sábado, 28 de marzo de 2015

Seguimiento

       Inspiré profundamente. Tenía la impresión de que mis pulmones se habían quedado sin una sola molécula de las que componen el aire, y necesitaba con urgencia llenarlos al máximo, como si me fuera la vida en ello. Sin duda alguna, mi cuerpo estaba pagando la ansiedad producida por el estado de estrés en el que me encontraba desde hacía ya un tiempo, que se me antojaba demasiado a estas alturas. Pero un día más, con la oscuridad de la noche como cómplice fiel y parapetado detrás de mi columna favorita de los soportales del ayuntamiento, la única con capitel románico, esperé como era ya mi costumbre a que te alejaras lo suficiente para poder seguirte a prudencial distancia sin que, una vez más, sospecharas nada. Me estaba convirtiendo en un experto y ya no dudaba de que de nuevo seguiría siendo invisible para ti, en los dos sentidos; gestos como el de encender un cigarrillo ocultando la cara entre mis manos y la generosa capucha del anorak me salían ya que ni pintados, sobre todo teniendo en cuenta mi condición de no fumador. Pero un actor tiene que meterse por completo en su papel y yo estaba dispuesto a dejarme la piel por representar a la perfección el mío, el que yo mismo me había adjudicado meses atrás, y por el que esperaba ganar el inexistente Oscar para los actores sin el correspondiente carnet de su gremio.

***

       Llegados a este punto, bueno sería aclarar que, mientras duró nuestra relación —estarás de acuerdo conmigo—, nos acompañó la felicidad y que aquella tuvo su secuencia lógica: nació cuando la chispa de la pasión nos prendió a la vez, duró mientras estuvo encendida con el esfuerzo de ambos y, muy a nuestro pesar, desapareció cuando nos alcanzó ese dardo envenenado que el Cupido del desamor lanzó, aún sigo creyendo que por error, pese a mi equivocación… Aunque de nada sirve lamentarse, la vida sigue para los dos, sobre todo para ti. No pretendo que estas palabras sirvan de excusa por mi comportamiento, no es mi intención disculparme, asumo mis actos y sus posibles consecuencias con la misma naturalidad con la que asumí nuestra ruptura.

***

       Has emprendido la marcha desde «nuestro» portal y sigues el mismo itinerario que de costumbre, el que te lleva a encontrarte con esa persona que no te conviene lo más mínimo. Tú aún no lo sabes, o no quieres saberlo, pero con mi ayuda llegarás a comprenderlo más pronto que tarde; yo solo quiero tu bienestar, tu felicidad, aunque ya nunca más vayas a compartirlos conmigo, lo tengo asumido, no tienes por qué preocuparte por ello. Pero a lo que iba, desconoces aspectos de tu nuevo acompañante que te pondrían los pelos de punta, y sé que tarde o temprano te va a hacer sufrir. Yo solo quiero estar ahí para, llegado ese momento, intentar evitarlo.

       He observado que de un tiempo a esta parte te recibe sin la efusividad de las primeras veces, tú lo llevas padeciendo en silencio varias semanas sin querer aceptarlo, tal y como hiciste conmigo, aunque esa es una historia pasada que no removeré porque ya no viene a cuento. Hoy no es una excepción e imagino muy bien un gesto de decepción en tu rostro que intentas disimular. Se ha girado antes de que llegaras a su altura y casi has tenido que correr para situarte a su altura hasta poder agarrarle del brazo y continuar paseando como si fuerais esa pareja de enamorados que, sé sincera, ya no sois… Después, casi te empuja para «invitarte» a pasar a ese tugurio de mala muerte que siempre odiaste, y no te queda otra que acompañarle. Y a mí se me está revolviendo el estómago.

       —Tranquilo —me digo—, no se atreverá a más, no traspasará esa frontera, todavía no…

       ¡Pero, qué equivocado estaba! Esta vez su maldad, unida al alcohol ingerido, le ha trastornado más que en ocasiones anteriores y desde mi discreta y privilegiada posición en el exterior he podido comprobar cómo te ha menospreciado con gestos e insultos, que hasta yo he podido oír a la perfección. No he podido evitar unas ligeras arcadas.

       Se recompone la situación y salís a la calle. Tú no quieres ir de su mano pero él te obliga. Tú te sueltas y él te empuja contra la esquina de la pared de esa calle que está tan escasamente iluminada. Caes al suelo y él te levanta con malas maneras mientras tú intentas evaluar tus daños y taponar tus heridas sangrantes; entretanto él sigue zarandeándote y menospreciándote. Ahora es cuando sé que tú ya no puedes más. Yo tampoco…

       Cuando consigues recobrar tu dignidad, aceleras el paso hasta adelantarte unos metros, benditos metros, momento que aprovecho para hundirle a ese malnacido uno de los cuchillos de cocina, ese jamonero que me tocó en el reparto de bienes de nuestra separación, en la parte superior izquierda de su espalda, en pleno corazón. Sí, por paradójico que pueda parecer, también tienen uno este tipo de individuos. ¡Hasta la empuñadura!, y allí lo dejé, cayendo al abismo de la justicia eterna, mientras yo huía en sentido contrario hasta que, creyéndome a salvo de curiosos y exhausto por la carrera, tuve que parar; en ese instante vomité la comida de una semana entre dos autos aparcados en la negrura de la noche. A pesar, o quizá por ello, creo que nunca me he sentido tan en paz conmigo mismo. Yo he puesto rumbo a mi apartamento, sin premura, contento y satisfecho, dispuesto a escribir estas palabras.

***

       He impreso dos copias de esta declaración: una para enviártela a ti, la otra a modo de «nota de suicidio». Aunque, según escribo esto último, acabo de cambiar de parecer… esta segunda la voy a quemar, sin prisas, con un último cigarrillo que voy a encender para, como los anteriores, tampoco fumármelo mientras, con la tranquilidad del deber cumplido, los espero; ellos… ya no tardarán mucho.

© Patxi Hinojosa Luján
(28/03/2015)

martes, 24 de marzo de 2015

¿Lo recordaré?


¿Recordaré decirte que lo has sido todo en mi vida,
o, para ser correcto, que has sido toda mi vida?
Toda esta vida que estamos pasando juntos, sí, pero
también la anterior a conocerte, porque aun entonces
eras la estrella que me guiaba mientras buscaba encontrarte.

Cuando esté a punto de azotarnos
el invierno más crudo de nuestras vidas,
ese que acaba cubriéndonos con el desconocido manto de la eternidad,
¿recordaré, cariño, cómo hacerte sentir, con mi penúltimo halo de vida,
lo especial que siempre fuiste para mí,
y para todo aquel que tuvo la fortuna de cruzarse en tu camino?

¿Recordaré que una vez dudé de si sería capaz de recordarlo,
o el tiempo engullirá, inexorable, todas mis dudas de hoy?

Por eso, hoy que sí lo recuerdo y que aún estoy a tiempo,
me colocaré una roja nariz de payaso, de esas de goma,
para que cuando me preguntes, extrañada por mi ocurrencia,
que si me encuentro bien, y yo te responda que ¡perfectamente!,
me acuerde de sacar mi ajada libreta, y pueda recitarte ya, por si acaso,
ya sabemos lo imprevisible que puede llegar a ser el tiempo,
 estas apresuradas palabras, que no son sino mi más profundo agradecimiento,
mi amor «apalabrado», mis sentidos garabatos...
que nacieron solo para ti, cariño, nunca para el olvido.
¿Lo recuerdas?

© Patxi Hinojosa Luján. Para Ella, para Susan.
(24/03/2015)

lunes, 23 de marzo de 2015

Equidistancia

       Resulta que hoy, no sé por qué, me ha dado por pensar en las relaciones que se dan entre algunas novias o esposas y sus suegras, esas que para todo el mundo suelen percibirse como muy mal avenidas, y en la posición en que, en consecuencia, aquellas suelen situar al novio o esposo a la par que hijo. Difícil situación, todo hay que decirlo. Muy difícil. Y me viene a la cabeza una resolutiva palabra: equidistancia. ¡Ya!, en teoría en esos casos bastaría con que él la aplicara en las diferentes facetas de la vida para tenerlas contentas a las dos pero, y aquí viene lo bueno, está comprobado que eso ¡es imposible! Aunque hubiera un aparato capaz de medirla con un rigor absoluto, siempre, repito… siempre ambas van a acabar diciendo que el afectado en cuestión está mucho más cerca de la otra que de ella misma, y esto en cualquier situación, tanto temporal como local, lo que terminará por convertir su vida conyugal en un infierno, inapropiada descripción de lo que en un principio se supone debería ser.

       Es curioso, muy curioso, el modo en el que cada uno de nosotros interiorizamos todos y cada uno de los hechos, sentimientos, vivencias, sensaciones y demás componentes de ese todo que va conformando nuestro ser en cada instante de nuestras vidas. Aquella manida frase de «… según el color del cristal…» es y seguirá siendo válida por los siglos de los siglos… Y es que el ser humano es subjetivo por Naturaleza y objetivo solo por las necesidades de apariencia, es decir, por naturaleza también.

***

       ¡Ay, amigo, la que liaste al hacer trabajar tanto a tu materia gris! ¿Que por qué digo esto?, muy sencillo, porque como dijiste no hace tanto (total, ¿qué es un siglo dentro de la historia de la humanidad?): «Todo es relativo», o algo así… No te equivocabas ni un ápice…

***

       Rizando el rizo, he imaginado cómo sería lograr situarnos en un punto equidistante entre nuestro «tesoro azul», nuestra «amada amante plateada» y la «madre esfera dorada». Tomando como referencia a esta última y considerando que los dos primeros astros estarían en continuo movimiento, aun así sería menos dificultoso ubicar ese mágico punto para un momento dado, porque en este caso solo intervendrían las leyes universales de la Física y no las arbitrarias apreciaciones humanas, tan complicadas ellas.

***

       ¡Ay, amigo, la que liaste al hacer trabajar tanto a tu materia gris! No me lo tomes a mal, querido amigo Albert, al fin y al cabo… ¡siempre hay que echarle la culpa a alguien! Eso también está dentro de nuestra naturaleza, ¿o me vas a decir que entre tantos números y palabras no lo contemplabas en tu Teoría de la Relatividad…?

       Aunque, ahora que lo pienso, me da igual, me respondas lo que me respondas yo siempre podré pensar aquello de que… ¡todo es relativo!, ¡tan relativo…!

© Patxi Hinojosa Luján

(23/03/2015)

jueves, 19 de marzo de 2015

Otro trozo de papel

      
A mí no me engañas, hermano. Tranquilo, ya sé que esa nunca ha sido tu intención, tampoco para con los demás. Pero esta mañana, tu elegante introspección disfrazada de madura literatura me ha impulsado a realizar un recorrido nostálgico, no voy a negarlo, por el blog de tus alivios emocionales, y lo he visto claro.

       A mí no me engañas, hermano. Sé de sobra que incluso si ese tremendo disgusto, al que maldigo, no hubiera llegado a vuestras vidas, ese que hace que tengas que soportar como pétrea losa una mochila tan pesada que pareciera transportar los enseres de toda una comunidad haciendo el Camino, ese emotivo homenaje también hubiera visto la luz. Es algo que está escrito en tus genes, y tú a esos les tienes fe, y mucha.

       Ayer noche me estabas poniendo al corriente de la situación, de las dos situaciones, la física de ella y la anímica tuya, y a ti se te desgarraba el alma mientras, pensando en voz alta en esa línea telefónica que unía nuestras almas con una salada lágrima común, no hablaba sino tu corazón, tu asustado corazón. Yo, al otro lado, y respetando tus momentos de desahogo y tu deseo de soledad, me iba empequeñeciendo por momentos. Es lo que tiene intentar animar a un ser querido y ser consciente de que solo te crees el noventa y nueve por ciento de lo que le dices, aunque lo hagas con todas tus fuerzas.  

       No sé si aquel primer trozo de papel existió o solo fue un ardid literario que, como buen escritor, te permitiste el lujo de utilizar con el fin de explicar mejor y potenciar esos sentimientos ya de por sí bien dibujados, claros y definidos, pero sobre todo fuertes, sinceros y asentados en ese tiempo eterno de vuestra relación. ¡Qué más da! ¿Treinta años?, ya ves que no son nada por lo rápido que han pasado. Ahora tenéis que afanaros en cumplir el contrato que indicaba aquello de «… prorrogable a otros treinta si ambas partes están de acuerdo», porque fue así, yo estaba allí y lo oí; y ayer un pajarito me confirmó que sí, que los interesados lo están…

       A mí no me engañas, hermano. Esta vez tu particular trozo de papel ha sido más virtual que otra cosa. Y ahora, permíteme que sea yo el que utilice una imagen literaria para confesarte que te he imaginado muy bien mientras leías en tu corazón a la par que utilizabas como improvisada pluma una de tus propias arterias alimentándola con la tinta roja de tu sangre y así lograr reflejar tan bellos sentimientos. Esta vez, hermano, lo tenías tres años más fácil…

***

       Pero por si acaso, hoy y ahora voy a pedirte un favor: vuelve a mirar en el bolsillo de aquel viejo abrigo de paño negro, esta vez en el izquierdo…


Por referencias:




       PD: Oscar, adivina qué álbum he estado escuchando, y en qué formato, mientras intentaba unir estas torpes palabras…

© Patxi Hinojosa Luján – Para Lou y Oscar, para Oscar y Lou

(19/03/2015)

sábado, 28 de febrero de 2015

Diálogo entrañable

      

       Martes 24 de febrero de 2015, 16:00 h:

       —Hola… ¿quién eres, qué haces aquí?
       —Tranquila, lo comprenderás todo a su debido tiempo, no seas impaciente querida mía.
       —Tengo la impresión de que, de la misma manera que ahora te siento, antes te presentía.
       — ¡Claro, mi niña! Eso es porque nunca has estado sola. No hemos dejado que en ningún momento estuvieras sin amparo. Ni yo ni otros que, de igual modo, te quieren tanto como para entregarte su amor incondicional.
       —Y, ¿por qué no están ahora aquí conmigo, con nosotros?
       —Porque ahora es «mi» momento a tu lado, unos instantes muy especiales, ya lo verás. Pero no te preocupes, más adelante nos iremos turnando y recibirás el calor y protección de todos y cada uno de ellos en diferentes momentos de tu tiempo. También el de otros seres, aunque con una diferente expresión de cariño que, en todo caso, irradia el mismo tipo de energía positiva. Lo comprobarás y me darás la razón, incluso sin ser consciente de ello…  

       Martes 24 de febrero de 2015, 23:00 h:

       —Sabes que tienes que ir preparándote, ¿verdad? No es necesario que te aceleres, aunque sí es preciso que ahora ya no pares hasta el final. Pero no tengas miedo, yo estaré contigo hasta entonces, lo notarás y te será menos traumático, confía en mí.
       —Sea lo que sea que nos une, lo interiorizo como un vínculo tan sólido que haría cualquier cosa que me pidieras sin el menor titubeo. Y sé que lo sabes…

       Miércoles 25 de febrero de 2015, 00:10 h:

       —Lo estás haciendo muy, muy bien. Ya casi está. Queda lo más difícil y duro, no voy a mentirte, pero también lo más importante, lo fundamental en toda esta experiencia vital única.
       —Es extraño, me están llegando nuevas  extrañas sensaciones y me cuesta un poco sentir tu compañía y ayuda. ¡No te vayas, por favor!
       —No lo haré nunca. Aunque tú lo puedas llegar a pensar en esos momentos duros y difíciles que con total seguridad te llegarán, en los que creerás estar sola sin ningún apoyo, allí también estaré abrazándote… a mi modo. Y sé que ahora tú también lo sabes…
      
       Miércoles 25 de febrero de 2015, 00:34 h:

       —Ahora debo soltarte esa mano que tenía asida de un modo figurado, vas a salir en un minuto a un nuevo mundo en el que otros brazos están esperándote al otro lado para darte la bienvenida más calurosa que te pudieras imaginar. Disfruta tu nueva vida y aprovéchala a cada segundo, es un regalo de valor incalculable, ¡créeme, mi niña!

       Miércoles 25 de febrero de 2015, 00:35 h:

       Acaba de llegar a este mundo. Acaba de nacer sana y fuerte. Y deseada. Sus padres, abuelos y demás familia y amistades lo celebran, cada uno en la medida que le corresponde, como no podría ser de otra manera. Y si la cara es el espejo del alma, podemos asegurar que en estos momentos muchos corazones ahora laten con mejor cadencia, mucho más serenos y felices.

       Ella ya los irá conociendo y queriendo a todos, también en su justa medida y a su debido tiempo, aunque ahora no tenga por qué preocuparse de ello. Bastante tiene con adaptarse a este nuevo entorno que le incomoda por el exceso de ruido y luz y en el que tantos quieren ocuparse de ella.

       Mientras, su bisabuela «Vito», con la satisfacción por el nuevo acontecimiento en el que tuvo tan privilegiada ubicación, se dispone a preparar esas «migas» que tanto gustan en el paraíso espiritual en el que mora su alma; ayer les sobró mucho pan, demasiado…

© Patxi Hinojosa Luján, vuestro hijo y tío abuelo.

(11:11 h del sábado 28 de febrero de 2015)

miércoles, 25 de febrero de 2015

Desaparecidos

       Hace unas semanas que mi vida experimentó un cambio radical, afortunadamente a mejor. Entró a formar parte de ella una personita maravillosa, mágica, embriagadora, todo un duende benefactor, mi hada particular. Con ella no hay tiempo para perder, ni tiempo que perder. Todo es positivo, todo es aprender, todo es sumar. ¿Os he dicho ya que es mágica? A nuestro alrededor flota un aura que nos envuelve a ambos y que borra de un plumazo toda la negatividad que pudiera amenazarnos. He dejado de sorprenderme ante hechos que en mi anterior vida me hubieran dejado, como mínimo, descolocado; y los acepto como lo más natural del mundo, tan natural como la seguridad de que el Sol va a venir a visitarnos en cada amanecer, como ha hecho cada día de nuestras vidas. Con ella he visto cosas que no me atrevería a contar, no me gustaría que me tildasen de chalado. He vivido experiencias que guardo para mí; bueno, para nosotros dos, total, no nos creerían…

       Pero desde hace un tiempo nos está ocurriendo un hecho especialmente inusual que a mí me tiene, no diré que preocupado, que no, aunque sí expectante por ver cómo se van desarrollando los acontecimientos. Y con curiosidad, también.

       Desde aquel día en que, quizá por la emoción de compartir mi hada y yo por vez primera nuestras imágenes en un mismo espejo, nos dimos un apasionado beso delante de él, ocurre que hay días en que, cual vampiros salidos de la imaginación de Bram Stoker, no nos vemos reflejados, ni juntos ni por separado. En ningún espejo. La  verdad es que cuando eso ocurre nos resulta muy gracioso, por ejemplo, el tener que peinarnos el uno al otro.

***

       Nuestros reflejos llevan ya trece días desaparecidos cuando mi chica me dice que tiene un pálpito, que la acompañe… Nos acabamos de colocar frente al espejo de cuerpo entero del dormitorio. ¿Son sonidos de pasos acercándose lo que proviene de él? Esperamos cogidos de la mano, un ligero apretón por su parte me indica que no me impaciente, que pronto ocurrirá algo…

***

        De repente aparecen; parece como si llegaran a la carrera, intentando colocarse adecuadamente y con disimulo en su sitio para interpretar su papel. Pero hay algo que les delata: llegan algo despeinados, algo más de lo que lo estamos nosotros, con un rubor rojizo en sus mejillas y un brillo de pasión en sus ojos. La verdad, no se puede negar que son unos magníficos reflejos…      

© Patxi Hinojosa Luján
(25/02/2015) 

sábado, 21 de febrero de 2015

Adivina quién soy…

       Me encuentro en un mundo en el que la penumbra lo domina todo, cuando no es la más completa oscuridad la que lo hace. Solo en esa válvula de escape, que se me aparece de vez en cuando en diferentes e imprevistos enclaves, puedo vislumbrar la luz, algo de luz. Pero mis días suelen ser muy cortos, ¡tan cortos…!

       Hay veces que, incluso estando en una fase de día, no consigo encontrar mi sitio; en esos momentos ya no sé ni quién soy, aunque sí que todavía no es mi turno, e intuyo que otros seres que, como yo, no deciden su destino, pueden adquirir aquí su efímero protagonismo…

       Pero, cuando le llega la vez al número de ese ticket que nunca he cogido, puedo esperar cualquier sorpresa, aunque esta no siempre se produzca. Con el temor de que se haga de noche en el momento más inesperado, ese pánico alojado en mi columna como si fuera su hábitat natural, me enfrento a la realidad, deseada aunque temida realidad, que no siempre consigo interiorizar, aunque debo aceptar una vez sí y otra también.

       Esos seres que escogen nuestros ciclos lumínicos y deciden cuándo vamos a disfrutar el día o a sufrir la noche… Esos seres que pueden olvidarse de ti durante varios largos días terrestres, sin previo aviso, si llega el caso… Esos seres… también sufren sus miserias, lo aprecio claramente cuando «el mío» y yo cruzamos las miradas esas escasas veces que «suena la flauta», aunque, extrañamente, también hay ocasiones en que esa experiencia hace que me sienta relajado y feliz, lo que ocurre  cuando lo que veo es tranquilidad y felicidad en su mirada; aún no sé el porqué de mi reacción…

***

       Se oyen ruidos cercanos, quizá pronto se nos regale otro día. De un tiempo a esta parte, siento un sudor frío en la nuca cuando esa presencia, que desde no hace tanto percibo cual fiel compañera muy cerca de mí, no tiene reparo alguno en que yo sienta su respiración y su aliento tan cerca detrás de mí…; ella, como yo, espera convertirse en protagonista, aunque sea por unos pocos minutos. Pero una cosa es cierta, el que no resulte afortunado, observará la función discretamente colocado fuera del ángulo de visión del dios del interruptor, como hacemos siempre, esperando una mejor coyuntura…

       Pero resulta que hoy es una ocasión especial, se nos ha requerido salir a escena a los dos a la vez, a esa ya no tan extraña y desconocida presencia y a mí, y… ¡nos hemos besado!, ¿estaremos enamorados…?

© Patxi Hinojosa Luján
(21/02/2015) 

sábado, 14 de febrero de 2015

El bar de Jose

       Últimamente, rara es la ocasión en que el bar Jany no nos acoge en la tradicional cena de cuadrilla del segundo viernes de cada mes. Hemos establecido hace no tanto la costumbre de que así sea, lo que ayuda a nuestras veteranas memorias a no parecerlo tanto. La verdad es que este hábito, que hemos convertido en tradición, aporta la necesaria oxigenación a nuestras relaciones de amistad que tanto se van prolongando en el tiempo, por fortuna durante varias décadas ya, de tal manera que algunas de las muchas canas que ahora nos adornan, se engañan viéndose reflejadas de un color casi olvidado en el espejo del tiempo.

       Alrededor de las dos mesas, unidas siempre para la ocasión, surgen anécdotas, chistes, vivencias, recuerdos, ¡tantos recuerdos!… También, cómo no, novedades, aunque algunas ya no sean muy agradables, todo hay que decirlo, porque las probabilidades de que los relatos que vayamos turnando se refieran a las visitas médicas han subido tanto como los dígitos de nuestros documentos de identidad. Aun así, el cariño que inunda y envuelve estas reuniones mitiga en parte la negativa sorpresa inicial y reconduce las conversaciones hacia esos temas más lúdicos y que nos apasionan, como el cine, la música, la informática, el deporte, casi siempre practicado por otros… El Athletic y la Real aparecen, como no podría ser de otra manera, pero la sangre nunca llega al río, sobre todo porque somos mayoría rojiblanca, paradójicamente en esta tierra hostil que es nuestro particular «territorio comanche», y porque es muy raro que alguien pueda presumir de algún logro más o menos reciente.

        Seguimos hablando de mujeres, claro, pero de las que nos esperan en casa. Y de coches, pero ya muy poco, solo a veces. De política casi nada, somos perros viejos y sabemos de sobra qué temas no hay que tocar para que la fiesta empiece, continúe y acabe en paz.  

       Antes, cuando nuestros oscuros cabellos aún miraban altivos las canas ajenas, las periódicas cenas se programaban más bien en función de cumpleaños y fiestas locales, y solían ser más, cómo lo diría… más improvisadas por imprevisibles, puesto que al ágape propiamente dicho le sucedía una peregrinación, más o menos prolongada según la ocasión, por las tascas de la zona. Y aquí, y que me perdone Sabina, tengo que reconocer que ahora «ya no cerramos los bares ni hacemos tantos excesos». Incluso, la solitaria copa de después en que se convirtió la despedida durante la etapa más intermedia de este río de la vida de nuestra amistad, ya no nos sabe tan bien puesto que ahora ni siquiera nos planteamos tomárnosla…

       Hoy y ahora, tengo que dejar de escribir y guardar ya los bártulos, Jose tiene que recoger todo antes de cerrar el bar. Mañana es hoy otra vez, y se ha ganado un descanso.

       El día de mañana, pasado mañana, quién sabe si podremos seguir viniendo a su bar, acabo de caer en la cuenta de que no tiene acceso para minusválidos…

© Patxi Hinojosa Luján
(14/02/2015)

martes, 10 de febrero de 2015

Condenado a vivir

       Cansado ya de todo y de todos, y dejando de mala gana su copa de champán en la bandeja que portaba uno de los camareros contratados para la ocasión, decidió escapar de una vez por todas de la soledad de su chalet unifamiliar, abarrotado para la festiva ocasión de gentes con glamour pero sin alma, con cerebro pero sin corazón. Se sentía solo, estaba solo... Porque no hay persona más sola que aquella que está rodeada de seres superficiales. Y no hay seres tan superficiales como aquellos que pueden llegar a una teatral depresión si no les llega a tiempo el caro encargo de turno de su joyería de confianza, esa que le desgasta semana sí y semana también su tarjeta Visa Platinum, engordada con fondos conseguidos con poco esfuerzo y menos decoro y decencia.

       Había tomado una difícil decisión, y tenía pensado camuflarla en el ámbito de una sesión de puentismo en la que él mismo sabotearía el salto en el momento decisivo. Cuando le tocó el turno, durante los preparativos y mientras le daba las últimas instrucciones y le ajustaba los aparejos, el monitor observó, intrigado, cómo un brillo especial que no identificó como conocido le retaba desde unos verdosos y vidriosos ojos. Estaba ya colocado de pie en la baranda cuando ambos sintieron al unísono un estremecimiento y un sudor frío les recorrió la columna de arriba abajo.

       Pero desistió de soltarse los arneses en el último instante como tenía previsto. El tren de la osadía, que no suele visitarnos a menudo, esta vez pasó de largo, eso sí, rozándolo, sin que él pudiera asirse a su último estribo, y lo perdió, quizá para siempre. Algún ser todopoderoso acababa de dictar sentencia: no tenía derecho a quitarse la vida, por lo que empezó a mentalizarse de que tendría que hacer frente a la miseria en que se había convertido su maldita existencia sin ayudas, solo…

       Sin la ayuda de la muerte, sin el comodín del suicidio.

       Caminó, cabizbajo al principio, orgulloso después, en dirección a su casa. El subidón de adrenalina le había regalado una sensación muy placentera y pareciera que iba levitando. Cuando llegó la encontró vacía, y por primera vez en mucho tiempo no se encontró solo. Ahora le acompañaba el pensamiento de un propósito a cumplir: convertir su existencia en una Vida con mayúsculas.

       Al día siguiente, la plantilla al completo de una empresa de la localidad no terminaba de creerse lo que acababa de oír. Se miraban unos a otros intentando encontrarle sentido al comunicado de su jefe. En resumen, este les había subido el sueldo a todos un treinta y tres por ciento desde ese mismo instante, y les concedía cinco días más de vacaciones por año…

       — ¡Venga, ahora todos a trabajar! —les solicitó a todos que, gratísimamente sorprendidos, obedecieron al instante.  

       Al retirarse, y cuando ya no era visible para sus empleados, sus verdosos ojos regaron sus mejillas con una salada y largamente ausente lluvia de satisfacción.

       Sonó su móvil:

       —Recuerda que el sábado por la mañana tienes cita para un salto —le recordó su interlocutor, que ya no tenía olvidado el sudor frío que había sentido no hacía tantas horas.

       —Descuida, allí estaré…

«Sin la ayuda de la muerte, sin el comodín del suicidio».

       Se alegró de no haber tenido a mano los horarios de «los trenes de la vida»…

© Patxi Hinojosa Luján

(10/02/2015)

sábado, 7 de febrero de 2015

¡Estos mayores son tan raros!

       Aquella tarde, mientras regresaba a pie del colegio, Efrén iba dibujando mentalmente su espectacular casa de tres plantas. Armando y Bárbara, sus padres, habían comprado hacía un par de años una mansión enorme justo al final de la calle principal del pueblo. Seguramente lo habrían hecho para destacar de los demás, pero sin estar muy alejados del centro. En la planta baja se ubicaban el enorme salón-comedor, la cocina y un par de baños completos. En el primer piso, las habitaciones del matrimonio, la suya propia, amén de otro par de ellas sin adjudicar, y un cuarto algo más pequeño que servía de oficina para su padre. Y, por último, en el coqueto segundo nivel, abuhardillado, la habitación de Diana, su hermana mayor, y una habitación para dejar los trastos. Además, todas las habitaciones disponían de baño propio. Efrén pensó que les sobraba demasiado espacio, y encima para mantener limpio todo aquello su familia tenía que contratar a una persona dos o tres veces por semana; su inocente cerebro de ocho años no lo acababa de entender, por lo que murmuró:

       — ¡Estos mayores son tan raros!

       Era viernes por la tarde. Hacía más de una hora que Efrén estaba en casa y por fin podía disfrutar del tan ansiado fin de semana al haber terminado ya los deberes que la «seño» le había puesto a su clase. Pero ahora se aburría. No le apetecía jugar con la consola, tenía un leve aunque molesto dolor de cabeza. Empezó a buscar algo con lo que distraerse, o a alguien dispuesto a compartir su tiempo jugando con él… a lo que fuera. Pero ni una cosa ni la otra, parecía que el mundo le tenía olvidado en esos momentos. Pensó que su madre le habría dejado solo por unos instantes mientras iba a comprar algo al supermercado de su misma calle, aunque sabía que no tardaría. Su padre no había llegado aún del trabajo, como era viernes tendría que dejar cerrados todos los temas importantes para así estar tranquilo hasta el lunes. Y de su hermana, pues no tenía ni idea de dónde podría estar, poco o nada sabía de su vida, salvo que tenía un novio que se llamaba Cristóbal.

       Entonces, creyó oír un ruido que provenía de las plantas superiores. En todo caso un ruido muy pequeño, pero como no tenía otra cosa que hacer, ingenuo, decidió ir a curiosear. Subió un piso y confirmó, al oírlo ahora con más volumen, que provenía de la buhardilla. Y subió a ver. Estaba claro, ese ruido, que ahora identificaba como lamentos y susurros, salía de la habitación de Diana. Giró la manilla de la puerta y, como estaba abierta, entró. Su hermana dio un grito que retumbó en toda la casa e inmediatamente después procedió a ponerse bien la blusa y la falda. Al saltar de su cama dirigiéndose enfurecida hacia su hermano, este vio con asombro cómo en el espacio que ella había dejado libre ahora se encontraba Cristóbal, su novio, con la cara totalmente roja, intentando colocarse la ropa para ocultar sus partes desnudas. Mientras Efrén corría escaleras abajo, perseguido por Diana, exclamó:

       — ¡Estos mayores son tan raros!

       Tres meses más tarde, los padres de Diana invitaron a cenar a Cristóbal. Parecía que la ocasión era especial porque pusieron la mantelería, vajilla y cubertería de las grandes ocasiones, pero nadie sacaba ninguna conversación a escena y todos estaban serios, salvo Efrén que, como siempre, estaba a lo suyo jugando a veces con los cubiertos y con la comida. Todo se desarrollaba en un clima de tensa normalidad hasta que, aprovechando que los anfitriones se acercaron a la cocina para traer un nuevo plato, el pequeño de la casa se atrevió a interrogar al novio de Diana:

       —Oye Cristóbal, ¿tú trabajas en un circo? —preguntó de sopetón Efrén.

       —No, ¿por qué lo preguntas? —respondió sorprendido aquel.

       —Porque mi papá dice siempre que eres un payaso —soltó, inocente, Efrén.

       Diana, avergonzada como nunca, no sabía qué decir ni a dónde mirar. Cristóbal, pasados el rubor y la sorpresa iniciales, esbozó una pícara sonrisa apenas visible, que mantuvo incluso cuando Armando y Bárbara regresaron a la mesa con el segundo plato presto para servirse, y que no abandonó hasta que el recatado beso que, a modo de despedida, le regaló Diana al saberse observada, puso fin a la velada.

       Dos meses después, tornándose los papeles, Diana, con un precioso vestido de novia de color blanco diamante, esperaba la llegada de su novio mitigando la impaciencia del sacerdote ofreciéndole una absurda conversación. Cuando por fin apareció Cristóbal por la puerta, un murmullo invadió todo el espacio de la iglesia, y no cesó ni cuando aquel llegó a la altura de la novia, que estupefacta, lanzó un bufido de disconformidad.

       El sacerdote hizo un gesto a los asistentes a la ceremonia para que cesara el runrún, lo que ocurrió al instante. Efrén, desde su privilegiada posición en primera fila, no paraba de alternar la mirada entre el abultado vientre de su hermana y el traje de novio de su prometido por lo que, intrigado y confundido, gritó en la ahora ya silenciosa iglesia:

       — ¡Estos mayores son tan raros!

       Mientras, Cristóbal acarició el gran botón de su colorido traje de payaso y se ajustó la peluca multicolor y la roja nariz de goma…

© Patxi Hinojosa Luján
(06/02/2015)

lunes, 2 de febrero de 2015

«El Niño»

       Casi todo el mundo te conocía por ese apodo en tu pueblo natal. Mucha gente también en el que te acogió por tantos años y que al final fue el que vio como abandonabas este mundo, en silencio, paradójicamente después de haber hecho tanto ruido… Todos esos paisanos que hasta él te acompañaron para, como tú, ganarse el pan y algo de dignidad, se encargaban de no hacértelo olvidar. Curioso alias, «el Niño», al que nunca dejaste de honrar, a tu manera…

       No tuviste la suerte de ir mucho tiempo al colegio, aunque la escuela de la Vida estuvo al quite y te amadrinó a temprana edad. Y puedo dar fe de que muchos estudiados no te llegaban ni a la altura del betún en cuanto a humanidad, clase, educación y saber estar. Eso sí, no te emociones demasiado, no todo lo que vas a leerme serán parabienes…

       Pero, a lo que iba, el hecho de que dominaras la lectura hizo que devoraras cuantos libros y revistas se cruzaran delante de ti, siempre que fueran de historia, política, ciencia, deportes o actualidad, ¡claro! Cómo olvidar todos esos dichos y ocurrentes frases que bien pudieran haber salido del ingenio de un Einstein, un Chaplin o un Marx (Karl y Groucho, los dos en este caso), pero que solo a ti te pertenecieron. Las recordamos más a menudo de lo que hubiéramos supuesto, con nostalgia, con agradecimiento, con cariño, y sin rencor…

        El problema era que no solo tenías ese afán devorador. Más de una botella, y no de agua precisamente, quedó temblando después de tu paso por sus inmediaciones durante todos esos años que transcurrieron desde la temprana edad a la que empezaste a trabajar de ebanista (excelente ebanista) hasta el momento en que tu cuerpo no pudo más, que fue cuando tu mente no quiso más.

       Alguna de las muchas noches en que el reloj te delataba al indicarnos que, una vez más, llegarías tarde a casa, y entre angustias, nervios y, por qué no decirlo, miedo también, nos preguntábamos si, cuando lo hicieras, contarías chistes de Cantinflas o gritarías indiscriminadamente, con o sin amenazas, al final nos sorprendías llegando sobrio, conversador y cariñoso, poniendo no sé qué excusas por tu tardanza y haciendo que la tranquilidad volviera a reinar, eso sí, por una cantidad de horas indeterminada.

       Algún tiempo después, fui consciente de que tus participaciones en las pegadas clandestinas de carteles del hoy moribundo PCE nos libró de alguna que otra borrachera con sus devastadoras consecuencias para ti y para todos nosotros. Ese señor bajito y con bigote, que te dejó huérfano con solo cuatro años, te hizo militar bajo aquellas siglas hasta el final, camarada.

       Y hoy y ahora me surge una duda. Ignoro si allá donde estés, tu espíritu habrá coincidido con el de Ella. Espero y deseo que así haya sido. Entiendo que los espíritus carecen de orgullo, por lo que me reconforta pensar que ya le habrás pedido perdón, y Ella te habrá perdonado. Nosotros estamos en ello…

       PD: ¡Ah!, se me olvidaba... ¡muchas gracias por el escudo gorri ta zuria  que esculpiste en mi corazón hace más de cincuenta años!

© Patxi Hinojosa Luján
(02/02/2015)