jueves, 28 de enero de 2016

¿Qué os estaba diciendo…?


… ¡Ah, sí!, que teniéndola ahí, tan disponible, como el más preciado as en la manga, no echamos mano de ella —yo el primero— cuando el momento lo demanda, no ya por ser necesaria en muchas ocasiones, sino por imprescindible. Sería fundamental iniciarnos en el hábito de su compañía para así disfrutar del beneficio que nos proporciona cuando nos animamos a utilizarla. No quiero ni pensar que esta laguna proceda del hecho de pertenecer al grupo de todo aquello que no tiene coste material alguno, y que por tal motivo la ninguneamos, no. Me inclino a pensar que más bien pudiera ser por alguno de estos otros motivos: porque no la tenemos todo lo presente que sería preciso, o porque no nos atrevemos ni a reconocer su necesidad ni a su uso en público para así no tener que justificar el echar mano de su potencial; pero es claro que si insistiéramos en su empleo todo nos iría mejor; mucho mejor, oso sentenciar.
En muchas de las ocasiones el problema reside en recordar, engañándonos, que necesitamos un factor desencadenante para activar su puesta en marcha. Pero una vez hecho esto todo va sobre ruedas. No es tan difícil buscar entre las celdas cerebrales que mantienen encasilladas y ordenadas nuestras neuronas hasta llegar a encontrar aquellas que pudieran interesarnos, agrupadas para formar el conjunto que compone dicho factor y dispuestas a actuar, a ayudar. Y en todo caso, si el día indicado despliega una catarata entre nosotros y nuestra concentración y reflejos, siempre podremos acudir al exterior para aprovisionarnos de los detonantes necesarios para disfrutar de tan preciado tesoro, porque lo es.
Me estoy refiriendo a la «risoterapia». Sí, ya sé que esta palabra no está aceptada aún por la RAE, pero visto lo visto, lo bajo que ha sido colocado el listón para la aceptación de nuevas palabras, no creo que siga estando «sin papeles» por mucho tiempo, ¿no es cierto, ArTuro?
Y es que hay que intentar sonreír más, estar haciéndolo el máximo tiempo posible, por los incontables beneficios que nos aporta. Y hay que hacerlo aunque no haya motivos para ello, aunque sea más bien al contrario. Solo así estaremos en el punto de partida para reír de verdad, a carcajadas, sin límites de ningún tipo. Sacándole el máximo partido a la risoterapia.
Sí, ya sabemos que la vida puede llegar a ser muy cruel, que las arrugas con que nos va marcando bien pudieran, llegado el caso, convertirse en profundas grietas, cierto es. Y, cuando soportamos situaciones de este porte, lo primero que tenemos que recordar es que bajo ningún concepto debemos permitir que esas fisuras se llenen con el agua de la autocomplacencia, de la resignación, porque si las condiciones derivasen en muy adversas y se congelase, bien podría llegar a romper nuestro corazón, nuestra alma; a rompernos desde y por dentro como a esas duras rocas que jamás podrán resistir el aumento de volumen del agua helada.
Así es que, riamos, amigos, demos rienda suelta a todas esas carcajadas que llevamos dentro esperando ser liberadas. Riamos solos o acompañados. Con ropa o descalzos hasta la nuca. Por nada y por todo. Con la excusa de un vídeo de Les Luthiers o por el mero hecho de recordar la sonrisa de aquel vagabundo agradecido. Porque tu mascota, sin darse cuenta, te hace cosquillas con su cola juguetona y tú no osas intentar que cambie de postura.
También porque aunque tú tienes uno, tus seres queridos, familiares «por decreto» o de los otros, de los elegidos, tienen muchos más de dos para disfrutar.
Y riámonos de nosotros mismos, pocas terapias hallaremos más reconfortantes.
Yo lo estoy haciendo en este mismo instante, ¿y tú?
Querido amigo que me regalas tu valioso tiempo leyendo mis cosas: te envío una sonrisa —como dice mi hermano pequeño—, limpia, despejada y sincera, hasta que llegue el oportuno momento en que pueda reír contigo, a carcajadas.

© Patxi Hinojosa Luján  
(28/01/2016)