sábado, 12 de abril de 2014

LUNA ROJA

       No había sido una mala semana, o por lo menos no peor que las anteriores. Ni había tenido más incidentes negativos en el trabajo ni menos ternura y relajación en casa. La noche estaba preciosa, con una intrigante y enorme luna llena color rojo sangre que según decían en las noticias nos acompañaría así dos o tres días más debido a no sé qué fenómeno meteorológico; y yo necesitaba pasear un rato para digerir la abundante cena y también mis últimos pensamientos. No estaba desanimado, no, pero tampoco era el «yo» habitual, el que me saludaba cada día en el espejo de turno y me animaba a seguir en la lucha.

       Caminé sin rumbo fijo, sin saber por dónde y hacia dónde me dirigirían mis pasos, durante casi una hora. Cuando quise darme cuenta, estaba intentado «colarme» en un parque municipal que ya estaba cerrado a aquellas horas. Una vez dentro, después de un buen salto que casi acaba con uno de mis ya muy traqueteados tobillos, el izquierdo, y sin preocuparme de cómo y cuándo saldría de allí, seguí caminando como pude por los múltiples senderos que lo atravesaban  y decoraban con mil y un dibujos. Allí solo había paz y silencio, un silencio que incluso hacía daño por lo intenso que era... hasta que dejó de serlo según me iba acercando a lo que parecía ser un quiosco rodeado de bancos con forma curvilínea en uno de los cuales, el que parecía estar más ajado por el tiempo y la intemperie pero que era el que mejor visión tenía de la Luna, una pareja hablaba en confidente voz baja, pero suficiente para eliminar de un plumazo el aterrador silencio anterior.

       No soy ningún cotilla, pero mi camino pasaba cerca de allí por lo que pasé a escasos diez metros del banco en cuestión. Cuando estuve lo suficientemente cerca, pude observar que estaba ocupado por lo que parecía ser un señor mayor con su nieto, o un niño con su abuelo, según la perspectiva mental que se utilizara. Estaban inmersos en una conversación que iba alternando sus voces pero que era ininteligible para mí.

       —Mejor así —pensé— a nadie le deberían interesar los asuntos ajenos…

       Proseguí caminando por entre aquel entramado de senderos creyendo que me alejaba de allí, cuando al cabo de una media hora volví al mismo escenario, donde me esperaban los mismos protagonistas, que a pesar de aquella escasa luz lunar no me resultaron del todo desconocidos, más bien me resultaron familiares.

       Abandoné el parque por una pequeña puerta que parece ser no se podía cerrar a causa de su deterioro y me dirigí a casa con mejores sensaciones de las que tenía al salir, si exceptuamos la del tobillo. Nunca le hablé de aquella noche a nadie y su recuerdo acabó escondiéndose en mi memoria…

       Unos cuantos años después, ya jubilado, salí a pasear con mi flamante y nuevo reproductor digital de música con calidad analógica cuando, sin saber porqué, acabé en aquel parque, que no había vuelto a visitar, y que me pareció encontrar en bastante peor estado que aquella primera vez salvo por un detalle: el banco donde estaban sentados aquellos dos personajes se mantenía exactamente igual según mi recuerdo, y ahora equiparado en desgaste al resto de bancos que bordeaban al quiosco dibujando una circunferencia.

       Me senté en él esperando a que anocheciera, ese día habría luna llena que también anunciaban de color rojo sangre y que se podría ver perfectamente al estar el cielo totalmente despejado. Mientras en mi reproductor iban sonando uno tras otro los álbumes de mi añorado Elton con una calidad sonora increíble aunque con la calidad musical que conocía de siempre, me sorprendí ya entrada la noche recordando mi infancia y juventud, y lo que es más importante, aprobando todo aquello que me venía a la mente, seguramente gesticulando sin darme cuenta. Posiblemente estuviera ya solo en el parque por lo tardío de la hora, pero creí oír pasos en el sendero que pasaba por detrás de mi ubicación. Cuando mis recuerdos infantiles me dieron permiso en forma de pausa para observar de dónde provenían esos pasos, al girarme vi una figura familiar alejándose torpemente al cojear ostensiblemente de su pie izquierdo.

Patxi Hinojosa Luján

(12/04/2014)

domingo, 6 de abril de 2014

PODIA PASAR…

       Esa semana me tocaba el primer turno en el almacén por lo que tenía que madrugar bastante, y así lo hice un día más. No fue hasta pasados unos minutos y cuando ya mis ojos se habían adaptado a la luz artificial que la eché en falta: no estaba en casa, había desaparecido…

       Mientras acababa de prepararme para ir a mi puesto de trabajo, no paraba de darle vueltas al asunto intentando imaginar dónde podría estar. Ya en camino, y por aquello de no tener que conducir más después de dejar el coche en el aparcamiento de la estación del ferrocarril, pude mover mis hilos mediante una llamada telefónica en la que, por qué no decirlo, deposité casi todas mis esperanzas.

       Durante todo el día y sin dejar de lado mis obligaciones ni un solo instante, estuve pendiente de un posible aviso de mi móvil en forma de mensaje, pero lo único que recibí de él fue uno sobre mediodía en el que se me indicaba que no había novedades de ningún tipo. La tarde cabalgó sobre parámetros similares y, cuando iba ya a dar por terminada mi jornada laboral, un segundo mensaje me abrió la puerta al optimismo, aunque con un toque de ambigüedad que no me atreví a desenmascarar con ninguna otra llamada por mi parte y preferí esperar a llegar a mi estación de destino de regreso a casa.

       El tren de cercanías en el que viajaba llegó a su última estación, que era la mía, y me apeé de él. Y allí, en el andén, estaba esperándome. La tomé entre mis manos con toda la delicadeza de que fui capaz y volví a casa con ella en silencio…

       Ya en nuestro hogar, le conté a mi chica lo preocupado que había estado durante todo el largo día y le puse al corriente de mi actuación hasta conseguir el ansiado desenlace positivo.

       —¿Y por una libreta has llegado a estar así de preocupado? —ironizó ella.

       —Es que… no es una libreta cualquiera, es «la» libreta —maticé— en la que esbozo durante mis trayectos ferroviarios todos esos relatos que tú tanto me valoras cuando una vez maquillados en el netbook los publico en la red después de pasar por el filtro de tu lectura. Y créeme, tenía unos cuantos ya empezados a la espera de darles forma definitiva y finalizarlos, incluido uno dedicado a nuestro hijo, por lo que su posible pérdida para mí sí que hubiera sido un pequeño drama…

       —¡Vale, vale!

       Ella, mi chica, fue cómplice al instante de mi felicidad y me animó (una vez más) a relajarme un poco garabateando mis ocurrencias en esa libreta que nunca se debió quedar olvidada en aquel asiento del vagón del tren cuando, al volver agotado del trabajo después de un duro día, me quedé dormido justo al llegar a mi destino; no debió, no, pero lo hizo debido a mis prisas por salir de un vagón vacío que pronto renovaría su  pasaje para buscar otro destino que ya no era el mío.

       Por cierto, estoy seguro de que adivináis cuándo y dónde ha sido escrito este relato…

Patxi Hinojosa Luján

(05/04/2014)

sábado, 29 de marzo de 2014

PALETA DE GRISES


       
       Me gusta el gris claro de la luna llena en noche estrellada.

       Me gusta el gris resplandeciente del horizonte marino en un atardecer sin trapisonda a la vista.

       Me gusta el gris brillante del marco que encuadra tu mirada atrapada en una instantánea «robada».

       Me gusta el gris oscuro de nuestros paseos nocturnos.

       Incluso me gusta el gris imperfecto del asfalto de la carretera si la recorro contigo.

       Y no me asusta el gris futuro si tú lo enfrentas a mi lado, porque eso me permitirá seguir viéndome reflejado en tus preciosos ojos color azul cielo y mar.

       ¡No todo iba a ser gris!

Patxi Hinojosa Luján

(29/03/2014) 

jueves, 27 de marzo de 2014

MAGIA BLANCA

       El niño salió al exterior, buscaba a su madre para compartir con ella un secreto. Cuando por fin la localizó, le soltó de repente:

       —Mamá, he visto magia.

       —Pero, ¿cómo es eso?

       —Sí mamá, he visto magia cuando estaba dormido.

       —Y, ¿te ha gustado? —dijo la madre con la mente puesta en otras prioridades.

       —Sí, mucho… ¿quieres que te lo cuente?

       —¿Qué? ¡Ah, sí, por supuesto cariño!

       El niño reflexionó un instante y comentó:

       —En realidad son dos las magias que he visto, mami…

       —¿Dos? —Apuntó su madre, ahora ya con más atención.

       —Sí dos. Las dos las hizo una misma persona, diferente a nosotros, en lo que puede que fuera su casa, no sé…

       —Continúa, hijo.

       —La primera era que podía convertir la noche en día y el día en noche con solo tocar la pared —la madre guardaba silencio…

       —Pero la segunda magia era mucho mejor, como un milagro: tocaba o movía algo que sobresalía de otra pared y por allí salía… ¡agua!, mucha agua, «toda» la que quisiera hasta que volvía a tocar o mover aquello y ya dejaba de salir. Esa agua estaba muy limpia, transparente del todo, y servía para beber, cocinar, lavarse, lavar las ropas y también limpiar cualquier otra cosa —dijo sin ocultar su gran entusiasmo.

       La madre miró con detenimiento a su hijo, para pasar después a echarse una ojeada a sí misma. Pensó que un poco de aquella agua, tan abundante y tan limpia en la visión de la que hablaba su hijo, no les vendría nada mal, no…

       Se agachó lo suficiente para poder besar a su hijo, primero en la frente y después en las mejillas; lo abrazó con ternura y cariño, pero también con toda la fuerza que pudo reunir desde todas las desnutridas células de su cuerpo hasta poder erguirse con él en sus brazos para, con un gesto de resignación, entrar en la modesta choza de paja y barro que compartían ellos dos solos desde que aquella bestia peluda se «llevó» al que compartía sus vidas como compañero y padre.

       Una semana después, más o menos, y sin previo aviso, un convoy de la Cruz Roja Internacional pasó casualmente por su poblado, lo que permitió al niño comprobar y confirmar, perplejo, que esa magia sí existía y que además con ella sería más fácil esquivar su «negro porvenir».

       A partir de esa experiencia, y a pesar de su corta edad, el chico se planteó un único objetivo en la vida: hacerle un regalo a su queridísima mamá. Lo que ignoraba en aquel momento era cuándo, cómo y a qué precio lo conseguiría.

       No cejó en su empeño y cuando por fin logró su objetivo, el otrora cabello negro azabache de su madre ya se había cubierto de nieve coronando un rostro con algunas arrugas pero henchido de satisfacción y orgullo.

       Mientras se aproximaba el reencuentro empezó a pensar en cuál sería el «envoltorio» adecuado para esa «Magia Blanca».

Patxi Hinojosa Luján

(27/03/2014)

sábado, 22 de marzo de 2014

¿POR QUÉ NO…?

       Estaban a punto de consumar su reconciliación y algo más, el entorno era perfecto, el idóneo para la ocasión a esas horas de la madrugada en aquella playa desierta de la paradisíaca isla caribeña en la que se encontraban.

       La larga temporada de dolorosa introspección personal, con parámetros cercanos a la depresión debido a aquellos malentendidos que se habían instalado en la rutina diaria, estaba a punto de ser solo un doloroso recuerdo para dejar paso a una etapa, otra más, de armonía pasional. Claro que… algo tuvo que ver en ello el embrujo de la luna llena y los tres chupitos de ron añejo por cabeza que se habían tomado.

       No fueron conscientes de cómo y cuándo se despojaron de las vestimentas que, como un muro, se interponían entre sus cuerpos, pero estos ya estaban «estudiándose» como si fuera la primera vez con toda la parsimonia y sensualidad imaginables; de hecho, el universo entero se concentraba ya en aquellos momentos de lujuria, placer y felicidad...

       Dos despertadores, separados por algo menos de un kilómetro entre sí, sonaron al unísono interrumpiendo ese mágico momento y cortando sin miramientos y de golpe la misma escena. Sus adormilados propietarios se incorporaron en sus respectivas camas maldiciendo y bostezando a partes iguales, alternativamente. Ambos sentían la misma frustración por tan inoportuna interrupción.

      Ambos eran personas solitarias con pánico no solo a las relaciones sentimentales sino incluso a las cotidianas personales. Ambos eran, sí, lo que se suele denominar una persona introvertida, tímida… una rara avis.

       Después del desayuno de rigor y ya totalmente despiertos, aún recordaban los dos, extrañamente por lo inusual, cada detalle de ese sueño tan erótico como perturbador. Algo durante aquella noche se había convertido en un punto de inflexión en sus vidas puesto que, en los dos casos, ese recuerdo monopolizaba la totalidad de sus pensamientos hasta el punto de casi olvidar sus obligaciones laborales. No dejaban de darle vueltas a una posibilidad: quizá sí mereciera la pena arriesgarse a intentar entablar una relación personal que pudiera evolucionar hasta derivar en sentimental; relación que, aunque sin duda conllevaría momentos de sufrimiento, estos se verían debida y sobradamente compensados por las oportunas reconciliaciones, si es que en realidad se producían con la misma intensidad que «vivieron» en aquel sueño.

       ¿Por qué no? —se preguntaron, e intentaron recuperar sus respectivas rutinas diarias, con relativo éxito.

      La tarde estaba llegando a su fin y empezaba a anochecer cuando, a la salida de un centro comercial, dos personas que caminan en sentidos contrarios van tan sumidas en profundos pensamientos, similares entre sí, que no pueden esquivarse y sufren un encontronazo, lo que les permite mirarse fijamente a los ojos durante una décima de segundo, para a continuación continuar con sus respectivas trayectorias durante unos siete metros cada uno; en ese justo momento, cuando les separan catorce metros, frenan en seco y miran para atrás queriendo y «deseando» reconocer en el otro al coprotagonista de su pasado y «presente» sueño.

       Solo han pasado unos segundos cuando ambos esbozan una sonrisa similar y en su cabeza oyen un: ¿por qué no?

Patxi Hinojosa Luján
(22/03/2014)

sábado, 15 de marzo de 2014

MI NUEVA VIDA

       Estaba de visita en un precioso pueblecito costero y ya me ardían las plantas de los pies de tanto caminar cuando atisbé a menos de media manzana de casas de distancia lo que parecía ser un café-bar al viejo estilo del far west, hecho y decorado con madera y… ¡más madera! De pronto mi cuerpo me recordó que estaba medio deshidratado y que era necesario, más bien urgente, repostar de inmediato. Me dirigí de buena gana y dispuesto a tomarme un «pelotazo» hacia aquella copia de bar de película americana, copia que me iba pareciendo más  y más minuciosa según me iba acercando a ella. Aunque cuando llegué a su puerta y pude por fin observar cómo eran sus entrañas me quedé maravillado, tanto su arquitectura interior como su decoración eran (siempre según mi criterio, ¡claro!) preciosas; desbordaban clase y estilo, y hasta contaba con un escenario para actuaciones musicales perfectamente acondicionado que pareciera fuera a ser utilizado en breve debido al conjunto de instrumentos, focos y cables que lo ocupaban casi al completo.

       Pero la urgencia era la que era, por lo que me fui directo a la barra a pedir una consumición; mi petición fue más cobarde que mi intención inicial y me sorprendí pidiendo un botellín de agua, eso sí, con gas… Con mi botellín en la mano me dispuse a dar una ojeada a la totalidad del recinto y mientras eso ocurría me iba pareciendo más… ¿cómo lo diría?, más hecho a mi medida. Sí, ¡eso era!, si lo hubiera diseñado yo a mi gusto sería prácticamente igual.

       No había mucho personal en el local en aquellos momentos, media mañana, pero me llamó la atención un señor que, sentado en una mesa frente al escenario, justo en el centro, leía y escribía alternativamente de y en lo que parecía ser un netbook, antiguo pero bien cuidado. Pareció notar mi mirada en su nuca y se volvió hacia mí; me saludó cortésmente con un gesto de cabeza y siguió a lo suyo.

       El poco trabajo que tenía el barman en ese momento le permitió a este observar la escena anterior…

       —Es el jefe, el dueño de todo esto…
       —¡Perdón! ¿Qué dice? —añadí distraído
       —Que aquel de allí es el jefe… cada día pasa unas cuantas horas aquí, en «su» mesa, leyendo y escribiendo hasta el momento del ensayo de la banda o el solista de turno, ¡le encanta!

       —¡Ah, gracias por la información! —dije aparentando indiferencia, aunque no había tal, al contrario…

       Con disimulo, haciéndome el despistado, me fui acercando a la mesa de aquel hombre. Había algo en él que me resultaba familiar, y ello me intrigaba e inquietaba a partes iguales; no estaba dispuesto a irme de allí sin saber qué y por qué era. A punto de llegar a su mesa, se giro hacia mí y con otro gesto me invitó a compartirla con él. No lo dudé y accedí gustoso. El jefe, un tipo de lo más normal al que me asemejaba en aspecto físico, si no fuera por esa densa y larga «perilla», enseguida empezó un monólogo durante el que me confesó que alguna de sus pasiones eran la música y los textos literarios, tanto ajenos como propios, y era por ello que mientras esperaba a que sonara la música en directo, solía sumergirse en la red literaria Veritalia en la que leía y escribía alternativamente y a discreción, como era el caso en esos momentos. Se sinceró al contarme que aparte de haber podido leer algunos textos muy buenos, al final para él contaba casi tanto como ello el hecho de haber entablado amistad con algunos miembros de la mencionada red, profunda en algunos casos.

       —¡Ah! veo que ya salen los músicos a ensayar —dijo mientras escribía un último par de frases antes de plegar el netbook.

       Algo brilló en su pecho al encenderse los focos del escenario pero, concentrado como estaba en toda aquella escena y situación, no le presté la debida atención.

       Compartí con él la mesa, los ensayos (un completo concierto de blues en toda regla) y hasta la bebida, pues casualmente él también se estaba tomando un agua con gas. El tiempo pasó volando, literalmente, y llegó el momento de partir, no quería que mi presencia se convirtiera en molesta por prolongada ni abusar de su cortesía. Me despedí prometiéndole una próxima visita, a lo que él respondió con una mueca que no supe interpretar en aquel instante. Pagué las consumiciones y le dejé una generosa propina al barman, al fin y al cabo se la había ganado, y salí del local con un esfuerzo extra, porque era como si algo me lo quisiera impedir.

       Llevaba recorridos escasos veinte metros cuando de repente me sacudió un escalofrío. Vi claramente, como ampliado en un buen monitor, aquello que tanto brilló en el pecho del dueño del bar cuando se encendieron los focos del escenario: era el pin de plata del escudo del Athletic con mis iniciales grabadas que mi chica me había regalado por (según dijo ella) mis primeros cincuenta años de vida…

       Me sobresalté al pensar en una posible pérdida, o cualquier otra circunstancia extraña que se me escapaba, pero no había nada de lo que alarmarse puesto que miré y allí estaba, como siempre, en el ojal del botón del bolsillo de mi camisa.

       No pude sustraerme al impulso de mirar hacia atrás y comprobé, con menos asombro del que sugeriría la lógica, que allí donde antes había visitado y disfrutado el café-bar contemplaba ahora una especie de chiringuito de playa. Fue en ese preciso momento cuando en mi rostro se alojó aquella mueca durante unos segundos, justo hasta el momento en que, alejándome de allí, decidí continuar con mi nueva vida.

Patxi Hinojosa Luján

(15/03/2014)

jueves, 6 de marzo de 2014

¡¡¡MALDITO «OSCURO VAGÓN», MALDITO CAMBIO DE AGUJAS!!!

       Verás, viniste a este nuestro mundo hace hoy exactamente ochenta años, y en aquel mismo instante la raza humana ganó en calidad, subió muchos enteros en bondad, generosidad, humildad, espíritu de sacrificio, capacidad de amar y cualquier otro atributo positivo que se nos pueda ocurrir; y no digo todo esto porque es lo que se supone que pueda y deba decir cualquier persona al referirse a su madre, sino porque también muchísima gente que no tuvo la suerte de pertenecer a tu familia, pero sí el privilegio de compartir tantos momentos como para conocerte y convivir contigo de una u otra manera, estoy seguro que incluso me reprocharía el haberme quedado corto en mis apreciaciones, tal fue tu conducta en vida.

       Durante años viajamos todos juntos en el mismo coche de entre los que componían el convoy del tren de nuestras vidas. Después, estas nos fueron cambiando de vagón secuencialmente, pero manteniéndonos en el mismo convoy y con la cercanía que magnifica el cariño que nos teníamos y nos unía.

       Pero un día, sin previo aviso, de repente te encontraste sola, sin ninguno de nosotros, sin ninguno de tus hijos, en un oscuro vagón tan lúgubre que en un cambio de agujas tan inoportuno como maldecible, aquel escogió unas vías diferentes de las nuestras para seguir por un camino sin luz, sin compañía y sin esperanzas de vuelta atrás, por un camino sin retorno… mientras que los nuestros continuaban enganchados entre sí, y, por fortuna, aún hoy siguen así, permitiéndonos una relación más o menos frecuente, pero siempre con esa calidez perenne que otorgan las múltiples vivencias conjuntas por llevar la misma sangre.

       Sí, hoy es tu cumpleaños, y no se me ocurre qué pueda regalarte aparte del eterno y amoroso recuerdo y estas mis torpes palabras de admiración y agradecimiento. Más bien he sido yo el receptor de un regalo grandioso por tu parte, porque me (y nos) dejaste un legado inconmensurable con esas tres joyas, esos tres diamantes; diamantes en femenino, y en bruto sí, pero que se han ido puliendo cada uno a su manera poco a poco y todavía lo hacen con la inevitabilidad del paso del tiempo; esos tres diamantes que me llaman hermano, y lo que es más importante para mí, desde luego, que me tratan como tal, con el cariño que ello conlleva. Sé que allí desde donde nos observes, estarás orgullosa de las tres, de su comportamiento en la vida y del trato que intentan siempre dar a sus semejantes; yo también lo estoy y presumo sin ambages de ser su hermano mayor, y los que bien me conocen saben que es de las pocas ocasiones en que pulo mis galones y los saco a relucir.

       Y no podemos por menos los cuatro que añorar un día más el tener la posibilidad de darte un abrazo y «comerte» a besos y es por ello que hoy me sale del alma más que nunca el gritar a los cuatro vientos:

¡¡¡Maldito «oscuro vagón» y maldito cambio de agujas!!!

Patxi Hinojosa Luján

(07/03/2014)

jueves, 27 de febrero de 2014

TIRO FALLADO

       Desde el mismo instante en que se conocieron, no pararon de contarse cosas, en muchos casos intimidades, de sonreír, de soltar carcajadas, incluso. Parecía que ambos habían sido víctimas del «flechazo» de Cupido y no pensaban más que en ese momento que compartían. Ni siquiera la brusca aparición (así les pareció a ellos al estar tan concentrados en conocerse) de un agente de la autoridad solicitándoles el oportuno documento les hizo apartar su mente y su atención de aquello que los tenía ocupados, y casi ni vieron desaparecer la silueta de aquel cuando siguió con su cometido mientras se alejaba.

       De pronto, sobresaltada, ella dio un salto. No se había percatado de que el tren de cercanías estaba desde hacía unos instantes en la estación en que debería haberse apeado, y se disponía ya a proseguir su marcha, justo en el momento en el que los pies de ella acabaron de posarse sobre el andén, más pesadamente de lo habitual.

       Y ya no volvieron a coincidir nunca más…

       La imaginaria flecha se había roto en mil pedazos y Cupido no pudo sino marcar una «X» más en la columna de los fracasos. La verdad es que no había comenzado bien la semana, no… —Me estaré haciendo mayor, me falla la puntería demasiado últimamente— se dijo, y partió en busca de un nuevo reto con la esperanza de, esta vez, obtener un mejor resultado.

Patxi Hinojosa Luján
(26/02/2014)

sábado, 22 de febrero de 2014

El patrón de costura, el patrón de la vida


Dibujaba e interpretaba los patrones de costura como nadie, era su oficio y lo hacía con la perfección que da la profesionalidad cuando ésta va acompañada además de mucho amor por su trabajo y de todo el talento innato para él con el que nació. Podemos decir que los patrones nunca supusieron ningún misterio para ella hasta tal punto de que con una sola prueba sus clientas podían disponer ya de la prenda que habían encargado, lo que suponía una comodidad añadida a la satisfacción que «siempre» se llevaban cuando bajaban del segundo piso de nuestro inmueble con su paquete bajo el brazo y una sonrisa que escondía la seguridad de saber que desde ya poseían una pieza única con la que durante los siguientes meses se sentirían «especiales».
Pero no es por semejante muestra de actividad artística por lo que hoy mis musas particulares, becarias aún ellas, me han echado del sofá con un buen puntapié y me han «ordenado» que me ponga manos al teclado, no, sino por otra suerte de patrones, los que nuestra madre nos fue mostrando a sus cuatro hijos para que aprendiéramos a defendernos solos en esta vida mientras nos inculcaba los valores que, para bien o para mal, hoy conforman una buena parte de nuestro activo personal.
Patrones de conducta, donde siempre hizo especial hincapié en el respeto a los demás y sobre todo en la aceptación como normal de todo lo diferente.
Patrones de educación, porque ella siempre quiso que sacáramos lo mejor de nosotros mismos, por encima del hecho de ser mejores que las personas de nuestro entorno.
Patrones de cultura, porque nunca puso trabas a nuestro acceso a ella. Todo lo contrario, nos animó y contribuyó dentro de los parámetros de la modesta economía familiar (de la que nuestra madre era un sustento básico y muy importante) a que nos empapáramos de y en ella todo lo posible.
Y, sobre todo, patrones de afectividad y cariño. Cariño y generosidad. Creo no equivocarme al afirmar que si hoy sabemos querer (del verbo amar) y querer (a nuestros amigos) es por encima de todo porque ella nos lo enseñó así, lisa y llanamente. Y si alguna vez somos generosos, es por el ejemplo que tuvimos en Ella, y también en Él, por qué no decirlo si queremos ser equitativos.
Y, ¿sabéis qué?... con nosotros también, al igual que le ocurría con sus clientas, sólo necesitaba de una prueba de todos estos patrones, y de muchos otros que sin duda mi «trabajada» memoria olvida, lo que añade más mérito a todo lo positivo que nos dejó como imprescindible legado para este mundo en su corta vida mortal.
Pero no sería justo, en absoluto, no mencionar aquí que su vida no fue nada fácil, y que en muchos momentos de ella no fue feliz, o por lo menos no tanto como hubiera deseado, y no por haber elegido a la pareja equivocada (persona, nuestro padre, a la que dedicaré en su momento otro relato), que no creo que fuera así, sino porque ésta, aunque la quisiera a su manera al máximo, fue muy injusta dentro de su relación con ella por no haber tenido nunca la valentía de hacer frente a su «debilidad», primero admitiéndola y luego derrotándola, aunque sólo fuera por demostrar y demostrarse su amor hacia ella y no por satisfacción propia. Ella se lo merecía y se nos fue sin poder verlo ni disfrutarlo. Esa espina la tenemos clavada tan cerca del corazón los cuatro que, en  ocasiones, éste nos lo recuerda molesto. ¡Qué se le va a hacer! En todo caso no deja de ser un mal menor…
Fíjate, mamá, si dejaste huella en este mundo, que tus nietos, esos nietos que no tuvieron la suerte y el privilegio de conocerte y convivir contigo, ¡te adoran!, aunque nunca pudieran recibir tus besos ni tus abrazos; ni siquiera escucharte contarles un cuento mientras el sueño los transportaba a mundos imaginarios en los que seguro se sentirían plenos de felicidad. Ellos también te echan de menos, a su manera, ¡claro! Bueno, todos no, seguro que uno de ellos frecuenta tu compañía espiritual desde hace ya algún tiempo, ¿no es así? Sólo espero y deseo que lo que veáis juntos desde donde sea que nos observéis sea de vuestro agrado…
Así que, descansad en paz los dos, por aquí aún seguimos los patrones, o eso intentamos al menos…

© Patxi Hinojosa Luján
(21/02/2014)

domingo, 9 de febrero de 2014

Despertares

Tengo un amigo de toda la vida, fuimos compadres en flor… * y aún lo seguimos siendo, porque esa flor, la flor de la pasión por todo lo que consideramos bello en nuestras vidas, sigue sin ni siquiera insinuar que pudiera empezar a marchitarse en algún momento; y esto, en ambos casos, y a pesar de todo…
 Pero él, mi hermano menor, tiene desde hace ya algún tiempo su demonio particular en forma de momento del día, en concreto ese que se inicia cuando tienes consciencia de que te has despertado del todo y entonces «recuerdas», como si te dieran una puñalada por la espalda, que el regalo de un nuevo amanecer puede llegar a ser un regalo envenenado al llevar consigo en un paquete indivisible la conocida y «visitada» rutina laboral con sus múltiples… digamos incidencias, para no utilizar palabras malsonantes a éstas que suelen ser tempranas horas del día; ese momento que llega hasta que, armado una vez más de valor y con alguna ayudita externa, se enfrenta a él. Y le vence, siempre hasta ahora, aunque pocas veces sea por KO y la mayoría lo sea a los puntos, con un exiguo margen de ellos.
A mí, su hermano mayor, me ocurre justo lo mismo, en el planteamiento, en el desarrollo y en el resultado final, y no es plato de buen gusto, no, menos aún viendo que se prolonga en el tiempo, demasiado. Llega a ser muy cansado porque roba demasiada energía, aunque la pasión antes mencionada nos la va regenerando cada vez; de momento, no sabemos hasta cuando, aunque de alguna manera esto también dependa de nosotros…
Lo peor de todo esto, y sin duda lo que más nos duele, son los efectos negativos en forma de contaminación psicológica, y que a su vez genera por momentos una gran angustia, en las personas que comparten nuestro viaje. Esas personas que esbozan un gesto en forma de sonrisa, a hurtadillas, mirando al cielo sin saber por qué, cada vez que creen que nadie les ve al observarnos, cuando a su vez nosotros creemos que nadie es testigo de nuestras acciones al habernos olvidado por un momento de nuestro demonio particular y estamos inmersos en alguna de ésas nuestras pasiones salvadoras. 
Y éste no es un mal momento para confesar que el mayor error que solemos cometer es olvidar, aunque sólo sea por un instante, que en ellas, en esas personas resignadas a su destino a nuestro lado, tenemos el mayor y más importante exponente de nuestras pasiones, ¡nuestro mayor Tesoro!
Así que, y por todo lo expuesto, ¡nadie podrá con nosotros! No lo olvides, hermano.
Nadie podrá con nosotros, pero estuvieron muy cerca ayer…  #

*¡Gracias, Joan Baptista!
# ¡Gracias, Quique!

© Patxi Hinojosa Luján
(09/02/2014)

sábado, 18 de enero de 2014

Cuestión de prioridades


Marian llevaba en Barcelona dos días, con sus respectivas noches, en una cola interminable que a esas alturas daba ya dos vueltas completas al estadio. Pero la ilusión de conseguir la ansiada entrada para el espectáculo musical del momento compensaba con creces el haber tenido que dormir durante dos lunas de cualquier manera, improvisando incómodos descansos en sillas plegables y a cortos y fríos intervalos de tiempo, lo que había propiciado que ahora fuera consciente de partes de su cuerpo que antes ni intuía que pudieran existir, por todos esos dolores y pinchazos que no le abandonaban en casi ningún momento del día. A pesar de todo esto, era feliz; estaba feliz y eufórica disfrutando por anticipado del evento, porque todo esto no era sino una parte más del mismo, la primera, el prólogo. Ya no faltaba tanto para que abrieran las taquillas y entonces sólo tendría que esperar a que la «serpiente humana» se moviera con una velocidad respetable para llegar lo antes posible a una cualquiera de aquéllas y confirmar que sí, que a pesar de su poco aventajada posición, aún quedaban entradas libres para ella y que pronto sería la chica más feliz del mundo.
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Víctor estaba ya accediendo, con más de una hora de adelanto, al estadio donde se iba a celebrar por trigésimo tercera vez «el partido del siglo», y eso que a éste todavía le quedaban muchos años para que finalizase; la propaganda periodístico-deportiva seguía surgiendo efecto, lo había hecho otra vez. No había sido nada fácil, no, conseguir la entrada, teniendo incluso que «rebajarse» a pedir favores a seguidores del equipo rival, más o menos conocidos. Iba ataviado, ¡cómo no! con los colores y distintivos del club de sus amores, a saber: bufanda, gorro, camiseta y bandera, ¿o deberíamos llamarle más bien banderón? Y es que hoy, además de ser «otro partido del siglo» más, la verdadera importancia residía en que había en juego un título, continental para darle valor supremo. Y él tenía el presentimiento de que todo iba a salir bien para sus intereses y que su equipo acabaría llevándose el preciado trofeo, no en vano llevaba una serie ininterrumpida de nueve partidos ganados en las diferentes competiciones en las que participaba.
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En el aeropuerto, la megafonía ya estaba anunciando la facturación de equipajes para el posterior embarque del vuelo con destino a Sidney y se empezaba a notar en todos los pasajeros que merodeaban el mostrador pertinente la excitación contenida unida a ese típico nerviosismo ante un vuelo de larga duración que todos intentamos disimular sin conseguirlo por completo, todo hay que decirlo. Estrella y Ricardo indicaron en ese momento a los familiares de éste que se habían ofrecido a llevarles en su coche, y así habían hecho, que no esperaran más allí con ellos —despidiéndoles con cortesía y con sumo y sincero agradecimiento, no merecía la pena que perdieran más tiempo por ellos— y se ubicaron cerca de la futura cola de facturación repartiéndose los bultos de los equipajes y deseando que todo discurriera sin incidentes, sobre todo sin retrasos. Parecía que sus deseos, por una vez tratándose de un aeropuerto, se estaban cumpliendo y ello se reflejaba en sus caras, por sus gestos de satisfacción. El viaje tantas veces soñado y programado, las mismas que postergado por diferentes motivos durante los últimos once años, al fin iba a hacerse realidad. Se lo merecían, ¡vaya si se lo merecían!
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Justo a las 19h58 Marian empezó, junto al resto de la «tropa», a moverse hacia la zona de taquillas, eso sí, con la intermitencia provocada por cada una de las paradas para la correspondiente compra. Ya no había marcha atrás, y las sonrisas se dibujaban en cada una de las caras de las miles de personas que procedían a ejecutar esa danza lineal y unidireccional.
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En ese mismo instante, Víctor asistía al ritual del «sorteo de campos» en el que el árbitro de la final procedía a lanzar la moneda al aire, lo que decidiría quién elegía campo siendo el equipo rival el encargado de poner el balón en movimiento. Puntualidad suiza, se dijo, aunque el partido se celebraba en Múnich. La tensión en el ambiente bien se podría cortar con una buena navaja suiza, aunque siguiera estando en Múnich…
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Estrella y Ricardo habían leído en el panel de información instalado justo encima de los mostradores que la facturación de maletas para su vuelo empezaría a las 20h. Aunque lo dudaban, se colocaron en el lugar adecuado, y cuál no fue su sorpresa cuando a la hora indicada aparecieron las azafatas de su compañía con unas inusitadas ganas de trabajar y acabar con esa tarea cuanto antes.
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Marian ya estaba a dos metros de una de las taquillas, tan cerca como para entender el gesto de la operaria que le indicaba que sí, que para ella sí habría suerte en forma de entrada. Se acercaba a su sueño, casi lo podía tocar con la yema de sus dedos.
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Víctor estaba disfrutando de un partido tan pleno de emoción y de buen fútbol como de igualdad entre los dos contendientes. Estaba a punto ya de acabar la primera parte de la prórroga, a la que se había tenido que recurrir al mantenerse el empate inicial en el marcador, y se intuía ya el desenlace de los penaltis. ¡Qué emoción!
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Al final, el proceso de facturación de equipajes para Estrella y Ricardo había transcurrido sin novedad y se encontraban ya ambos, con sus bolsas de mano, dirigiéndose a la puerta de embarque de su vuelo a la espera de su apertura.
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Justo en estos tres últimos momentos descritos, simultáneos, los teléfonos móviles de nuestros cuatro protagonistas vibraron al unísono para a continuación indicar la llegada de un nuevo mensaje con el típico bip-bip. Era el mismo mensaje para los cuatro, del mismo remitente y todos se apresuraron a leerlo al instante. El texto era tan corto como conciso:
—Te necesito, os necesito. Peter.
Marian salió con discreción de su puesto en la cola a escasos dos metros de la ventana de una de las taquillas ante la sorpresa de su ocupante y, por supuesto también, de sus compañeros de fila, con alguno de los cuales había confraternizado bastante; nadie entendía su actitud justo ahora, que había conseguido llegar a tan privilegiada situación. Víctor abandonó su asiento entre el atronador sonido de ambiente propiciado por los cánticos y ánimos de las dos aficiones sin mirar atrás y sin llegar a saber si al final iba a ser necesaria o no la tanda de penaltis. A estas alturas, no haría falta decir que Estrella y Ricardo, olvidando que sus maletas estaban en una cinta transportadora camino a la bodega de algún avión, se giraron sobre sus talones y abandonaron con precipitación el aeropuerto mientras buscaban algún «taxi libre» salvador, puesto que el coche en el que habían llegado estaría ya aparcado en el pertinente garaje.
Peter, desde hacía unos años, era amigo de los cuatro, que a su vez eran amigos entre sí; aunque con el paso de los años la frecuencia de sus reuniones y encuentros hubiera descendido un tanto, el cariño que se procesaban nunca desapareció ni descendió un ápice. De hecho, en los últimos tiempos habían coincidido bastante poco hasta el punto de no saber, salvo en el caso de la pareja, dónde estarían los demás y qué estarían haciendo en esos momentos, porque en lo referente a la salud, cada uno intuía que los demás estarían y seguirían bien. Siempre se habían dicho: «No hay noticias, ¡buenas noticias!».
Pero no, Peter no se encontraba bien de un tiempo a esta parte, ni en el plano físico ni en el emocional. Concretando, no se encontraba nada bien de ánimo por un exceso de ansiedad propiciado no por una, sino por varias y diversas causas. Esto derivó en que su salud degenerara hasta llegar a un estado tan lamentable según sus sensaciones, que no tuvo más remedio que recurrir a la visita a diferentes médicos, algo nada habitual en su caso, impropio de él. Y de las diferentes visitas surgió la necesidad de realizar una serie de pruebas, de una de las cuales, la más importante, le habían llegado los resultados hacía unos minutos mediante un sobre recibido como «correo urgente y certificado». El mensaje que envió de inmediato y a sus cuatro amigos a la vez, con una sola pulsación de la tecla correspondiente de su teléfono móvil, llegó a sus diferentes destinos en el mismo instante haciendo pleno (ninguno de los teléfonos de sus amigos estaba «apagado o fuera de cobertura» como suele ocurrir en ocasiones, demasiadas, aunque eso él no podía saberlo…) cuando él aún no había abierto el sobre. De hecho, no pensaba hacerlo todavía porque no lo quería hacer solo, sino rodeado de sus seres queridos, de sus amigos. Esperaría lo que hiciera falta y, además, él ya estaba preparado para sea lo que fuese que se indicase en el documento en cuestión.
Seis horas más tarde, después de haberse sumido en un profundo sueñoorrespon en el sofá de su salón, sin que fuera ésa su intención, producto del cansancio que había ido acumulando a raíz de tanto estrés, se despertó creyendo oír los murmullos de una conversación en la calle, desierta pues era de madrugada. Salió al balcón y allí los vio a todos, o más bien reconoció sus siluetas: Marian, Víctor, Estrella y Ricardo acababan de llegar casi al mismo tiempo al portal de su casa y, después de los saludos de rigor en forma de besos y abrazos, se disponían ya a pulsar el timbre de su pequeño apartamento de soltero…
Ya no tenía tiempo de adecentarse un poco, por lo que se miró en el espejo de la entrada para comprobar con qué imagen iba a recibir a sus amigos: lo que vio en él le tranquilizó, y ya no se deshizo de esa sonrisa.
Sonó el timbre…

© Patxi Hinojosa Luján
(18/01/2014)