miércoles, 9 de marzo de 2016

Epilogando


(Este texto es el Epílogo y punto final de los relatos enlazados «¡Mira allí!» y «¡Allí, mira!»)

La furia desatada de los elementos, aprovechando la inesperada desaparición de la cubierta del supermercado, llegó de súbito y los sorprendió desprevenidos, sin margen posible de maniobra. Eva pensó que estaban perdidos, hasta el punto de no poder considerar nada que no fuera el fin de su tiempo en este mundo. El tenebroso cielo se partió en dos y propició que el apocalipsis adelantara su llegada, cubriendo todo con un traicionero y denso manto negro, envolviéndolos, tragándoselos.
***
Abelardo tiró de una paralizada Eva agarrándola de un brazo hasta situarla entre dos pasillos intentando protegerla de la visión de aquello que tanto la había alterado; ésta poco a poco fue volviendo a una realidad en la que la persistente y copiosa lluvia estaba percutiendo en la frágil —ahora parecía mucho más que antes— cubierta transparente de la nave. Justo en el momento en que se disponía a decir algo, su compañero se le adelantó:
—¿Piensas que es… él? —La atrajo hacia sí para que se sintiera protegida, ella se dejó hacer—, ¿estás segura?, piensa que estábamos a más de cincuenta metros de su posición…
Eva, pegada como estaba en ese momento al pecho de Abelardo, levantó la cabeza y fijó una mirada vidriosa en los ojos de él que fue más que una respuesta afirmativa: llevaba adjunta una petición de ayuda, una nueva petición, la segunda en poco más de dos años.
—Ha cambiado su imagen, y mucho, para intentar pasar desapercibido —Eva susurraba, asustada—, pero a mí no puede engañarme, estoy segura al cien por cien de que es él. No puede ser que haya conseguido saltarse tan pronto la orden de alejamiento… ¡Maldigo esas lealtades que están por encima de la justicia y de la legalidad! —dijo alzando un poco la voz, a lo que Abelardo reaccionó haciendo un gesto con su dedo índice cortando en perpendicular sus labios para que volviera al susurro, no podían permitirse el lujo de que aquel individuo los localizara allí.
Compartió con Abelardo la idea de que Ádam se hubiera apoyado en sus contactos de la comisaría para conseguir unos documentos con toda la información relativa a su condena eliminada y así poder optar, en cuanto tuvo conocimiento de una vacante, al traslado a la sucursal del supermercado en su ciudad. Y por lo que acababa de comprobar, con total éxito. En un instante, viajó con su mente unos años atrás, al tiempo en que el suyo, visto desde fuera, era un matrimonio feliz con ese hombre que ahora no era sino un extraño para ella. No quiso ni imaginar la cantidad de trapos sucios que tendrían que taparse unos a otros en el círculo policial en el que se había movido su exmarido, por lo que el tema de los favores —casi nunca muy legales— estaba a la orden del día, se trataba de evitar que alguno pudiera salir a la luz pública, y menos sin lavar...
Cuando logró tranquilizarse lo suficiente como para poder reflexionar con lucidez, Eva aceptó que el apocalipsis tendría que esperar, que todo había sido una alucinación suya debida al estrés generado por el inesperado encuentro; apoyó sus manos en los hombros de Abelardo para separarse un par de palmos de él y ya calmada le habló con determinación:
—Salgamos de aquí rápido, Abelardo, te lo ruego. No puede saber que le hemos visto, que sabemos que está trabajando aquí. Con seguridad estará urdiendo una venganza contra mí, o contra los dos. Tenemos que conseguir que pague por su falta y que quien sea, no lo sé, se asegure de que nunca más incumpla su orden de alejamiento, así impediremos que lleve a cabo el que no dudo será un perverso plan; temo que quiera hacernos mucho daño, soy pesimista, no te quiero engañar…
—Vayamos a mi casa, allí estaremos tranquilos y un chocolate caliente nos despejará la mente para poder pensar en la mejor decisión a tomar —Abelardo le estaba hablando al oído a Eva mientras caminaba por detrás de ella, escondiendo su silueta y agarrándole una mano con firmeza pero sin presión, insinuando una caricia que no iba a ser rechazada; aceleraron y salieron del centro comercial sin mirar atrás.
Se sintieron a salvo cuando por fin entraron en el apartamento del joven y cerraron la puerta tras ellos. Llegaron empapados; mientras se secaban como podían, tiritando por la fría humedad y por el nerviosismo, Eva recordó algo que Abelardo le había contado de pasada durante la comida y a lo que ella no le dio mayor importancia entonces:
—¿Dices que esos sueños que has compartido conmigo son recurrentes? Creo que tu subconsciente nos está dando las pistas para un plan que podría solucionar, de una vez por todas, mi problema…
—¡¡¡Nuestro!!!, nuestro problema, querrás decir —la interrumpió Abelardo—. ¡No pensarás que te voy a dejar sola en sea lo que sea que estés tramando!, siempre que tú no me alejes de tu lado… —le empezaba a guiñar un ojo cómplice a Eva cuando ésta se puso de puntillas y le plantó un suave beso en los labios antes de que él tuviera tiempo siquiera de subir el párpado— … estaré a tu lado para todo lo que necesites, para «to-do» —matizó esta última palabra enfatizando cada sílaba.
—¡Perdona, Abelardo!, no he debido hacerlo, no he debido be… —en esta ocasión fue él el que no le dejó terminar la frase al tomar la iniciativa: la rodeó con sus brazos y la besó, muy suave al principio, con pasión después, una pasión que buscaba recuperar los dos años largos de retraso con que llegaba.
—… sarte. Besarte quería decir, aunque confieso que ya no me arrepiento en absoluto, visto cómo te lo has tomado —ambos rieron a carcajadas, necesitaban liberar tanta tensión acumulada—. ¿Qué te parece si te cuento la idea que he tenido y después continuamos en el punto donde lo hemos dejado? Primero la necesidad, después el placer… —esta vez fue Eva la que guiñó un ojo a Abelardo, en un aleteo de pestañas que originó que un escalofrío le recorriera de arriba abajo a éste.
***
Tardaron una eternidad en vestirse, la pereza de la primera vez, unida a las continuas interrupciones acogidas con pasión, ralentizó al máximo lo que uno y otra aceptaban como inevitable, y más ahora que tenían que llevar a buen fin el plan que, previo a los momentos de deseo desenfrenado, ella había compartido con él. Tendrían que ser discretos, elegir bien a las personas adecuadas, coordinar sus acciones y esperar a que la justicia sufriera menos zancadillas que la vez anterior.
***
Un avión aterriza sin novedad en el aeropuerto de Langnes, en Tromsø, Noruega. De él baja un varón que cubre su cabeza rapada con un grueso gorro de lana; hace frío, mucho frío. No imagina que, en cuanto recoja su maleta de la cinta portaequipajes, se le van a congelar las intenciones: va a ser detenido por tres agentes de Interpol que le esperan allí camuflados entre los cientos de usuarios que vienen y van por la terminal. La orden internacional de busca y captura se ha emitido instantes después del despegue de la aeronave, junto con la información necesaria para la detención. Ádam será acusado de violación de su orden de alejamiento, salida sin permiso del país y de un nuevo intento de acoso a su víctima. Antes de dedicarse a colocar más artículos en las estanterías correspondientes, si es que consigue que su empresa le readmita en alguna de sus sucursales, exceptuando la última, pasará unos cuantos meses más «a la sombra». Pero lo que más le va a doler, sin duda, es saberse burlado de aquella manera por su exmujer, a la que él siempre tomó por limitada en cuanto a recursos intelectuales. Ahora sabe que ha caído en una trampa como un simple aficionado, y le asalta una duda: ¿dónde se encontraría Eva en esos momentos? Lo único que ahora tenía claro es que no había llegado a poner sus pies allí, ni ella ni ese entrometido que le ayudó.
***
La playa está en calma, aún son horas tempranas en la mañana caribeña pero un par de tumbonas están ya colocadas sobre sendos tapetes de caña, orientadas con vistas al mar, sobre una fina arena que de momento se mantiene templada. Cristina y Luis, sus ocupantes, chocan a modo de brindis dos grandes jarras con zumos de diversas frutas tropicales, el mejor modo de empezar el día, se dicen. No quieren hablar mucho del tema, aunque no pueden evitar pensar en todo lo ocurrido en los últimos días, en su imaginativa maquinación:
«Ambos pedimos excedencia de seis meses por motivos personales a disfrutar a partir de la semana siguiente al lunes posterior al incidente y por suerte nos fue concedida sin mayores problemas por nuestro jefe directo, que respetando nuestro deseo lo mantuvo en secreto, y todo ello gracias a argumentos esgrimidos en dos convincentes actuaciones teatrales; él, un comisario que era nuevo en el puesto y en la ciudad y que por ese mismo motivo estaba fuera de la órbita de Ádam. Teníamos que cruzar los dedos y mantener la precaución al máximo durante algunos días más. Pero además, durante los siguientes siete, y en los momentos de relax, nos ocupamos de consultar en internet todo lo referente a viajes a Tromsø, a sus hospedajes y, sobre todo, a las ofertas de trabajo de esa zona; visitamos muchas páginas sobre este último particular, queríamos que se nos supusiese muy interesados en ello. Teníamos que dejar las pistas suficientes de las visitas a todas esas páginas en los dos puestos, sabíamos que sus topos estudiarían con meticulosidad nuestros historiales de navegación comparándolos entre sí hasta convencerse de que nuestra intención no era otra que huir a Noruega y así esperábamos se lo transmitirían a Ádam.
Nosotros también tenemos nuestros colegas incondicionales entre los compañeros, por eso no nos fue difícil encontrar entre los destinados en el aeropuerto a dos dispuestos a echarnos una mano. A partir del lunes en el que comenzábamos nuestra excedencia, nos parapetamos en el piso menos expuesto, el de Abelardo —sí, en el mío—, y les solicitamos que controlaran a todos los pasajeros que embarcaban a Tromsø desde ese mismo lunes. Para ello les enviamos todos los datos e información que pudimos sobre Ádam y esperamos pacientes esa llamada que estábamos seguros se produciría más pronto que tarde. Sabíamos que aquél no permitiría que empezáramos una nueva vida en paz y que nos perseguiría hasta el mismo infierno si hubiese hecho falta. Y un día la llamada se produjo. Cuando se nos confirmó la presencia de nuestro perseguidor en un avión que ya se elevaba perdiendo el contacto físico con la pista, en ese mismo momento, llamamos a nuestro comisario y le explicamos todo lo que se podía explicar, obviando los detalles de nuestro plan, claro. Con celeridad activó el protocolo y se emitió la orden internacional de busca y captura para Ádam que fue recibida en Oslo al instante. Su extradición a nuestro país para ser juzgado de nuevo sería inmediata. A la par se encargó de que se nos facilitaran unos nuevos documentos de identidad con la más absoluta discreción, al fin y al cabo tarde o temprano las condenas se acaban cumpliendo pero las ansias de venganza vuelven con los presos liberados, casi siempre fortalecidas por los excesos de tiempo libre para pensar.
Daríamos cualquier cosa por ver su cara es esos momentos; bueno, cualquier cosa no. Aunque tenemos recursos suficientes para aguantar unos meses más aquí con nuestras nuevas identidades, después tendremos que ver cómo nos ganamos la vida, aunque lo que es seguro es que no regresaremos».
El Sol empieza a castigar con sus látigos en forma de potentes rayos. La pareja, que ya no está sola en la playa, coloca una sombrilla gigante entre las dos tumbonas y continúa su reposo activo. Cristina repasa sus nociones de inglés, Luis revisa los últimos apuntes que ha conseguido sobre nuevas tecnologías. Una cosa está clara, en esa zona de aguas calientes no les va a faltar una ocupación remunerada con la que ganarse un sueldo decente junto con el respeto a sí mismos. No necesitan más, los que tienen que saber que están bien lo irán sabiendo y ellos también estarán informados del día a día de sus seres queridos y sólo se preocuparán de que nadie sepa nunca dónde viven esa inesperada historia de amor que explotó con un apocalipsis…
***
Ádam, esposado y acompañado por tres agentes armados de paisano, vuelve a entrar al mismo avión del que ha descendido hace no tanto una vez que éste ha repostado y ha sido repasado por los servicios de limpieza. Les espera un largo viaje de vuelta. Su orden de extradición se ha ejecutado de manera inmediata y en su cara la poblada barba esconde una mueca de extrañeza e incredulidad. Se arrepiente de haber minusvalorado a Eva, aunque todavía tardará un tiempo en hacerlo por haberla menospreciado, vejado y maltratado, si es que lo llega a hacer algún día. Es mi sino, se excusa ante sí mismo, y cierra los ojos con la vergüenza del cobarde.
***
Cristina y Luis abandonan la playa, el Sol mortifica sin clemencia en esas tierras rodeadas de aguas calientes y ellos tienen claro que deben respetar a la Madre Naturaleza.
Cristina y Luis se dirigen a su apartamento sin prisas, deseosos el uno del otro, disfrutando del paseo aunque, como siempre, esmerando la discreción.
Cristina y Luis van desapareciendo por momentos. Para cuando entran en su nuevo hogar ya se han convertido en Eva y Abelardo. En la intimidad que les otorga aquél proceden a dar rienda suelta a sus fantasías y deseos, un día más. Disfrutan de la prestada felicidad.
***
Un dron de última generación sobrevuela la zona residencial donde se encuentra su apartamento, un piloto rojo parpadea con una intermitencia perturbadora. Se despierta de golpe de su recurrente pesadilla empapado en sudor. El recluso de la litera inferior protesta entre sueños, como si hubiera oído y le hubiera molestado la agitada y cada vez más angustiosa respiración de Ádam. Por la mañana va a volver a solicitar que le suministren algún antipsicótico, no puede continuar así. Vuelve a dormirse. Alguien le susurra, una vez más: ¡Mira allí!  

© Patxi Hinojosa Luján
(08/03/2016)