miércoles, 23 de noviembre de 2016

Cuerda


No había tenido un buen día, ni mucho menos, era algo evidente con sólo contemplar sus ojeras con esas bolsas tan antiestéticas. Durante la jornada laboral no tuvo ocasión de tomarse la tensión, ni siquiera pudo planteárselo; mas, si lo hubiera hecho, a buen seguro que habría podido constatar que la tenía disparada.
Mientras subía a su casa en su ascensor desde la planta de su garaje donde había dejado aparcado su todoterreno con conexión a internet, no podía dejar de pensar en que su correo electrónico no había dado tregua alguna durante las más de nueve horas que estuvo vomitando mensajes con textos que no eran sino la redacción de problemas que iban retorciéndose en complejidad según avanzaban los minutos. Parecía que también la alta frecuencia de llegada obedeciera a un plan preestablecido, a una perversa maquinación cuya única finalidad fuera hacerle perder el control que siempre había tenido sobre su trabajo y su tiempo. Maldijo la tecnología a modo de desahogo y sus gritos los engulló el silencio que, desde hacía ya unos años, presidía su siempre vacío hogar.
No le gustó lo que vio en el espejo del cuarto de baño de su alcoba, esas sombras que le habían añadido diez años en medio día en un regalo envenenado.
Se fue directo a la cama, no sin antes tomar un trago del agua que tenía en su mesilla, no tenía el cuerpo para mucho más. «Mañana será otro día» pensó y se deslizó en aquélla intentando dormirse lo antes posible, aunque sólo consiguió sumergirse en un duermevela que le estuvo recordando las miserias de la jornada durante todas las horas en que lo habitó.
Sonó el despertador informando de la llegada de un nuevo día, y lo hizo con un estruendo que le resultó extrañó y que fue aún más evidente por la ligereza de su dormitar. Algo no cuadraba allí; al intentar acallar al ruidoso aparato, se alarmó al no encontrar su teléfono móvil: en su lugar halló un reloj despertador analógico, de los de antes, que no paraba de martillear sus dos campanitas superiores, alternándolas. Entonces, a un certero toque de su mano cesó semejante contaminación acústica y se quedó envuelto en su familiar silencio.
Acudió al baño al que entró sin encender la luz, tan sólo deseaba refrescarse una cara que notaba perlada de gotas de sudor frío. Lo hizo sin prisas y se secó después con igual parsimonia.
Hijo, date prisa si quieres no perder el autobús. Ya te he preparado el almuerzo, tu bocadillo favorito la voz se oyó cercana y familiar, cargada de cariño.
Volvió a entrar al baño accionando ahora el interruptor, buscando su imagen en aquel espejo que antes solo intuyó; ya sabía la que éste le devolvería. No se extrañó de no ver bolsas ni ojeras en sus ojos, ni canas entre sus ahora poblados cabellos, ni a algunos de sus años, no; hacía sólo unos segundos se había recordado con toda claridad la noche anterior, sentado al borde de su cama, con un reloj despertador en sus manos mientras, con ahínco, le daba cuerda…

© Patxi Hinojosa Luján
(22/11/2016)

jueves, 17 de noviembre de 2016

De ti


Recompongo situaciones y me encuentro
Evocando retazos de tu memoria
Precisaba olvidarme del olvido
Antes de recibir su querella
Hago recuento y cuento
Los fragmentos del puzle mortal
En el que por ti un día me convertí
Mas es sólo hasta que intuyo
Que aquellos ya se encontraron
Y así todos, ya juntos, aguardarán

Pero no es tan fácil componerme
Ciertos sentimientos dudan
Si alistarse con la reflexión
O hacerlo con el impulso
Cuando mente y corazón los apremian
Y la tarea me absorbe tanto que
Sudo lágrimas de sangre incoloras
Indoloras y sabrosas

Mas siempre llega el momento
En el que, sabiendo que te engañas,
Piensas que ya estás completo
Y partes en una búsqueda
En la búsqueda de ese lugar
Más allá de la belleza
Que casi siempre te es esquiva
Pero que necesitas como el respirar
Porque la causa de todo esto
Yo siempre lo tuve claro
Es que para poder vivir en tus noches,
Antes tendría que morir en tus días

Te debía una canción
Al menos una, un son
Cuyas letras, ahora por fin
Sí fueran dignas
Dignas sobre todo de ti

© Patxi Hinojosa Luján
(17/11/2016)

martes, 15 de noviembre de 2016

La claraboya


Su prioridad era abstraerse de todo durante el tiempo que dedicaba a la labor que le daba de comer en los últimos tiempos, y por ello optó desde un principio por la planta superior, la abuhardillada; no tardó en constatar lo acertado de su decisión, teniendo en cuenta el plus de concentración e inspiración que obtenía allí, y máxime en ocasiones como la de esa noche, pues les visitaría la luna llena y la podría observar en todo su esplendor a través de la gran claraboya debajo de la cual había colocado su mesa de trabajo con precisión de ebanista.
Cuando, contra todo pronóstico tanto suyo como de su editor, su primera novela se convirtió en todo un éxito editorial sin precedentes, y ello le proporcionó unos jugosos dividendos, abandonó el mísero trabajo que le privaba de gran parte de su tiempo y le absorbía casi toda su energía vital junto con sus ilusiones, y se animó a adquirir una casita en el claro de un bosque no muy apartado de su ciudad, con lo que siempre que quisiera podría volver a ella para visitar su antiguo universo y recordar sus orígenes al objeto de mantener los lazos de unión con aquél. Aunque, a decir verdad, hacía ya tiempo que no conducía después de desprenderse de su coche.
Aquella madrugada sucumbió antes que de costumbre al hechizo de las andanzas oníricas, por lo que el destino lo encontró dormido sobre su escritorio en una postura imposible cuando el timbre de la vivienda sonó con la inoportunidad de lo desfasado. Tal sobresalto provocó que impactara con una rodilla contra la mesa; sin tener tiempo a que lo tardío de la hora empezara a destapar temores y angustias, se oyó también un golpeo impaciente sobre la madera de la puerta que y él lo tuvo claro ya desde el primer toque no sonó como lo haría el de unos nudillos. Su sentido común le estaba advirtiendo de lo inapropiado de atender tan intempestiva llamada cuando él ya descendía cojeando por las escaleras dirigiéndose hacia la planta baja, desobedeciéndolo; mientras, su natural nerviosismo mutaba hasta convertirse en miedo y llegó a la entrada sin descartar llevarse un susto de importancia, como mal menor. Accionó un interruptor para iluminar el espacio que le rodeaba y a continuación abrió la puerta.
Allí fuera, delante de él, no había nadie; mejor dicho, no había nadie vivo…
A menos de un metro de distancia una especie de espectro cadavérico gigante le retaba mirándole desde sus cuencas vacías, y mantuvo el desafío unos segundos que a él, aterrado como estaba, le parecieron media vida. En una macabra escenificación, el visitante movió la descarnada mandíbula inferior, que desafiaba a la ley de la gravedad al mantenerse en su posición fuera de toda lógica, como queriendo comunicarle algo; y él algo oyó, pero no lo hizo mediante su oído sino que las palabras le sonaron nítidas en su cabeza como en una suerte de perfecta comunicación telepática.
Paralizado, cerró dando un portazo y enseguida interiorizó que le iba a costar encontrar las fuerzas necesarias para girarse y huir de allí porque además le dolía mucho la pierna. En ese momento fue como si la puerta de entrada se hubiera vuelto transparente al enlazarse unos cuantos relámpagos que quisieron participar en la inquietante escena, y entonces lo volvió a ver, amenazante, apuntando con un dedo índice en su dirección. Aquello desencadenó un acceso de ansiedad que sería incapaz de frenar.
Como pudo, en pleno ataque de pánico, se arrastró hasta la escalera y la subió haciendo caso omiso al dolor. Se dirigió a su rincón de escritor y se dejó caer en el confortable sillón. Fue en el instante en que cerró los ojos cuando se percató de algo y entendió lo inexplicable… Entonces abrió un archivador que tenía a su derecha buscando algo que encontró enseguida; leyó con avidez el recorte de prensa que databa de un año atrás como si fuera la primera vez que lo hacía:
«Conocido jugador de baloncesto fallece atropellado cuando circulaba en bicicleta; el conductor causante del accidente se da a la fuga sin auxiliar a la víctima y es buscado como presunto autor de un homicidio involuntario. Se solicita la colaboración de posibles testigos presenciales…»
—¡No, no puede ser, no es posible! —gritó, y su lamento se ahogó en el estruendo provocado por unos cristales rotos.
Tuvo el tiempo justo de poder ver de nuevo a aquella criatura, que se abalanzó sobre él atravesando el hueco de la claraboya mientras volvía a apuntar su dedo índice contra él, contra el responsable de su muerte.
Al final tuvo suerte, su corazón se paró en el instante anterior a que unos huesos afilados lo atravesaran en un claro acto de venganza cósmica.
Sobre la mesa, salpicada con gotas de una sangre espesa de remordimiento, la pantalla del ajado portátil mostraba un cursor parpadeando tras frases huérfanas para siempre de lectores. Unos apéndices óseos se animaron a continuar el texto allí donde se había quedado interrumpido, mas enseguida desistieron, eso no fue nunca lo suyo; cerraron el aparato y, sin apagarlo, lo lanzaron al trozo de cielo visible a través de la abertura; fue una canasta fácil. El cielo captó el mensaje y continuó la partida: un rayo lo desintegró evitando que pudiera llegar a manos de nadie.
Sí, al final tuvo suerte, mucha...

© Patxi Hinojosa Luján
(15/11/2016)

martes, 1 de noviembre de 2016

La paradoja


Todos tenemos a alguien que, en algún momento, te da la espalda, te miente, te responde con un no cuando necesitabas oír un sí e incluso hace repetidas bromas con tu equipo del alma y sin embargo, y aquí entra en juego la paradoja, es posible que esa persona sea un tesoro para ti, oro puro, un diamante pulido por sus actos.
Puede que cuando ese alguien te dé la espalda lo haga para indicarte que no quiere que le expliques nada, que no lo necesita… en aquélla podrás ver escrito con vuestra sangre que él ya te apoyó sin condiciones antes de que tú plantearas el conflicto en el que te ves envuelto.
Si un día te miente, quizá sea en la seguridad de que si no fuera así dejarías más pelos de los deseables en tu gatera emocional, y lo hace confiando en que nunca llegarás a saberlo para así proteger la tranquilidad de tu ánimo.
Y te podrá decir que no, si la vida te lleva por caminos perversos en los que necesites suplicar que, por ejemplo, alguien te done un riñón; podrá ser éste el caso, sí, pero te responderá así con todo el dolor de su corazón, y nunca, y esto es lo importante en verdad, nunca sin habérselo planteado antes.
O quizá te haga bromas con el rival de su equipo, el de tus amores, aunque no admitirá jamás que desea que triunfe para verte feliz, e ignora que tú esto lo intuyes desde siempre.
Es de ese tipo de personas que llega incluso antes de que pienses en llamarle, y no se va hasta que crea que tú no notarás su ausencia, a pesar de que siempre lo hagas. Y, cuando esto no es necesario, puedes estar seguro de que en esas otras ocasiones menos trascendentes descolgará su teléfono para responderte cuando tú aún no hayas pulsado el último dígito en el tuyo.
Él te invitará las veces que haga falta a la penúltima, pero jamás a la última porque sabe que esa es la que te va a hacer mal y se enfrentará a quien haga falta para evitar que caigas en la tentación.
Además, cuando te vea de bajón, te cogerá la mano con las suyas para que notes su calor, su apoyo sin condiciones, sin importarle lo que puedan pensar los demás.
Mas si algo lo define bien es su generosidad, no en vano tiene por norma regalarte sin medida el tesoro más preciado, su Tiempo, sin esperar a cambio nada que no sea el tuyo; en el fondo del cajón de sus anhelos confía en que sea así.
Si disfrutas, amigo lector, de la inmensa fortuna en tu vida de tener cerca de ti a alguien así, entonces puedes estar bien tranquilo; a la persona que se mueve en los mundos de alguna, varias o todas esas alianzas afectivas podrás llamarle Amigo hasta que el tiempo diluya los recuerdos y la energía de vuestra amistad sirva a otras causas, cómplice de una nueva paradoja que a día de hoy no podríamos ni siquiera imaginar.

© Patxi Hinojosa Luján, a mis Amigos, a mi hermano
(01/11/2016)

jueves, 27 de octubre de 2016

Vanidades


Antes de conocerte
Jugando a vivir
Andaba yo
Mas todo se me empezó a prohibir
Sin ni siquiera tenerte

En tus besos aprendí
A regular latidos, respiración
Mientras fingías mil cuidados
Añadiendo néctares al sol
Y al final lo conseguiste
Me viste nadando en tus mares
Bajo tu estrecho control

Queriendo un día constatar
Que no mentía tu piel
Cuando me prometió
Cómplice exclusividad
Algo debí de hacer mal
Porque ese día
Al caer la noche
Me engulló un bravo mar
Más amargo que salado
Impregnado como estaba
De la esencia de tu desnudez

Y no negaré aquí
Que ya unas cuantas lunas atrás
Me invadió un gran desasosiego
Cuando vi asomar aquel disfraz
Debajo de tu almohada
Para acabar de aceptar
Que ya no lograré alcanzar
La orilla más adecuada
En el mar de tus vanidades

© Patxi Hinojosa Luján
(27/10/2016)

miércoles, 26 de octubre de 2016

Tu frialdad


Buscando estaba la pose
Que mereciste antes de ayer
Cuando en mis bolsillos reparé
Y confiando allí encontrar
Alguna idea original
En el diestro, que no fue tal, miré
Mas con la nada me encontré
Pues mezclada con la ausencia
De lo que nunca dudé
Compartir con tu frialdad
Agujeros varios hallé
Por donde, intuyo, raudo escapó
El poco de arena de mi reloj
Que intenté esconder
Sin éxito, lo sé, a tu control

Mas buscando en el siniestro
Que tampoco fue nunca tal
Sino cómplice incondicional
De mis no pocos desvaríos
Entre mis dedos se colaron
Miles de partículas doradas
Portadoras de esperanza
En un futuro sin amarres
Para el reloj de mi tiempo
En libertad

Y así, ahora me encuentro
Digno
Garabateando mi nueva pose
Remontando la mirada
Enfrentándola a mis miedos
Mano derecha en la barbilla
Mientras la izquierda es
Acariciada
En la intimidad de mi bolsillo
Por minúsculas cosquillas

© Patxi Hinojosa Luján
(26/10/2016)

viernes, 21 de octubre de 2016

Mi primera vez


 Aún hoy recuerdo aquella sensación de inseguridad, el pánico por ese salto al vacío que no podía ni debía demorar más; estaba tenso, excitado, y en ese instante una serpiente eléctrica recorrió mi columna de arriba abajo, de abajo arriba…
Siempre tuve claro que tarde o temprano tendría que pasar por ello, era evidente. La inseguridad provenía, con toda seguridad, del vértigo que uno tiene al principio de cada nueva experiencia, y ésta en verdad lo era.
Cuando llegó la ocasión la identifiqué con claridad como tal. Estaba muy cerca de mí, inmóvil, en silencio, provocadora desde su insinuante blancura. Me acerqué hasta poder acariciarla; mi mente repetía una y otra vez que era una situación más de la vida, nada que no hubieran hecho con anterioridad un sinfín de personas y que debía tratar con naturalidad, aunque mi corazón parecía no estar de acuerdo y galopaba como si quisiera escapar de allí sin esperar a nada ni a nadie. Cierto es que hacía poco tiempo que había aceptado la idea de hacerlo por lo que no estaba mentalizado por completo, pero allí estaba yo dispuesto a todo, dispuesto a cometer mi primer asesinato.
Sin dejar de tener como referencia a mi yo pasado, intenté cambiar de piel y meterme por un segundo en la de mi yo futuro cuando un sudor frío recorrió mi febril piel y supe que ya no había marcha atrás. Cogí el estilizado instrumento e intenté respirar hondo, mas el aire entró racionado en mis pulmones y mi cerebro tuvo que cursar la orden de serenarme para retomar la iniciativa; mientras, ella seguía esperando algo de mí, ignorante de mis verdaderas intenciones.
Cogí la hoja en blanco y la observé durante un instante infinito. No me sorprendí al ver en mi mano el bolígrafo rojo; sonreí, «muy apropiado, teniendo en cuenta sobre qué voy a escribir hoy» me dije—, y puse en el reproductor un cd de música instrumental abandonándome en manos de mis musas, portadoras de ideas sangrientas por primera vez.
 Cuando acabé de escribir el relato, otro tipo de inseguridad me envolvió: ¿gustaría a mis potenciales lectores tan brusco cambio temático?, al fin y al cabo se acababa de incluir en un texto mío el primer asesinato, lo que no dejaba de ser una notable novedad en unas letras carentes de violencia hasta entonces; pero al momento consideré que, ya puestos, estaría bien que no fuera el último.

© Patxi Hinojosa Luján
(21/10/2016)

miércoles, 12 de octubre de 2016

Cruces vividos


El tren paró por fin en la estación después de una larga y perezosa frenada. Los viajeros que debían apearse en ella, contagiados en apariencia por el proceder de aquél, tampoco tenían prisa por abandonar sus plazas y bajar al andén con sus equipajes; es cierto que no ayudaba en nada que estuviera lloviendo de manera copiosa. Una joven, con una pesada mochila a la espalda que abultaba casi tanto como ella, se dirigía hacia la sala de espera del vestíbulo atravesando con parsimonia el andén; no tendría mucho más de dieciséis o diecisiete años pero su rostro llevaba grabado el recuerdo de más de una batalla, de esas en las que todos salen perdiendo. Imaginando qué le depararía el destino a corto plazo, tardó en percatarse de que alguien le protegía de la lluvia con un amplio paraguas multicolor. Levantó la mirada para agradecer el gesto con una sonrisa sincera y balbuceó un tímido «gracias» cuando, ya bajo techo, se detuvo y vio cómo caballero y paraguas desaparecían por la puerta que daba acceso a la calle. Se sentó en un banco corrido cuyo asiento no era sino una traviesa de madera de las que se habían retirado del tendido del ferrocarril años atrás; ni que decir tiene que encajaba a la perfección en la decoración de tan ferroviario entorno. Allí, sentada y sin la carga a la espalda, la joven dudaba del acierto en la decisión que acababa de tomar días atrás, a la par que intentaba identificar qué había visto de familiar en aquella expresión cuando su portador lanzó al aire un cariñoso «de nada» antes de desdibujarse tras una cortina de agua. De pronto sintió un vacío interior, algo así como una llamada que le recordaba que no había probado bocado desde la mañana, y ya estaba anocheciendo. Esperó a que escampara y se adentró en las conocidas calles de la conocida ciudad con la firme intención de hacer caso a la primera señal de bar o taberna que le brindara una puerta abierta.
Se acomodó en una de las mesas más pequeñas que encontró frente a la barra de una pequeña pero coqueta taberna y esperó a que le atendieran. El personal no se hizo de rogar. No había terminado de otear la peculiar decoración del establecimiento cuando un joven que no tendría muchos más años que ella carraspeó al objeto de llamar su atención y a continuación le ofreció la carta; volvió al cabo de unos instantes para conocer su elección. La chica cenó con avidez un menú del día tras lo que depositó en el platillo destinado a tal efecto el doble de lo que se indicaba también en una pizarra colocada en un lateral de la barra.
Ya se disponía a abandonar el mesón, mientras observaba otro de los aperos que le conferían su rústico aspecto, cuando oyó a sus espaldas:
—Perdone, señorita, creo que ha tenido una confusión al abonar la cuenta —dijo acercándose a ella.
—No, no, está bien así —y guiñó un ojo sin saber muy bien por qué lo hacía—, lo que sobre es para usted, quiero decir, para ti —rectificó al reparar en la juventud del camarero.
El chico no tuvo tiempo de agradecer semejante gesto porque enseguida ya sólo alcanzó a ver una mochila flotando en el húmedo aire, alejándose. Dio media vuelta y volvió a sus quehaceres con ánimos renovados; si seguía teniendo tanta suerte con las propinas, pronto podría pagarse ese curso de francés que tanto le motivaba.
Acabada la jornada de trabajo, decidió dar un rodeo para llegar a casa y así pasear un poco aprovechando lo bonancible del clima. Al pasar por una calle que hacía tiempo no transitaba pero que recordó por un anuncio, divisó un bulto a lo lejos, en la acera, pegado a la pared. Al alcanzar su posición, el bulto cobró vida y le demandó una ayuda mediante gestos. El consideró oportuno y justo compartir sus propinas del día con aquella persona y así lo hizo, bien podría esperar unos días más para inscribirse en el curso. Depositó su colaboración —su mente se negaba a denominarla limosna— en el recipiente en forma de boina mutilada, por faltarle el rabo, y continuó su camino aún más alegre si cabe, silbando…
El vagabundo murmuró una especie de agradecimiento que ya nació mudo por los efectos del alcohol y se volvió a dormir con el dinero bien asido dentro de uno de los bolsillos de su ajado y sucio gabán. Tuvo un sueño placentero. Cuando despertó, con resaca pero consciente, lo hizo con la intención de cumplirlo.
Ordenó y adecentó lo que pudo su «zona de confort» y se acercó hasta un parque cercano. Allí se sentó en el único banco que vio vacío y sacó de su vieja cartera un trozo de papel algo sucio e irregular y un lápiz que se había quedado en casi nada después de las múltiples veces en las que le debían haber sacado punta. Meditó unos instantes y garabateó unas frases con más pasión que buena caligrafía, después firmó entre dos lágrimas que secó con una manga. A continuación corrió al supermercado de la esquina y compró una botella de agua. Tomó un largo sorbo y empezó a caminar con rumbo fijo; ya no le temblaban ni manos ni piernas.
Un joven trajeado entró al portal de su vivienda y recogió la correspondencia a media tarde, cuando regresó de completar su jornada laboral. En su buzón encontró publicidad, demasiada, alguna que otra factura y un papel roto y arrugado del que sospechó algo, lo que evitó que lo tirara a la papelera creyéndolo una broma. Antes de desplegarlo según subía las escaleras, le dio un vuelco el corazón, aunque enseguida se serenó y lo envolvió una paz que le quitó de encima y de golpe el peso de diez años cuando leyó lo que le decían mediante aquella letra tan familiar. Entró a su apartamento, bebió un botellín pequeño de agua de un solo trago y se cambió de ropa; se deshizo del traje y se puso algo informal, deportivo. Salió a la calle creyendo saber a dónde se dirigía; lo hacía con algo de temor, mas también con esperanza. De repente empezó a tararear una canción que no había oído en los últimos años, quizá desde aquel portazo, desde aquella separación. Aceleró el paso para imitar a su ritmo cardíaco y al doblar una esquina lo vio allí, al fondo, lejos pero ¡tan cerca...! Ya no era un bulto, sino una silueta erguida que desafiaba a su pasado reciente desde una recuperada sobriedad. Parecía que esperara algo o a alguien, o algo de alguien. Comenzó a llover. Abrió su paraguas y se cubrió con él, y también a un transeúnte que, distraído y poco consciente de que se estaba empezando a empapar, repetía una y otra vez palabras en un francés poco ortodoxo. Se giró para agradecer el gesto y se atrevió a probarse con un «merci, merci beaucoup», lo que hizo que se sintiera orgulloso, no en vano aún no había comenzado ese curso tan deseado.
La escena anterior fue observada por un varón que no había tenido el reflejo de llevar consigo su paraguas multicolor y que, en la otra acera, se refugiaba bajo unos balcones centenarios que desafiaban la ley de la gravedad.
Cuando el joven del chándal estaba al llegar a su destino se quedó sin la compañía que compartió su paraguas durante unos pocos metros, porque aquélla entró en un portal, al que adornaba una placa anunciando una academia de idiomas, mientras repetía las dos agradecidas palabras que se sabía tan bien; un segundo después vio llegar a una chica que, despojada de carga a la espalda, de un salto se abrazó a la silueta que ya no era tal; pensó en acercarse a ambos y abrazarlos, y así lo hizo, y al hacerlo sintió que estaba recuperando a un padre y a una hermana, a su padre perdido y a su hermana viajera.
***
Acaba de parar de llover, lo que aprovecha una figura anónima para cruzar a la acera de enfrente y entrar en un portal que por medio de un cartel anuncia una academia de idiomas en su interior. Es cierto que acaba de salir de allí hace un cuarto de hora escaso, cuando terminó su jornada de profesor de francés, pero debe regresar para recoger el objeto que se dejó olvidado, más que nada por si se le vuelve a necesitar para seguir con ese juego de vidas cruzadas, el de los «cruces vividos».

© Patxi Hinojosa Luján, escrito en Sada, entre la casa de Marilén y Javi y su bar, el Rincón de Burgos; ¡gracias por la hospitalidad!
(12/10/2016)

martes, 27 de septiembre de 2016

Menor


Acabamos de entrar en una nueva estación, esa que se desprende de caprichosas lágrimas en forma de hoja para conformar senderos resbaladizos; Juliette se ha levantado animada, exultante, es el primer sábado otoñal y siente rebosar una energía de la que no tardará mucho en conocer su origen. Tararea mientras desayuna, canta en la ducha y baila cuando la humedad ambiental le permite terminar de secarse y vestirse. Reflexiona un instante y se confiesa a sí misma que le gustaría no despojarse nunca de tan agradable sensación.
Jocelyne está, junto con sus compañeros del coro, interpretando una canción ligera popular, pero está intranquila, desazonada; su mente viaja a mundos que le son ajenos y extraños y en los que no logra ubicarse. Para cuando una leve náusea se ahoga antes de llegar a su garganta, hace tiempo que ya no participa de la alegría coral.
Juliette, aprovechando la bondad de los primeros días de otoño, ha decidido dar un largo paseo por el parque y la playa después del cual, y antes de regresar a su hogar, pasará por la tienda del barrio —que pareciera no cerrar nunca— a comprar el pan y algún que otro alimento que demanda su despensa. Piensa en Denis, su pareja, que pronto volverá de una formación a cargo de su empresa y se le ilumina una expresión de felicidad en el rostro.
Jocelyne se excusa ante sus compañeros y el director aludiendo un malestar que sí es tal y emprende camino a casa. Piensa que no probará bocado de sea lo que sea que Frédéric, su chico, haya preparado para comer, tan sólo ansía llegar a su hogar y tumbarse a descansar un rato esperando que aquél no se sienta defraudado por ello.
Juliette acaba justo de volver de su paseo cuando escucha que llaman a la puerta; es Denis, que se presenta con una doble sorpresa en su equipaje: llega un par de días antes de lo previsto y lo hace con la grata noticia de que un proyecto suyo, bautizado como «Juliette», ha resultado ganador entre todos los presentados por los compañeros de su empresa durante la supuesta formación, con lo que sus futuros laboral y económico están asegurados; aunque no es eso lo que más le ha emocionado a su chica, ni a lo que más atención ha prestado después de que le recordara —más que confiara— que ella ha sido siempre su fuente de inspiración constante desde que tuvo la inmensa fortuna de cruzarse en su camino.
Jocelyne da la vuelta a una esquina y encara su calle cuando a lo lejos aprecia una multitud que se hace mayor a medida que se va acercando. Cuando está apenas a una veintena de metros, alguien se gira, la reconoce y corre a su encuentro obligándole a parar en seco. Le aconseja que no siga, no debería ver la escena que el grupo de gente, arremolinada en torno a algo que observan en el suelo, le esconde con sus cuerpos. Siente que su corazón se para una, dos veces, como si le diera vuelcos con irregular periodicidad. Nadie le dice nada, pero ella intuye lo peor. Cuando consigue respirar con algo más de tranquilidad, se acerca apoyándose en otros dos vecinos menos sensibles que el primero hasta que recibe una brutal bofetada emocional cuando ve a Frédéric, ataviado con el delantal que le regaló en Navidad, destrozado en la acera dentro de un charco de su propia sangre. Tres pisos más arriba, una ventana abierta de par en par ha sido testigo mudo de la tragedia de quien no ha encontrado motivos para esperar el final que algo o alguien tendría ya decidido para él, y ahora golpea las contraventanas contra el muro demandando atención.
Juliette no necesita recordarse a cada momento que Denis la tiene en un pedestal, que la ha convertido en el eje de toda su existencia, le basta con disfrutar cada instante de su amor mutuo y complicidad y verlo y verse así de felices.
Jocelyne busca en lo más profundo de sus recuerdos y sentimientos una razón, el motivo que explique lo inexplicable: por qué su pareja ha tomado tan trágica decisión; pero también y, sobre todo, busca entender cómo es posible que ella no haya sido capaz de darse cuenta de lo que estaba pasando por la cabeza de su amado para intentar ayudarle. Mas no piensa con claridad, no puede. ¿Será sólo que no lo supo ver o es algo aún más duro? Su mente es ahora un hervidero de sentimientos, emociones y pensamientos encontrados y en un arranque de valentía —que no es sino un intento de martirizarse generado por el propio dolor— se pregunta si no será ella la verdadera causante del cruel acto especulando que tal vez no haya sido capaz de llenar la vida de su compañero y hacerle feliz.
El Sol empieza su trayecto descendente cuando tanto Juliette como Jocelyne sienten la necesidad de llamarse para contarse sus recientes vivencias; ambas se dan de bruces con una línea telefónica ocupada. No han compartido fortuna en la vida, aunque sí padres, y algo más… Gisèle, su madre, las parió a las dos el mismo día: primero a Jocelyne de parto natural, y después a Juliette, la mayor, por cesárea debido a complicaciones de posicionamiento de última hora que, por contra, evitaron el trauma propio del nacimiento por la angosta vía. El azaroso destino se empeñó desde un principio en minimizar las semejanzas de las dos hermanas gemelas ensañándose al propiciar y potenciar las máximas diferencias entre ellas. 
Según la creencia de muchos, ambas también serían hijas de un mismo dios; mas si ello fuera cierto, lo serían, no me cabe duda alguna, de un dios menor…

© Patxi Hinojosa Luján
(27/09/2016)

jueves, 22 de septiembre de 2016

Aquella sensación


No fue un sonido el que nos alertó. La impoluta estancia estaba ofreciendo durante esos días un silencio no perfecto respetado por las emociones contenidas; éstas ralentizaban cada acción mientras los susurros de nuestras conversaciones surcaban el aire cual subtítulos garabateados en él sin ánimo de molestar. Susurros, por si en un descuido de quien sabe quién hubieran podido llegar a leerse con sus —en apariencia— dormidos oídos.
Tampoco la vista nos advirtió de nada que pudiera salirse de un guion que ya nos sabíamos de memoria, el de Miradas desde mundos distantes, la triste película estrenada en los particulares cines de demasiados hogares.
Cierto es que durante toda la estadía mantuvimos la concentración para que el tacto tuviera suma importancia; mejor dicho, los dos tactos. Nos esmeramos para que el cariño y el respeto envolvieran dichos y hechos mientras, como recompensa, se nos obsequiaba con la calidez del contacto de su piel cuando acariciábamos la de sus manos y cara disimulando lloros convulsivos.
Por intuir, sospechábamos que el desenlace pudiera presentarse en cualquier momento, aunque aquí el olfato, distraído él por desocupado, nada tuvo que ver.
No, no fue ninguna alerta de nuestros sentidos lo que hizo que ese mediodía, con sólo mirarnos, tomáramos la decisión de frenar en seco y volver sobre nuestros pasos decididos así a alargar nuestra compañía diaria… hasta ese final que ya se presentía próximo y que se certificó poco después. Justo en aquellos instantes previos al desenlace tuvimos la sensación de que allí había algo más, algo diferente a todo lo que conocíamos hasta entonces; lo percibimos como una entidad intangible, sobrenatural e inalcanzable, y reveladora… A día de hoy la tenemos bien presente, porque no la olvidaremos jamás; no en vano, cuando entrábamos en los últimos cien metros de la carrera sin saberlo, nos deparó la oportunidad de acompañar su despedida en paz.
Después llegaron miradas cruzadas, barbillas trazando asentimientos, nudos en las gargantas, pulsador encendido, enfermera acudiendo; su confirmación, nuestra aceptación…  
Y con la frialdad con que nos envuelve la pena y la resignación enraizada por el inexorable paso del tiempo, ahora rememoramos el trascendente momento con toda claridad: nuestra afortunada reacción se debió a esa extraña percepción; sin duda fue provocada por aquella sensación…

© Patxi Hinojosa Luján
(22/09/2016)

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Privilegio


Los últimos días se han presentado envueltos en amaneceres perezosos. Amaneceres con el freno de mano echado, como si no quisieran ocultar la desidia de quien sabe que ha dejado en el camino parte de su alma y convive con la certeza de que, para recuperarla, deberá viajar bien lejos, al otro lado del tiempo y de los espejos. Han conseguido su propósito, nada nos ha cogido por sorpresa.
Han sido éstos unos amaneceres rácanos que no han dudado en regalarnos sus simulacros de luminosidad cargados con más mates que brillos y que, sin embargo, contaban en todos los casos con la trascendente belleza de sus predecesores.
Su estado no es sino un reflejo del nuestro, de aquellos que hemos dejado en la gatera más pelos de los que quisiéramos, y que a pesar de todo nos sentimos afortunados por haber cruzado un día nuestros caminos con el de ella; un camino que desde entonces se enriqueció día a día en una suerte de privilegio compartido por muchos.
Como su nombre, ella era feliciana, mucho, aunque desde un principio descartó la acepción despreocupada del término con un sentido de la responsabilidad que llevaba con toda naturalidad.
Hacía magia con los recuerdos, esos que más tarde —paradojas de la vida— delataron la anomalía. Pero… decía que hacía magia porque a más de tres niños embrujó con sus historias, tan largas como adictivas; y a más de dos jóvenes, y a más de un adulto… Su facilidad para el cálculo mental era tal que obviaba la existencia de ayudas tecnológicas, no las necesitaba. Vamos, que con su gracia habitual podía enlazar la recitación de uno de sus cuentos llenos de fantasía con la resolución de una compleja operación sin más respiro que el momentáneo que producía su fina ironía.
No es necesario que os diga que era generosa, tanto que ni siquiera se daba cuenta de ello. Regalaba su tiempo y su atención con la misma sencillez con que te invitaba a su mesa y a su conversación. Ella era así, todo un ejemplo a seguir sin pretender serlo.
Os diré que para algunos fue como una segunda madre, y aquí he de confesar con orgullo que el que escribe tuvo el honor de sentir que pertenecía a tan privilegiado grupo.
Y no quiero dejar pasar un detalle: Feli tuvo siempre muy buen ojo con las personas, y muy buen gusto, no en vano eligió como compañero a la mejor persona posible —todo bondad, aunque no sólo bondad—, esa que enseguida entendió y asumió que debía tomar las riendas de su relación cuando la anomalía justo empezaba a alejarla, no de nuestras vidas pero sí de nuestro mundo.
Feli fue una bellísima persona, tanto como lo es Manolo, aunque eso vosotros ya lo sabéis.
Nos dejó acompañarla hasta el final, cuando el único lenguaje posible entre los dos mundos distantes era ya el de las caricias y, en contadas ocasiones, el de las miradas cómplices; mas ella, aprovechando la última curva de su senda terrenal, consiguió despistarnos y tomar otra vereda hacia una nueva dimensión desde la que ya, estoy convencido, nos observa, vigila y protege; y también nos espera… Hasta entonces, maduraremos sus enseñanzas recordando el cariño —ese amor incondicional— y el elegante sentido del humor con el que nos las impartió. Nosotros rememoraremos nuestro esfuerzo al intentar devolver semejante generosidad con la torpeza del aprendiz, aunque con la pasión del agradecimiento. Sí, porque como dijo no recuerdo ahora quién, desde hace tiempo dormimos con la mejor almohada, la de una conciencia tranquila, lo que no evita que algunos amaneceres, sólo algunos, encontremos aquélla impregnada con la humedad de la pena que a veces, sólo a veces, se calza uno de sus disfraces favoritos, el de la añoranza…

(Para ustedes dos, queridos suegros)
© Patxi Hinojosa Luján, su «duerno»
(14/09/2016)