miércoles, 24 de agosto de 2016

Queremos contarte algo…


El crucial momento se estaba aproximando, ya no se podía retrasar mucho más. Notaba en el ambiente la tensión previa; las conversaciones con frases más cortas de lo habitual, las respuestas monosilábicas a sus demandas, en la mayor parte de las ocasiones, no le habían pasado desapercibidas. Decidió que, llegada la ocasión, estaría preparada.
Subió a su habitación y se encerró en ella después de deslizar el pestillo de la puerta; a continuación tomó asiento frente a su escritorio. Se quitó las gafas justo un instante, el necesario para restregarse los ojos; cogió un folio y empezó a escribir:

«Queridos papás»

Paró de golpe, puso la palma de su mano izquierda abierta sobre la hoja y, retrayendo los dedos, la convirtió en una bola deforme que tiró a la papelera camuflada como canasta de baloncesto, encestando. No hubo ovación que jaleara dicho acierto, sólo la efímera satisfacción personal. Con un pañuelo de papel secó sus ojos y mejillas; cogió otro folio y volvió a empezar…

«Queridos papás:
Estoy preocupada, es que me parece que estáis enfadados conmigo porque mis notas han bajado un poco en los últimos exámenes. No os preocupéis, en los próximos volveré a tener las notas de siempre, ya lo veréis. Lo que ocurre es que he pasado unas semanas preocupada por un sueño que tuve y que me ha tenido pensando en una cosa todo este tiempo. Soñé que era adoptada, que no sois mis padres verdaderos y eso me puso muy nerviosa y triste; he estado imaginando cosas muy raras que me han distraído. ¡Qué tontería!, ¿verdad? Ahora vuelvo a estar tranquila otra vez. De todas formas, aunque eso fuera cierto, ya no me importa nada, sólo vosotros sois mis padres desde siempre y para siempre, pase lo que pase. Os quiero mucho, no lo olvidéis.
Vuestra hija.»

Dobló la hoja por la mitad y la deslizó debajo del cuaderno de mates, aunque sabía que esa precaución era del todo innecesaria.
Cuando salió al pasillo, escuchó unos susurros provenientes de la planta baja de la vivienda que no eran sino una conversación que intentaban mantener sus padres con discreción. Aquellos cesaron al instante y entonces oyó a su padre dirigirse a ella con determinación al haber oído sus pasos en el pasillo:
—Hija —tuvo que hacer una pausa para carraspear—, ¿puedes bajar un momento al salón, por favor?
—¿Pasa algo? —preguntó, intranquila, haciendo una especie de tirabuzón en su melena con uno de sus dedos.
—Queremos contarte algo…
—Voy enseguida —gritó, aún más nerviosa, mientras volvía sobre sus pasos para entrar en su cuarto y coger la nota que acababa de dejar.
Bajó al comedor.
Se sentaron los tres a la amplia mesa del centro, la chica frente a los mayores. Éstos se miraron a los ojos, asintieron al unísono, y fue el padre el que tomó la palabra:
—Como te he dicho antes, hija, queremos contarte algo.
—Esperad un momento, porfi, antes quiero daros algo —dijo ofreciendo la hoja doblada al aire donde una mano femenina se adelantó a cogerla.
La desdobló y la colocó de manera que los dos pudieran leerla. Cuando acabaron, ella apoyó la nota en la mesa y miró a su hija con ojos vidriosos; a continuación buscó a su marido con una expresión de sorpresa que fue más una solicitud de ayuda. Ambos se encogieron de hombros a la vez en una clara confirmación: la de la aceptación de que no tenían ni la menor idea de la procedencia o no de trasmitir a su hija aquello tan importante y para lo que llevaban preparándose tanto tiempo…
***
Han pasado dos días desde la trascendente reunión familiar, los mismos dos días que lleva su hogar liberado de la tensión que espesaba el aire hasta dificultar las respiraciones. Las mismas cuarenta y ocho horas que hace ya de que padres e hija se desenvuelven sin la pesada mochila que cargaban antes con el peso cada vez mayor de la verdad oculta, de la cruda confesión por realizar y escuchar.
El ambiente ha ganado en luminosidad y ahora los pasos por la vida de sus moradores son mucho más ligeros.
***
Una madre se dispone a vaciar una de las papeleras de la casa cuando repara en algo, un papel arrugado; lo desdobla y, prestando toda la atención, consigue leer con dificultad dos palabras bajo lo que piensa que es la marca, ya reseca, de una lágrima que ha hecho correr la tinta. No puede evitar que otra suya caiga justo encima de la de su hija; la deja secar sin prisa mientras se dirige a su dormitorio. Allí, escondida en el altillo del armario, a una carpeta llena de hojas —con dibujos que no esconden sus trazos infantiles— le aguarda una nueva y extraña compañía, la segunda en dos días, sin ilustraciones como la anterior pero con tanta alma como las que atesoran aquéllas.

© Patxi Hinojosa Luján
(24/08/2016)

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