les devoraba por dentro y que nunca acabó de apagarse del todo, quedando sus rescoldos para la eternidad.
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Cuentan en los mentideros del barrio que una hermosa y joven mujer trae de cabeza a todos los varones de su portal, pero sobre todo a uno —el que le ha robado algo más que el corazón— que no acaba de atreverse a cortejarla. Eva espera de momento, aunque no lo hará por mucho tiempo, no tendrá tanta paciencia como tuvo su abuela en su momento, y dará prioridad a sus sentimientos. Si él no actúa en breve, lo hará ella, no propiciará más esperas en cafés de almas solitarias en cuerpos solitarios, tomando infusiones en solitario. ¡Solo se muere una vez, pero se vive todos los días!


© Patxi Hinojosa Luján  
(05/02/2016)