jueves, 28 de abril de 2016

Tristeza perenne


Sentada en torno a una mesa, una familia se dispone a compartir unos platos y, sobre todo, a disfrutar de la compañía de sus allegados, que lo valoran como un regalo divino. Celebran que pueden celebrarlo. En los últimos tiempos han tenido pocas ocasiones de festejar algo tan importante. En el jardín donde está ubicada aquélla se respira una atmósfera tranquila, sosegada, que coquetea con el silencio… y con la tristeza.
La pareja de más edad, padres de uno de los comensales, intenta esconder sus miradas acuosas cada vez que la dirigen a alguien y la imagen es emborronada por cataratas, de los dos tipos, de tanto penar. Unas finas agujas —aunque éstas, producto de la angustia, sin veneno adicional— invaden, en equivocada acupuntura, sus cansados corazones que laten despacio, bajito, para así no importunarlas y que no se claven más… profundo. Esto hace que incluso suspirar se convierta en una peligrosa maniobra, a pesar de lo necesario que les sería. En todo caso, han aprendido a soportarlo, aunque no sean capaces de simultanearlo con ni siquiera esbozos de sonrisa.
Con frecuencia fijan su atención en él, casi siempre de reojo. Se refugian en el recuerdo de cuando aún no había descendido a los infiernos, pero también en el deseo de que pueda al fin salir de él limpio para siempre… su hijo, su querido hijo. Saben que si lo consigue, si lo consiguen, no será sin pagar un alto precio, a añadir a lo mucho que llevan gastado hasta el momento en el plano emocional, salido de ese fondo que tanto les cuesta aprovisionar.
Él aparenta normalidad, pero su expresión ya ha perdido para siempre el resplandor que poseía cuando, siendo un joven y prometedor músico, quiso comerse el mundo y fue el mundo el que se lo merendó a él junto a casi todas sus ilusiones.
Sus padres saben que estos momentos son prestados, más bien un regalo de no saben quién, y se empapan de ellos hasta embriagarse de una efímera felicidad mientras tararean para sus adentros la nueva canción de su hijo, que una vez más temen que pudiera ser la última…
***
El espectador furtivo que observa y analiza tan emotiva reunión familiar y que ha escrito estas líneas que acabo de haceros llegar, decide que ya es momento de abandonar el espionaje…
—Tienes pañuelos de papel en la guantera —se dice a sí mismo cuando, caminando hacia el coche, se frota los ojos intentando recuperar algo de claridad en su visión.
Él también conoce la nueva canción de nuestro protagonista, como tantos otros. Mientras conduce, la canta a pleno pulmón, nadie podrá oír un posible gallo. Él si puede sonreír, y no lo evita…

© Patxi Hinojosa Luján
(28/04/2016)

lunes, 25 de abril de 2016

A por la otra mitad


(Soneto fecho «casi» al itálico modo y dedicado a mi «parecida» Marian en su cincuenta cumpleaños)

Es mi hermana y su corazón resuena
Latiendo con ritmos de abecedario
A los AC/DC oye a diario
Madre con su cara de niña buena

Apenas aparenta la treintena
Y acaba de llegar a los cincuenta
Por ahí se declara, se comenta
Que este tema en absoluto le apena

Amable, luchadora, cariñosa
Harto frecuenta sus reinos de humildad
Labor que no le resulta gravosa

Todos, sí, valoran tanto su amistad
Que nuestra querida Marian, dichosa
Decidida encara ya su otra mitad

© Patxi Hinojosa Luján
 (25/04/2016)

domingo, 24 de abril de 2016

De par en par


Tiempo atrás, al cerrar la ventana de la vida por enésima vez, se me hizo de día; ahora sé que aquella luz no era todo lo natural que yo hubiera esperado.
Tarde me di cuenta de que nunca habías estado, porque nunca habías dejado de querer no estar. Quizá por ello, cuando en nuestra última noche la culpabilidad te despertó de madrugada y topaste con mi máxima desnudez, aferrándote a ella me regalaste una despedida de roces, caricias y sudor compartido aliñados con silencios que, a pesar de todo, guardo bajo siete llaves como recuerdo de lo que no fue.
Al final también me abandonó tu presencia corpórea, cuando fue a reunirse con tu voluntad, y al abrir la frecuentada ventana se me hizo de noche. A partir de entonces, he aprendido a convertir en luz esa oscuridad, en alegría la tristeza, en brillo todo lo mate; las tinieblas ya no encontrarán en mi mundo más noches en las que agazaparse.
***
Desde hace pocos meses tengo unos nuevos amigos de toda la vida, y esa es ya otra historia que me llegó cuando mantenía todas las ventanas cerradas para ti; cerradas de par en par…

© Patxi Hinojosa Luján
(24/04/2016)

viernes, 8 de abril de 2016

Dudas


Aun buscando en lo más hondo de mí
No lograba discernir si huía de algo
O si, más bien, buscaba a alguien
Cuando amanecí en aquel cruce de vías.

Donde entre matutinos bostezos te recuperé
La coyuntura aproveché, la hice mía
Y en estos tiempos en que ya nadie fía
Decidido y sin dudar, mis dudas te regalé.

A partir de entonces tú ya no sabías
Si huyendo te encontrabas de alguien
O era sólo que andabas buscando algo
Algo inconfesable en mí.

© Patxi Hinojosa Luján
(08/04/2016)

miércoles, 6 de abril de 2016

Primavera otoñal


Hoy intento bucear, aunque no me sumerjo
Sino en selváticas espesuras
Cuyos soberbios gigantes nos desafían
Mientras exhiben tallos en floración
Que semejan guiños a la belleza
Provocando a los artistas del color
Y yo me quedo a vivir en ellos.

Pasado mañana, cuando me despierto
Intimo con las hojas que, suicidas
Huyen en vuelos otoñales sin motor
Dejando esqueletos desnudos
De aquéllos que antes lucieron orgullosos
Su majestuosidad
Y que tardarán en cubrirse
Unas pocas estaciones
Con trenes de paso
Hasta lograr recuperarla.

Entonces sigo mi camino
Que pierdo por momentos al estar
Aliñado con múltiples encrucijadas
Aunque siempre lo encuentro allí mismo
¡Ay, primavera!
Sí, allí mismo
Según se estornuda
A la izquierda.

© Patxi Hinojosa Luján
(06/04/2016)


jueves, 31 de marzo de 2016

El laberinto


En cada rincón del chalet reinaba el silencio. Era un silencio gélido, un silencio en estado de alerta; un silencio que engullía los lamentos con los que el estómago de la única persona presente en la estancia intentaba hacer oír su protesta. Aquélla llevaba más de veinticuatro horas sin probar bocado cuando subió hasta la segunda planta y entró en su dormitorio. Se colocó frente al espejo de pie y, con un gesto que intentó ser solemne, se arrodilló ante él en un intento de búsqueda de absolución mediante una reflexiva confesión. La luminosidad de la estancia se encontraba situada a media asta por mor de los últimos acontecimientos. Aun así podía ver con claridad la imagen que le devolvía la luna de cristal y que no era otra que un rostro roto, más que por el sufrimiento por el sentimiento de culpabilidad.
Permaneció allí unas horas, no hubiera podido cuantificarlas, aunque lo que sí tenía claro era que el día treinta y uno de marzo del año dos mil dieciséis aún acumulaba segundos cuando inició la maniobra para recuperar la posición erguida; había perdido la sensibilidad en las rodillas a pesar de que las tenía apoyadas en sendos cojines, lo que ya le auguraba de antemano una incorporación dolorosa, aunque no tanto como esa sensación de culpa que tanto le importunaba. Y lo peor de todo era que ese tiempo de incómoda reflexión no sirvió para poder justificar ni por un momento la decisión que tomó aquel día, diecisiete meses atrás, y empezaba a admitir ahora que quizá no fue ni conveniente ni acertada, aspectos éstos que ya intuyó cuando la tomó y ejecutó. Era cierto que él tenía patrimonio, pero su empresa había quebrado y sus empleados perdido sus puestos de trabajo y ese era el peso que cargaba en su mochila y que cada día que pasaba parecía hacerse mayor.
El varón, ya de pie, dio tres pasos en dirección a la ventana para después deshacer lo andado en un intento de desbloquear sus rodillas. Siguió sin gustarle lo que vio cuando volvió a mirarse en el espejo. Lo giró ciento ochenta grados sobre su eje vertical ocultando su reflejo y dejando a la vista una trabajada policromía en madera noble.
Pensó en bajar a la cocina a tomar algo fresco, tenía la garganta seca por una preocupación que pugnaba por emparentarse con la angustia. Al intentar salir de su cuarto, tarde se dio cuenta de que eligió para ello una puerta que antes no estaba allí… se encontró de súbito en un espacio irreal, miró hacia atrás como si con ello pudiera enmendar su error y lo que vio le descolocó por completo: estaba en medio de un escenario desconocido para él, un inmenso laberinto que pareciera no tener fin mirase donde mirara desde la atalaya dispuesta a tal efecto delante de él. Pero era un laberinto un tanto peculiar, estaba señalizado con multitud de flechas que indicaban sin equívoco qué pasillos se debían tomar. Podía ser una trampa pero, como no tenía más elección, decidió seguirlas y confiar en encontrar una salida lo antes posible. Bajó del altillo y empezó a caminar a la misma velocidad que sus pensamientos.
Al cabo de mil giros y otros tantos tramos rectos y curvos, se dio de bruces con una puerta. Frenó en seco, asió con fuerza la manilla, la hizo girar y empujó con decisión para abrirse paso. Entró sin cerrar. En cuanto lo hizo pareció que el laberinto no hubiera existido nunca porque detrás de él a través de la puerta sólo se veía ya un pasillo conocido con su dormitorio al fondo. Lo que vio allí dentro le tranquilizó y angustió a partes iguales: estaba de nuevo en su hogar, sí, y ahora en la estancia que hacía las veces de despacho. Pero en su escritorio el ordenador estaba encendido con un mensaje abierto a punto de ser respondido. Reparó en la fecha que indicaban tanto éste como aquél. Releyó el mensaje que se sabía casi de memoria y empezó a responder:
«Muy señores nuestros: Lamento informarles que después de estudiar y analizar con profundidad cada punto de la propuesta de fusión, he renunciado a ella por el bien de mi empresa, por el mío propio y, sobre todo, por el de sus empleados. Ya sé que este cambio les habrá cogido por sorpresa, máxime teniendo en cuenta el interés que vieron en mí en cada una de las reuniones que hemos mantenido, pero créanme si les digo que las razones que tengo para tomar esta decisión son poderosas. Les vuelvo a agradecer la deferencia que han tenido tanto conmigo como con mi empresa y les deseo toda la suerte del mundo para el futuro de su actividad comercial. Atentamente, Antoni Ferrer, presidente y gerente de Cataladena, S.C.L. En Lleida, a treinta y uno de octubre del año dos mil catorce.»
Pulsó el icono de enviar y suspiró. Supuso que recibiría en breve una irritada e indignada respuesta a su comunicación. No le importaba en absoluto. Pero en todo caso no sería antes del día dos de noviembre, era ya tan tarde que el reloj de su pantalla le indicaba que habían entrado en el día uno de noviembre, el festivo Día de Todos los Santos. Sonrió al pensar que con su acción se hubiera podido acercar, aunque fuera muy de lejos, a alguna de cualquiera de ellos.
***
En cada rincón del chalet reinaba el silencio, pero en esta ocasión desde hacía poco tiempo, y no era el silencio por triplicado del ¿día anterior? Eran ya las diez de la noche bien pasadas y no era cuestión de molestar a sus vecinos de los chalets adyacentes. Hasta hacía bien poco la música no había parado de sonar. Música sin pausa, música alegre, música de satisfacción. La satisfacción que le otorgaba el comprobar que sus empleados seguían teniendo el suficiente trabajo como para no ver peligrar sus futuros laborales.
Subió a su habitación, miró —ahora sí, orgulloso— su reflejo y se dispuso a descansar. Por hoy ya había tenido suficiente, estaba aprovechando al máximo la segunda oportunidad que le había brindado —quien fuese— con tan oportuno laberinto.

© Patxi Hinojosa Luján
(31/03/2016)

martes, 29 de marzo de 2016

Estaba yo pensando…


De su cielo bajó cuando estaba yo pensando
Que no sé qué inventarme para alentar mi mente
No acabo de verme formar parte de este mundo
En el camino puede retarme un iracundo
Si es que no me doy de bruces con algún demente
Y con pánico observo que me está perdonando…

… la vida, y a usted siempre lo están justificando
Cuando intentan explicar lo que ya nadie siente
Tal como lo pienso, piense que así lo difundo
¿Acaso sugiere que estoy siendo muy rotundo?
Crea su deidad que aquí casi cada cual miente
Y mientras yo este «Doblespejo doble» le mando

© Patxi Hinojosa Luján
(29/03/2016)

miércoles, 23 de marzo de 2016

Vacío


Despierto confundido, no sé dónde estoy. Tampoco quién me ha traído hasta aquí ni por qué. La sensación de mareo es insoportable, casi tanto como la de este gélido vacío que me envuelve cuerpo y mente. Intento incorporarme pero es imposible, una maraña de cables y tubos lo impiden. En un principio parecería que me tienen preso e inmovilizado, pero no es así. Lo descarto gracias a un doloroso giro de cabeza que hace que mil martillos golpeen sin compasión mi cráneo, y entonces lo entiendo: me tienen monitorizado, estoy en una unidad de cuidados intensivos; ¿qué me habrá pasado?
Mi visión es borrosa, pero no tanto como para no distinguir que unas personas con batas se han percatado de mi despertar y posterior gesto de inquietud. Se acercan, son tres. Por cómo se disponen alrededor de mi cama deduzco que son una doctora y dos enfermeros. Éstos se sitúan en una discreta posición y aquélla hace un gesto a sus compañeros, carraspea y se prepara para decirme algo:
—Hola, buenas noches. Procure no alterarse por lo que le voy a anunciar. Ha sufrido un accidente grave y está usted ingresado en un hospital. Tiene que intentar estar tranquilo, aquí le vamos a tratar lo mejor posible. Si todo va bien, en un par de semanas podrá regresar a su domicilio. Quizá no se acuerde de nada, es normal, no debe preocuparse, ha sufrido un fuerte trauma pero poco a poco irá recobrando la normalidad y con ella el recuerdo de lo que le ha pasado esta mañana en…
La voz de la doctora ha ido bajando de volumen poco a poco hasta hacerse inaudible. Pero yo no necesito escuchar nada más. Me es suficiente con lo que consigo apreciar en mi cama. Cierro los ojos, me agota tenerlos abiertos aunque sea sólo un momento.
Siento picor y pinchazos, y me duele mucho, aunque tendré que aguantarlo, no se puede hacer ya nada para evitarlo. Ese vacío se me hace insufrible, pero cuanto antes lo acepte mejor irá todo. Vuelvo a mirar allí donde las dos sábanas no deberían estar tan pegadas. El vacío que delata esa presencia incorpórea martillea mi mente con el recuerdo del momento en el que el mundo desapareció.
Me aborda la idea de que tarde o temprano lo aceptaré y me adaptaré a vivir sin una pierna, la que me sesgó aquel trozo de metal que voló, junto con otros cientos, destrozando todo lo que encontró a su paso, pero también a personas que no se encontraban allí. Ahora lo recuerdo… antes de perder el conocimiento, y en el silencio del terror, pude oír con claridad los profundos lamentos de quienes aún no tenían noticias de lo que acababa de ocurrir pero que lo iban a sufrir por el resto de sus días.
Sí, soy consciente de que peor suerte tuvieron otros; otros perdieron a algún ser querido, a los que en una milésima de segundo se les situó el interruptor vital en «apagado» con inhumana violencia, y para eso no encontrarán nunca consuelo…

© Patxi Hinojosa Luján
(23/03/2016)

lunes, 21 de marzo de 2016

Sin salida


La estancia estaba en penumbra; reinaba en ella un silencio inquieto, un silencio que intuía que algo vendría a perturbarlo en breve. Robert despejó su escritorio con una inusitada violencia, ayudándose del dorso de la mano izquierda, arrojando al suelo todo cuanto reposaba en su superficie; después se dejó caer en el sillón y ya acomodado en él se acercó al borde de aquél. Cerró los ojos mientras apoyaba ambos codos en la noble madera y se tapaba la cara con las manos. Se mantuvo así durante breves segundos hasta el instante en que, decidido, sacó un revólver de uno de los bolsillos de su chaqueta. Lo miró con un gesto de indiferencia, puso el cañón en su sien derecha y apretó el gatillo. La detonación alteró por un instante a un silencio que enseguida volvió a ser el de antes.
—¡Corten! —gritó con una forzada y triste sonrisa Phil, el director de la película que se estaba grabando en interiores en esos momentos.
Robert era un uno de los personajes principales, un actor que a media grabación de la que iba a ser la película que le diera el espaldarazo definitivo a su accidentada carrera, vio cómo se quedaban sin parte del presupuesto por la retirada del proyecto de uno de los principales productores que habían apostado por él y se reescribía el guion, quedándose sin la mitad de su papel y, por consiguiente, también de sus honorarios. No pudiendo soportar ambas mermas, tomó la fatal decisión al aceptar la idea de que no podría afrontar los pagos de la millonaria inversión en la que se acababa de aventurar, entre otros motivos.
—George, ya está, la escena ha quedado perfecta a la primera, no haremos más tomas —dijo Phil mientras se acercaba al actor que interpretaba a Robert. De repente, paró en seco y abrió los ojos como si quisiera que escaparan de sus órbitas— Pero eso… eso no es un revólver, ¡no es el revólver de la toma, es una pistola! ¡Dios mío, se ha disparado de verdad, se ha suicidado! ¡Que alguien llame a la policía! —la sangre de George manaba del orificio de entrada de la bala mezclándose con el fluido rojo que habían usado para dar verosimilitud a la escena.
George era un uno de los actores principales, un actor que a media grabación de la que iba a ser la película que le diera el espaldarazo definitivo a su accidentada carrera, vio cómo se quedaban sin parte del presupuesto por la retirada del proyecto de uno de los principales productores que habían apostado por él y se reescribía el guion, quedándose sin la mitad de su papel y, por consiguiente, también de sus honorarios. No pudiendo soportar ambas mermas, tomó la fatal decisión al aceptar la idea de que no podría afrontar los pagos de la millonaria inversión en la que se acababa de aventurar, entre otros motivos.

© Patxi Hinojosa Luján
(21/03/2016)

martes, 15 de marzo de 2016

Otro lugar, otro tiempo


Tan concentrados habían estado las últimas cinco horas, que el tiempo había pasado volando; en verdad, la de este día había sido una mañana muy provechosa.
El Sol, cual rubia Luna llena en un despejado cielo de un azul intenso, les observaba ya con una visión cenital cuasi perfecta, aunque a ellos lo que les inquietaba no era el fisgoneo que pudiera estar llevando a cabo sino la crueldad con que calentaba a esas horas en toda la región. No tuvieron más remedio que reaccionar y recoger los trastos para trasladarse a otro lugar y así poder protegerse de los peligrosos rayos solares que, incluso, parecieran separar las ramas del árbol bajo el cual fueron a resguardarse con escaso éxito.
—¿Crees que es prudente seguir escribiendo en estas condiciones, en esta solana? —preguntó el más alto y delgado mientras enchufaba otra vez el ordenador portátil al pequeño cargador solar.
—Pues no mucho, si te soy sincero. Pero venga, un par de párrafos más, terminamos el capítulo y nos retiramos a comer y descansar, que bien merecido lo tenemos —respondió su compañero, el más bajo y algo entrado en carnes, frotándose las manos orgulloso.
Dicho y hecho. En cuanto acabaron el capítulo, apagaron el portátil, lo desconectaron del moderno cargador alimentado con energía solar y lo pusieron a buen recaudo dentro de la bolsa de cuero que llevaba siempre uno de ellos, el más alto. Se dirigieron a la posada en la que estaban albergados y saciaron su sed y su apetito antes de regalarse una casi inevitable siesta debido al excesivo calor reinante y a la inmisericordia de la dorada estrella; ya tendrían tiempo al anochecer, en la intimidad de sus alcobas, de pasar toda la creatividad de la mañana a palabras escritas del puño y letra del más bajo, el que mejor caligrafía ostentaba, en los pergaminos más blancos que tenían reservados a tal efecto. Si querían publicar el fruto de su imaginación, no tenían otro remedio, aunque para crear seguirían utilizando en un principio aquel aparato por la facilidad que les otorgaba a la hora de realizar cambios y con la corrección de errores. También podían consultar en él, no imaginaban cómo, una ingente cantidad de libros y gramáticas, algo diferentes a la suya, eso sí.
Como en varias ocasiones anteriores, un viajero y altruista personaje se les presentó sin previo aviso y se dirigió a ellos en el mismo dialecto con el que en los últimos tiempos también se comunicaban entre ellos dos, un dialecto que pareciera que ambos estuvieran perfeccionando y que no difería mucho de su idioma materno, el que se oía de manera coloquial en su tierra y que era con el que estaban escribiendo a dos manos con verdadera ilusión y pasión, todo hay que decirlo, su novela de andanzas y aventuras.
—No tenía nada importante que hacer —explicó el forastero cuando abandonó la consistencia translúcida con la que apareció y adquirió una apariencia corpórea por completo, tras lo cual se despojó de capa y sombrero— y me he dicho: «voy a llevarle a “mis chicos” la última novedad tecnológica que he recibido, a ver qué les parece». Y aquí está —manifestó enseñándoles algo parecido a un cuadro pequeño, aunque más ligero y brillante—, se llama tablet y con ella se puede hacer lo mismo que con el portátil, pero al ocupar bastante menos espacio os será más fácil mantenerla oculta a ojos indiscretos. No hace falta que os recuerde que un fallo a este respecto puede ser letal para vosotros…
La pareja de escritores la miraron y se miraron entre sí, extrañados una vez más; eso era ya demasiado para ellos, a pesar incluso de sus privilegiadas mentes.
—Tiene el mismo tipo de conector que el aparato que ya tenéis —se apresuró a indicar el visitante—, por lo que podréis usar el mismo cargador. Cuando haya en nuestro mercado uno con más capacidad y de menor tamaño, que lo habrá en breve, no dudéis de que os traeré uno.
El visitante explicó con detalle el manejo del nuevo aparato, más que nada para que se familiarizaran con la novedad del sistema táctil y la nueva forma de operar y archivar sus trabajos. Mientras, daban buena cuenta de los embutidos y vino de la zona que subieron a la habitación desde el comedor alegando un fuerte dolor de cabeza de uno de ellos.
Antes de regresar a su mundo, el forastero se despidió con efusividad de sus dos amigos, eran ya unos cuantos años de amistad en esa relación tan, digamos atemporal, y además el vino tenía una alta graduación alcohólica. Se colocó capa y sombrero; aunque ese protocolo no fuera necesario para la vuelta, para la ida era imprescindible siempre, por si llegaba a aparecer delante de un público no deseado.
Cuando se quedaron solos el señor Panza y el señor Quijano dejaron que el silencio se adueñara de la estancia por un buen rato, siempre lo hacían después de cada visita de su amigo. Y ya llevaba unas cuantas. Y ellos aún no entendían cómo era posible…
La novela que estaban escribiendo al alimón Sancho Panza y Alonso Quijano trataba de un escritor, para el que eligieron el nombre de Miguel de Cervantes Saavedra, concentrado en sacar adelante su obra cumbre: «El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha», en la que los propios escritores se habían otorgado el papel de protagonistas, en el caso de Alonso con un nombre inventado por el propio personaje.
Aún no habían decidido qué nombre pondrían a la obra con la que pasarían a la posteridad, porque eso era algo que sí sabían debido a un descuido de su amigo visitante; conocían que su punto débil era el buen vino de La Mancha —me encanta el vino de esta tierra y esos molinos que parecen gigantes, les había dicho en más de una ocasión—, y ellos dos bien lo utilizaban en su beneficio.

© Patxi Hinojosa Luján 
(15/03/2016)

jueves, 10 de marzo de 2016

Cantando


Hoy soñé que viajaba en un tren que al punto de partida fue
Mi mochila esperaba llenar vacíos con pasados
Voy allí, sólo quiero saber, tan sólo busco remover
Cada prueba para confirmar que nos quieren pausados

No recuerdan mi error, ni ven que fracasé
Sólo quieren saber: ¿me quedaré a comer?

Siempre intento avanzar con mochilas llenas
Cuando aquel otro tren yo perdí
Estaba cantando

Y es que el Sol en su rigor se perdió blandiendo sus urgencias de invierno
Todo con lo que la Luna gozó trasnochando vigilias

Ya no encuentran mi error, no ven que fracasé
Sólo intentan saber: ¿me quedaré a dormir?

Siempre voy a avanzar con mochilas llenas
Cuando aquel triste tren yo perdí
Yo estaba cantando
El presente me ve, pero no mis penas
Cuando aquel lento tren yo perdí
Ya estaba cantando

Siempre quiero avanzar con mochilas llenas
Cuando aquel frío tren yo perdí
Bailaba cantando
Del futuro no sé, las espero buenas
Cuando aquel presto tren yo perdí
Gozaba cantando

Vivía cantando
Amaba cantando
Soñaba cantando
Lo hacía cantando

Te estaba cantando

© Patxi Hinojosa Luján
(10/03/2016)