jueves, 11 de junio de 2015

Inocencia descarada


       Ella no le quitaba ojo de encima, él hacía como que no se daba cuenta pero le delataban sus fugaces miradas buscándola mientras esta, sin duda, lo advertía. A la par del juego de miradas, otro juego empezó, el del acercamiento por parte de ella a la posición de su desvalida presa. Hasta que llegó un momento en que ya estuvieron tan cerca que ambos podían, si es que se hubieran producido, que no era el caso, oír los pestañeos del otro. Pasaron un par de minutos sin ninguna conversación, hasta que ella, descarada, empezó a hurgar en el pantalón de él, y no paró hasta conseguir lo que estaba buscando y tanto deseaba. Cuando lo hubo logrado, empezó a maniobrar con aquello para dejarlo liberado, bien a la vista, sin obstáculo alguno que le impidiera empezar a disfrutarlo. Y, ante el gesto de sorpresa por parte del abordado, ella lo empezó a lamer con toda la pasión de que era capaz, con un ansia desmedida pero auténtica. Y antes de que él se pudiera dar cuenta, se lo metió entero en la boca sin parar de chuparlo, eso sí. Y allí estuvo, dentro de su boca todo él, mientras era lamido con la máxima suavidad, al objeto de retardar la salida del sabroso, exquisito y embriagador manjar líquido. Pero, con esa experta e ininterrumpida maniobra era imposible que se demorara por mucho más tiempo lo que a todas luces era inevitable…
       Y sucedió lo que tenía que pasar. En un principio a nuestra protagonista le pilló de improviso, pero enseguida reaccionó para no dejar que se escapara ni una sola gota del arrebatador manjar. Se afanó en este menester y, cuando ya hubo conseguido la totalidad, procedió a tragárselo poco a poco. Apartándose hacia atrás, se relamió la comisura de los labios dejando entrever, con picardía, la punta y algo más de su lengua. Mientras, cómplice, le guiñaba un ojo a la pareja de tan particular juego.

***

       En el patio de un colegio, sonó el timbre que indicaba que el tiempo del recreo se había acabado. Todos los niños se dirigían con celeridad hacia sus respectivas aulas, cuando tuvo lugar una conversación de lo más inocente…
       —Pues ya sabes —dijo la niña—, por cada bombón de licor que me des, como el que te acabo de coger, yo te ayudo una hora con los deberes, ¿te parece justo el trato?
       —Por mí no hay problema, encantado, ya sabes que no se me da tan bien como a ti la Lengua y que, además,  mi mamá trabaja en la chocolatera del pueblo; pero no se lo digas a María, podría ponerse celosa…

© Patxi Hinojosa Luján
(16/12/2014)

lunes, 25 de mayo de 2015

Final


Este texto es la continuación, y punto final, del anterior titulado «Continuará…»

      Reconfortado, salió del edificio; el rostro, serio pero sin esbozar gesto alguno; su conciencia, tranquila por el deber cumplido. Según iba dejando atrás el centro siquiátrico, aligerado no solo de espíritu, empezó poco a poco a relajar su semblante hasta llegar a esbozar una pícara mueca casi imperceptible. Caminaba con las manos en los bolsillos, componiendo una figura muy particular y, a pesar de no ser ya un niño, todavía esbelta. Pasados unos veinte minutos, deshizo la estampa para, aprovechando un banco situado en la entrada a un parque público, fumarse uno de sus puritos mientras se sentaba a descansar; lo necesitaba, la tensión acumulada en la última hora, pero también en los últimos meses, había llegado a ser insoportable. Encendió un segundo cigarro, aprovechando la brasa casi consumida del primero, y continuó rememorando con nostalgia y emoción contenida los duros acontecimientos vividos…

***

El panteón familiar de la familia Raya-Peralta había tenido que acoger en su seno a dos de sus miembros en muy poco margen de tiempo. Anochecía cuando, de pie frente a él, una oscura silueta se recortaba en el silencioso paraje, con las manos en los bolsillos a pesar de la cascada salada que brotaba de sus ojos, y observaba con incredulidad aún, gracias a la luz proporcionada por unas velas, los nombres que, grabados en la fría losa de mármol, le atravesaban cual afiladas dagas: Roberto Raya Peralta y María Peralta Narváez, leyó una vez más y acabó por romperse; los contenidos sollozos de antes se convirtieron en sonoras muestras de doloroso desgarro, como si en una manada de lobos, aullaran todos al unísono a una luna que empezara a no ser ya tan llena, implorando que no lo hiciera, que no siguiera empequeñeciéndose...
—Lo hice, tenía que hacerlo —soltó el señor Raya en el cortante silencio, y dio media vuelta para empezar a alejarse en dirección a la paz interior de la confesión.

***

Unos meses antes, un tal Armando, herido en su orgullo cuando leyó las últimas palabras del manuscrito de una novela que le habían escrito por encargo, planeó, con tranquilidad, sí, pero también con todo el odio que pudo acumular, una venganza contra su «negro» a pesar de que la publicación de esa, para todo el público, «su» última novela, le permitió conseguir una muy desahogada situación económica. Como suponía, Roberto había desaparecido del mapa. Le costó bastante tiempo y dinero dar con su paradero, y al final lo logró gracias a unos poco recomendables contactos que conoció frecuentando la noche más oscura de su ciudad. Contactos estos con ramificadas relaciones que llegaban al final a tocar a algunas personas de estamentos oficiales…
Ya tenía todos los datos sobre el nuevo domicilio de Roberto, no necesitaba más. Una lluviosa mañana cogió su coche y se puso en camino hacia la dirección que le habían indicado. Potenció su sed de venganza, aunque pareciera paradójico, bebiéndose dos wiskis de un trago cada uno en el bar más cercano a su destino que pudo encontrar.
Llamaron a una puerta. Esta se abrió. Roberto no pudo llevarse mayor sorpresa. Después de todos esos meses, allí estaba él, Armando, desafiante y con los ojos brillantes y rojos de ira. No fue el único brillo que vio. El otro, que veía por segunda vez en su vida, le atravesó el abdomen antes de que pudiera siquiera pensar cómo defenderse. La embestida, que pudiera no haber sido mortal en un principio, nunca se sabe, continuó, para asegurar el criminal acto, con sendos enérgicos movimientos hacia arriba y hacia abajo, lo que dejó un cuerpo inanimado en el suelo sobre un gran charco de su propia sangre. Durante la violenta acción, no se pronunció ni una sola palabra. Y Armando se fue por donde había venido, embriagado de mucha venganza y algo menos alcohol.

***

La investigación policial, estancada un par de meses después del brutal asesinato, dio un giro radical con la confesión de uno de los contactos de Armando que, arrepentido, juró y perjuró que no sabía que la información que consiguieron para él pudiera estar destinada al propósito que al final tuvo. Armando fue detenido, juzgado y declarado culpable. Pero «poderoso caballero es don dinero», y su holgada situación financiera le permitió contratar a uno de los mejores, y más caros, abogados criminalistas que consiguió que se le reconociera a su cliente un grave e irreversible trastorno mental que imposibilitó su entrada en prisión, siendo derivado a un centro mental para cumplir allí su condena, bajo estricta vigilancia médica y, algo menos, policial.

***

Era temprano, acababa de amanecer y no llovía, todavía. A las puertas de una comisaría de policía aún no abierta al público, un grupo de personas ya guardaban cola esperando el momento de su apertura cuando llegó Ramón Raya y se situó al final de la misma, no tenía ninguna prisa…
—Vengo a denunciar un asesinato que se estará produciendo ahora mismo. Y yo me declaro culpable del mismo —declaró sin titubear a su interlocutor cuando llegó su turno.
— ¿Qué dice? Se ha equivocado señor —respondió el funcionario desde el otro lado del mostrador—, esta fila es para la renovación del carnet de identidad… ¿Pero, qué dice, señor? Señor Martínez, venga aquí enseguida, por favor —gritó dirigiéndose hacia un habitáculo que se situaba detrás de él, mientras giraba la cabeza en un ángulo casi imposible.
El inspector Martínez no salía de su asombro. La llamada urgente, que acababa de realizar a los agentes de policía encargados esa mañana de la vigilancia del peligroso preso y enfermo mental Armando Manzano, le había confirmado que este acababa de fallecer, en apariencia por causas naturales. Aunque él sabía que la obligada autopsia revelaría restos de un potente veneno insípido que había sido mezclado con los tranquilizantes de la mañana, tal y como Ramón Raya, satisfecho al intuir la confirmación por los gestos y respuestas de Martínez, le había adelantado en la confesión oficial.

***

—Por fin, María, querida mía, he hecho justicia. No me importa lo que pueda sucederme a partir de ahora, ese malnacido, aprovechado y asesino, no volverá a hacer más daño a nadie —comentó en voz baja, para sí mismo, Ramón, mientras mostraba sus muñecas para que le fueran colocadas las esposas.
María, esposa de Ramón y madre de Roberto, no había podido soportar la pérdida de su hijo y había muerto, dos meses después que él, de un infarto fulminante que partió en dos su ya destrozado corazón.

***

En la prisión más cercana a su población, uno de los convictos acaba de pasar a encargarse de la biblioteca, a los once meses de su ingreso, debido a su buena conducta. Es muy probable que allí pueda leer la mayor parte de las obras de su hijo, escritas todas bajo un maldito seudónimo, y que se reconcilie con la escritura, a la que tiene abandonada desde sus años de soltería. También es previsible que, al decidir retomar esa afición, lo haga en serio, e intente ser, a pesar de todo lo vivido, lo más feliz que su cuerpo pueda aguantar…


© Patxi Hinojosa Luján
(25/05/2015)

jueves, 21 de mayo de 2015

Continuará…



[…] Accedió a citarse con él en aquel paraje tan poco accesible cuando de personas urbanitas estamos hablando: el final del sendero que une las inmediaciones del monte Muganix (758 m) con el primer pico de Peñas de Aya, el Irumugarrieta (806 m). Quizá fuera solo un capricho, o un cambio de ritual que pretendiera dar por terminada su relación contractual. Fernando, que ya había tenido acceso a gran parte de los capítulos de la novela que Humberto estaba escribiendo por encargo para él, estaba seguro de que esta obra era la que le iba a dar el espaldarazo definitivo hacia el éxito multitudinario, la que le iba a convertir en uno de los grandes vendedores del momento, en el padre de un nuevo best seller; el que le iba a apartar, por fin, del circuito de escritores mediocres con ventas aún más mediocres.
—Llegas puntual, como siempre—le dijo Fernando a Humberto, teatralizando una forzada sonrisa, nada más verle aparecer al otro lado de la roca.
— ¡Hombre!, siendo yo el que te he citado en este lugar, lo lógico es que incluso hubiera llegado antes que tú. Pero lo importante es que ya estamos aquí los dos —matizó Humberto mientras, entre jadeos, terminaba la ascensión y buscaba el lugar menos incómodo donde poder sentarse—. ¿Has traído lo convenido? —dijo enseñando las páginas impresas de la novela con discreción, al hacerlas visibles extrayéndolas unos pocos centímetros por una esquina de su portafolio, lo que no dejó de ser una provocación para Fernando…
— ¿Cuándo no he cumplido yo lo pactado, eh? —Dijo Fernando, y su tono de voz le delató nervioso e irritado.
—Eso es cierto, tranquilo —trató de serenarlo un Humberto que ya casi había recobrado su frecuencia cardíaca normal—, siempre has sido muy puntual…  al pagarme esas miserias con las que solías valorar mis trabajos —en este punto no pudo ya evitar un repentino ataque de desahogo emocional, cual desagravio de su herido, durante tantos años, amor propio.
—Pero esta vez es diferente, ¿verdad Humberto?, esta vez has conseguido embaucarme, no sé cómo, hasta sobrevalorarte, consiguiendo que solo predominara tu criterio, por encima de mi opinión y de mi valoración…
— ¿No estarás intentando regatear el precio, verdad?, porque ya te dejé bien claro a la lectura del tercer capítulo que el valor en que tasé mi trabajo era esta vez innegociable… El tema es clarísimo, tú me das lo convenido y bajas de Peñas de Aya con una obra maestra bajo el brazo, permíteme la inmodestia por una vez;  y si no es así, el que lo hace soy yo, con lo que se podrá conocer y reconocer al verdadero autor de la historia que contienen estos folios, e incluso de las anteriores, para hacer justicia literaria, por primera vez en nuestro caso…
—Bueno, no te pongas así, entre «amigos» —y pronunció la palabra con gran parsimonia, separando en exceso las sílabas— no deberían producirse estos enfrentamientos, ¿no crees, Humberto? —se apresuró a dejar caer Fernando aparentando tranquilidad, aunque con poca credibilidad, todo hay que decirlo—, y tú, nunca me harías eso, ¿verdad?
—Prueba a incumplir tu palabra, y sabrás de lo que soy capaz y de lo que no (por primera vez en mucho tiempo, Humberto se permitió tirarse un farol).
La conversación estaba llegando a un extremo tal que la tensión reinante en el ambiente, húmedo y algo neblinoso a esas primeras horas de la tarde, era tan elevada que bien podría cortarse con un cuchillo… Y un cuchillo fue lo que apareció en ese preciso instante en escena, más en concreto en la mano derecha de un Fernando que, con los ojos rojos de ira, se dirigió (dialéctica y físicamente) hacia Humberto…
—Mira Humberto, yo habría preferido que esto no hubiese acabado así, pero vista tu actitud poco colaboradora, me obligas a zanjar este asunto a «mi manera». ¡Venga! dame ya el maldito portafolio con la novela, al fin y al cabo me pertenece, yo he sido el que te he estado alentando todo este tiempo para que siguieras escribiendo la historia. Sin mi protectorado económico y mi seguimiento constante, no habrías sido más que un vago sin ambición, y un borracho, aunque he de reconocer que con un gran talento —dijo cuando ya el filo del cuchillo rozaba a un inmóvil Humberto y le producía un hilillo de sangre en su cuello… inmóvil hasta que unos instantes después, y de un certero golpe en las «partes nobles» de su atacante, hizo que a este se le escapara el arma de la mano en dirección de un precipicio situado en un lateral, muy cerca del camino, y en un gesto instintivo al intentar recuperarla, acabó acompañándola en el largo descenso por y hacia el vacío definitivo de la nada.
Humberto, que en un principio y por la impresión y angustia generadas por el momento vivido se quedó paralizado y asumió la responsabilidad del trágico suceso, pasados unos instantes cambió de opinión al analizar con algo más de frialdad la situación acaecida e interiorizó la evidencia de que lo que le acababa de ocurrir a Fernando, él y solo él se lo había buscado. No tenía testigos que confirmaran la versión real de los hechos acaecidos, era cierto, porque… en esos momentos no había nadie más en aquellos parajes.   
Decidió bajar de inmediato mientras intentaba hacer «borrón y cuenta nueva». Mantenía la posesión de su trabajo, aunque lo difícil iba a ser ahora darlo a conocer porque esa faceta era del todo desconocida para él, mientras que sí la había dominado el desaparecido Fernando con sus artimañas de seductor.
Y mientras bajaba dejando atrás el peligro de la repentina niebla, tan traicionera entre aquellas rocas graníticas que componen el colosal monumento natural, se prometió a sí mismo cuidar más su dignidad en el futuro que, no sabía a ciencia cierta cómo, sería testigo de su renacer, vital en general y literario en particular.

FIN

***

Se escondió detrás del buzón del monte Muganix esperando la llegada de Armando, quería ver la expresión de su cara antes de la conversación que tendrían por mor de su cita. Lo vio pasar y notó algo extraño en su mirada, aunque no pudo interpretarlo. Cuando vio que llegaba al lugar convenido, Roberto salió de su escondite y se dirigió también hacia allí con menos signos de cansancio que aquel a causa del sigiloso descanso previo. Al llegar, el saludo fue tan frío como el que reinaba en el ambiente debido a la humedad con que lo impregnaba la persistente neblina.
Armando preguntó a Roberto por el manuscrito de la novela, y este le mostró los folios que llevaba abriendo su cartera por una esquina para extraerlos unos centímetros, los suficientes para que reconociera el título y algunas frases que ya antes había tenido la ocasión de leer. A Armando le empezaron a crecer, en sentido figurado, los colmillos. Roberto preguntó que si había traído «todo», como habían convenido, a lo que Armando contestó, para sorpresa de aquel, negando con su cabeza…
—No pensarías que sin acabar de leerlo te iba a hacer el pago completo, ¿verdad? —argumentó, soberbio, Armando.
—Pues eso fue justo lo que acordamos después de mostrarte los primeros capítulos, que tanto te impactaron y entusiasmaron, según me confesaste —protestó Roberto, no sin razón.
—No seas ingenuo, Roberto, «amigo», estas cosas no son así en la vida real —intentó apaciguar Armando, pero su voz le delataba, sonaba más falsa que una moneda de 19 euros con 58 céntimos—, tú te llevas ahora la mitad, y en cuanto lea la novela completa, te ingreso la otra mitad en la cuenta habitual, ¿ok? ¡Y tan amigos!
Roberto, en el fondo, y en la superficie también, era débil, y por eso Armando había hecho siempre lo que había querido con él. Estuvo a punto de protestar de nuevo, pero recordó la escena final del último capítulo que él mismo había escrito para la novela en cuestión y, no queriendo que la cosa llegara a mayores, agachó la cabeza y accedió al desigual trueque. Se despidió de Armando invitándolo a iniciar el descenso solo con la excusa de que él se quedaría un rato más disfrutando del granítico entorno. Sabía que no se pondría a leer hasta estar disfrutando de la comodidad del sillón de su despacho mientras se bebía un whisky y se fumaba un buen puro, lo conocía bien, y eso le daba un margen de tiempo para poder bajar por un camino alternativo y desaparecer para siempre de su vida. No quería estar presente en la comarca cuando Armando terminara la lectura del manuscrito que, como en ocasiones anteriores, registraría a su nombre, aunque en este caso después de cambiar él mismo «algo» del final, quiso suponer Roberto.
Armando, satisfecho, inició el descenso sin despedirse y casi sin mirar a Roberto. Fue justo cuando se inclinó para salvar el primer desnivel rocoso, y debido a un fugaz rayo de sol que se coló entre dos nubes, cuando este último pudo ver con toda claridad el brillo metálico de la lámina del gran cuchillo que aquel llevaba asegurado, con estilo profesional, a su cinturón…

Continuará…

© Patxi Hinojosa Luján
(21/05/2015)

lunes, 18 de mayo de 2015

Luna color rojo sangre

No había sido una mala semana, o por lo menos no peor que las anteriores. Ni había tenido más incidentes negativos en mi entorno laboral, ni menos ternura y relajación en casa. Aunque no estaba desanimado, que no, tampoco era el «yo» habitual el reflejo que me saludaba cada día en el espejo de turno, ese que me animaba a seguir en la lucha. Necesitaba pasear un rato para digerir la abundante cena y también mis últimos pensamientos. La suerte estaba de mi lado porque la noche pintaba preciosa, con una intrigante y enorme luna llena color rojo sangre que, según anunciaban en las noticias, nos acompañaría así dos o tres días más, debido a no sé qué fenómeno meteorológico…        
Salí. Caminé sin rumbo fijo, sin saber por dónde y hacia dónde me dirigirían mis pasos, durante casi una hora. Cuando quise darme cuenta, estaba intentado «colarme» en un parque municipal que ya estaba cerrado a aquellas horas. Una vez dentro, después de un buen salto que casi acaba con uno de mis ya muy maltratados tobillos, el izquierdo, y sin preocuparme de cómo y cuándo saldría de allí, seguí caminando como pude por los múltiples senderos que lo atravesaban  y decoraban con mil y un dibujos. Allí solo había paz y silencio, un silencio que incluso hacía daño por lo intenso que era… hasta que dejó de serlo según me iba acercando a lo que parecía ser un quiosco rodeado de bancos con forma curvilínea en uno de los cuales, el que parecía estar más ajado por el tiempo y la intemperie pero que era el que, por el contrario, mejor visión tenía de la Luna, una pareja hablaba en confidente voz baja, aunque suficiente para eliminar de un plumazo el aterrador silencio anterior.
No soy ningún cotilla, pero el camino me conducía muy cerca de allí, por lo que pasaría, calculo, a escasos siete metros del banco en cuestión. Cuando estuve lo bastante cerca, pude observar que estaba ocupado por lo que parecía ser un señor mayor con su nieto, o un niño con su abuelo, según la perspectiva mental que quisiéramos utilizar. Estaban inmersos en una conversación que iba alternando sus voces pero que seguía siendo ininteligible para mí.
«Mejor así —pensé—, a nadie le deberían interesar los asuntos ajenos…»
Proseguí caminando por entre aquel entramado de senderos creyendo que me alejaba de allí, cuando al cabo de una media hora volví al mismo escenario, donde me esperaban los mismos protagonistas, que a pesar de aquella escasa luz lunar, ahora no me resultaron del todo desconocidos, más bien al contrario.
Abandoné el parque por una pequeña puerta que parece ser no se podía cerrar a causa de su deterioro y me dirigí a casa con mejores sensaciones de las que tenía al salir, si exceptuamos la del tobillo. Nunca le hablé de aquella noche a nadie y su recuerdo acabó escondiéndose en mi memoria…
Unos cuantos años después, ya jubilado, salí a pasear con mi flamante y nuevo reproductor digital de música, aunque con calidad analógica, cuando, sin saber por qué, acabé en aquel mismo parque. No lo había vuelto a visitar y me apenó encontrarlo en bastante peor estado que la vez anterior, la primera vez, salvo por un detalle: el banco donde habían estado sentados aquellos dos personajes se conservaba como si no hubiera pasado el tiempo para él, y equiparado ahora en desgaste al resto de bancos que bordeaban al quiosco dibujando una circunferencia a su alrededor.
Me senté en él esperando a que anocheciera, ese día habría luna llena que también anunciaban de color rojo sangre y que se podría ver a la perfección al estar el cielo despejado en su totalidad. Mientras en mi reproductor iban sonando uno tras otro los álbumes de mi añorado Elton con una calidad sonora increíble aunque con la calidad musical conocida de siempre, me sorprendí ya entrada la noche recordando mi infancia y juventud, y lo que es más importante, aceptando todo aquello que me venía a la mente, a buen seguro gesticulando sin darme cuenta. Es posible que estuviera ya solo en el parque por lo tardío de la hora, pero creí oír pasos en el sendero que pasaba por detrás de mi ubicación. Cuando mis recuerdos infantiles me dieron permiso en forma de pausa para observar de dónde provenían esos pasos, al girarme vi una figura familiar alejándose con dificultad al cojear de manera ostensible de su pie izquierdo.

© Patxi Hinojosa Luján
(18/05/2015)

jueves, 7 de mayo de 2015

De Reparto


Me acabo de enterar, hace tan solo un instante que lo he leído: te has ido. Quiero pensar que es porque te han llamado ofreciéndote un contrato irrechazable desde ese espacio etéreo donde acabamos todos, los que habéis dejado sobradas muestras de vuestro arte en vida, y los demás, todos nosotros. Por lo que se ve, de un tiempo a esta parte hay un superávit de creatividad por allí, sobre todo en el caso de los guionistas, y, ¡claro!, no dejan de llamar a colegas tuyos de profesión para que interpreten esos papeles recién salidos de sus imaginaciones, y que ya serán para siempre eternos. Y hoy te ha tocado a ti, para nuestra desgracia, que ya no podremos disfrutar con tus nuevos proyectos y tendremos que contentarnos con volver a ver y recordar obras que, en algunos casos, nos sabemos de memoria…
Todavía no me lo puedo creer y, a pesar de que me he quedado de piedra, intentaré plasmar todas esas palabras que me vienen en estos momentos a la cabeza de forma atropellada y desordenada.
Lo tengo tan presente como lo que acabo de comer. Aquella tarde salí de la sala de cine comentándole a mi chica que el personaje que más me había marcado y gustado era el de ese cura tan jatorra y que tan bien compusiste. Y en las semanas posteriores se lo hice saber a todo mi entorno cinéfilo. Algunos me dieron la razón, otros no del todo… aunque todos coincidieron en tu excelente interpretación. Y, como soy tímido por naturaleza, también te lo hice saber a ti, pero no antes de la cuarta o quinta vez en que coincidimos en el bar donde solía comer hasta hace algo más de medio año. Ese día, sin que nadie nos hubiera presentado, te paré cuando ibas de la barra a tu mesa y te lo solté:
—Perdone que le moleste, me gustaría compartir con usted que el papel que más me gustó en 8 apellidos vascos fue el suyo, sin  duda alguna. Solo quería que lo supiera.
—Gracias, no es la primera vez que me lo comentan —me manifestaste después de un breve silencio—, pero, ¡para lo que me ha servido! No me han llamado para la segunda parte…
— ¡Vaya, lo siento! No me parece lógico, aunque, ellos se lo pierden —y nosotros también, pensé.
Los siguientes días nos saludábamos con la cortesía de dos conocidos, pero nada más. Y de repente, en el que luego se convirtió en el último día que te vi, te mostraste como si fuéramos amiguetes de infancia, y me comentaste, ya en la barra, unas cuantas anécdotas, a cuál más graciosa, sobre el rodaje de tus escenas en la mencionada película y en otra que acababas de rodar. Datos y detalles que, por respeto, no desvelaré, pero que guardo como un valioso regalo por tu parte. Después ya hablamos de política, de recortes, de deportes y, cómo no, de tu Bilbao natal.
Hace once días volví de visita al bar donde tantos años comí a diario. Puedes creerme si te digo que tenía la esperanza de volver a verte para poder seguir comentando contigo chascarrillos de tu mundo artístico, y no te miento si te digo que me desilusionó no verte por allí, en ninguna de las mesas. ¡Quién se podía imaginar esto!

***

Es cierto, los críticos te encasillaron dentro del grupo de los actores secundarios, de los que tú fuiste un firme valedor, a lo que yo añadiría: secundario, sí, pero «de lujo». No entendías el desmesurado ensalzamiento de los actores protagonistas; en todo caso, hoy, muy a tu pesar y al de todos, has sido el protagonista, el triste protagonista, aunque no actor.
Y acabo diciendo que, como tu oficio era repartir alegría y buenos momentos artísticos, siempre me seguirá pareciendo más respetuoso calificarte como actor «De Reparto», en tu caso con mayúsculas.


© Patxi Hinojosa Luján
(07/05/2015)

viernes, 24 de abril de 2015

Vuelos termostáticos

       Suelen pasarse la mayor parte del día durmiendo. Cambian de ubicación en función de parámetros tales como dónde da el sol, el calor o el frío que acumulan los diferentes lugares y objetos, y otros más misteriosos que solo ellos conocen y que por mucho que convivan con nosotros no conseguiremos conocer nunca. Solo interrumpen su especial «ejercicio» para comer o beber, hacer sus necesidades, pelearse entre ellos y poco más. A mí, he de reconocerlo, ese modus vivendi no me hace ni pizca de gracia, más bien al contrario, me da mucha rabia. ¿Que por qué?... porque a veces en la madrugada deciden, por razones obvias, que ya está bien de dormir; entonces se ponen a combatir. Y lo malo no es esto en sí, lo malo es que lo hacen en el mismo lugar de su descanso nocturno, es decir… en nuestra cama, ajustados como solo ellos saben hacerlo sobre o junto a nuestros torsos o piernas. Al principio, ser despertados a esas horas en que vives otras vidas que sí, que son también las tuyas pero que no siempre lo son del todo, y además con esa violencia tan sorpresiva, podría ser muy traumático para nuestros algo ajados corazones, y de verdad que no es como para agradecérselo mucho, no…

       Pero la Naturaleza es sabia, ¡vaya si lo es! Hace ya unas cuantas lunas llenas, incluyendo incluso una rojo pasión muy especial, mi compañera ha accedido a una nueva fase vital que no por no deseada o esperada es más evitable, que no. Desde que ello ocurre, una nueva atracción se ha sumado a nuestros reposos nocturnos, os cuento: De buenas a primeras, cuando más sumida está en su primer sueño, al igual que nuestros dos fieras y yo, le llega un sofoco y su reacción instintiva, mientras emerge del profundo sueño, es desprenderse violentamente de toda la ropa de cama mientras su cuerpo cambia de posición casi convulsivamente. Os podéis imaginar… una consecuencia directa es que un par de negros felinos vuelan literalmente desde su posición con dirección al suelo mientras maúllan lo que sin duda son enérgicas protestas, intuyo que muy similares en su fondo porque está claro que en estas ocasiones, y solo en estas, sí están de acuerdo. Yo, me doy media vuelta e intento volver a coger el sueño. Ellos, se dan un margen de tiempo paseando sus negruras por el resto de la apagada estancia para, una vez que todo ha vuelto a la normalidad, porque el sofoco ya ha pasado y las ropas y cuerpos están otra vez en su sitio, se recolocan en sus respectivos acomodos con el sigilo que solo un felino es capaz de mantener en la oscuridad. Aunque, una cosa es cierta, ese curso natural del tiempo nos ha brindado la oportunidad de obtener una divertida revancha, aunque no por ello podamos dormir más ni mejor...

       Mi chica dice que, hace ya unos cuantos vuelos, tiene el termostato averiado…

© Patxi Hinojosa Luján
(24/04/2015)

domingo, 19 de abril de 2015

Siete de siete


       El siguiente texto es el resultado de una «Propuesta de Trabajo» que lanzara hace un tiempo en Falsaria el compañero Fernando Adrián Mitolo y en la que, finalmente, hemos participado también la compañera Susana Pons Rubio y yo.
Aquí os presentamos nuestro «Cadáver exquisito», esperamos que os guste.

***

       Aquel día no había amanecido aún, cuando, de pronto, alguien llamó al timbre varias veces. En esos momentos, yo estaba feliz viviendo otras vidas que no eran las mías, o quizá sí, no podría decirlo, y fue cuando empecé a sentir esa interacción exterior que hizo que, al final, acabara despertándome y abandonando mis fantasías. La insistencia del timbre a aquellas horas de la madrugada, no hacían presagiar nada bueno, pensé, mientras acudía a la puerta restregándome los ojos para intentar parecer más despierto de lo que realmente estaba ante mi inminente interlocutor. Pero, antes de llegar a abrir, el sonido del timbre cesó y pude oír el ruido de unos tacones que se alejaban con paso acelerado. Sólo tuve tiempo de ver por la mirilla unas elegantes piernas femeninas que, efectivamente, calzaban unos imponentes tacones, cuando desaparecían al entrar en el ascensor. Lancé un bufido —no sé si por haberme despertado o por no haber podido ver de frente a la portadora de esas piernas— y me encaminé de nuevo hacia la cama. Pero, de pronto, un ruido en el pasillo hizo que volviera con rapidez hacia la puerta. Acerqué mi ojo izquierdo a la mirilla y los vi. Ahí estaban, murmurando, aquella mujer y el vecino del piso de arriba, el dueño del pastor inglés; menudo personaje.
       Desde que me había mudado hacía seis meses, él siempre buscaba una oportunidad para entablar conversación, por cualquier cosa: que si el tiempo, que si la crisis, que si pásate a tomar una birra. ¡Qué me importaban a mí el tiempo, la crisis y sus benditas birras! El caso es que, en medio de aquel remolino de ideas sobre el vecino, vi que la rubia estaba mirando fijo hacia mi puerta —al final no era tan bonita como me habían sugerido sus piernas, más bien algo tosca— y que él hacía unos extraños gestos en el aire con los brazos. ¡Gilipollas! Al cabo de unos segundos, se despidieron con un apretón de manos y ella se metió en el ascensor. Pero antes de irse, él dibujó con su dedo índice el número siete sobre la pared y también miró hacia mí, al igual que ella, como si hubiese sabido que yo estaba observándolo todo desde detrás de la puerta. Acto seguido, se encaminó hacia las escaleras, pero en lugar de subirlas para ir a su piso, bajó por ellas. Fui corriendo hasta el salón. Era el único lugar de mi vivienda que tenía una ventana que daba a la calle. Protegido detrás de la cortina, aguardé para ver qué caminos tomaban, tanto el uno como la otra. Diez minutos después, ninguno de los dos había salido. Desconcertado, encendí un cigarrillo y, habiendo descartado la posibilidad de volver a conciliar el sueño, pensé en salir a correr. Haría un par de kilómetros y después tomaría un buen desayuno en la «Cafeta del Tino». Pero un acceso de tos me disuadió de la idea: fumar y correr no casaban bien. Por si eso no bastara, se puso a llover. Un poco, al principio; después, con furia. En ese instante, en el piso de arriba, el pastor inglés se puso a ladrar con desesperación.
       Estaba claro: mi vecino de arriba tenía mejores cosas que hacer que atender a su mascota. Como eso acabaría perturbando mi equilibrio interior, intenté aislarme de los pesados —por repetidos y potentes— ladridos, y me puse a elucubrar sobre la escena de la que acababa de ser testigo. Algo olía mal, y ahora no me estoy refiriendo a mi cuerpo, que después de una agitada y sudorosa noche demandaba una ducha urgente. Me la di y me sentí mucho mejor. Al rato, volví a oír los lamentos del pastor inglés pero ya no me incomodaban, máxime confundiéndose con el atronador chaparrón; tenía otras cosas a las que prestar atención. Así que anoté mentalmente la lista de datos y dudas que poseía hasta entonces:
·         Mi vecino, a partir de ahora el Sr. X, ni había subido a su apartamento ni había salido a la calle.
·         Tampoco lo había hecho la rubia de los tacones, porque era rubia ¿verdad? —me pregunté.
·         No sabía dónde se encontraban ninguno de los dos, ni qué pudieran estar haciendo, juntos o por separado.
·         Había tensión en fuera cual fuera el tema que trataban, aunque también acuerdo entre ambos, a juzgar por el apretón de manos.
·         El número siete significaba algo, pero, ¿qué?; yo no tenía ni idea. ¿Qué querrían de mí, un humilde trabajador del almacén de las aduanas portuarias?
·         Por último, pero no por ello menos intrigante y perturbador, algo tenía que ver yo en todo aquello, aunque no tenía la menor idea de qué podría ser. Si no, no hubieran llamado a mi puerta, ni señalado esta, ni…
       No sabría indicar muy bien para qué, pero anoté todo esto en una libreta y encendí otro cigarrillo.
       Desde ese día, dejé de verlos; pero empecé a oírlos. Y digo oírlos, sin poder arriesgar a ciencia cierta si los elementos acústicos que comenzaron a anidar en el interior de mi cabeza tenían su correspondiente correlato en la realidad. El fin de semana decidí pasarlo dentro de la casa, y no solo porque la lluvia no cesó ni un solo segundo, sino, sobre todo, porque el miedo a encontrármelos en el rellano de la escalera, en el ascensor, o en la calle, me paralizó por completo. Estaban arriba; lo presentía por los ruidos de los tacones de ella. ¿O quizás tendría que decir los de él? No sé por qué se impuso una absurda ocurrencia: él, contoneándose al ritmo de una canción de Bryan Ferry, vestido como una prostituta de burdel, maquillado de una forma exagerada y desprolija, y lanzando entrecortados grititos de colegiala en celo mientras ella, gozosa de observar el espectáculo, se masturba con la cabeza de una estatuilla de ébano cogida del estante de una biblioteca.
       Una ligera excitación se fue apoderando de mí, así que decidí llamar a Ana, la secretaria del muelle, para invitarla a cenar. Solíamos quedar de vez en cuando; no estábamos enamorados, pero lo pasábamos bien juntos. Buen sexo, sin compromisos; era lo que necesitaba. Mientras buscaba el móvil para llamarla,  me percaté de que el ruido de los tacones ya no lo oía en el piso de arriba sino que ahora sonaba más cerca, casi al otro lado de la puerta. Mi excitación desapareció y fue reemplazada por el miedo. Pude sentir que allí había algo maligno. Aun así, abrí la puerta, de golpe. Lo que vi en el rellano me paralizó: la rubia estaba tirada en el suelo, respiraba entrecortadamente y una estatuilla de ébano sobresalía de su falda.  Lo que me hizo gritar fue darme cuenta de que de la cabeza de la chica manaba sangre de forma abundante y, a su lado, un enorme número siete parecía burlarse de mí.
       Cogí el teléfono e hice la pertinente llamada. Justo al colgar lo vi claro: en el almacén del puerto yo era el encargado de uno de los muelles, el número siete, sí el siete. Y de repente me vino a la memoria, como un fugaz disparo, un hecho al que, hasta ese momento, no le había dado ninguna importancia. Resulta que el gerente de la empresa que explotaba los muelles de ese almacén, mi jefe directo, había reservado un contenedor para no sé qué gestión futura, una gestión de la que yo no me tendría que ocupar ni de la cual debía preocuparme, según dijo. Me indicó que, hasta nueva orden, no podría contar con él, por lo que descartara utilizar… ¡el contenedor número siete! Aquello no podía ser casualidad y empecé a elucubrar diferentes teorías, a cuál más macabra. Pero todas ellas acababan igual: con el Sr. X intercambiando un maletín con mi jefe, con un cadáver de pelo rubio viajando hasta quién sabe dónde, camuflado dentro de una carga que yo no prepararía ni de la que gestionaría su envío, y yo, no sé cómo, implicado en tan delictivo acto. Temblé, pero no de frío, y me encendí otro pitillo sin haber acabado el anterior. La Policía no tardaría en llegar.
***
       —Que no, Raúl, ya te he dicho que no me apetece un cine; hoy no. ¡Ay, quita al perro, hazme el favor, que me llenará la falda de pelos!
       —Bueeeno… ¡Y tú, Nerón…, venga, quita, que a “mamá” no le gusta! Oye, por cierto, que me acabo de acordar, ¿encargaste aquello para el sábado?, no te duermas, que faltan dos días.
       —No te duermas, que faltan dos días…, No te duermas, que faltan dos días…, ay, mi vida, ya está todo más que listo, ¿qué te crees? En cuanto Ana me lo dijo me puse manos a la obra. Tú ya sabes lo que me encantan estas cosas. Y más aún cuando se trata de socializar a un “rarito” como tu vecino. Al fin y al cabo es lo que hice contigo.
       —Que gilipollas que eres. Oye, ¿hablaste ya con el tipo aquel del puerto? Morato se llama, ¿verdad? Por lo del contenedor lo digo. Esperemos que no se le escape la lengua y le de pistas sobre lo que viene adentro.
       —Qué sí…, está todo controlado. Enrique no sospecha nada. Es más, al parecer está súper paranoico con lo del siete. No te imaginas la película que se armó desde que te vio hacer esa morisqueta detrás de su puerta. ¿Se puede saber de dónde sacaste esa idea?
       —Mía no fue; fue de Ana. Ya sabes con qué cosas se divierte.
       —Ya. Qué hijaputa. Será por eso que la quiero tanto.
       — ¿Qué la quieres tanto? Venga, no me hagas reír.
***
       Y esto fue ni más ni menos lo que escuché ese domingo por la tarde por la claraboya de la cocina mientras esperaba a la policía. “¡Un momento!” —me dije—. Si los que hablaban en el piso de arriba eran el tipo del perro y la rubia, ¿quién era entonces la chica que yacía en mi rellano? Una sospecha empezó a germinar en mi mente: Ana… a quien yo no había ayudado, la había dejado tirada en el suelo y después me había encerrado en casa, a la espera de la policía. Salí. La chica seguía ahí, pero ya no respiraba. Era Ana, en efecto. Quise, de alguna manera, devolverle la dignidad y le quite la estatuilla de entre las piernas. Me sorprendió lo que pesaba. Volví a entrar a mi casa con una rara intuición. En esa figura de ébano había algo; estaba seguro. Así que la rompí. En su interior había siete bolsitas de terciopelo rojo. Con manos temblorosas abrí una de ellas. Dentro había siete piedras preciosas: diamantes. Lo decidí en ese mismo momento: agarré las siete bolsas y volví a salir al rellano. Salté por encima del cuerpo de Ana y bajé corriendo las escaleras. Al salir a la calle, me crucé con una pareja de policías que se dirigían a mi edificio. No los miré.  Al doblar la esquina de mi calle, tuve claro lo que tenía que hacer. Eché a correr.
FIN
© Susana Pons Rubio, Fernando Adrián Mitolo y Patxi Hinojosa Luján

(21/03/2015)

jueves, 16 de abril de 2015

De casa en casa

       La tristeza se dibujaba en su rostro como si se tratara de la obra de cualquier reputado pintor renacentista. Se había convertido en su mayor aliada y en su mejor amiga, hasta el punto de que inundaba todo su mundo. Tanto trajín durante algunos fines de semana ya estaba empezando a cansarle. Su ingenua mente no comprendía por qué tenía que cambiar de domicilio justo cuando se acababa de adaptar de nuevo a un entorno que ya recordaba de ocasiones anteriores. Intuía que era porque ellos dos no se llevaban bien, nada bien. A él nadie le había explicado nada y, aunque lo intuía de antes, lo había deducido por esas conversaciones que, iniciadas como cuchicheos para impedir que él se enterase de lo que hablaban, tenían lugar en una casa sí y en la otra también. Y lo confirmaba porque, al final de las mismas, esos cuchicheos siempre acababan convirtiéndose en acalorados gritos que hacían que la comunicación se cortara bruscamente, se supone que por cualquiera de las dos partes. Él tenía la certeza de que el imaginario hilo telefónico unía siempre en estos casos a las mismas dos personas, que a estas alturas ya no se soportaban ni siquiera para conseguir tener una sola conversación civilizada.

       Cuando empezó este vaivén de traslados periódicos entre las dos casas, él, inocente, pensó que las discusiones se debían a que ambos reclamaban su tutela durante un mayor período de tiempo. El devenir de los acontecimientos le fue quitando poco a poco esa venda que figuradamente le cubría los ojos, ocultándole la verdadera razón de las mencionadas desavenencias familiares, expuestas con tanta claridad en esas charlas telefónicas, tan incómodas para él.

       No tardó mucho tiempo más en comprenderlo todo. Y lo que descubrió le sentó como un jarro de agua fría seguido de un mazazo en la cabeza; aunque fue mucho más impactante el golpe moral que recibió. No podía creerlo, no quería creerlo…

       En un momento de máxima lucidez, tomó una importante decisión y preparó todo para consumar su plan. No permitiría que ninguno de los dos tuviera que pasar el mal trago de tener que seguir ocupándose de él ni un solo minuto más. De entre todas sus pertenencias, todo lo que en verdad era importante y necesario le cabía en su mochila, por lo que una vez estuvo llena se la echó a la espalda. Cerró la puerta tras de sí con la firme intención de no volver a ver nunca más a ninguna de esas dos personas a las que tanto estorbaba, aquellas que, aun llevando su misma sangre, renegaban de él…

***

       El alzhéimer que padecía en su fase inicial no le impidió valorar que, con su pensión, bien podría pagarse una modesta residencia de ancianos sita en las afueras de la ciudad. Tendría que dirigirse hacia allí lo antes posible, antes de que el monstruo que empezaba a invadirle le quitara el recuerdo de esa voluntad, y esperar que aún quedara alguna plaza libre, de esas que le ofrecieron la última vez que realizó esa misma consulta…

***

       En el otro extremo de la ciudad, un hombre recibe la visita inesperada de su hermano, con el que de un tiempo a esta parte casi no se habla, si no es por teléfono y acabando a gritos. Le acaban de llamar de la residencia de ancianos anunciándole que su padre ha solicitado el ingreso por propia voluntad. La llamada era simplemente informativa. La visita, que en un principio vestía un tono incriminatorio por la negligencia del descuido en el cuidado del mayor, acaba siendo la de la reconciliación, ahora que los dos interiorizan que se han quitado de encima el lastre de tener que ocuparse de su progenitor,…

***

       … un padre que, junto a la ya fallecida madre, los tuvieron a ellos dos como moneda de cambio y de chantaje cuando, siendo aún muy niños ellos, se divorciaron de manera nada amistosa y les hicieron vivir separados, alternando dos casas que se intercambiaban cada mes, y en las que tuvieron que convivir con el reproche casi continuo...

© Patxi Hinojosa Luján
(15/04/2015)