viernes, 4 de marzo de 2016

¡Allí, mira!



(Continuación y final de «¡Mira allí!»)

Estaba inmortalizando glaciares en las retinas de sus dormidos ojos cuando le despertaron los primeros rayos de un sol otoñal que entraban, casi horizontales y sin piedad alguna, por entre las rendijas con las que le desafiaba la persiana de su alcoba desde hacía un par de años; durante ese tiempo él adoptó la costumbre de, cada noche, no bajarla por completo en homenaje a aquel día en que, de alguna manera, cambió su vida.
Era sábado y no tenía trabajo en todo el fin de semana; se regaló una hora más en la cama, que al final se permitió duplicar por la recuperada tranquilidad de su estado actual. En ese período extra de descanso viajó en un apacible y nuevo sueño a un entorno tan diferente al anterior como lo es un paraíso tropical. Cuando despertó de nuevo, recordó solo retazos de esa experiencia onírica y no pudo asegurar si en ella estuvo acompañado o no. En el momento que abandonaba su cama, no sin cierta mala conciencia por las tardías horas,  los rayos solares se enderezaban ya acercándose a los rodapiés del muro de la ventana.
En la soleada habitación, doblado con sumo cuidado sobre un sillón estilo vintage, reposa un uniforme que no se moverá de allí en dos días. Abelardo le echa una mirada, que es más un agradecimiento, mientras pasa a su lado sin intención de cogerlo; sale de su dormitorio embutido en su pijama cerrando la puerta tras de sí; al hacerlo, deja a la vista de nadie el póster de un dron de última generación que presenta un piloto rojo encendido que pareciera estar a punto de guiñarnos. Está hecho a partir de una foto suya de la que él se siente orgulloso por todo lo que significa.
Después del obligado paso por el cuarto de baño, se dirigió a la cocina para dar cuenta de un frugal desayuno, no era cuestión de comer demasiado vista la cercanía del mediodía. En ello estaba cuando sonó su móvil ofreciendo la sonriente cara de una fémina:
—¿Sí, quién es? —respondió Abelardo sin poder disimular su alegría evitando a duras penas una carcajada.
—¿Qué quién soy, para eso me has estado mareando tanto tiempo con que te enviara una foto mía? —dijo una Eva que intentaba aparentar decepción, sin conseguirlo...— ¿Qué tienes pensado hacer este fin de semana?, como los dos lo tenemos libre, se me había ocurrido que podríamos hacer un plan conjunto, empezando por ir a comer hoy, ¿qué te parece?
«¿Que qué me parece? —reflexionó al instante Abelardo—, que no imagino un mejor plan».
—Por mí estupendo, ¿quedamos en hora y media en el parque?, aún tengo que hacer un par de cosas —no le dijo que eran acabar de asearse y de desayunar, sin importar el orden.
—¡Estupendo, Abelardo, allí nos vemos, chao!
A pesar del deseo de Abelardo, y por falta de intentos suyos no había sido, Eva y él no eran pareja aunque sí buenos amigos, los mejores amigos. Él estaba enamorado como un colegial de ella, lo estaba desde que le pidiera aquel favor tan especial y comprometido del asunto de los drones y los malos tratos, aunque un instinto de autoprotección desarrollado a raíz de aquello le impedía a Eva corresponder a ese sentimiento, de momento; pero le quería, le quería muchísimo, era su mejor amigo y confidente, y si un día volvía a enamorarse solo pensaba en él como el destinatario y beneficiario de ese sentimiento.
Cuando diez minutos antes de lo convenido se encontraron en su rincón del parque, sendos besos en las dos mejillas, por ambas partes, dieron inicio a su fin de semana juntos, que tanta ilusión había generado en los dos.
Enseguida fueron a comer, dado lo avanzado de la hora. Ya en su mesa la calidez y el cariño que desprendían bien se podría apreciar desde todos los extremos del amplio comedor, aunque su disfrute no lo compartieran con nadie, se lo merecían después de todo lo que habían pasado juntos.
Sí, la mutua compañía era tan cálida como siempre, pero en un determinado momento Abelardo vio cómo el rostro de su amada cambiaba con brusquedad de verano a invierno, a un duro invierno. Él la conocía bien y tal cambio no podía pasarle desapercibido. Eva se dio cuenta de que su expresión la delataba y, plena de reflejos y no pudiendo esconder su inquietud, se adelantó a la pregunta que estaban a punto de hacerle, se sinceró y preguntó:
—¿Lo notas? ¿No lo notas?; tengo la sensación de que hoy es un día especial, de que va a ocurrir algo importante, lo percibo y me preocupa.
Abelardo en seguida se contagió e incluso creyó ser partícipe de la misma sensación que Eva, aunque no supo si sería por afinidad emocional con ella. Pero intentó tranquilizarla y empezó a contarle sus últimas batallitas referentes a las novedades de su sección en la comisaría que ella oía más que escuchaba. Se atrevió también con algún que otro chiste a sabiendas que no era su fuerte, todo por aliviar su desasosiego. Y en parte lo consiguió: el rostro de Eva cambió de invierno a un toque de principios de otoño.
Con la preocupación en pausa, salieron del restaurante decididos a dar una vuelta entre arboledas y favorecer así la digestión, tenían toda la tarde por delante y ya surgirían nuevos planes. Caminaban como siempre, uno al lado del otro, sin roce físico alguno, aunque en esta ocasión más cerca que nunca el uno del otro. En un momento dado empezó a llover, al principio un sirimiri que les refrescó y animó, pero enseguida el cielo se oscureció como si no hubiese mañana y tuvieron que correr hasta resguardarse en los aparcamientos cubiertos de una «gran superficie». Una vez a salvo del diluvio, cruzaron dos miradas cómplices y entraron en él. Recorrieron las galerías comerciales  reparando en los escaparates de las diferentes franquicias y acabaron por entrar en el supermercado.
***
«A uno siempre le quedan recursos aunque su situación actual no sea la más favorable, máxime si ha manejado compañías y datos importantes en su anterior trabajo como inspector de policía —pensó Ádam, orgulloso, mientras se disponía a colocar en las estanterías correspondientes el montón de latas de conserva apiladas en el palé que acababa de traer del almacén—». Su estancia en esa sucursal era ilegal a todas luces, así lo indicaba la sentencia del juez que le condenó a dos años de prisión y a una orden de alejamiento posterior que no le permitiría estar a menos de diez kilómetros de su exesposa. Pero consiguió que uno de los contactos que le seguían siendo fieles hiciera desaparecer todo su negro pasado de una parte de su ficha policial y le consiguieran unos documentos falsos con los que solicitar, sin preocupación ante una posible negativa, el pertinente traslado a la sucursal del súper de su antigua población en el que ahora se encontraba trabajando. Se tomaría todo el tiempo necesario para ejecutar su venganza, no tenía prisa. Eva nunca había sido partidaria de comprar en grandes superficies, por lo que no pensaba en cruzarse allí con ella. No obstante, para evitar reconocimientos embarazosos, se había dejado una poblada barba a la par que se había afeitado la cabeza. Se creía a salvo de miradas indiscretas…
***
El sonido de la copiosa lluvia al atacar los materiales plásticos transparentes que se intercalaban en el techo del recinto, semejante al crepitar de la madera en el hogar, acobardó a nuestra pareja que empezó a visitar las diferentes secciones a la espera de que amainara el temporal. Y, mientras iban haciéndolo, la frecuencia del latido cardíaco de Eva iba aumentando por momentos, así como su nerviosismo, sin saber todavía por qué. En un acto instintivo, buscó la mano de Abelardo y la agarró con fuerza con la suya intercalando los dedos. Este, que no opuso la menor resistencia, no se lo podía creer, era la primera vez que caminaban así y a él le pareció estar en la gloria, entrar en el paraíso.
Acabaron de recorrer el pasillo destinado a chocolates, galletas y dulces y giraron para entrar en el correspondiente a conservas. Al cabo de dos pasos Eva se paró de golpe al ver a un empleado concentrado en su labor al final del pasillo al que enseguida identificó como Ádam, a pesar de que lo encontró muy cambiado por su intencionada transformación. Sin querer, clavó sus uñas en la mano de Abelardo con tanta presión que una se hundió en la carne. Este, antes de reparar en la sangre que empezaba a manar en un minúsculo reguero, la miró extrañado, y más se extrañó cuando ella le indicó con la cara desencajada:
¡Allí, mira!

(FIN)

© Patxi Hinojosa Luján
(04/03/2016)