sábado, 28 de febrero de 2015

Diálogo entrañable

      

       Martes 24 de febrero de 2015, 16:00 h:

       —Hola… ¿quién eres, qué haces aquí?
       —Tranquila, lo comprenderás todo a su debido tiempo, no seas impaciente querida mía.
       —Tengo la impresión de que, de la misma manera que ahora te siento, antes te presentía.
       — ¡Claro, mi niña! Eso es porque nunca has estado sola. No hemos dejado que en ningún momento estuvieras sin amparo. Ni yo ni otros que, de igual modo, te quieren tanto como para entregarte su amor incondicional.
       —Y, ¿por qué no están ahora aquí conmigo, con nosotros?
       —Porque ahora es «mi» momento a tu lado, unos instantes muy especiales, ya lo verás. Pero no te preocupes, más adelante nos iremos turnando y recibirás el calor y protección de todos y cada uno de ellos en diferentes momentos de tu tiempo. También el de otros seres, aunque con una diferente expresión de cariño que, en todo caso, irradia el mismo tipo de energía positiva. Lo comprobarás y me darás la razón, incluso sin ser consciente de ello…  

       Martes 24 de febrero de 2015, 23:00 h:

       —Sabes que tienes que ir preparándote, ¿verdad? No es necesario que te aceleres, aunque sí es preciso que ahora ya no pares hasta el final. Pero no tengas miedo, yo estaré contigo hasta entonces, lo notarás y te será menos traumático, confía en mí.
       —Sea lo que sea que nos une, lo interiorizo como un vínculo tan sólido que haría cualquier cosa que me pidieras sin el menor titubeo. Y sé que lo sabes…

       Miércoles 25 de febrero de 2015, 00:10 h:

       —Lo estás haciendo muy, muy bien. Ya casi está. Queda lo más difícil y duro, no voy a mentirte, pero también lo más importante, lo fundamental en toda esta experiencia vital única.
       —Es extraño, me están llegando nuevas  extrañas sensaciones y me cuesta un poco sentir tu compañía y ayuda. ¡No te vayas, por favor!
       —No lo haré nunca. Aunque tú lo puedas llegar a pensar en esos momentos duros y difíciles que con total seguridad te llegarán, en los que creerás estar sola sin ningún apoyo, allí también estaré abrazándote… a mi modo. Y sé que ahora tú también lo sabes…
      
       Miércoles 25 de febrero de 2015, 00:34 h:

       —Ahora debo soltarte esa mano que tenía asida de un modo figurado, vas a salir en un minuto a un nuevo mundo en el que otros brazos están esperándote al otro lado para darte la bienvenida más calurosa que te pudieras imaginar. Disfruta tu nueva vida y aprovéchala a cada segundo, es un regalo de valor incalculable, ¡créeme, mi niña!

       Miércoles 25 de febrero de 2015, 00:35 h:

       Acaba de llegar a este mundo. Acaba de nacer sana y fuerte. Y deseada. Sus padres, abuelos y demás familia y amistades lo celebran, cada uno en la medida que le corresponde, como no podría ser de otra manera. Y si la cara es el espejo del alma, podemos asegurar que en estos momentos muchos corazones ahora laten con mejor cadencia, mucho más serenos y felices.

       Ella ya los irá conociendo y queriendo a todos, también en su justa medida y a su debido tiempo, aunque ahora no tenga por qué preocuparse de ello. Bastante tiene con adaptarse a este nuevo entorno que le incomoda por el exceso de ruido y luz y en el que tantos quieren ocuparse de ella.

       Mientras, su bisabuela «Vito», con la satisfacción por el nuevo acontecimiento en el que tuvo tan privilegiada ubicación, se dispone a preparar esas «migas» que tanto gustan en el paraíso espiritual en el que mora su alma; ayer les sobró mucho pan, demasiado…

© Patxi Hinojosa Luján, vuestro hijo y tío abuelo.

(11:11 h del sábado 28 de febrero de 2015)

miércoles, 25 de febrero de 2015

Desaparecidos

       Hace unas semanas que mi vida experimentó un cambio radical, afortunadamente a mejor. Entró a formar parte de ella una personita maravillosa, mágica, embriagadora, todo un duende benefactor, mi hada particular. Con ella no hay tiempo para perder, ni tiempo que perder. Todo es positivo, todo es aprender, todo es sumar. ¿Os he dicho ya que es mágica? A nuestro alrededor flota un aura que nos envuelve a ambos y que borra de un plumazo toda la negatividad que pudiera amenazarnos. He dejado de sorprenderme ante hechos que en mi anterior vida me hubieran dejado, como mínimo, descolocado; y los acepto como lo más natural del mundo, tan natural como la seguridad de que el Sol va a venir a visitarnos en cada amanecer, como ha hecho cada día de nuestras vidas. Con ella he visto cosas que no me atrevería a contar, no me gustaría que me tildasen de chalado. He vivido experiencias que guardo para mí; bueno, para nosotros dos, total, no nos creerían…

       Pero desde hace un tiempo nos está ocurriendo un hecho especialmente inusual que a mí me tiene, no diré que preocupado, que no, aunque sí expectante por ver cómo se van desarrollando los acontecimientos. Y con curiosidad, también.

       Desde aquel día en que, quizá por la emoción de compartir mi hada y yo por vez primera nuestras imágenes en un mismo espejo, nos dimos un apasionado beso delante de él, ocurre que hay días en que, cual vampiros salidos de la imaginación de Bram Stoker, no nos vemos reflejados, ni juntos ni por separado. En ningún espejo. La  verdad es que cuando eso ocurre nos resulta muy gracioso, por ejemplo, el tener que peinarnos el uno al otro.

***

       Nuestros reflejos llevan ya trece días desaparecidos cuando mi chica me dice que tiene un pálpito, que la acompañe… Nos acabamos de colocar frente al espejo de cuerpo entero del dormitorio. ¿Son sonidos de pasos acercándose lo que proviene de él? Esperamos cogidos de la mano, un ligero apretón por su parte me indica que no me impaciente, que pronto ocurrirá algo…

***

        De repente aparecen; parece como si llegaran a la carrera, intentando colocarse adecuadamente y con disimulo en su sitio para interpretar su papel. Pero hay algo que les delata: llegan algo despeinados, algo más de lo que lo estamos nosotros, con un rubor rojizo en sus mejillas y un brillo de pasión en sus ojos. La verdad, no se puede negar que son unos magníficos reflejos…      

© Patxi Hinojosa Luján
(25/02/2015) 

sábado, 21 de febrero de 2015

Adivina quién soy…

       Me encuentro en un mundo en el que la penumbra lo domina todo, cuando no es la más completa oscuridad la que lo hace. Solo en esa válvula de escape, que se me aparece de vez en cuando en diferentes e imprevistos enclaves, puedo vislumbrar la luz, algo de luz. Pero mis días suelen ser muy cortos, ¡tan cortos…!

       Hay veces que, incluso estando en una fase de día, no consigo encontrar mi sitio; en esos momentos ya no sé ni quién soy, aunque sí que todavía no es mi turno, e intuyo que otros seres que, como yo, no deciden su destino, pueden adquirir aquí su efímero protagonismo…

       Pero, cuando le llega la vez al número de ese ticket que nunca he cogido, puedo esperar cualquier sorpresa, aunque esta no siempre se produzca. Con el temor de que se haga de noche en el momento más inesperado, ese pánico alojado en mi columna como si fuera su hábitat natural, me enfrento a la realidad, deseada aunque temida realidad, que no siempre consigo interiorizar, aunque debo aceptar una vez sí y otra también.

       Esos seres que escogen nuestros ciclos lumínicos y deciden cuándo vamos a disfrutar el día o a sufrir la noche… Esos seres que pueden olvidarse de ti durante varios largos días terrestres, sin previo aviso, si llega el caso… Esos seres… también sufren sus miserias, lo aprecio claramente cuando «el mío» y yo cruzamos las miradas esas escasas veces que «suena la flauta», aunque, extrañamente, también hay ocasiones en que esa experiencia hace que me sienta relajado y feliz, lo que ocurre  cuando lo que veo es tranquilidad y felicidad en su mirada; aún no sé el porqué de mi reacción…

***

       Se oyen ruidos cercanos, quizá pronto se nos regale otro día. De un tiempo a esta parte, siento un sudor frío en la nuca cuando esa presencia, que desde no hace tanto percibo cual fiel compañera muy cerca de mí, no tiene reparo alguno en que yo sienta su respiración y su aliento tan cerca detrás de mí…; ella, como yo, espera convertirse en protagonista, aunque sea por unos pocos minutos. Pero una cosa es cierta, el que no resulte afortunado, observará la función discretamente colocado fuera del ángulo de visión del dios del interruptor, como hacemos siempre, esperando una mejor coyuntura…

       Pero resulta que hoy es una ocasión especial, se nos ha requerido salir a escena a los dos a la vez, a esa ya no tan extraña y desconocida presencia y a mí, y… ¡nos hemos besado!, ¿estaremos enamorados…?

© Patxi Hinojosa Luján
(21/02/2015) 

sábado, 14 de febrero de 2015

El bar de Jose

       Últimamente, rara es la ocasión en que el bar Jany no nos acoge en la tradicional cena de cuadrilla del segundo viernes de cada mes. Hemos establecido hace no tanto la costumbre de que así sea, lo que ayuda a nuestras veteranas memorias a no parecerlo tanto. La verdad es que este hábito, que hemos convertido en tradición, aporta la necesaria oxigenación a nuestras relaciones de amistad que tanto se van prolongando en el tiempo, por fortuna durante varias décadas ya, de tal manera que algunas de las muchas canas que ahora nos adornan, se engañan viéndose reflejadas de un color casi olvidado en el espejo del tiempo.

       Alrededor de las dos mesas, unidas siempre para la ocasión, surgen anécdotas, chistes, vivencias, recuerdos, ¡tantos recuerdos!… También, cómo no, novedades, aunque algunas ya no sean muy agradables, todo hay que decirlo, porque las probabilidades de que los relatos que vayamos turnando se refieran a las visitas médicas han subido tanto como los dígitos de nuestros documentos de identidad. Aun así, el cariño que inunda y envuelve estas reuniones mitiga en parte la negativa sorpresa inicial y reconduce las conversaciones hacia esos temas más lúdicos y que nos apasionan, como el cine, la música, la informática, el deporte, casi siempre practicado por otros… El Athletic y la Real aparecen, como no podría ser de otra manera, pero la sangre nunca llega al río, sobre todo porque somos mayoría rojiblanca, paradójicamente en esta tierra hostil que es nuestro particular «territorio comanche», y porque es muy raro que alguien pueda presumir de algún logro más o menos reciente.

        Seguimos hablando de mujeres, claro, pero de las que nos esperan en casa. Y de coches, pero ya muy poco, solo a veces. De política casi nada, somos perros viejos y sabemos de sobra qué temas no hay que tocar para que la fiesta empiece, continúe y acabe en paz.  

       Antes, cuando nuestros oscuros cabellos aún miraban altivos las canas ajenas, las periódicas cenas se programaban más bien en función de cumpleaños y fiestas locales, y solían ser más, cómo lo diría… más improvisadas por imprevisibles, puesto que al ágape propiamente dicho le sucedía una peregrinación, más o menos prolongada según la ocasión, por las tascas de la zona. Y aquí, y que me perdone Sabina, tengo que reconocer que ahora «ya no cerramos los bares ni hacemos tantos excesos». Incluso, la solitaria copa de después en que se convirtió la despedida durante la etapa más intermedia de este río de la vida de nuestra amistad, ya no nos sabe tan bien puesto que ahora ni siquiera nos planteamos tomárnosla…

       Hoy y ahora, tengo que dejar de escribir y guardar ya los bártulos, Jose tiene que recoger todo antes de cerrar el bar. Mañana es hoy otra vez, y se ha ganado un descanso.

       El día de mañana, pasado mañana, quién sabe si podremos seguir viniendo a su bar, acabo de caer en la cuenta de que no tiene acceso para minusválidos…

© Patxi Hinojosa Luján
(14/02/2015)

martes, 10 de febrero de 2015

Condenado a vivir

       Cansado ya de todo y de todos, y dejando de mala gana su copa de champán en la bandeja que portaba uno de los camareros contratados para la ocasión, decidió escapar de una vez por todas de la soledad de su chalet unifamiliar, abarrotado para la festiva ocasión de gentes con glamour pero sin alma, con cerebro pero sin corazón. Se sentía solo, estaba solo... Porque no hay persona más sola que aquella que está rodeada de seres superficiales. Y no hay seres tan superficiales como aquellos que pueden llegar a una teatral depresión si no les llega a tiempo el caro encargo de turno de su joyería de confianza, esa que le desgasta semana sí y semana también su tarjeta Visa Platinum, engordada con fondos conseguidos con poco esfuerzo y menos decoro y decencia.

       Había tomado una difícil decisión, y tenía pensado camuflarla en el ámbito de una sesión de puentismo en la que él mismo sabotearía el salto en el momento decisivo. Cuando le tocó el turno, durante los preparativos y mientras le daba las últimas instrucciones y le ajustaba los aparejos, el monitor observó, intrigado, cómo un brillo especial que no identificó como conocido le retaba desde unos verdosos y vidriosos ojos. Estaba ya colocado de pie en la baranda cuando ambos sintieron al unísono un estremecimiento y un sudor frío les recorrió la columna de arriba abajo.

       Pero desistió de soltarse los arneses en el último instante como tenía previsto. El tren de la osadía, que no suele visitarnos a menudo, esta vez pasó de largo, eso sí, rozándolo, sin que él pudiera asirse a su último estribo, y lo perdió, quizá para siempre. Algún ser todopoderoso acababa de dictar sentencia: no tenía derecho a quitarse la vida, por lo que empezó a mentalizarse de que tendría que hacer frente a la miseria en que se había convertido su maldita existencia sin ayudas, solo…

       Sin la ayuda de la muerte, sin el comodín del suicidio.

       Caminó, cabizbajo al principio, orgulloso después, en dirección a su casa. El subidón de adrenalina le había regalado una sensación muy placentera y pareciera que iba levitando. Cuando llegó la encontró vacía, y por primera vez en mucho tiempo no se encontró solo. Ahora le acompañaba el pensamiento de un propósito a cumplir: convertir su existencia en una Vida con mayúsculas.

       Al día siguiente, la plantilla al completo de una empresa de la localidad no terminaba de creerse lo que acababa de oír. Se miraban unos a otros intentando encontrarle sentido al comunicado de su jefe. En resumen, este les había subido el sueldo a todos un treinta y tres por ciento desde ese mismo instante, y les concedía cinco días más de vacaciones por año…

       — ¡Venga, ahora todos a trabajar! —les solicitó a todos que, gratísimamente sorprendidos, obedecieron al instante.  

       Al retirarse, y cuando ya no era visible para sus empleados, sus verdosos ojos regaron sus mejillas con una salada y largamente ausente lluvia de satisfacción.

       Sonó su móvil:

       —Recuerda que el sábado por la mañana tienes cita para un salto —le recordó su interlocutor, que ya no tenía olvidado el sudor frío que había sentido no hacía tantas horas.

       —Descuida, allí estaré…

«Sin la ayuda de la muerte, sin el comodín del suicidio».

       Se alegró de no haber tenido a mano los horarios de «los trenes de la vida»…

© Patxi Hinojosa Luján

(10/02/2015)

sábado, 7 de febrero de 2015

¡Estos mayores son tan raros!

       Aquella tarde, mientras regresaba a pie del colegio, Efrén iba dibujando mentalmente su espectacular casa de tres plantas. Armando y Bárbara, sus padres, habían comprado hacía un par de años una mansión enorme justo al final de la calle principal del pueblo. Seguramente lo habrían hecho para destacar de los demás, pero sin estar muy alejados del centro. En la planta baja se ubicaban el enorme salón-comedor, la cocina y un par de baños completos. En el primer piso, las habitaciones del matrimonio, la suya propia, amén de otro par de ellas sin adjudicar, y un cuarto algo más pequeño que servía de oficina para su padre. Y, por último, en el coqueto segundo nivel, abuhardillado, la habitación de Diana, su hermana mayor, y una habitación para dejar los trastos. Además, todas las habitaciones disponían de baño propio. Efrén pensó que les sobraba demasiado espacio, y encima para mantener limpio todo aquello su familia tenía que contratar a una persona dos o tres veces por semana; su inocente cerebro de ocho años no lo acababa de entender, por lo que murmuró:

       — ¡Estos mayores son tan raros!

       Era viernes por la tarde. Hacía más de una hora que Efrén estaba en casa y por fin podía disfrutar del tan ansiado fin de semana al haber terminado ya los deberes que la «seño» le había puesto a su clase. Pero ahora se aburría. No le apetecía jugar con la consola, tenía un leve aunque molesto dolor de cabeza. Empezó a buscar algo con lo que distraerse, o a alguien dispuesto a compartir su tiempo jugando con él… a lo que fuera. Pero ni una cosa ni la otra, parecía que el mundo le tenía olvidado en esos momentos. Pensó que su madre le habría dejado solo por unos instantes mientras iba a comprar algo al supermercado de su misma calle, aunque sabía que no tardaría. Su padre no había llegado aún del trabajo, como era viernes tendría que dejar cerrados todos los temas importantes para así estar tranquilo hasta el lunes. Y de su hermana, pues no tenía ni idea de dónde podría estar, poco o nada sabía de su vida, salvo que tenía un novio que se llamaba Cristóbal.

       Entonces, creyó oír un ruido que provenía de las plantas superiores. En todo caso un ruido muy pequeño, pero como no tenía otra cosa que hacer, ingenuo, decidió ir a curiosear. Subió un piso y confirmó, al oírlo ahora con más volumen, que provenía de la buhardilla. Y subió a ver. Estaba claro, ese ruido, que ahora identificaba como lamentos y susurros, salía de la habitación de Diana. Giró la manilla de la puerta y, como estaba abierta, entró. Su hermana dio un grito que retumbó en toda la casa e inmediatamente después procedió a ponerse bien la blusa y la falda. Al saltar de su cama dirigiéndose enfurecida hacia su hermano, este vio con asombro cómo en el espacio que ella había dejado libre ahora se encontraba Cristóbal, su novio, con la cara totalmente roja, intentando colocarse la ropa para ocultar sus partes desnudas. Mientras Efrén corría escaleras abajo, perseguido por Diana, exclamó:

       — ¡Estos mayores son tan raros!

       Tres meses más tarde, los padres de Diana invitaron a cenar a Cristóbal. Parecía que la ocasión era especial porque pusieron la mantelería, vajilla y cubertería de las grandes ocasiones, pero nadie sacaba ninguna conversación a escena y todos estaban serios, salvo Efrén que, como siempre, estaba a lo suyo jugando a veces con los cubiertos y con la comida. Todo se desarrollaba en un clima de tensa normalidad hasta que, aprovechando que los anfitriones se acercaron a la cocina para traer un nuevo plato, el pequeño de la casa se atrevió a interrogar al novio de Diana:

       —Oye Cristóbal, ¿tú trabajas en un circo? —preguntó de sopetón Efrén.

       —No, ¿por qué lo preguntas? —respondió sorprendido aquel.

       —Porque mi papá dice siempre que eres un payaso —soltó, inocente, Efrén.

       Diana, avergonzada como nunca, no sabía qué decir ni a dónde mirar. Cristóbal, pasados el rubor y la sorpresa iniciales, esbozó una pícara sonrisa apenas visible, que mantuvo incluso cuando Armando y Bárbara regresaron a la mesa con el segundo plato presto para servirse, y que no abandonó hasta que el recatado beso que, a modo de despedida, le regaló Diana al saberse observada, puso fin a la velada.

       Dos meses después, tornándose los papeles, Diana, con un precioso vestido de novia de color blanco diamante, esperaba la llegada de su novio mitigando la impaciencia del sacerdote ofreciéndole una absurda conversación. Cuando por fin apareció Cristóbal por la puerta, un murmullo invadió todo el espacio de la iglesia, y no cesó ni cuando aquel llegó a la altura de la novia, que estupefacta, lanzó un bufido de disconformidad.

       El sacerdote hizo un gesto a los asistentes a la ceremonia para que cesara el runrún, lo que ocurrió al instante. Efrén, desde su privilegiada posición en primera fila, no paraba de alternar la mirada entre el abultado vientre de su hermana y el traje de novio de su prometido por lo que, intrigado y confundido, gritó en la ahora ya silenciosa iglesia:

       — ¡Estos mayores son tan raros!

       Mientras, Cristóbal acarició el gran botón de su colorido traje de payaso y se ajustó la peluca multicolor y la roja nariz de goma…

© Patxi Hinojosa Luján
(06/02/2015)

lunes, 2 de febrero de 2015

«El Niño»

       Casi todo el mundo te conocía por ese apodo en tu pueblo natal. Mucha gente también en el que te acogió por tantos años y que al final fue el que vio como abandonabas este mundo, en silencio, paradójicamente después de haber hecho tanto ruido… Todos esos paisanos que hasta él te acompañaron para, como tú, ganarse el pan y algo de dignidad, se encargaban de no hacértelo olvidar. Curioso alias, «el Niño», al que nunca dejaste de honrar, a tu manera…

       No tuviste la suerte de ir mucho tiempo al colegio, aunque la escuela de la Vida estuvo al quite y te amadrinó a temprana edad. Y puedo dar fe de que muchos estudiados no te llegaban ni a la altura del betún en cuanto a humanidad, clase, educación y saber estar. Eso sí, no te emociones demasiado, no todo lo que vas a leerme serán parabienes…

       Pero, a lo que iba, el hecho de que dominaras la lectura hizo que devoraras cuantos libros y revistas se cruzaran delante de ti, siempre que fueran de historia, política, ciencia, deportes o actualidad, ¡claro! Cómo olvidar todos esos dichos y ocurrentes frases que bien pudieran haber salido del ingenio de un Einstein, un Chaplin o un Marx (Karl y Groucho, los dos en este caso), pero que solo a ti te pertenecieron. Las recordamos más a menudo de lo que hubiéramos supuesto, con nostalgia, con agradecimiento, con cariño, y sin rencor…

        El problema era que no solo tenías ese afán devorador. Más de una botella, y no de agua precisamente, quedó temblando después de tu paso por sus inmediaciones durante todos esos años que transcurrieron desde la temprana edad a la que empezaste a trabajar de ebanista (excelente ebanista) hasta el momento en que tu cuerpo no pudo más, que fue cuando tu mente no quiso más.

       Alguna de las muchas noches en que el reloj te delataba al indicarnos que, una vez más, llegarías tarde a casa, y entre angustias, nervios y, por qué no decirlo, miedo también, nos preguntábamos si, cuando lo hicieras, contarías chistes de Cantinflas o gritarías indiscriminadamente, con o sin amenazas, al final nos sorprendías llegando sobrio, conversador y cariñoso, poniendo no sé qué excusas por tu tardanza y haciendo que la tranquilidad volviera a reinar, eso sí, por una cantidad de horas indeterminada.

       Algún tiempo después, fui consciente de que tus participaciones en las pegadas clandestinas de carteles del hoy moribundo PCE nos libró de alguna que otra borrachera con sus devastadoras consecuencias para ti y para todos nosotros. Ese señor bajito y con bigote, que te dejó huérfano con solo cuatro años, te hizo militar bajo aquellas siglas hasta el final, camarada.

       Y hoy y ahora me surge una duda. Ignoro si allá donde estés, tu espíritu habrá coincidido con el de Ella. Espero y deseo que así haya sido. Entiendo que los espíritus carecen de orgullo, por lo que me reconforta pensar que ya le habrás pedido perdón, y Ella te habrá perdonado. Nosotros estamos en ello…

       PD: ¡Ah!, se me olvidaba... ¡muchas gracias por el escudo gorri ta zuria  que esculpiste en mi corazón hace más de cincuenta años!

© Patxi Hinojosa Luján
(02/02/2015)

jueves, 29 de enero de 2015

Quejas

       Para los hombres de su familia, era como una tradición ya establecida el quejarse de todo, o de casi todo; y por todo o por casi todo. Jesús, cabeza de la misma, cumplía este rol a la perfección. E incluso José, su hijo mayor y único varón. Pero el que se llevaba la palma era Juan, abuelo de José y padre de Jesús. En verdad parecía que los tres estaban siempre en continua competición por ver quién podía quejarse más en cada situación, aunque al final padre e hijo, una vez sí y otra también, rindiéndose, acababan dejando por imposible al abuelo, que seguía y seguía quejándose, con pocos argumentos ya, y menos energía.

       Por quejarse, a veces lo hacían hasta con razón, como cuando de la peseta pasamos al euro y los tres coincidieron, quejándose amargamente, en que nos habían «engañado como a chinos» al subir casi todo un sesenta y seis por ciento, sobre todo aquello que de un día para otro pasó de cien pesetas a costar un euro…

       Por su parte, las chicas de la casa, a sabiendas de que todo esto era algo que no podrían cambiar nunca, se resignaban a su suerte e intentaban, dentro de lo posible, no participar en sus quejumbrosas conversaciones, organizando planes alternativos, llegado el caso. Se habían convertido en unas verdaderas expertas en el arte de la improvisación, y esta llevaba trazas de convertirse en legado genético para las futuras féminas de la familia, tal y como ya lo era la obstinación por quejarse indiscriminadamente en el caso de los varones.

       A Juan podríamos definirlo como un entrañable anciano, cuando no estaba quejándose, ¡claro!, aunque cualquier observador puntual lo definiría más bien como un cascarrabias, cascarrabias que en una semana cumpliría los ochenta y cinco años. Pero esto le importaba más bien poco a nuestro venerable abuelo. Bastante tenía él con ocuparse de sus cosas cuando no se estaba quejando de algo o de alguien… Y una de sus cosas era ni más ni menos su casi enfermiza afición a la filatelia. Y eso que él no era un filatélico al uso. Únicamente se interesaba, estudiaba y coleccionaba aquellas hojas de sellos que, durante su tirada y producción, hubieran salido con algún defecto, lo que normalmente aumentaba considerablemente su valor. Su generosa pensión le permitía tales desembolsos, y además no se le conocían mayores vicios.

       Recientemente, y gracias a la todopoderosa red de redes, había sabido de la aparición de dos folios de sellos defectuosos, dentro de la serie de los editados en homenaje a los Paradores de Turismo, uno para España por valor de 0,42 € por unidad, y el otro para Europa por valor de 0,90 € por cada sello, después de las programadas subidas para principios del recién comenzado año 2015. Ambos folios estaban compuestos por 25 unidades, pero su valor de mercado era muy superior a los 10,50 y 22,50 € teóricos; se sospechaba que fuera más de cincuenta veces superior... También supo que, por aquello de las influencias y contactos, los dos obraban en poder de una única persona, que únicamente pretendía sacar beneficio económico con ellos, especulando sin rubor alguno, por lo que ya estaban colocados en una subasta online que acababa de comenzar hacía un par de días. El defecto era lo de menos, concretamente en estos dos casos los sellos carecían de las pertinentes perforaciones laterales a su alrededor, las que permiten una fácil separación de cada uno del resto. Lo importante para él era que, como piezas únicas, pasaran a formar parte de su amada colección, de la que sentía un especial orgullo, y que enseñaba a todo incauto que, cual presa desprevenida, se ponía a tiro.

       Pero esta vez algo andaba mal para él en la subasta, no era como en anteriores ocasiones en las que no llegaba a aparecer nunca nadie tan loco como él en ese alpinismo económico. Cada vez que su puja volvía a situarse en lo más alto, inmediatamente después aparecía alguien que, aunque por muy poco, le superaba. Y así siempre durante los últimos días. Todo esto empezaba a desconcertarle y, lo que era peor, a cabrearle enormemente. Se pasaba el día quejándose de ello, y sus familiares, creyendo que era una más de sus habituales quejas, lo soportaban estoicamente… Y cuando llegó el momento del cierre de la puja, comprobó con estupor cómo, esta vez, se había quedado sin su objetivo. Y una queja prolongada, la mayor en tiempos, empezó y no se interrumpió ni siquiera cuando, una semana después, sonó el timbre del telefonillo del portero automático…

       — ¡El cartero! El señor… Juan Gastón, ¿está en casa? Traigo un sobre certificado para él.   

       —Sí, está en casa.

       — ¿Pueden abrirme, por favor, para que suba a entregárselo?

       —Ahora mismo… ¿ya está?

       — ¡Sí, gracias, enseguida estoy ahí!

       Ya en el descansillo de la escalera, frente a la entreabierta puerta de la familia Gastón…

       —Si es tan amable de firmar aquí… —le solicitó el cartero a Juan.

       — ¿Dónde, en este recuadro?

       —Sí, exactamente ahí —contestó el servicial funcionario de Correos, y le entregó el sobre.

       Un  instante después, quejándose de la inoportuna y brusca interrupción de su «siesta del burro» por parte de ese cartero, y mientras se dirigía por el pasillo hacia su habitación y su rostro ya no era visible para los demás, sin dejar de asir fuertemente su sobre, una desconocida y gran sonrisa adornó su cara y no le abandonó después de comprobar qué era lo que le habían entregado y que justo un momento antes había intuido como una premonición.

***

       Una y dos habitaciones más allá, Jesús y José se quejaban también, en este caso por un mismo motivo: no podrían acudir a presenciar los partidos de su equipo del alma, por lo menos durante tres meses, al haber sufrido sus respectivas cuentas corrientes una merma considerable en su saldo de un día para otro, y sin que las féminas de la casa tuvieran el menor conocimiento de ello, de momento…

© Patxi Hinojosa Luján

(29/01/2015)

viernes, 23 de enero de 2015

Por volverte a ver…

       
       
       Escondiéndome en mi cobardía, logré por fin reunir el valor suficiente.

       Suficiente fue, respondiendo a esa llamada tantas veces anhelada y nunca recibida, para volver a mi edén, a nuestro hogar.

       Hogar que fue testigo mudo de mi ascensión al cielo y mi caída a los infiernos.

       Infiernos a los que, gracias a mi debilidad, conseguí que no me acompañaras tú.

       Tú, seductora y encantadora musa nuestra y mía, antes, después… siempre.

       Siempre amada; y a pesar del olvido por la distancia, ¿siempre amante?

       Amante imaginada mil veces, y mil y una como despechada aparecida.

       Aparecida en mis sueños ayer, hoy y mañana, siempre actriz principal.

       Principal causa de mi resurgir, cual ave Fénix, fue un triste recuerdo.

       Recuerdo que me impulsó a recordar que, al final, todo acaba bien, y si no acaba bien, es que no es el final.

       Final soñado: nos vi juntos en el portarretratos de ese pasado común cuando, como un furtivo cualquiera, me atreví a otear a través de tu ventana, escondiéndome.

© Patxi Hinojosa Luján

(23/01/2015)

miércoles, 21 de enero de 2015

Búsqueda

       Ya no sentía su presencia, creyó que le había abandonado. No estaba seguro de dónde podría encontrarla, por lo que, autocompadeciéndose, salió en su búsqueda sin rumbo ni destino fijo. Miró en parques, ríos y playas. En bosques, mares y herbosos y arbolados caminos. También, sin esperanza alguna, en plazas, estaciones y avenidas. Pero todo en vano, no encontró ni rastro.

       Tan cansado como decepcionado, cabizbajo, emprendió regreso a su hogar. Ahora también le embargaba la culpabilidad. Se avergonzaba de su fracaso, sí, aunque le podía más la culpa. Culpa por sentir esa sensación de vacío…

***
       Y entonces su búsqueda finalizó. Cuando abrió la puerta de entrada, un «loco bajito» con sus genes se abalanzó sobre él, — ¡papá!, gritó al saltar para asirse a su cuello— mientras su pareja, orgullosa de ambos, y desde prudente distancia, les soplaba un beso lleno de ternura que se materializaba apoyándose en las partículas del aire que les suministraba oxígeno a los tres. Empezó a sonar su canción…

***
       … culpa por no ser capaz de interiorizar, a cada instante, ese superávit que, desde hacía años, se ocultaba en su mochila durante su peregrinar por el Camino...

© Patxi Hinojosa Luján
(21/01/2015) 

domingo, 18 de enero de 2015

La libertad de los jueves

       La joven, que no llegaría a los veinte años, me tranquilizó al instante desde su ubicación, observándome ya en erguida posición; mirando hacia abajo dirigiéndose al espacio en que descansaba mi rígido cuerpo, y mediante un expresivo gesto con sus manos, me hizo ver que no había motivos para mi incomodidad moral; a la física no se refirió, obviamente no era consciente de ella. En definitiva, que me transmitió que allí no había pasado nada, a pesar de que yo había caído estrepitosamente sobre ella en uno de los primeros ejercicios, cuando no pude llevar mis rodillas a la altura de mis orejas después de haber estado un par de segundos con las piernas apuntando hacia el oscuro techo…

       En estos ambientes que persiguen la armonía plena, cualquier incidencia ajena a la clase, por pequeña que sea, o cualquier ruido extraño, pueden ser suficientes para romper el tan ansiado equilibrio físico, mental y espiritual, y es por ello que el maestro yogui nos solicitó a todos que volviéramos a esa posición imposible para mí, al menos de momento, por lo que me limité a observar al resto del grupo, no sin un cierto punto de envidia…

       Aquella era mi primera clase, y a partir de ese momento hice lo que pude, de veras que lo intenté, pero mi ligero sobrepeso y mi condición de novato en estas artes solo me permitieron conseguir algunas estrafalarias posturas desde las que observaba las de mis compañeros, que sí se acercaban, y mucho, a aquellas que se nos demandaba en cada momento. Seguro que yo también podría llegar a un nivel semejante a los suyos en un futuro —pensé—, total, solo sería necesario que perdiera peso y que acudiera puntualmente a todas las clases, digamos… unos cuántos años… Sonreí discretamente al comprobar que todavía era capaz de reírme de mí mismo y mis pulsaciones empezaron poco a poco a bajar de frecuencia, relajándome en muy breve espacio de tiempo.

       Aquella fue mi primera clase, sí, y a pesar de que ya no intenté más las posturas que sabía de antemano no podría llegar a conseguir, me resultó muy positiva porque me fui empapando de su espíritu, a la vez que observaba y memorizaba figuras, movimientos, silencios, respiraciones… Cuando el maestro yogui la dio por finalizada y nos invitó a hacer lo mismo al tiempo que nos recordaba el día y horario de la siguiente cita, y sin salir de la penumbra que nos otorgaba una única vela situada en el centro de la estancia, procedimos a abandonarla con discreción. Creí reconocer la figura de la primera persona que lo hizo, al ser la que estaba más cerca de la puerta de salida, cuando ya desaparecía por ella; su media melena pelirroja brilló un instante con los últimos rayos de sol que le estaban esperando en el exterior, pero yo apenas le presté atención puesto que tenía mi mente ocupada en otros menesteres.

       Al llegar a casa, mi mujer me informó de que cenaríamos solos. Los chicos tenían planes para esa noche y llegarían tarde, por lo que llegado el momento preparamos la mesa para nosotros dos únicamente y nos dispusimos a dar buena cuenta de los platos que ambos teníamos preparados para esa tarde-noche. Cuando ya me disponía a servirme el segundo, y mi mujer me preguntó extrañada que por qué no repetía del primero, como hacía siempre, le respondí que a partir de ese día iba a intentar tener un poco más de cuidado con lo que comía, en cuanto a cantidad, para empezar a despojarme de parte de lo que le sobraba a mi figura. Le debió parecer una decisión muy lógica y acertada, porque no me preguntó el motivo…

       Unos minutos después, terminada la cena, mi mujer oyó, con asombro, cómo del cuarto de baño provenían unas sonoras carcajadas. En ese momento ella no sabía que yo, mientras me cepillaba los dientes, me acababa de encontrar un pelo en el lavabo, un rojizo pelo que, no sé por qué, me guardé como un tesoro…

***

       Y este no es peor momento que otros para reconocer que, de un tiempo a esta parte, la rutina instalada con el permiso de los años pasados en convivencia, ha hecho que ya no nos esforcemos en compartirlo todo. Bueno, por fortuna sí lo importante, pero no determinados aspectos calificados erróneamente como menores, como por ejemplo alguna de nuestras aficiones personales que nos proporcionan placer a cada uno por separado, pero que los dos consideramos que no le interesarían al otro. En un acuerdo tácito, ambos escogimos el jueves por la tarde, por diferentes motivos, para ese momento de libertad:

       En mi caso, con la partida de mus junto a los colegas que la semana anterior se tuvo que suspender, hasta nueva orden, por la ausencia durante un tiempo indefinido de uno de sus participantes…

       Ella, con su nunca mencionada en casa clase de yoga.

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       Y a mí, para aprovechar ese espacio de tiempo que quedaba desocupado, no se me ocurrió mejor idea que apuntarme a mitad de curso a unas clases que la tenían a ella por alumna sin yo saberlo, y encima llegar tarde mi primer día, cuando ya todos estaban ubicados en su sitio, envueltos por la penumbra que proporcionaba aquella única vela…

© Patxi Hinojosa Luján
(18/01/2015)