miércoles, 27 de diciembre de 2017

Las mentiras del viento


El viento sopla aquí con tanta insistencia que forma parte ya desde tiempos inmemoriales de la banda sonora de nuestras vidas. Esto llegó a ser desesperante para algunos; otros, ingenuos, creímos vislumbrar en la partitura de sus tonadas diferentes mensajes de promesas esperanzadoras.
***
La enfermería —es preciso etiquetar de alguna manera esta habitación— carece de las condiciones mínimas de equipamiento sanitario que serían exigibles en cualquier zona del primer mundo; pero el lugar en el que nos encontramos no pertenece al primer mundo, juega un par de divisiones por debajo…
Dos jóvenes nativos entran sin prisa empujando con un entusiasmo mal balanceado una camilla con ruedas que sitúan en el centro de la estancia, justo debajo de la única bombilla que la ilumina y que, por sus esporádicos guiños, no debería de tardar en fundirse. En ese momento reparo en su presencia, es un joven algo pálido que no presenta mucho mejor aspecto que la lámpara, imagino que extenuado por la falta de descanso y el exceso de horas de trabajo. Aprecio que, desde la esquina donde está situada la única silla, examina la camilla metálica con toda la concentración que le permite la intermitencia de sus cansados párpados antes de levantarse; entonces se acerca y se dirige a mí, su ocupante, con la frase que intuyo utilizará siempre para romper el hielo: «Se me va a quedar quietecito mientras me ocupo de usted, ¿de acuerdo?». Cuando los auxiliares salen en busca de nuevas tareas, lo hacen meneando sonrientes sus cabezas al oírle, está claro que ellos conocen de sobra su particular y terapéutico sentido del humor.
Enfrascado en una bata que ha debido de sufrir unos cuantos lavados para presentar esa tonalidad tan poco vistosa, suspira a pesar de la mascarilla que acaba de colocarse y, con suma delicadeza y respeto, recoloca mis ropajes, acaricia mi frente con un guante a través del cual siento el compasivo calor de sus dedos y echa un penúltimo vistazo a un cuerpo que ha estado expuesto a la epidemia mortal. A continuación, procede a desinfectarlo siguiendo lo que sin duda es el protocolo adoptado por su organización, hay que cortar de cuajo la propagación en todos los frentes posibles. Y mientras me habla y me pregunta, y vuelve a hablarme, no espera respuesta; ese proceder es un mecanismo que, estoy convencido, activa como protección ante la posibilidad de perder la razón a base de tanto luchar contra la sinrazón. Porque, sin tiempo para un descanso reparador, la posibilidad de que sigan llegando más cuerpos no es sino una triste realidad.
En el exterior, el viento no para de soplar.
***
La muerte sigue empeñada en ganarle la partida a la vida, sabedora de que se quedó con las mejores cartas y de que nunca estamos preparados cuando, tramposa, se saca de la manga su as ganador, el de la inevitabilidad…
No es necesario buscar lejos, ayer fue mi turno: cuando se me sellaron los ojos, se abrió de golpe ante mí la percepción de nuevos e inimaginables sentidos. Fue en aquel preciso instante cuando me inundó la certeza de que aquellos susurros para la esperanza no eran más que mentiras, las mentiras del viento.

© Patxi Hinojosa Luján
(27/12/2017)



lunes, 18 de diciembre de 2017

Comprando voluntades

Mi duodécima aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «Su padre también le dejaba conducir la furgoneta...».

Su padre también le dejaba conducir la furgoneta cuando pasaba el fin de semana con él y con aquella mujer que le acariciaba tanto. Pedro me lo confesó después de que yo le contara mis últimos planes para conseguir del mío nuevos caprichos.
Ignora que su padre dice que él conduce tan bien como yo. Creo que me aprecia mucho, aunque yo no sea su hijo, pues me deja su furgoneta en el descampado como si lo fuera; no puede esconder que está enamorado de mamá.
Ese será por siempre nuestro secreto, una complicidad que consolidaremos durante los escasos diez minutos en que nos cruzaremos cada quince días.

© Patxi Hinojosa Luján
(14/12/2017)

lunes, 11 de diciembre de 2017

Siempre rebelde

Mi undécima aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «Tardaría en encontrar la llave que necesitaba...».

Tardaría en encontrar la llave que necesitaba; nunca tuvo prisa por hacerlo, semejante urgencia no jugaba en su liga.
Él era especial: acumulaba llaves, respuestas, soluciones, resultados… Sabía que se toparía con muchas puertas, que más pronto que tarde llegarían las preguntas, los problemas, los complicados cálculos...
Desde pequeño le repitieron que un día necesitaría utilizar una llave especial, y por eso siempre persiguió, receloso, la equivocada. Cuando llegara el momento de enfrentarse a la prueba, fracasaría con un desmotivado intento de franquear esa última puerta. Se imaginaba alejándose sonriente, y la luz blanca atravesando el ojo de la cerradura, una minúscula estela polvorienta garabateando una interrogación.

© Patxi Hinojosa Luján
(07/12/2017)

jueves, 7 de diciembre de 2017

Reincidencia

Este texto lo presenté al Concurso de Microrrelatos «Ganarás la luz» de «Madrid Destino», la «Unión de Ciudades Capitales Iberoamericanas (UCCI)» y «Escuela de Escritores». «Cuéntanos una historia de Madrid y ganarás la luz», rezaba su lema. 
El texto debía tener 100 palabras como máximo e incluir el nombre del concurso.

Cuando de perderse hablamos, siempre espero encontrarme en La Villa y Corte. Como anteayer, que se me cayó un diente y corrí a entregárselo «a toda leche» al señor Pérez. Como hoy, que los zapatos de tacón «calientan banquillo»; me espera buena caminata.
Ellos me observan pasar desde museos, grandes vías y mayores plazas; yo, me dejo seducir por el arte que atesoran, por su majestuosidad.
Aquí ganarás la luz, proclaman; por eso volveré mañana, reincidente, procurando perderme rondando el Km. 0 de las casualidades; pongamos que soñando con todos los que se pierden por ganar algo de esta luz…

© Patxi Hinojosa Luján
(08/09/2017)

lunes, 4 de diciembre de 2017

Lleno, por favor

Mi décima aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «No pudo seguir adelante sin ella...».

No pudo seguir adelante sin ella, no titubeó al tomar la drástica resolución. Tiró del freno de mano con todas sus fuerzas y el agudo chirrido de sus convicciones le devolvió el recuerdo del joven decidido que un día fue. Por primera vez en mucho tiempo haría lo que él mismo esperaba de sí; además, estaba deseando comprobar si podría recuperar la osadía de contemplarse en otros ojos.
Estaba convencido, no debía seguir sin ella en un viaje que estaba llenándose, por momentos, de unos necios que consiguieron agotársela…, fue entonces cuando, vaso en mano, subió al carro de sus retornos dispuesto a llenarlo con paciencia.

© Patxi Hinojosa Luján
(30/11/2017)

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Expulsado


La estancia exhibe una decoración poco discreta que se aleja de cualquier toque de elegancia, aunque la envuelve una cálida iluminación que le otorga una agradable sensación de serenidad. Es media tarde y, en un sillón colocado de espaldas al ventanal, una dama ataviada con ropa de andar por casa parece haber sucumbido a los encantos de Morfeo mientras disfrutaba de la lectura de un libro, pues éste ahora reposa sobre sus muslos en una posición que reta a la fuerza de gravedad cual avezado equilibrista. En un momento dado, alguien la inoportuna obligándola a abandonar su plácido descanso; tan indignada como alterada, abre los ojos e interpela a la inesperada visita después de la somera explicación que ésta ha emitido a modo de saludo:
—¿Pero… esto qué es?, ¡no entiendo nada! —Y añade, no pudiendo disimular su enfado ¿Cómo que lo expulsan, es eso posible?
—Ya sabe usted, señora, que la nuestra es una institución muy exclusiva y que quién entra ya no sale —empieza a argumentar la visita con voz grave y decidida—. Pero en este caso, excepcional a todas luces, se han dado unas circunstancias fuera de lo normal que han sido las que nos han hecho tomar tan extrema medida.
—Pero… yo ya me había hecho a la idea, ya me había acostumbrado a la nueva situación —no esconde su cambio de estrategia, con un tono que se acerca ahora a una aparente serenidad; comprenda que todo esto me sobrepasa y trastoca por completo mi vida. ¿No podrían reconsiderar el asunto y readmitirlo, por favor? ¡¡¡Se lo ruego!!!
—¡Imposible!, no podemos, en serio… La decisión está tomada y créame que ha sido muy meditada por parte de todo el consejo, con su máximo representante al frente. Es definitiva. No es que él no se haya acostumbrado a su estancia allí, es que su inaudito comportamiento ha revolucionado y alterado en grado superlativo la correcta marcha de nuestra organización y ésta no puede soportarlo ni un instante más. Quizá en otro momento, más adelante, cuando este tema se haya enfriado con el olvido del tiempo…
De las tres figuras que recortan sus siluetas en la habitación, la de la sorprendida anfitriona, inmóvil aún en su sillón, niega con su cabeza mientras intenta hacerse a la idea. Otra, la segunda, se dispone a desaparecer tal y como había llegado, pero ahora sin compañía y tarareando algo. En el giro previo a su partida, los negros harapos que constituyen su indumentaria se abren en un vuelo semicircular dejando entrever el filo de una afilada guadaña que desaparece junto con su portador, no sin antes proyectar el reflejo de un postrer y tímido rayo que entra por la ventana y va a iluminar durante un instante una de las esquinas del cuarto. Allí, hecho un ovillo en el suelo sin pronunciar palabra alguna, un hombre repasa, con los ojos cerrados y tiritando, la estrategia utilizada para contravenir a su destino; recuerda la reciente escena martilleándole las sienes y se arrepiente de aquel descomunal y sobrehumano esfuerzo, empieza ya a asumir que se maldecirá por ello el resto de su existencia…
Mientras observa a su marido, la mujer reflexiona un instante sobre lo inverosímil de todo aquello, también sobre la situación generada por ese imposible giro cósmico. Advierte que aquel mantiene las vestimentas con las que ella misma le acicaló para su, creía entonces, último viaje, ahora sucias y ajadas. En ese momento se incorpora y su gesto cambia perfilando una sonrisa burlona, pero no se percata de que el libro empieza a caer al suelo; por un capricho del destino lo hace a cámara lenta, mostrando al hacerlo un abanico de páginas, todas ellas en blanco. Ya de pie carraspea como si con ello quisiera también aligerar su conciencia y se dirige despacio hacia aquella esquina después de intentar hacer acopio de una ternura que le sigue siendo tan ajena como siempre, porque ha decidido tomar la iniciativa y así romper el hielo de la insólita situación:
—¿Quieres que hoy cenemos pronto, cariño?

© Patxi Hinojosa Luján
(22/11/2017)

lunes, 20 de noviembre de 2017

Sin disfraces

Mi novena aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «No podremos salir del castillo hasta el próximo Halloween...».

No podremos salir del castillo hasta el próximo Halloween, en esta lúgubre estancia todos lo tenemos asumido. Incluso la pequeña Selene, tan distinta ella, lo acepta porque aspira, entusiasmada, a participar en el ritual de cada año; pero nuestra hermana no entendió que papá prescindiera de mamá poniendo en riesgo nuestra triunfal aparición anual. Es cierto que, poco después, ella colaboró una última vez en los festejos con su caracterización más realista, rígida y fría; sin embargo, hoy su presencia sería inadecuada.
Brota ahora aquel recuerdo en mí: Papá buscándose en los espejos, gritando que el desliz de mamá no podía quedar sin castigo, que por eso la momificó...

© Patxi Hinojosa Luján
(15/11/2017)

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Preguntas

Mi octava aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «¿Qué será lo que le ponía su madre?...».

¿Qué será lo que le ponía su madre? La pregunta le martilleaba las sienes cada vez que, al acabar el recreo, sus extenuados amiguitos regresaban a clase buscando unos asientos que se convertían en los más cómodos sofás; porque, mientras, él lo hacía tarareando canciones sin el menor signo de fatiga.
Cuando un buen día se animó a hacerle la delicada pregunta a su madre, ésta le contestó con evasivas, admitiendo sólo que manejaba un ingrediente secreto que a veces incluía en el bizcocho del desayuno.
Y entonces le asaltó una nueva pregunta: ¿sería por eso por lo que tenían casi siempre los ojos tan rojos…, los dos?

© Patxi Hinojosa Luján
(08/11/2017)

lunes, 6 de noviembre de 2017

Penas

Mi séptima aportación a «Relatos en cadena», de cien palabras, en la Cadena SER. En esta ocasión teníamos que comenzar con «Y se ríe...».

Y se ríe, cómplice, aunque sólo lo haga en soledad. Imagino su expresión cotidiana, disimulando, tan fría como la lápida que cubre los restos de nuestro compañero.
Ahora él es feliz por mí, lo conozco bien, mas nunca se permitirá, si es observado, mostrar en su semblante ni una leve sonrisa; aspira a acabar sin sobresaltos su particular pena.
Sé que sabe que estaré esperándole cuando termine, y entonces ya podremos reír juntos al evocar la mañana en que al pasar lista no me encontraron allí. Pero debo confesárselo: Él tenía razón, no fue fácil excavar aquel túnel y escapar de la prisión.

© Patxi Hinojosa Luján
(01/11/2017)

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Lumínica


(Este texto es mi personal recuerdo del concierto en el Altxerri de Donosti del día 28 de octubre y no es sino una muestra de respeto y cariño hacia Jorge Marazu, quien ha sido capaz de crear una maravilla como es Lumínica.)


La musical velada transcurrió plena de intensidad, como un vendaval desatado de recursos. Si comenzó con Luz, bendita luz, terminó con un sutil Simulacro que nos confirmó que lo vivido hasta ese instante no había sido tal; entre ambos momentos, y como en un suspiro, todo un Río de emociones anidando en unas canciones que unas veces nos llevaban a recorrer veredas secretas con el tono sepia de los ayeres y otras nos acariciaban el corazón; él ya venía advertido, reveló haber sufrido arañazos en el suyo.
Como esperaba, la noche no echó de menos ningún despliegue de efectos especiales, pues hasta tuvo su particular Cometa, que a falta de cuerda nos dejó una magnífica estela en forma de Recuerdo crónico justo antes de que yo lo imaginara camino de Escandinavia, allí donde la Luna es siempre mágica si sabes mirar para encontrar su ombligo.
Quizá nuestro querido amigo Jorge Marazu ya no sea aquel muchacho que Catorce años atrás aspiraba a dejar grabadas sus particulares Líneas de Nazca entre confidencia y confidencia con la emotiva Elia, quizá, pero hoy lo reivindica mientras observa que algunos Peces de ciudad parten hacia otros puertos, nadan en otra dirección.
Pasaron los segundos, las canciones, y casi sin darnos cuenta nos acercamos al final; sin esperar a oír las campanas del reloj, y sin Miedo a las teclas negras de un negro piano, se sinceró al contarnos lo mucho que le cuesta olvidar todo lo que un día quiso; entonces se bajó del escenario para subirse al carro de las nuevas melodías y versos que esperan, ansiosos, su turno para ser convertidos en canción gracias a ese misterioso don que él posee al igual que unos pocos más y que alguien intentó explicar alguna vez…, sin éxito.
***
Y yo, que insaciable pensaba negarme a decir Adiós porque también tengo pánico a las despedidas, acabé dando Media vuelta para salir del local; respiré hondo el aire ya menos cargado de la calle y reflexioné: si lo que sentía en aquellos momentos no era una hermana gemela de La felicidad, se le parecía bastante...
***
En mi peculiar universo, recuerdo ahora que me debe, no una canción al azar sino 29, aunque él ignora que lo mismo ocurre con Las otras, y yo no se lo pienso confesar…
¡Pero qué despiste, si esto no iba aquí!, era para la pre-crónica del próximo concierto... No pasa nada, hasta que llegue la ocasión yo seguiré deleitándome con las maravillosas canciones que conforman esta obra de arte musical de Jorge Marazu que es su Lumínica.

© Patxi Hinojosa Luján
(31/10/2017) 

jueves, 26 de octubre de 2017

Merodeas


Observo cómo frecuentas desde hace varias semanas los alrededores de la casa de mi infancia; no contaba con que te fueras a acordar de ella y recuerdo ahora con una sonrisa desubicada que siempre me sorprendió tu capacidad para sorprenderme.
Si te contemplo desde aquí es porque te estoy esperando, ya siempre lo hago. En la mayoría de las ocasiones te sueles acercar a cámara lenta, como con recelo, para enseguida desaparecer; aunque hay días en que debes sentirte algo más animado pues veo que permaneces un rato apostado ahí abajo, golpeando con rabia y violencia árboles y farolas, e incluso te atreves a levantar la mirada y clavarla en una ventana cerrada tras cuya cortina corrida te observo invisible junto a mi cruel destino. Creo que son esas las ocasiones en que tú me presientes, lo distingo en unos cruces de miradas que no podrían lastimarme más al no hacer otra cosa que provocar chispas de imposibilidad.
Mientras sigo atrapada entre dos mundos, acepto que a otras miradas pudiera parecer que merodees, que siempre estés merodeando, aunque yo lo desmienta al conocer de buena mano tus intenciones últimas. Es más, tengo la convicción de que no cejarás en tu proceder hasta que alguien pueda hacerte comprender…
Porque deberías saber que por una ley cósmica esencial, a mí me es imposible intentar convencerte de que lo que sucedió no fue culpa tuya. Ese día no tenías ganas de salir, y yo no debí subir sola al monte y menos aún hacerme aquella maldita autofoto —¿selfie lo llaman ahora?— al borde de un precipicio al que tú tenías un miedo irracional por tu vértigo al vacío; como el que ahora, ironías de la vida, te envuelve por mi ausencia.
¡Cuánto extraño tu calor!, ¿te he dicho ya que te sigo queriendo…?

© Patxi Hinojosa Luján
(26/10/2017)