martes, 9 de agosto de 2016

Cartas a tres manos


La vivienda conserva la apagada decoración que su propietario, con la desidia de quien no piensa utilizarla, escogió para ella antes de ofrecerla en alquiler. Hace tiempo que los floreados papeles pintados que decoran el salón, con predominio de unos grises tonos marrones, permanecen invisibles a los ojos de quienes no se han atrevido a cambiarlos por aquello de la incómoda provisionalidad, a pesar de que desde un principio echaron en falta unos colores más alegres. Para compensar, de cuando en cuando sacan de sus chisteras chispazos de ilusión que esparcen sin control para enriquecer las escalas cromáticas que colorean sus universos particulares; por paradójico que pueda parecer, algo de esto ocurre ahora cuando se apagan las seis bombillas que iluminan desde la lámpara de su techo dicha estancia y ésta queda en la acogedora penumbra que ofrecen unas pocas velas colocadas en lugares estratégicos. Enfrentadas en torno a una mesa baja de madera, dos figuras gesticulan, parece que se disponen a hablar…

—¡Mamá, carta de papá! —Al instante, unas miradas cómplices se cruzan, inseguras, en un repentino silencio que enseguida desaparece.

El padre de la chica que acaba de hablar, esposo a su vez de la interlocutora de ésta, se levanta de su sillón favorito mientras carraspea y menea la cabeza en un claro gesto de disconformidad. Reflexiona un instante y piensa: «es sábado, y los sábados está prohibido enfadarse». Lo piensa, sí, aunque rara vez él conjuga ese verbo, no importa el día que sea de la semana.

—A ver, hija… déjate de bromas, ¡chistosa!, respeta tu rol, ¡que tú aún no has nacido, por Dios! Recuerda que hoy interpretas el personaje de mamá, aún soltera, y que la carta es de su novio, que está en la mili. Ya sabes que en esta primera parte tu madre hará de tu abuela, y que es ella la que informa de que has recibido correspondencia, ¿ok?

El varón vuelve a sentarse y continúa con su discurso:  

—Si no tenéis paciencia y os leéis con atención el guion, ¡las dos!, esta escenificación estará condenada al fracaso más absoluto y la sorpresa que quiero prepararle al «Tito» se quedará en nada —el grandullón que así habla, no obstante, no aparenta enfado alguno mientras dirige estas palabras a las improvisadas actrices, huelga decir que aficionadas ambas—. Como te adelanté, hija, tú tendrás que leer, si no consigues memorizar, lo que está escrito en negro, y mamá tiene que hacer lo mismo con lo que está en rojo, ¿lo habéis entendido las dos? Pues venga, nos tomamos media hora para releer el texto y lo intentamos de nuevo desde el principio, y así de paso bebo algo, que me muero de sed, ¿de acuerdo? —La emoción y los nervios han hecho acto de presencia secándole la boca.
—¡De acuerdo! —sueltan al unísono las mujeres, aunque quince minutos después su impaciencia ya está pidiendo permiso para retomar la acción, permiso que es concedido.

De nuevo llega el turno para el teatro, ahora en serio:

—¡Hija, carta de tu novio! —exclama la madre, quien fuera destinataria en la vida real de unas cuantas misivas similares casi treinta y seis años atrás; mientras, realiza un esfuerzo ímprobo para no dejar escapar una gran sonrisa que no figura en el guion.
—¡¡¡Bieeeeeeeen!!! Casi me quedo sin paciencia y sin uñas; ni ayer ni anteayer he recibido correo y la espera se me estaba haciendo muy larga, demasiado. Con tu permiso, voy a mi cuarto a leerla con tranquilidad. —La chica, esta vez sí, se ha metido en su papel a la perfección, interpretando a su joven madre cuando ésta aún no llegaba a su propia edad.
—No creo que te diga nada que no puedas leer aquí, ¿no?, ¿o es que es de esos frescos que le dicen cualquier impertinencia a las mozas y hacen que se ruboricen?
—¡Mamá, ya te he dicho un montón de veces que Eduar es buena gente, demasiado buena gente incluso…! —Se toma una licencia al estar ensayando e improvisa un guiño cómplice como regalo para su padre quien, atento, alterna la mirada entre las que son su hija y su mujer en la realidad y que interpretan a su novia y a su futura suegra de antaño, y siente que está orgulloso de ambas.

La escena continúa y la joven aprendiz de actriz, que hace un ademán para indicarnos que se cambia de cuarto, aparenta leer la carta. Ésta no es sino un folio que, después de desdoblarse, se delata al no contener palabra alguna. Poco después invierte el gesto para indicar la vuelta a su posición inicial.

—¿Y qué, qué te dice tu amado amante? —apremia, con algo de sorna, la figura de la madre.
—Pues lo de siempre, mamá: que me quiere mucho, que me echa de menos lo que no está escrito, que las horas se le hacen eternas y que no ve el día en que por fin le licencien para regresar a casa y ya no volver a separarse más de mí. —Gesticula aquí una sonrisa bobalicona, con una exageración premeditada, precediendo a un instante de meditación dentro de un respetuoso silencio.

Acabado el breve momento de reflexión, añade:

—Y, como siempre, la firma es suya, sí, pero el trazo del resto de la carta es diferente. A mí no me engaña, me da a mí que ese compañero suyo del que nos habla las pocas veces que consigue comunicarse por teléfono, como si de su amigo más querido se tratara, algo va a tener que ver… De ésta no pasa, tengo que preguntarle sin rodeos si le encarga que escriba las cartas en su lugar. En todo caso, poco me importa porque lo que leo siempre acabo sintiéndolo como si me lo recitara su propia voz desde su corazón, lo conozco bien…

Llegados a este punto, su madre frunce el ceño, algo desconcertada puesto que desconoce estos extremos al haberse concentrado en su propio texto, ciñéndose en exclusiva a su color; y lo está también por su evidente inocencia.

—Vais muy bien chicas, ¡eso es! —interrumpe, fuera de programa, el varón de la casa, esquivando la sonrisa que intenta aparecer.

La novia coge un nuevo folio en blanco, que en esta ocasión no engaña a nadie, y hace como si, de nuevo en su cuarto y de manera teatral, procediera a redactar la respuesta mientras murmura lo que va escribiendo, en teoría, pero sin que nadie pueda entender nada. Después vuelve a su posición inicial.

—Bueno, ya está, iré ahora mismo a echar la carta al buzón de la esquina para que la reciba lo antes posible —comenta con gesto radiante.
—¿Al final, le has preguntado sobre esa duda que tienes? —Quieren saber, presa de la curiosidad, las dos madres, la de la ficción y la de la vida real, porque así se indica en las líneas de color rojo, y porque la novia del pasado empieza a intuir que algo se le ha escapado durante todo este tiempo.
—No, al final no. Prefiero que me lo diga cuando le apetezca, si es que le llega a apetecer algún día. Al fin y al cabo, como he leído hace poco no sé dónde, «los regalos, los tesoros, nunca, pero nunca, son lo que contienen las cajas, sino siempre las manos que los ofrecen, ¡siempre!» Esta frase me ha marcado y creo con sinceridad que aquí, salvando las distancias, puede aplicarse a la perfección. No me importa nada en absoluto el medio que haya utilizado Eduar para recordarme lo que siente por mí. Es más, si ha tenido que acumular el coraje suficiente para solicitar semejante favor, creo que ello le da más valor, si cabe… —La madre no sabe ya qué pensar, aunque el hecho de que su guionista y director particular les haya dicho que queda aún un segundo acto que se representará al día siguiente, le tranquiliza un tanto, a pesar de no haberles entregado ningún texto adicional.

Unas pocas frases después acaba el ensayo y vuelve la cotidianidad de los días apresurados, aunque ahora no todo siga igual; quizá nadie repare en ello de momento, pero se puede apreciar una flamante luz en la casa, como si algunos de los ramos que adornan la pared del comedor presentaran flores nuevas con múltiples y vivos chispazos de color, desafiando al predominio de los tristes marrones y a su suerte de abuso.
El paso del tiempo muestra una vez más su inexorabilidad y a la siempre misteriosa noche le sigue un nuevo amanecer, que si bien es desesperanzador en ocasiones, en otras como ésta no lo es en absoluto.
***
La cocina recibe los aires del domingo con la ventana abierta de par en par; el Sol se acaba de levantar y su luz ya inunda el ambiente ayudada por el blanco de los muebles y electrodomésticos, que la magnifican. La animación que se observa a tan temprana hora no es nada habitual en días que, como éste, son de teórico descanso; ello bien pudiera ser debido a que la impaciencia se muestra aquí como un personaje más de la escena.

—¿Qué nos toca hacer hoy? —preguntan casi al unísono, intrigadas, las dos ilusionadas actrices noveles sin siquiera haber terminado sus respectivos desayunos.
—En primer lugar, repetir de manera oficial todo lo de ayer; después vendrá un ejercicio de improvisación. Cuando llegue el momento ya os avisaré, espero que no se demore; aunque ya os adelanto que vais a pasarlo bien. —Eduar mira su móvil, inquieto, a pesar de ser consciente de que, como en la mayoría de las ocasiones en que repite esta acción, retira la vista sin haber memorizado qué hora es.

Pasan un par de horas hasta que suena el timbre de la puerta y el que la franquea cuando es abierta no es otro que el «Tito», que había anticipado su visita una semana antes a su amigo, aunque a éste se le hubiera «olvidado» comentarlo con su familia. Después de las salutaciones de rigor, besos y sentidos abrazos incluidos, y de colocar en el frigorífico la botella de champán que trae como presente, se le insta a que tome asiento en la butaca central del salón, que hoy no utiliza Eduar, previo ofrecimiento del aperitivo que ese momento, por ser media mañana, demanda.
Unos minutos más tarde, y dejando la estancia a esa media luz ya familiar para ellas, las chicas proceden a representar las escenas ensayadas el día anterior bajo las atentas miradas masculinas, fija la del invitado e inquisitoria en tres direcciones la del promotor del evento, muy concentrado y más emocionado.
Acabada la corta función se instala en el ambiente un incómodo aunque breve silencio que es cortado por una salva de sinceros aplausos masculinos.

—¡Qué sorpresa, ya no me acordaba de esa anécdota! —suelta el visitante a bocajarro.
—Bueno, ahora entramos en la parte de la improvisación, porque lo que viene no está escrito, ja, ja, ja. —Eduar parecía estar disfrutando al imaginar que sucedería lo que esperaba.
—¿Vais a explicarme de qué va todo esto, par de pillastres? —La esposa, un tanto incómoda, requiere una respuesta por parte de los varones, una respuesta que empieza a entrever aunque no quiera reconocerlo.
—Pero mamá, ¿de veras no has entendido lo que nos ha querido explicar papá relacionándolo con la visita de este granuja? —interviene la hija, entre carcajadas, mientras propina un medido codazo al «Tito».
—La verdad —piensa éste en voz alta mientras teatraliza un exagerado gesto de dolor en su costado—, como en su día no le di ninguna importancia, esos recuerdos se habían escondido en lo más profundo de mi memoria junto con otros de la misma época. Ahora los visualizo con claridad y las sensaciones que me vienen son muy gratificantes. —Dicho lo cual se levanta de su privilegiada ubicación para dar un abrazo a su amigo del alma bajo la atenta mirada de las chicas.
—Entonces —vuelve a intervenir la madre, más tranquila—, ¿es cierto que todas las cartas que me enviaste desde el cuartel las escribió tu amigo y tú sólo las firmaste?
—Veo que todo este montaje ha servido para algo, cariño… Y te diré, en mi defensa, que yo siempre le dictaba lo que quería decirte, y él a veces, sólo a veces, le daba una vuelta si no le gustaba del todo cómo quedaba. Me refiero a las formas, nunca al fondo, ¡que quede claro! ¡Y lo bien que me quedaba la firma…! —añade en tono humorístico el novato director teatral como queriendo rebajar una tensión que, por otra parte, ya ha desaparecido por completo.
—Recuerdo que ya por aquel entonces —interviene de nuevo el invitado—, no te gustaba nada escribir, Eduar, aduciendo mala letra, por lo que aprovechabas que yo le escribía casi diario a mi chica para camelarme y que así, ya puestos, añadiera unas cuantas líneas más. Ahora sería incapaz de hacerlo, he perdido casi por completo la costumbre de escribir a mano y me cuesta una barbaridad. Señora —añade imitando un ademán de galanteo de época—, espero que esta revelación no la haya incomodado, al fin y al cabo era eso o que se espaciara bastante más la llegada de noticias y doy por supuesto que tal posibilidad no le hubiera agradado lo más mínimo.

La «Señora» asiente, risueña, y busca con la mirada a su marido.

—¿Quieres que te diga algo, cariño?, si en su momento intuí algo, te aseguro que ahora no lo recuerdo en absoluto. Y, asumiendo como propio lo que ha interpretado nuestra hija cuando me personificaba, te diré que no me importa, al contrario, me siento orgullosa de ti; y… ¡muchas gracias por prestarme tan bellas palabras!  —Se acerca a él y le da un discreto pero sentido beso en los labios que deja el sabor de la promesa de una sesión de pasiones pendiente… sólo hasta que llegue el oportuno momento de intimidad.

Eduar, satisfecho por cómo se va desarrollando todo, recuerda algo de pronto y se dirige al tocadiscos; deposita allí la aguja sobre los surcos de la canción Whatever You Want, del disco homónimo de los Status Quo. En el instante en que empieza el estribillo, las damas de la casa se ponen a cantarlo al unísono con un repetido «queremos champán». Ellas recuerdan a la perfección lo que Eduar les contó en más de una ocasión: que él y su colega allí presente cantaban así la famosa estrofa de dicha canción cuando se evadían —dejémoslo ahí— en el bar del cuartel y la pinchaban un día sí y otro también en el jukebox del mismo.
Mientras, haciéndoles los coros a las chicas, los dos amigos sirven cuatro copas del dorado líquido que ya ha recuperado la temperatura adecuada. Quedan aún unas cuantas historias por las que bien merece la pena mirarse a los ojos y chocar unas copas.
***
El cielo vuelve a estar generoso esta noche y nos ofrece un regalo para la vista en forma de un círculo perfecto, brillante y plateado: la Luna, que sale a pasear con la certeza de que, como en ocasiones anteriores en que se muestra plena, se quedará sin poder charlar con el Sol porque la recibirá la oscuridad de la noche. Sigue siendo la reina de la bóveda celeste, pero en su soledad pugna con unas velas que se van consumiendo más rápido de lo que sería deseable. En la intimidad de un salón que mantiene la calidez de unas conversaciones repletas de historias recobradas, en un momento dado una ligera corriente de aire disfraza de guiño la mirada de aquellas velas; los cuatro ocupantes no se dejan engañar y coordinan una mirada que busca más allá de la ventana abierta en la creencia de que dicho efecto ha sido obra del satélite, que se ha pasado a saludar. Agradecen el figurado gesto con una reverencia teatral y continúan con el sano ejercicio de buscar nuevas excusas por las que brindar, a pesar de que hace tiempo se agotó el champán…
***
El telón tarde o temprano terminará por bajar y, como nosotros ya hemos presenciado más que suficiente, procedemos a retirarnos con discreción.

(Este texto parte del relato «Cartas a dos manos», ampliado y mejorado con la valiosa ayuda de Gabriel Frau Gomila)

© Patxi Hinojosa Luján
(10/12/2015-04/08/2016)