lunes, 22 de agosto de 2016

Caricias


Ella lo acarició sin disimulo, de abajo arriba, de arriba abajo, como si su relación viniera de muy atrás. Él, mimoso, se dejó hacer mientras tecleaba en su viejo portátil, vacilante, párrafos del comienzo de su proyecto más inmediato y ambicioso que no era otro que el intento de escritura de su primera novela. Ella, como casi siempre, acabó despeinándolo, robándole una mueca de resignación.
Pasaron los minutos, y también los días, y él siguió ofreciéndose para el juego de roces; llegó un momento en el que sin las caricias no era capaz de escribir una sola frase decente. Estaba siendo seducido día tras día sin saber su pretendiente que había sido conquistado ya desde un primer momento.
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Desde hace semanas, y siempre que no llueve, acostumbra a bajar al jardín a ejecutar su creativa tarea, por lo que pronto se ha adaptado al plácido rumor ambiente y a los olores de la naturaleza; y con bastante frecuencia está presente la misma cariñosa compañía. Tampoco ha tardado demasiado en acostumbrarse a los ladridos que le llegan del chalé más cercano; ha llegado a pensar que son producto de unos incomprensibles celos, aunque al cabo de unos días la desaparición de aquéllos le hace sospechar que el joven perro vecino o bien respeta su concentración, la que necesita para avanzar en su tarea con un mínimo de coherencia, o bien le ha declarado vencedor en aquella no declarada pugna de afecto y se retira con discreción a un segundo plano, por extraño que esto pudiera parecer.
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Han pasado unos cuantos meses y nada es igual a pesar de no haber cambiado nada en lo esencial. La novela, con este penúltimo intento, parece que llegará a ser una realidad; avanza a buen paso y algunos de los últimos capítulos los ha escrito en compañía del cachorro, al que ahora dejan acercarse hasta «su» banco y ya se ha convertido en un amigo más. Pero casi nunca están solos, ella les suele acompañar.
Los dos disfrutan juntos de las mismas atenciones por su parte, de las mismas caricias; ninguno de los dos es discriminado por ella, la brisa tiene por norma no hacerlo.

© Patxi Hinojosa Luján
(22/08/2016)