sábado, 28 de junio de 2014

Las páginas no escritas

       ¿Nunca os habéis preguntado, cuando acabáis de leer una novela que os ha cautivado, adónde irán a morar nuestros resúmenes mentales, opiniones, valoraciones, sensaciones, continuaciones subjetivas, finales alternativos y demás ocurrencias de nuestras mentes cuando ya nuestra atención se va dirigiendo hacia otros menesteres? ¿Adónde irán a parar todos esos sentimientos de sorpresa, ilusión, emoción, tristeza, disconformidad, alegría, satisfacción… que inundan nuestra mente atropelladamente en esos momentos, sin aflorar al exterior, sin plasmarse en ningún soporte físico, ni siquiera oralmente? Si lo pensamos bien, toda esa amalgama de sensaciones podría estar condenada a una muerte dulce que sería, en primer lugar injusta, y en segundo término una pérdida triste e irreparable.

       Pero yo no creo que suceda esto último. En mi fantasía, he visto claramente lo que yo denomino «las páginas no escritas», esas que en cada volumen se sitúan entre la última hoja y la tapa trasera, pero que obviamente no son visibles porque pertenecen a un universo paralelo cuya llave de acceso obtenemos solo con las oportunas relecturas de los textos en cuestión.

       Y en esas estamos estos días, en que ya entrado el verano y viendo que yo no puedo tomármelas, mis musas se han largado de vacaciones sin mi compañía y sin previo aviso, por lo que al estar mi inspiración bajo mínimos, me refugio, cuando el tiempo libre me lo permite, en «las páginas no escritas» a las que todavía sigo teniendo acceso, donde en cada visita encuentro algún nuevo matiz que en ocasiones anteriores me había pasado desapercibido; tal es la magia de la literatura...

Patxi Hinojosa Luján
(28/06/2014)

domingo, 15 de junio de 2014

Pánico

       De costumbre se le veía como una persona nerviosa, demasiado quizá, aunque aquella tarde se encontraba más inquieto e intranquilo de lo que en él era habitual, de lo que sería de desear —observó para sus adentros en cuanto fue consciente de ello—. Caminaba solo por aquellas calles y atajos que conectaban su puesto de trabajo con su hogar, y viceversa, y que conocía «al dedillo» de tanto transitarlos.

       Había terminado su jornada laboral, lo que cualquier otro día hubiera constituido un motivo de alegría y plena satisfacción al empezar su verdadero tiempo de asueto y por poder disfrutarlo libremente a voluntad, y no al dictado de la esclavitud laboral; pero en esta ocasión, por contra, le había generado una angustia, una especie de nudo en la garganta que le mantenía alerta de todo y de todos, incluso de sí mismo, hasta el punto de que esta vez no anhelaba llegar lo antes posible a su casa, como ocurría siempre; más bien al contrario, y por ello su ritmo al caminar era sensiblemente menor al de cualquier otro día.  Intuía claramente que el de hoy era un día especial, lo notaba en el ambiente, estaba ahí… sus sensaciones no eran las que le acompañaban a diario y hasta llegó un momento que temió tener miedo. Pero, ¿de qué?, ¿por qué?

       Según se acercaba al portal de su vivienda el número de latidos por minuto de su corazón había aumentado considerablemente, y sudaba cada vez más, hasta el punto de que cuando entró en él (¡¿por fin?!) su frente era como la de ese cirujano que hubiera estado unas cuantas horas operando «a vida o muerte», pero eso sí, en su caso sin la enfermera que le liberara de esa molesta sensación líquida y pegajosa del sudor en su frente y cara, por lo que no tuvo más remedio que hacerlo él mismo tanto por lo anteriormente dicho como porque constató que estaba poniendo perdido de saladas gotas su jersey, estrenado casualmente ese mismo día.

       Había entrado el otoño y ya los días se acortaban en demasía. De hecho, con aquel cielo nublado por completo ya era noche cerrada y el intensísimo relámpago seguido instantes después por su inseparable y atronador acompañante que siguió a la escena anterior, no hizo sino certificarlo puesto que dejó a todo el barrio (como mínimo) sin energía eléctrica y por lo tanto sin luz. No quería pensar en ello, pero tendría que utilizar las escaleras a oscuras, precisamente hoy que al estar tan cansado por el estrés que le producía el miedo que ya sentía claramente, había pensado que lo mejor sería utilizar ese ascensor que casi no conocía porque lo utilizaba en escasas ocasiones para mantenerse algo en forma.

       Esos fantasmas que le seguían y precedían cuando empezó a sumar peldaños no hicieron más que aumentar su problema, que ahora incluía una terrible sequedad en su cavidad bucal, tanto en el paladar como en la lengua y encías. Tuvo que hacer un esfuerzo supremo para poder salivar algo y así poder desprenderse, aunque solo fuera por un momento, de esa desagradable sensación de ahogo. No había llegado todavía al primer piso, siempre a oscuras y ayudándose por el  pasamanos de madera que acompañaba a la escalera en todo su trayecto, cuando reconoció que lo que sentía era no ya miedo, sino pánico, aunque no sabía «todavía» por qué.

       Algo no iba bien en su mundo, pensaba que se desmoronaba por momentos, pero no tenía la claridad ni física (obviamente) ni mental de encontrar qué era, para así poder entenderlo. Y esa taquicardia, que no le abandonaba…

       El rellano del segundo piso lo recibió volviendo a imitar la figura de enfermero de sí mismo al tener que volver a eliminar el para entonces gélido sudor de su frente, cara y cuello con unos pañuelos de papel ya hechos jirones debido al exceso de humedad absorbida. Y él con la boca cada vez más seca y sin nada de beber en su mochila para remediarlo. Tendría que esperar a llegar a casa para hacerlo; por un lado no veía el momento de tan parsimonioso que era su avanzar, pero por otro ese pánico irracional le aconsejaba no hacerlo, aunque… ¿qué otra cosa podía hacer?, ¿qué se esperaba que hiciera?

      Estaba llegando a su piso, el tercero, cuando tomó la firme decisión de enfrentar fuera lo que fuese que le esperara amenazante allá arriba, allí dentro, porque ahora estaba seguro de que así sería. Se detuvo un instante en el último rellano antes de su puerta y encendió el mechero de no fumador que siempre solía llevar por si acaso; como pudo, casi con letra de médico, escribió algo en una pequeña tarjeta que después medio escondió en la palma de su mano izquierda y, decidido, se dirigió con un último chispazo de valentía hacia la puerta de su piso y la abrió.

       Entró. Pese a la oscuridad, enseguida sintió lo que mucho antes ya había presentido: allí había multitud de seres escondidos, acechando, esperándole; no necesitaba utilizar el sentido de la vista para percibir sus contenidas respiraciones intentando pasar desapercibidas, sin conseguirlo…

       Un agudo chasquido proveniente de la caja de contadores de la electricidad precedió a la iluminación de la estancia en que se encontraba, un instante antes de escucharse un atronador y multitudinario: ¡¡¡SORPRESA!!! ¡¡¡FELICIDADES!!!

       Y después el silencio, el vacío, la nada…

       Pocos días después, su mejor amigo y compañero de piso, el joven alegre y extrovertido que le había organizado, con la mejor intención del mundo por todo el cariño que le procesaba, una majestuosa y merecida fiesta sorpresa por su treinta cumpleaños, con todos los amigos y allegados que pudo contactar a sus espaldas, enterraba (más que esparcía) sus cenizas en un pequeño túmulo que improvisó en la soledad de aquel rincón de la montaña que había sido la favorita de ambos, y que tantas veces habían frecuentado, juntos, para compartir confidencias o simplemente para meditar y disfrutar de la Naturaleza.

          No hace falta decir que la fiesta sorpresa lo fue, pero para todos aquellos amigos que vieron cómo esa persona tan especial para todos, pero tan introvertida que le tenía pánico a las reuniones multitudinarias, no pudo resistir el impacto de aquella visión tan emocionante como estresante para él, máxime llegando con el estado de ansiedad  que presentaba, y caía fulminado de un ataque cardíaco mientras se aferraba a una pequeña tarjeta que asomaba entre los dedos de su mano izquierda.

       Más de una docena de paquetes de regalos no llegaron a abrirse nunca… 

       Su amigo no pudo ya desprenderse jamás del sentimiento de pena, pero sobre todo del de culpabilidad, por no haber sido capaz de prevenir el fatal desenlace al no entender hasta qué punto podrían llegar a afectarle situaciones como aquella a un ser tan sensible, pero a la vez tan  imaginativo y sorprendente hasta el final, por lo que, como modesto y último homenaje, se guardó como un tesoro la tarjeta manuscrita, e hizo grabar su contenido a fuego en una pequeña cruz realizada con la dura madera del roble de un bosque cercano. La clavó en el túmulo para que todo aquel que se aventurase a visitarlo pudiera leer su socarrón epitafio:

«NO TENGÁIS PRISA, OS ESTARÉ ESPERANDO»

Patxi Hinojosa Luján

(15/06/2014)

sábado, 7 de junio de 2014

La marea de la vida

       —Hola, buenos días… ¿podría indicarme en qué población nos encontramos?, es que he visto el cartel ese de la cuchara y el tenedor en forma de equis de la salida de la autovía anunciando este restaurante, pero no recuerdo que indicara ningún nombre…

       El camarero, con más desinterés que diligencia, me indicó con la mano una mesa vacía de comensales, pero en la que figuraban cubiertos para seis, mientras farfullaba algunas palabras ininteligibles para mí en lo que supuse era la respuesta a mi pregunta, a mi curiosidad. No me pareció conveniente ni prudente insistir. Al dirigirme hacia mi mesa, pasé junto a otra de igual tamaño en la que una sola persona (la crisis está haciendo estragos, pensé) se disponía a dar buena cuenta de, supuse, su «menú del día», por el aspecto y calidad de de lo tenía colocado frente a sí, ya sabéis, cubertería, vajilla y cristalería de las de «todo a cien», que decíamos antes de la entrada del euro.

       Al tener todo el sitio libre en mi mesa, elegí un asiento con vista directa hacia esa otra mesa. No sé porque, pero el chico en cuestión me resultaba simpático, agradable, y no había nada digno más que ver en todo el comedor. Era un joven, calculé, de unos treinta y pocos años, por su similitud en edad con mi hijo mayor, que no perdía el tiempo, no. Mientras comía, leía algo (no sé porqué, pensé en una novela, o quizá relatos cortos, no sé… ) en un libro electrónico bastante ajado; en estos casos, sí, cuando se tienen las dos manos ocupadas casi constantemente, son mucho más prácticos estos nuevos aparatos que los libros de siempre en papel, los clásicos.

       Yo andaba en esos momentos de mi vida inmerso en la escritura de una novela corta, por lo que saqué de la mochila mi querida libreta y la situé junto con mi bolígrafo de tinta de gel roja preferido a mi derecha, más que nada por si mis musas particulares se animaban a compartir el menú conmigo, aunque solo fuera el postre… Durante este, apenas esbocé unas pocas líneas que, de todas formas, calmaron mi sed literaria creativa hasta el punto de que me despedí de mis musas con agradecimiento sumo.

       Cuando el camarero me trajo el descafeinado de máquina cortado que le había solicitado en el momento en el que me servía el postre, aproveché para pedirle la cuenta. Su respuesta me descolocó:

       —Señor, su cuenta ya la ha pagado ese joven de allí —dijo indicando «la» otra mesa ocupada.

       Me levanté y me dirigí hacia allí para mostrar mi agradecimiento cuando, a punto de llegar, el joven se levantó de su asiento y dirigiéndose a mí con toda ternura me dijo:

       —Vamos, papá, que no quiero que se nos haga tarde. Puede que mamá se esté ya impacientando y ardo en deseos de contarle lo que nos ha dicho el médico: que en breve estarás ya recuperado casi por completo de ese maldito accidente vascular. Por cierto, perdona que no te haya esperado para comer, tenía mucha hambre y tú cada vez que entramos en algún sitio te vas directo al baño y… ¡lo que te cuesta salir!

Patxi Hinojosa Luján

(07/06/2014)

domingo, 1 de junio de 2014

La extraña pareja

       De repente, y en cuestión de unos pocos minutos, uno sumó casi mil piezas nuevas, el otro más de dos mil. Los puzles que ambos intentaban terminar antes que su oponente estaban continuamente rellenándose, aunque muy lejos aún de su finalización. Pero este había sido un día muy productivo por una acción tan violenta como inesperada, lo que justificaba ese aumento tan repentino como importante, aunque todo esto relativamente...

       Ambos llevaban casi toda una eternidad con esa rivalidad que consistía en atraer para su bando al mayor número posible de piezas e incorporarlas en sus respectivos puzles. Piezas que no eran sino las almas de los humanos fallecidos y que, sin ningún pudor, diferenciaban en «puras» e «impuras», así, sin mayores matices. Lógicamente Satanás se quedaba con estas últimas y Dios con las sobrantes, las primeras. Solían presumir a menudo de una supuesta ventaja que nunca era estable por esa alternancia que era una realidad debido al cambio constante de cifras.

       Pero un determinado día, y tras años de meditación y duda, Dios estuvo a punto de «tirar la toalla»; últimamente, sus números aumentaban en mucha menor cantidad que los de Satanás y de seguir las cosas por esos derroteros, este acabaría ganando el desafío de completar su puzle en primer lugar. Menos mal que en el último suspiro entendió lo que pasaba: no en vano, y debido a la crisis globalizada, muchísimos ciudadanos optaban ya por incorporarse a la clase política para garantizarse una tranquilidad económica, en algunos casos a cualquier precio moral. Y eran precisamente estos «últimos casos» los que desequilibraban definitivamente la balanza al aumentar de forma casi exponencial. Tarde se dio cuenta de ello Dios por lo que no tuvo opción ni de preverlo ni de evitarlo, pero sí de aparentar tranquilidad a la espera de encontrar ese «as en la manga» que otras veces le había funcionado tan bien. Satanás, un vez más, había jugado con ventaja al inventarse esa «figura» con la que creyó que conseguiría el equivalente a un «jaque mate»… que no llegó. Que no podría llegar nunca…

      Al estar tan concentrados en su desafío, no caían en la cuenta de que su juego no acabaría jamás al estar condenada la humanidad a repetir sus aciertos y a cometer los mismos errores una y otra vez, eternamente, porque, contrariamente a la creencia religiosa más extendida, había sido creada a imagen y semejanza de… «La extraña pareja».

Patxi Hinojosa Luján
(01/06/2014)

miércoles, 7 de mayo de 2014

Cuestión de prioridades (versión alternativa)

Marian llevaba en Barcelona dos días, con sus respectivas noches, en una cola interminable que a esas alturas daba ya dos vueltas completas al estadio. Pero la ilusión de conseguir la ansiada entrada para el espectáculo musical del momento compensaba con creces el haber tenido que dormir durante dos lunas de cualquier manera, improvisando incómodos descansos en sillas plegables y a cortos y fríos intervalos de tiempo, lo que había propiciado que ahora fuera consciente de partes de su cuerpo que antes ni intuía que pudieran existir, por todos esos dolores y pinchazos que no le abandonaban en casi ningún momento del día. A pesar de todo esto, era feliz; estaba feliz y eufórica disfrutando por anticipado del evento, porque todo esto no era sino una parte más del mismo, la primera, el prólogo. Ya no faltaba tanto para que abrieran las taquillas y entonces sólo tendría que esperar a que la «serpiente humana» se moviera con una velocidad respetable para llegar lo antes posible a una cualquiera de aquéllas y confirmar que sí, que a pesar de su poco aventajada posición, aún quedaban entradas libres para ella y que pronto sería la chica más feliz del mundo.
***
Víctor estaba ya accediendo, con más de una hora de adelanto, al estadio donde se iba a celebrar por trigésimo tercera vez «el partido del siglo», y eso que a éste todavía le quedaban muchos años para que finalizase; la propaganda periodístico-deportiva seguía surgiendo efecto, lo había hecho otra vez. No había sido nada fácil, no, conseguir la entrada, teniendo incluso que «rebajarse» a pedir favores a seguidores del equipo rival, más o menos conocidos. Iba ataviado, ¡cómo no! con los colores y distintivos del club de sus amores, a saber: bufanda, gorro, camiseta y bandera, ¿o deberíamos llamarle más bien banderón? Y es que hoy, además de ser «otro partido del siglo» más, la verdadera importancia residía en que había en juego un título, continental para darle valor supremo. Y él tenía el presentimiento de que todo iba a salir bien para sus intereses y que su equipo acabaría llevándose el preciado trofeo, no en vano llevaba una serie ininterrumpida de nueve partidos ganados en las diferentes competiciones en las que participaba.
***
En el aeropuerto, la megafonía ya estaba anunciando la facturación de equipajes para el posterior embarque del vuelo con destino a Sidney, y ya se empezaba a notar en todos los pasajeros que merodeaban el mostrador pertinente la excitación contenida unida a ese típico nerviosismo ante un vuelo de larga duración que todos intentamos disimular sin conseguirlo por completo, todo hay que decirlo. Estrella y Ricardo indicaron en ese momento a los familiares de éste que se habían ofrecido a llevarles en su coche, y así habían hecho, que no esperaran más allí con ellos —despidiéndoles con cortesía y con sumo y sincero agradecimiento, no merecía la pena que perdieran más tiempo por ellos— y se ubicaron cerca de la futura cola de facturación repartiéndose los bultos de los equipajes y deseando que todo discurriera sin incidentes, sobre todo sin retrasos. Parecía que sus deseos, por una vez tratándose de un aeropuerto, se estaban cumpliendo y ello se reflejaba en sus caras, por sus gestos de satisfacción. El viaje tantas veces soñado y programado, las mismas que postergado por diferentes motivos durante los últimos once años, al fin iba a hacerse realidad. Se lo merecían, ¡vaya si se lo merecían!
***
Justo a las 19h58 Marian empezó, junto al resto de la «tropa», a moverse hacia la zona de taquillas, eso sí, con la intermitencia provocada por cada una de las paradas para la correspondiente compra. Ya no había marcha atrás, y las sonrisas se dibujaban en cada una de las caras de las miles de personas que procedían a ejecutar esa danza lineal y unidireccional.
***
En ese mismo instante, Víctor asistía al ritual del «sorteo de campos» en el que el árbitro de la final procedía a lanzar la moneda al aire, lo que decidiría quién elegía campo siendo el equipo rival el encargado de poner el balón en movimiento. Puntualidad suiza, se dijo, aunque el partido se celebraba en Múnich. La tensión en el ambiente bien se podría cortar con una buena navaja suiza, aunque siguiera estando en Múnich…
***
Estrella y Ricardo habían leído en el panel de información instalado justo encima de los mostradores que la facturación de maletas para su vuelo empezaría a las 20h. Aunque lo dudaban, se colocaron en el lugar adecuado, y cuál no fue su sorpresa cuando a la hora indicada aparecieron las azafatas de su compañía con unas inusitadas ganas de trabajar y acabar con esa tarea cuanto antes.
***
Marian ya estaba a dos metros de una de las taquillas, tan cerca como para entender el gesto de la operaria que le indicaba que sí, que para ella sí habría suerte en forma de entrada. Se acercaba a su sueño, casi lo podía tocar con la yema de sus dedos.
***
Víctor estaba disfrutando de un partido tan pleno de emoción y de buen fútbol como de igualdad entre los dos contendientes. Estaba a punto ya de acabar la primera parte de la prórroga, a la que se había tenido que recurrir al mantenerse el empate inicial en el marcador, y se intuía ya el desenlace de los penaltis. ¡Qué emoción!
***
Al final, el proceso de facturación de equipajes para Estrella y Ricardo había transcurrido sin novedad y se encontraban ya ambos, con sus bolsas de mano, dirigiéndose a la puerta de embarque de su vuelo a la espera de su apertura.
***
Justo en estos tres últimos momentos descritos, simultáneos, los teléfonos móviles de nuestros cuatro protagonistas vibraron al unísono para a continuación indicar la llegada de un nuevo mensaje con el típico bip-bip. Era el mismo mensaje para los cuatro, del mismo remitente y todos se apercibieron al instante. El texto era tan corto como conciso:
—Te necesito, os necesito. Peter.
Marian pensó que, fuera lo que fuera que le pasara a su amigo Peter, bien podría esperar a que ella consiguiera adquirir la codiciada entrada; total, diez o quince minutos más o menos no van a ningún lado…
Víctor sólo llegó a ver que era de su colega Peter, aunque no lo leyó concentrado como estaba en lo que estaba sucediendo en el terreno de juego, y lo dejó para cuando todo aquello acabara.
Estrella y Ricardo, interpretando a dos almas gemelas, levantaron a la vez la vista de sus respectivos móviles, y, como si estuvieran «pasándose unos duples» en una imaginaria partida de mus por cómo levantaron ambas cejas en un claro gesto de duda e indecisión, acabaron coincidiendo también en gesto que no era sino la aceptación de que «lo mejor sería que desconectaran los móviles porque… ojos que no ven, corazón que no siente»; y total, en breves instantes eso mismo se lo iban a solicitar las azafatas de su compañía aérea. Ya tendrían ocasión de saber qué era eso que le apremiaba a Peter al llegar a destino.
Peter, desde hacía unos años, era amigo de los cuatro, que a su vez eran amigos entre sí; aunque claro que siempre ha habido «amigos» y «Amigos»; y también era cierto que con el paso de los años la frecuencia de sus reuniones y encuentros había descendido un tanto. De hecho, en los últimos tiempos habían coincidido bastante poco hasta el punto de no saber, salvo en el caso de la pareja, dónde estarían los demás y qué estarían haciendo en esos momentos, porque en lo referente a la salud, cada uno intuía que los demás estarían y seguirían bien. Siempre se habían dicho: «No hay noticias, ¡buenas noticias!».
Pero no, Peter no se encontraba bien de un tiempo a esta parte, ni en el plano físico ni en el emocional. Concretando, no se encontraba nada bien de ánimo por un exceso de ansiedad propiciado no por una, sino por varias y diversas causas. Esto derivó en que su salud degenerara hasta llegar a un estado tan lamentable según sus sensaciones, que no tuvo más remedio que recurrir a la visita a diferentes médicos, algo nada habitual en su caso, impropio de él. Y de las diferentes visitas surgió la necesidad de realizar una serie de pruebas, de una de las cuales, la más importante, le habían llegado los resultados hacía unos minutos mediante un sobre recibido como «correo urgente y certificado». El mensaje que envió de inmediato y a sus cuatro amigos a la vez, con una sola pulsación de la tecla correspondiente de su teléfono móvil, llegó a sus diferentes destinos en el mismo instante haciendo pleno (ninguno de los teléfonos de sus amigos estaba «apagado o fuera de cobertura» como suele ocurrir en ocasiones, demasiadas, aunque eso él no podía saberlo…) cuando él aún no había abierto el sobre. De hecho, no pensaba hacerlo todavía porque no lo quería hacer solo, sino rodeado de aquellos a los que consideraba sus seres queridos, sus «supuestos» amigos. Esperaría lo que hiciera falta y, además, él ya estaba preparado para sea lo que fuese que se indicase en el documento en cuestión. Hacía ya un tiempo que tenía la sensación de haber sobrepasado ese «punto de no retorno» a partir del cual uno ya nunca vuelve a sentirse tan bien como antes, y a lo más que puede aspirar es a no encontrarse peor. Pero confiaba en que si esta angustia la podía compartir con alguien cercano, siempre sería más llevadera; no podría haber sido más iluso en esos momentos…
Marian perdió el último tren del día por tan solo cinco minutos, por lo que tuvo que esperar en la Ciudad Condal hasta el día siguiente; por desgracia, no tuvo el reflejo de contestar al mensaje indicando su situación e intenciones.
Víctor, que enseguida olvidó el mensaje para sumergirse en la pasión futbolística del momento, aguantó hasta el final de la prórroga y toda la tanda de penaltis, que sumaron un total de veintitrés hasta dar, por fin, la victoria a su equipo. Tanto tiempo añadido le obligó a pernoctar en Múnich e hizo que no pudiera coger un vuelo de vuelta a Madrid hasta el día siguiente. Él tampoco, con la euforia y alegría del momento, recordó que una respuesta al preocupante mensaje de Peter no hubiera estado nada mal y hubiera sido reconfortante para su destinatario.
Peter, por su parte, en vista de que las horas pasaban y de que no recibía respuesta ni visita alguna, empezó a impacientarse y a sentirse cada vez más alterado y nervioso, por lo que decidió dejarse de intrigas, zanjar el tema de una vez por todas, abrir el sobre y afrontar la posible cruda realidad, que como tal se reflejaba en el informe. Lo leyó y releyó unas cuantas veces hasta que tomó «su» decisión.
Dos días más tarde, Marian y Víctor, más extraños que nunca entre ellos y sin dirigirse apenas la palabra, estaban en un tanatorio de Madrid velando un cadáver; ninguno de los dos podía entender cómo ni por qué Peter había aparecido ahogado en el río Manzanares, muy cerca de su casa. Pero lo que sí empezaban a percibir era que a partir de ese momento ya nada volvería a ser igual que antes, nunca más…
Nadie tuvo el reflejo de avisar a Estrella y Ricardo, aunque no hubiera sido fácil por dos  motivos: se encontraban en las antípodas y no habían vuelto a conectar sus respectivos móviles, para no generar caros gastos extras (¿seguro que sólo por eso?). No habían vuelto a hablar del mensaje de Peter, no se sabe si porque lo habían olvidado o porque estaban usando la estrategia del avestruz: «esconder la cabeza bajo tierra». Pero el caso es que cuando finalizaron sus vacaciones y estando ya a punto de aterrizar en Barajas, les vino a la memoria todo lo relativo al mensaje y lo comentaron entre sí. Decidieron lavar su conciencia pasando por casa de Peter antes de dirigirse a la suya…
Sonó el timbre de una vivienda vacía en la que no habitaba ya nada excepto la tristeza y la melancolía; nadie podría atender ya esa llamada ni ofrecer su servicio de lavandería…

© Patxi Hinojosa Luján
(07/05/2014)

lunes, 21 de abril de 2014

TUS GUITARRAS

       Al llegar a casa el otro día, y no sabría decir porqué, me fui directamente hasta donde suele reposar la guitarra clásica para relajarme tocando un rato; hacía ya meses que no le hacía caso y claro, aquello sonaba fatal… tanto por ella que estaba ya muy desafinada, como por mí que había perdido parte de la poca técnica que poseo. Pero esta vez no es que sonara igual de mal que en otras ocasiones anteriores análogas, no, más bien era como si de sus cuerdas surgiera un grito de lamento, de tristeza. Hasta juraría que desde la habitación donde guardo la acústica, esta le respondía con una retahíla de sonidos similares… Enseguida intuí lo que le pasaba a mis guitarras: también estaban de luto y se solidarizaban así con aquellas que ya nunca más gozarán con el Arte del Maestro.

       Imagino, Paco, que serán cientos las que tuvieron el privilegio de ser acariciadas por ti, extrayendo de sí esas maravillosas músicas como si de gozosos gemidos de placer se tratara. También estoy convencido de que, cual sultán con amplio harén, tendrías tus favoritas, aquéllas que por razón de su mejor construcción, o simplemente porque tus manos les sacaban mejor partido, o por un simple capricho de genio, te acompañaban allá por donde tus innumerables compromisos profesionales demandaban tu presencia debido a tu calidad como guitarrista único y genial. Pero hoy todas, favoritas o no, se han quedado huérfanas; huérfanas de atención, de caricias, de ese roce contra tu cuerpo para componer danzas celestiales; huérfanas de cariño, en definitiva, por cómo correspondían a tu arte inundando el espacio con unas melodías que diríase rozaran la perfección.

       Y eso que tu música podría gustar más o menos, o incluso no gustar nada, que para gustos surgieron los colores, en este caso los estilos musicales; pero en lo que pusiste a prácticamente todo el mundo de acuerdo, cosa harto difícil en este mundo «raro» en el que nos ha tocado vivir, es en considerarte como el número uno de la interpretación cuando de la guitarra clásica en su versión flamenca estamos hablando.

       Nosotros, los mortales, nos conformaremos con tu legado inmortalizado en forma de grabaciones, tenemos esa suerte, pero, ¿y tus guitarras? A las mías ya las iré consolando yo poco a poco, y llegará el día en que recuperen su estado de normalidad, pero, ¿quién lo hará con las tuyas?, ¿cómo y cuándo conseguirán la paz tus guitarras, extrañándote como lo hacen?

Patxi Hinojosa Luján

(21/04/2014)

sábado, 12 de abril de 2014

LUNA ROJA

       No había sido una mala semana, o por lo menos no peor que las anteriores. Ni había tenido más incidentes negativos en el trabajo ni menos ternura y relajación en casa. La noche estaba preciosa, con una intrigante y enorme luna llena color rojo sangre que según decían en las noticias nos acompañaría así dos o tres días más debido a no sé qué fenómeno meteorológico; y yo necesitaba pasear un rato para digerir la abundante cena y también mis últimos pensamientos. No estaba desanimado, no, pero tampoco era el «yo» habitual, el que me saludaba cada día en el espejo de turno y me animaba a seguir en la lucha.

       Caminé sin rumbo fijo, sin saber por dónde y hacia dónde me dirigirían mis pasos, durante casi una hora. Cuando quise darme cuenta, estaba intentado «colarme» en un parque municipal que ya estaba cerrado a aquellas horas. Una vez dentro, después de un buen salto que casi acaba con uno de mis ya muy traqueteados tobillos, el izquierdo, y sin preocuparme de cómo y cuándo saldría de allí, seguí caminando como pude por los múltiples senderos que lo atravesaban  y decoraban con mil y un dibujos. Allí solo había paz y silencio, un silencio que incluso hacía daño por lo intenso que era... hasta que dejó de serlo según me iba acercando a lo que parecía ser un quiosco rodeado de bancos con forma curvilínea en uno de los cuales, el que parecía estar más ajado por el tiempo y la intemperie pero que era el que mejor visión tenía de la Luna, una pareja hablaba en confidente voz baja, pero suficiente para eliminar de un plumazo el aterrador silencio anterior.

       No soy ningún cotilla, pero mi camino pasaba cerca de allí por lo que pasé a escasos diez metros del banco en cuestión. Cuando estuve lo suficientemente cerca, pude observar que estaba ocupado por lo que parecía ser un señor mayor con su nieto, o un niño con su abuelo, según la perspectiva mental que se utilizara. Estaban inmersos en una conversación que iba alternando sus voces pero que era ininteligible para mí.

       —Mejor así —pensé— a nadie le deberían interesar los asuntos ajenos…

       Proseguí caminando por entre aquel entramado de senderos creyendo que me alejaba de allí, cuando al cabo de una media hora volví al mismo escenario, donde me esperaban los mismos protagonistas, que a pesar de aquella escasa luz lunar no me resultaron del todo desconocidos, más bien me resultaron familiares.

       Abandoné el parque por una pequeña puerta que parece ser no se podía cerrar a causa de su deterioro y me dirigí a casa con mejores sensaciones de las que tenía al salir, si exceptuamos la del tobillo. Nunca le hablé de aquella noche a nadie y su recuerdo acabó escondiéndose en mi memoria…

       Unos cuantos años después, ya jubilado, salí a pasear con mi flamante y nuevo reproductor digital de música con calidad analógica cuando, sin saber porqué, acabé en aquel parque, que no había vuelto a visitar, y que me pareció encontrar en bastante peor estado que aquella primera vez salvo por un detalle: el banco donde estaban sentados aquellos dos personajes se mantenía exactamente igual según mi recuerdo, y ahora equiparado en desgaste al resto de bancos que bordeaban al quiosco dibujando una circunferencia.

       Me senté en él esperando a que anocheciera, ese día habría luna llena que también anunciaban de color rojo sangre y que se podría ver perfectamente al estar el cielo totalmente despejado. Mientras en mi reproductor iban sonando uno tras otro los álbumes de mi añorado Elton con una calidad sonora increíble aunque con la calidad musical que conocía de siempre, me sorprendí ya entrada la noche recordando mi infancia y juventud, y lo que es más importante, aprobando todo aquello que me venía a la mente, seguramente gesticulando sin darme cuenta. Posiblemente estuviera ya solo en el parque por lo tardío de la hora, pero creí oír pasos en el sendero que pasaba por detrás de mi ubicación. Cuando mis recuerdos infantiles me dieron permiso en forma de pausa para observar de dónde provenían esos pasos, al girarme vi una figura familiar alejándose torpemente al cojear ostensiblemente de su pie izquierdo.

Patxi Hinojosa Luján

(12/04/2014)

domingo, 6 de abril de 2014

PODIA PASAR…

       Esa semana me tocaba el primer turno en el almacén por lo que tenía que madrugar bastante, y así lo hice un día más. No fue hasta pasados unos minutos y cuando ya mis ojos se habían adaptado a la luz artificial que la eché en falta: no estaba en casa, había desaparecido…

       Mientras acababa de prepararme para ir a mi puesto de trabajo, no paraba de darle vueltas al asunto intentando imaginar dónde podría estar. Ya en camino, y por aquello de no tener que conducir más después de dejar el coche en el aparcamiento de la estación del ferrocarril, pude mover mis hilos mediante una llamada telefónica en la que, por qué no decirlo, deposité casi todas mis esperanzas.

       Durante todo el día y sin dejar de lado mis obligaciones ni un solo instante, estuve pendiente de un posible aviso de mi móvil en forma de mensaje, pero lo único que recibí de él fue uno sobre mediodía en el que se me indicaba que no había novedades de ningún tipo. La tarde cabalgó sobre parámetros similares y, cuando iba ya a dar por terminada mi jornada laboral, un segundo mensaje me abrió la puerta al optimismo, aunque con un toque de ambigüedad que no me atreví a desenmascarar con ninguna otra llamada por mi parte y preferí esperar a llegar a mi estación de destino de regreso a casa.

       El tren de cercanías en el que viajaba llegó a su última estación, que era la mía, y me apeé de él. Y allí, en el andén, estaba esperándome. La tomé entre mis manos con toda la delicadeza de que fui capaz y volví a casa con ella en silencio…

       Ya en nuestro hogar, le conté a mi chica lo preocupado que había estado durante todo el largo día y le puse al corriente de mi actuación hasta conseguir el ansiado desenlace positivo.

       —¿Y por una libreta has llegado a estar así de preocupado? —ironizó ella.

       —Es que… no es una libreta cualquiera, es «la» libreta —maticé— en la que esbozo durante mis trayectos ferroviarios todos esos relatos que tú tanto me valoras cuando una vez maquillados en el netbook los publico en la red después de pasar por el filtro de tu lectura. Y créeme, tenía unos cuantos ya empezados a la espera de darles forma definitiva y finalizarlos, incluido uno dedicado a nuestro hijo, por lo que su posible pérdida para mí sí que hubiera sido un pequeño drama…

       —¡Vale, vale!

       Ella, mi chica, fue cómplice al instante de mi felicidad y me animó (una vez más) a relajarme un poco garabateando mis ocurrencias en esa libreta que nunca se debió quedar olvidada en aquel asiento del vagón del tren cuando, al volver agotado del trabajo después de un duro día, me quedé dormido justo al llegar a mi destino; no debió, no, pero lo hizo debido a mis prisas por salir de un vagón vacío que pronto renovaría su  pasaje para buscar otro destino que ya no era el mío.

       Por cierto, estoy seguro de que adivináis cuándo y dónde ha sido escrito este relato…

Patxi Hinojosa Luján

(05/04/2014)

sábado, 29 de marzo de 2014

PALETA DE GRISES


       
       Me gusta el gris claro de la luna llena en noche estrellada.

       Me gusta el gris resplandeciente del horizonte marino en un atardecer sin trapisonda a la vista.

       Me gusta el gris brillante del marco que encuadra tu mirada atrapada en una instantánea «robada».

       Me gusta el gris oscuro de nuestros paseos nocturnos.

       Incluso me gusta el gris imperfecto del asfalto de la carretera si la recorro contigo.

       Y no me asusta el gris futuro si tú lo enfrentas a mi lado, porque eso me permitirá seguir viéndome reflejado en tus preciosos ojos color azul cielo y mar.

       ¡No todo iba a ser gris!

Patxi Hinojosa Luján

(29/03/2014) 

jueves, 27 de marzo de 2014

MAGIA BLANCA

       El niño salió al exterior, buscaba a su madre para compartir con ella un secreto. Cuando por fin la localizó, le soltó de repente:

       —Mamá, he visto magia.

       —Pero, ¿cómo es eso?

       —Sí mamá, he visto magia cuando estaba dormido.

       —Y, ¿te ha gustado? —dijo la madre con la mente puesta en otras prioridades.

       —Sí, mucho… ¿quieres que te lo cuente?

       —¿Qué? ¡Ah, sí, por supuesto cariño!

       El niño reflexionó un instante y comentó:

       —En realidad son dos las magias que he visto, mami…

       —¿Dos? —Apuntó su madre, ahora ya con más atención.

       —Sí dos. Las dos las hizo una misma persona, diferente a nosotros, en lo que puede que fuera su casa, no sé…

       —Continúa, hijo.

       —La primera era que podía convertir la noche en día y el día en noche con solo tocar la pared —la madre guardaba silencio…

       —Pero la segunda magia era mucho mejor, como un milagro: tocaba o movía algo que sobresalía de otra pared y por allí salía… ¡agua!, mucha agua, «toda» la que quisiera hasta que volvía a tocar o mover aquello y ya dejaba de salir. Esa agua estaba muy limpia, transparente del todo, y servía para beber, cocinar, lavarse, lavar las ropas y también limpiar cualquier otra cosa —dijo sin ocultar su gran entusiasmo.

       La madre miró con detenimiento a su hijo, para pasar después a echarse una ojeada a sí misma. Pensó que un poco de aquella agua, tan abundante y tan limpia en la visión de la que hablaba su hijo, no les vendría nada mal, no…

       Se agachó lo suficiente para poder besar a su hijo, primero en la frente y después en las mejillas; lo abrazó con ternura y cariño, pero también con toda la fuerza que pudo reunir desde todas las desnutridas células de su cuerpo hasta poder erguirse con él en sus brazos para, con un gesto de resignación, entrar en la modesta choza de paja y barro que compartían ellos dos solos desde que aquella bestia peluda se «llevó» al que compartía sus vidas como compañero y padre.

       Una semana después, más o menos, y sin previo aviso, un convoy de la Cruz Roja Internacional pasó casualmente por su poblado, lo que permitió al niño comprobar y confirmar, perplejo, que esa magia sí existía y que además con ella sería más fácil esquivar su «negro porvenir».

       A partir de esa experiencia, y a pesar de su corta edad, el chico se planteó un único objetivo en la vida: hacerle un regalo a su queridísima mamá. Lo que ignoraba en aquel momento era cuándo, cómo y a qué precio lo conseguiría.

       No cejó en su empeño y cuando por fin logró su objetivo, el otrora cabello negro azabache de su madre ya se había cubierto de nieve coronando un rostro con algunas arrugas pero henchido de satisfacción y orgullo.

       Mientras se aproximaba el reencuentro empezó a pensar en cuál sería el «envoltorio» adecuado para esa «Magia Blanca».

Patxi Hinojosa Luján

(27/03/2014)

sábado, 22 de marzo de 2014

¿POR QUÉ NO…?

       Estaban a punto de consumar su reconciliación y algo más, el entorno era perfecto, el idóneo para la ocasión a esas horas de la madrugada en aquella playa desierta de la paradisíaca isla caribeña en la que se encontraban.

       La larga temporada de dolorosa introspección personal, con parámetros cercanos a la depresión debido a aquellos malentendidos que se habían instalado en la rutina diaria, estaba a punto de ser solo un doloroso recuerdo para dejar paso a una etapa, otra más, de armonía pasional. Claro que… algo tuvo que ver en ello el embrujo de la luna llena y los tres chupitos de ron añejo por cabeza que se habían tomado.

       No fueron conscientes de cómo y cuándo se despojaron de las vestimentas que, como un muro, se interponían entre sus cuerpos, pero estos ya estaban «estudiándose» como si fuera la primera vez con toda la parsimonia y sensualidad imaginables; de hecho, el universo entero se concentraba ya en aquellos momentos de lujuria, placer y felicidad...

       Dos despertadores, separados por algo menos de un kilómetro entre sí, sonaron al unísono interrumpiendo ese mágico momento y cortando sin miramientos y de golpe la misma escena. Sus adormilados propietarios se incorporaron en sus respectivas camas maldiciendo y bostezando a partes iguales, alternativamente. Ambos sentían la misma frustración por tan inoportuna interrupción.

      Ambos eran personas solitarias con pánico no solo a las relaciones sentimentales sino incluso a las cotidianas personales. Ambos eran, sí, lo que se suele denominar una persona introvertida, tímida… una rara avis.

       Después del desayuno de rigor y ya totalmente despiertos, aún recordaban los dos, extrañamente por lo inusual, cada detalle de ese sueño tan erótico como perturbador. Algo durante aquella noche se había convertido en un punto de inflexión en sus vidas puesto que, en los dos casos, ese recuerdo monopolizaba la totalidad de sus pensamientos hasta el punto de casi olvidar sus obligaciones laborales. No dejaban de darle vueltas a una posibilidad: quizá sí mereciera la pena arriesgarse a intentar entablar una relación personal que pudiera evolucionar hasta derivar en sentimental; relación que, aunque sin duda conllevaría momentos de sufrimiento, estos se verían debida y sobradamente compensados por las oportunas reconciliaciones, si es que en realidad se producían con la misma intensidad que «vivieron» en aquel sueño.

       ¿Por qué no? —se preguntaron, e intentaron recuperar sus respectivas rutinas diarias, con relativo éxito.

      La tarde estaba llegando a su fin y empezaba a anochecer cuando, a la salida de un centro comercial, dos personas que caminan en sentidos contrarios van tan sumidas en profundos pensamientos, similares entre sí, que no pueden esquivarse y sufren un encontronazo, lo que les permite mirarse fijamente a los ojos durante una décima de segundo, para a continuación continuar con sus respectivas trayectorias durante unos siete metros cada uno; en ese justo momento, cuando les separan catorce metros, frenan en seco y miran para atrás queriendo y «deseando» reconocer en el otro al coprotagonista de su pasado y «presente» sueño.

       Solo han pasado unos segundos cuando ambos esbozan una sonrisa similar y en su cabeza oyen un: ¿por qué no?

Patxi Hinojosa Luján
(22/03/2014)