jueves, 31 de marzo de 2016

El laberinto


En cada rincón del chalet reinaba el silencio. Era un silencio gélido, un silencio en estado de alerta; un silencio que engullía los lamentos con los que el estómago de la única persona presente en la estancia intentaba hacer oír su protesta. Aquélla llevaba más de veinticuatro horas sin probar bocado cuando subió hasta la segunda planta y entró en su dormitorio. Se colocó frente al espejo de pie y, con un gesto que intentó ser solemne, se arrodilló ante él en un intento de búsqueda de absolución mediante una reflexiva confesión. La luminosidad de la estancia se encontraba situada a media asta por mor de los últimos acontecimientos. Aun así podía ver con claridad la imagen que le devolvía la luna de cristal y que no era otra que un rostro roto, más que por el sufrimiento por el sentimiento de culpabilidad.
Permaneció allí unas horas, no hubiera podido cuantificarlas, aunque lo que sí tenía claro era que el día treinta y uno de marzo del año dos mil dieciséis aún acumulaba segundos cuando inició la maniobra para recuperar la posición erguida; había perdido la sensibilidad en las rodillas a pesar de que las tenía apoyadas en sendos cojines, lo que ya le auguraba de antemano una incorporación dolorosa, aunque no tanto como esa sensación de culpa que tanto le importunaba. Y lo peor de todo era que ese tiempo de incómoda reflexión no sirvió para poder justificar ni por un momento la decisión que tomó aquel día, diecisiete meses atrás, y empezaba a admitir ahora que quizá no fue ni conveniente ni acertada, aspectos éstos que ya intuyó cuando la tomó y ejecutó. Era cierto que él tenía patrimonio, pero su empresa había quebrado y sus empleados perdido sus puestos de trabajo y ese era el peso que cargaba en su mochila y que cada día que pasaba parecía hacerse mayor.
El varón, ya de pie, dio tres pasos en dirección a la ventana para después deshacer lo andado en un intento de desbloquear sus rodillas. Siguió sin gustarle lo que vio cuando volvió a mirarse en el espejo. Lo giró ciento ochenta grados sobre su eje vertical ocultando su reflejo y dejando a la vista una trabajada policromía en madera noble.
Pensó en bajar a la cocina a tomar algo fresco, tenía la garganta seca por una preocupación que pugnaba por emparentarse con la angustia. Al intentar salir de su cuarto, tarde se dio cuenta de que eligió para ello una puerta que antes no estaba allí… se encontró de súbito en un espacio irreal, miró hacia atrás como si con ello pudiera enmendar su error y lo que vio le descolocó por completo: estaba en medio de un escenario desconocido para él, un inmenso laberinto que pareciera no tener fin mirase donde mirara desde la atalaya dispuesta a tal efecto delante de él. Pero era un laberinto un tanto peculiar, estaba señalizado con multitud de flechas que indicaban sin equívoco qué pasillos se debían tomar. Podía ser una trampa pero, como no tenía más elección, decidió seguirlas y confiar en encontrar una salida lo antes posible. Bajó del altillo y empezó a caminar a la misma velocidad que sus pensamientos.
Al cabo de mil giros y otros tantos tramos rectos y curvos, se dio de bruces con una puerta. Frenó en seco, asió con fuerza la manilla, la hizo girar y empujó con decisión para abrirse paso. Entró sin cerrar. En cuanto lo hizo pareció que el laberinto no hubiera existido nunca porque detrás de él a través de la puerta sólo se veía ya un pasillo conocido con su dormitorio al fondo. Lo que vio allí dentro le tranquilizó y angustió a partes iguales: estaba de nuevo en su hogar, sí, y ahora en la estancia que hacía las veces de despacho. Pero en su escritorio el ordenador estaba encendido con un mensaje abierto a punto de ser respondido. Reparó en la fecha que indicaban tanto éste como aquél. Releyó el mensaje que se sabía casi de memoria y empezó a responder:
«Muy señores nuestros: Lamento informarles que después de estudiar y analizar con profundidad cada punto de la propuesta de fusión, he renunciado a ella por el bien de mi empresa, por el mío propio y, sobre todo, por el de sus empleados. Ya sé que este cambio les habrá cogido por sorpresa, máxime teniendo en cuenta el interés que vieron en mí en cada una de las reuniones que hemos mantenido, pero créanme si les digo que las razones que tengo para tomar esta decisión son poderosas. Les vuelvo a agradecer la deferencia que han tenido tanto conmigo como con mi empresa y les deseo toda la suerte del mundo para el futuro de su actividad comercial. Atentamente, Antoni Ferrer, presidente y gerente de Cataladena, S.C.L. En Lleida, a treinta y uno de octubre del año dos mil catorce.»
Pulsó el icono de enviar y suspiró. Supuso que recibiría en breve una irritada e indignada respuesta a su comunicación. No le importaba en absoluto. Pero en todo caso no sería antes del día dos de noviembre, era ya tan tarde que el reloj de su pantalla le indicaba que habían entrado en el día uno de noviembre, el festivo Día de Todos los Santos. Sonrió al pensar que con su acción se hubiera podido acercar, aunque fuera muy de lejos, a alguna de cualquiera de ellos.
***
En cada rincón del chalet reinaba el silencio, pero en esta ocasión desde hacía poco tiempo, y no era el silencio por triplicado del ¿día anterior? Eran ya las diez de la noche bien pasadas y no era cuestión de molestar a sus vecinos de los chalets adyacentes. Hasta hacía bien poco la música no había parado de sonar. Música sin pausa, música alegre, música de satisfacción. La satisfacción que le otorgaba el comprobar que sus empleados seguían teniendo el suficiente trabajo como para no ver peligrar sus futuros laborales.
Subió a su habitación, miró —ahora sí, orgulloso— su reflejo y se dispuso a descansar. Por hoy ya había tenido suficiente, estaba aprovechando al máximo la segunda oportunidad que le había brindado —quien fuese— con tan oportuno laberinto.

© Patxi Hinojosa Luján
(31/03/2016)