lunes, 18 de julio de 2016

¿Me reconoces?


El tiempo se le había echado encima, era ya demasiado tarde. Pronto sería noche cerrada, pero la luna llena estaba preparada desde hacía un buen rato para ejercer de particular linterna de los noctámbulos más incorregibles, aunque también de su espía más discreto.
Se acordó de conectar el teléfono móvil estando ya en el portal de su vivienda y vio que tenía un mensaje. Supo que era importante en cuanto comenzó a leerlo. Girando sobre los talones, dio media vuelta haciendo caso omiso a un ascensor que ya le ofrecía su puerta abierta atendiendo a la petición que acababa de recibir. Se dirigió al garaje para volver a coger su berlina, un coche que mantenía aún el motor caliente, y dirigirse al hospital materno infantil: según vio por la hora que acompañaba al texto, hacía dos horas que su mujer se había puesto de parto con más de una semana de adelanto, lo que le comunicaba con gran disgusto al no poder localizarle —casualidades de la vida— justo en el momento que más le necesitaba; él había estado ilocalizable por primera vez en mucho tiempo debido a lo que con posterioridad definió como un descuido, algo que jamás había sucedido antes; aunque quizá no fuera tal…
El hombre que preguntó en recepción por la situación de su esposa no aparentaba estar nervioso.
Entró en el paritorio justo en el momento en que la enfermera colocaba a la recién nacida al regazo de su madre después de limpiarla y pesarla. Él se apresuró a acercarse a la cama donde descansaba su mujer con su hija y les dio un cariñoso beso a ambas. A continuación se interesó por cómo había transcurrido todo mediante unas precisas preguntas efectuadas a comadrona y enfermeras. Cuando su natural curiosidad se vio satisfecha, acercó una silla a la cama y se sentó en ella; encerró con sus manos las de su mujer en un claro primer intento de disculpa, mientras ambos veían como se llevaban a su hija para hacerle las primeras pruebas.
Enseguida la madre sucumbió a un sueño plácido debido al cansancio derivado por el ímprobo esfuerzo que acababa de realizar. El padre, retirando la protección de sus manos, fijó la mirada en la puerta por donde se habían llevado a su hija y después cerró los ojos; nadie que le observara en ese momento hubiera podido sospechar que, apenas un par de horas antes, acababa de cometer un asesinato. La joven había sido solo un entretenimiento para él durante los últimos meses y cuando esta, cansada de esperar, le recordó sus promesas en tono perentorio, como respuesta recibió un profundo corte en la garganta que le robó su vida en lo que quedaría como un crimen más sin resolver.
 ***
A las primeras semanas de dudas, nervios y noches en vela, siguieron meses de adaptación a la paternidad recién adquirida. Estos completaron los primeros años de su hija que, desde que pudo sostener su cabeza erguida y fijar la mirada, empezó a mostrar a los ojos de su padre una inescrutable mirada. Desde un principio alta fue la preocupación de este, e incluso fue creciendo poco a poco según los rasgos de la chica iban fijándose en aquel no tan inocente rostro, poseedor de unas facciones que ya anticipaban la especial belleza que en un futuro la acompañaría como pieza fundamental del puzle de su personalidad; pero aquella inquietud nunca fue compartida con la madre.
***
Los años pasan con tanta rapidez como la que gastan los pesimistas cuando medio vacían sus vasos. Y en estas te ves que hoy acabas de ser padre y, ¡zas!, mañana tu hija te esconde sus amigos y parejas ante el temor de que no sean de tu agrado e intentes averiguar demasiadas cosas. Aunque siempre hay alguna excepción.
Un buen día, la hija de nuestro protagonista volvió del instituto acompañada; buscó y encontró a su padre en la cocina…
—Papá, quiero presentarte a una compañera de clase, una buena amiga, la mejor; se llama Angie y, ¡mira qué casualidad!, nació el mismo día que yo y casi a la misma hora; y como quería conocer la casa donde vivimos y conoceros…
—¡Encantado, Angie! —Se apresuró a saludar de lejos el padre interrumpiendo a su hija, cautivado desde el primer instante por la enigmática belleza de su amiga—. ¿Te quedarás a merendar, verdad?
—¡Claro, papá! —Se adelantó su hija antes de que Angie pudiera negarse—. Pero esperad a que me dé una ducha, bajo enseguida. —Y desapareció sin esperar respuesta.
Ya solos, Angie se dirigió al padre de su amiga:
—Si quiere, le ayudo con la merienda —indicó mientras avanzaba hacia él con insinuantes movimientos.
—Estaría bien —indicó ignorándolos—, coge ese cuchillo de la encimera. Puedes cortar pan para tres bocadillos; mi mujer no ha vuelto aún de trabajar, pero yo os acompañaré.
Angie hizo caso omiso a la parte final de la sugerencia del adulto y, con el cuchillo colgado de su mano en paralelo a su muslo derecho, se acercó hasta colocarse junto a él para, pegando los labios a su oreja, susurrarle:
—¿Me recuerdas, me reconoces? —Retrocedió un paso para que la pudiera observar bien, de frente—. ¿Aún no?
—Pues no, ¿debería? —contestó él desconcertado y ruborizado, equivocando la interpretación de las intenciones de la «descarada» adolescente. Pensó que aquello era ya demasiado, alguien podría verles…
—¿En serio?, ¿estás seguro de que no… me reconoces? Mira bien en mis ojos, busca en lo más profundo, ayúdate con «aquella» luna llena…
Angie esperó a que el pánico se apoderara del cuerpo y se reflejara en el rostro de quien no parecía ahora más que un cachorrito acorralado y, blandiendo con cuidado el cuchillo, se le acercó un poco.
—Sé que ya sabes quién soy, me lo confirma tu mirada. Te confesaré algo: Cometí un error, soy consciente de ello. Me equivoqué al creerte, al pensar que no mentías cuando me jurabas que te separarías, que yo era la única mujer que te importaba y amabas. Pero tú cometiste uno mucho más grave, incluso, que el quitarme la vida, y fue pensar que aquello era el punto y final, que nadie te pediría cuentas por tu atroz acto —Angie lo acorraló en ese momento y le mostró una sonrisa que a él le pareció diabólica, carente de sonido, porque en ese preciso instante empezó a reinar el silencio.
Y al silencio le acompañó la oscuridad más luminosa cuando, con una de las arterias carótidas de su cuello seccionada, cayó al charco que su propia sangre había formado como alfombra fúnebre. Angie dejó caer el cuchillo y se fue sin despedirse de su amiga cuando su ser incorpóreo abandonó la escena sin siquiera moverse de allí.
***
En ese preciso momento, y ajena a todo cuanto acababa de acontecer en la cocina, la joven de la casa baja en albornoz desde el piso superior; su inescrutable mirada ya nunca más será tal pero, claro, ni ella ni su madre serán conscientes nunca de ello.
***
En otra dimensión, la Justicia Universal sigue medio llenando su vaso, y piensa que jamás beberá de él; aún cree tener motivos —tozuda ella— para seguir en el bando de los optimistas…

© Patxi Hinojosa Luján
(18/07/2016)