jueves, 25 de septiembre de 2014

Un reto inusual

       Aunque formaban parte de un todo indivisible, no por ello dejaban de tener su autonomía en asuntos concretos. Pero es bien cierto que al final siempre, si en el asunto en cuestión no acababan de ponerse de acuerdo, la opinión de uno de los dos tenía que prevalecer… era inevitable que un único criterio tuviera que aportarse a cada situación vital.

       Un día, y sin venir a cuento, uno de los dos le propuso al otro un juego: le retó a que cada uno de ellos compusiera un relato corto o micro relato, de un máximo de 450 palabras (como aconseja y recomienda Mike Pitt para las entradas más o menos periódicas en los tan extendidos blogs, de rabiosa actualidad), y que ambos representaran al ente al que pertenecían al día siguiente en su propio blog, sin más margen de tiempo… Solo habría que esperar un par de semanas más para ver cuál de ellos había tenido más éxito en su círculo más cercano, el que incluía a sus fieles lectores, para así tener a un ganador, el triunfador que no pasaría de virtual por pertenecer ambos al mismo micro mundo. Y así lo pactaron, y así lo hicieron.

       No propusieron un tema en concreto, la temática sería libre. Ambos se pusieron, ¡y es un decir!, manos a la obra, la escasez de tiempo apremiaba…

       Al día siguiente, «nuestro blog» apareció con dos nuevos relatos que escrupulosamente respetaban el consejo en cuanto a número de palabras y que reflejaban dos historias que nada tenían que ver una con otra. En los días sucesivos, ninguna otra entrada hizo acto de presencia por lo que los visitantes tuvieron tiempo de leer tranquilamente las dos últimas aportaciones y valorarlas (si así lo estimaban oportuno) con sus personales comentarios. Se dio el margen suficiente de días hasta que ya intuyeron que no habría más valoraciones. Había llegado el momento del recuento final.

       El relato cuyo borrador había sido escrito con tinta de color gris luna tuvo más comentarios y valoraciones positivas que el que en un principio se esbozó con tinta color rojo pasión, aunque los de este eran en su mayoría más extensos y apasionados, mostrando una cercanía, respeto, calor y afecto que no aparecían tanto en los de aquel, en general más fríos. Nuestros dos aspirantes a escritor, por los distintos motivos antes expuestos, reconocieron en el otro al ganador del reto, por lo que se dieron afectuosa y virtualmente la mano en señal de reconocimiento y admiración, y volvieron con la máxima concentración a sus respectivos cometidos, indispensables para la supervivencia del ente del que formaban parte, y por ende de las suyas propias…

Patxi Hinojosa Luján
(25/09/2014)      

sábado, 20 de septiembre de 2014

De sueños y pasiones…



Anoche, mientras dormía, soñé que ya nunca más podría volver a soñar… despierto.
Hoy y ahora, ya en el mundo consciente, me reconforta ver que no fue sino una pesadilla que, eso sí, me indujo al mayor desasosiego que recuerdo en mucho tiempo.
Por suerte para mí, mis pasiones siguen tirando del carro de mis sueños, y ninguna de ellas me ha abandonado jamás; y espero que este estatus siga así por lo menos hasta que esa luz blanca tire de mí, porque eso tenemos firmado en un contrato vital:
¡Podré seguir soñando despierto mientras que el cuerpo aguante!

© Patxi Hinojosa Luján
(20/09/2014)

domingo, 31 de agosto de 2014

Esa luz blanca…


No sé si la llegaste a ver o no, aunque en más de una ocasión algunos, entre los que me incluyo, lo reconozco, intuimos que sí. Pero esa luz blanca, tan mencionada en historias de diversos estilos, tendrá que esperar, esperemos que por muchos años. Tu fortaleza física y mental y tu inmensa paciencia, aderezadas por el apoyo constante, incondicional y prioritario de los que tú ya sabes, tus seres más preciados y queridos, han conseguido que la puerta al final de ese túnel acabara cerrándose para ti antes de que llegaras a ella, apagando así esa deslumbrante y nívea claridad; y ello te permitiera, con un esfuerzo sobrehumano eso sí, girarte esos tantas veces mencionados ciento ochenta grados para poder mirar y enfrentar la otra cara de la moneda de la vida, mucho más amable si nos atenemos a lo que nuestra consciencia mortal nos dicta e indica, y dirigirte hacia ella con toda la determinación y dignidad que tu estado te permitía.
       Y en estas estás, con muchas más zancadillas superadas de las que una verdadera justicia vital hubiera debido permitir, aunque aún con retos pendientes para los que, y tú lo sabes, no te va a faltar toda la fuerza del apoyo y acompañamiento posibles.
      Llegados a este punto, y por aquello de que no me oyes, lo que me daría mucha vergüenza (ya me conoces), puedo decirte sin rubor que eres un buen hombre, pero también eres un hombre bueno; que aunque pudiera parecer lo mismo, no lo es exactamente... Hay una sutil diferencia, pero lo asombroso en tu caso es que cumples a la perfección con las premisas que definen ambas acepciones. Y créeme si te digo que es sumamente difícil encontrar personas así, como tú. Y es por ello que se te respeta y quiere tanto, y es por ello que hemos tenido tres meses el corazón encogido…
         Y ahora estás tú, gracias al Universo, con la ilusión recuperada cual chiquillo después de una decepción rápidamente olvidada… Solo hace falta que cuando estés en alguno de esos delicados trances pendientes, esas asignaturas que se te atravesaron y quedaron «para septiembre», los dioses que controlan, dominan y distribuyen la mala suerte, la fatalidad o llámalo como quieras, estén mirando para otro lado, ¡por una vez, no estaría nada mal para variar! Por ejemplo, se me ocurre que ahora que ha comenzado la Champions League podrían irse comprando la camiseta del equipo que menos les desagrade para animarle y dejen así ya de joder…
          Seguiremos en la batalla, camarada. Nadie podrá con nosotros...
          Nadie podrá con nosotros, aunque estuvieron muy cerca ayer…

© Patxi Hinojosa Luján
(31/08/2014)

miércoles, 20 de agosto de 2014

Descuido digital

Ésta es una de esas noches con dos lunas, y no porque nos hayamos ido de nuestro querido planeta Tierra, no, sino por mor de algunos abusos que por desgracia son bastante habituales; bueno, eso cuando las nubes dan permiso para que sean visibles, ¡claro! Pero también es una húmeda noche de otoño, como casi todas las que estamos padeciendo este año: neblinosa, cuando no lluviosa. Triste y lúgubre en todo caso. Aunque por el día, la cosa no es que mejore mucho…
—Cada vez soporto peor los turnos de noche —suelta de repente el inspector Flanagan, después de un largo período de silencio en el viejo y medio destartalado coche patrulla camuflado, el que les ha sido asignado esa noche para la ronda nocturna de vigilancia de los barrios más peligrosos, los que bordean y los que están integrados en el mismo puerto pesquero—, ¡cómo deseo llegar a casa y pegarle un buen «lingotazo» a la botella de ron antes de meterme en el catre!, —murmura para sus adentros.
—Pues entonces, ¡qué podría decir yo, que llevo en este puesto cinco años más que tú…! —responde su compañero de turno y patrulla, el también inspector Mortimer, con no muchas ganas de conversación esa noche, malhumorado por el olor a alcohol que desprende el aliento de su compañero desde que empezaran su turno.
Ambos están ya bastante hartos y cansados de tratar con proxenetas, prostitutas sin papeles, rateros, pequeños traficantes que de mala manera se ganan la vida con sus trapicheos… desarraigados y maleantes de poca monta, al fin y al cabo. Todos o casi todos ellos están advertidos por ambos, no los quieren ver a su paso durante las rondas, así, unos y otros evitan problemas y se llega al amanecer de un nuevo día sin mayores sobresaltos.
***
Pero esta noche, Lorraine, la más novata de las prostitutas del burdel de Madame Lucille, el más frecuentado de toda la zona, ha tenido un error de cálculo, un desliz: ha salido a la luz antes de que terminara de pasar el coche patrulla y ha sido visible y reconocible para Flanagan, que en ese momento ha mirado hacia atrás al no tener otra cosa que hacer, ya que no le tocaba conducir, como en el resto de la noche, por motivos obvios. Su cansancio, su estado… digamos que de principio de intoxicación etílica, y hastío acumulado, han hecho que esa situación en particular le incomodara más de lo habitual, más de lo deseable; pero no ha mencionado nada y el turno de noche ha acabado a su hora habitual sin nada especial de lo que informar.
A Flanagan y Mortimer les corresponden ahora sus dos días de descanso semanal, por lo que se despiden hasta dentro de tres días, para incorporarse ya en el turno de tarde.
***
A su vuelta a la comisaría, la encuentran con más ajetreo de lo normal. La causa: hace dos días se ha encontrado muerta, y con dos pequeñas mutilaciones, a una prostituta en su pequeño apartamento del puerto; parece ser que fue sorprendida por su asesino mientras chateaba con una compañera de profesión para hacer tiempo antes de que le entrara el sueño, después de su «jornada laboral». Su cuerpo presentaba un único orificio de bala de entrada en la frente, sin salida, y tenía mutilados sus dos pabellones auditivos, sus dos orejas, vamos… Al ver entrar a nuestros dos inspectores, el comisario jefe da al instante un suspiro de alivio a la vez que se quita un peso de encima al traspasarles el caso, puesto que la zona y sus habitantes les son conocidos a la perfección por frecuentarla en sus periódicos turnos nocturnos.
Cuando se les entrega la documentación con los datos que se poseen hasta ese momento, algo reclama su atención de manera especial, y es que hay una fotografía del momento mismo del crimen. Tiene su origen en el ordenador de la compañera de la fallecida con la que estaba chateando en aquel fatídico momento, y que tuvo el reflejo de darle a la función de «tomar instantánea» de su programa de chat ante la violencia que estaba observando, mientras dudaba si llamaba a la policía ya o no (por su irregular situación en el país), en función del resultado que derivara de dicha acción violenta. No se ve gran cosa, porque la mortal acción se separó del centro de enfoque de la cámara del ordenador portátil y en la estancia reinaba sólo la luz que desprendía la pantalla, aunque sí se aprecia con patente claridad el brazo izquierdo del presunto asesino con un reloj digital señalando en esa penumbra las 12h38, en un principio la considerada hora oficial del crimen.
***
Los dos inspectores se citan en el lugar de los hechos en una hora, ambos dicen tener encargos personales que realizar y aducen que prefieren quitárselos de encima cuanto antes, puesto que a partir de ya les espera un arduo trabajo.
***
Cuando Mortimer llega a la precintada escena del crimen mucho antes de lo acordado, esperando en pura lógica ser el primero, es ya tarde, demasiado tarde. Lo que allí ve no se lo hubiera esperado nunca, y mucho menos deseado… Flanagan yace en el suelo con un arma, su revólver personal, en su mano derecha, un revólver a cuyo tambor le faltan dos balas. La segunda le ha atravesado el cráneo produciéndole la muerte al instante en un claro suicidio. De la ausencia de la primera, que fue la que acabó con la vida de Lorraine, el difunto inspector no ha sido consciente hasta hace menos de una hora al ver la fotografía del expediente, fotografía que muestra su muñeca izquierda con ese reloj de pulsera que marca, no la hora del crimen, no, sino la hora a la que había programado la alarma como despertador y que por un despiste se olvidó de cambiar a la pantalla de «hora actual». Un despiste que se produjo por un consumo abusivo de alcohol la mañana de aquel funesto día, y los días anteriores, lo que hizo que no recordara nada de lo ocurrido y que no fuera consciente de sus actos… hasta que la visión de la fotografía mencionada le produjo una impresión tan tremenda, con aparición de taquicardias y sudoración fría, que incluso su compañero se percató de ello, y al sospechar de él (y no sólo por eso) quiso intentar borrar cualquier huella que pudiera haber dejado, antes de que llegara a la cita, para protegerle. Ahora, con el caso resuelto y el corazón encogido, Mortimer recupera el revólver de la mano inerte de Flanagan, hace girar el tambor y se lo coloca en su sien derecha, dudando de si jugar una mano a vida o muerte a la ruleta rusa o no, pero antes de decidir si apuesta su propia vida, libera de la manga de la gabardina la muñeca izquierda de su compañero para comprobar que su reloj, ese reloj que él mismo le regaló la pasada semana por sus diez años de patrullaje en pareja, sigue indicando las 12h38, hora a la que Flanagan nunca debió levantarse aquel día…

© Patxi Hinojosa Luján
(20/08/2014)

lunes, 18 de agosto de 2014

Ella


Ella es una chica de costumbres invariables. Y tú lo sabes. Sabes que llega y entra a su oficina, con cara de no muy buenos amigos, a las 7h55 de cada mañana, luzca el sol o llueva a cántaros, siempre a esa hora. Intuyes que es para tener ya encendido y listo su ordenador de trabajo a las 8h, que es cuando debe comenzar su jornada laboral. También sabes que a eso de las 13h05 baja con su bolsa de comida al parque que está justo enfrente del edificio que acoge su oficina, y se sienta en su banco preferido, que casi siempre va a encontrar vacío debido a su ruinoso estado… lo eligió justo por ese motivo, lo que te hace gracia. Y que a las 13h25 recoge sus cosas y se retira de nuevo hacia su puesto de trabajo, que abandona a las 16h30; lo sabes porque aparece por el portal a las 16h35, siempre puntual, y ello denota a tu parecer que la monotonía no escasea por allí. Y lo sabes porque una y mil veces la has observado desde prudente distancia y procurando siempre pasar desapercibido, como un voyeur.
Ella no es feliz, y tú lo sabes. Sabes que su desestructurada familia en la que todo lo importante se rompió demasiado pronto, fue como una losa sicológica que desde que ella era muy niña hasta hoy le ha moldeado el carácter hasta convertirla en una joven con futuro, pero sin presente. Una joven con talento, pero sin alegría de vivir y por vivir.
Ella no es feliz, pero tú tampoco. No hasta que llegue el día en que veas un cambio en su adusta expresión, hasta que la veas sonreír y comprendas que un cambio positivo se ha producido en su vida. Y tú llevas tiempo maquinando para que esto último suceda… lo antes posible. Para ello, en los espacios de tiempo en que no estás contemplándola, garabateas sin parar en una ajada libreta que siempre llevas contigo, cosa que haces sólo hasta que tienes la suerte de poder observarla una vez más desde el anonimato de tu escondite de turno, variable para no incurrir en un fallo que hiciera infundirle sospechas. En esos momentos, sólo existe ella en el universo y la libreta queda relegada a un segundo plano, aunque siempre a buen recaudo.
Un buen día, cuando crees que has terminado de hacer los deberes que te habías impuesto como terapia, pero también como desagravio hacia tu persona, todo ello envuelto en el papel de regalo de la justicia, hacia ti, pero sobre todo hacia ella, te sientas a la mesa de tu despacho, que acabas de despejar por completo, y te dispones a colocar por orden numérico todas esas hojas que antes fueron escritas en borrador en tu querida libreta pensando sólo en ella, y que ahora, ya en limpio, forman un todo que bien podría llegar a denominarse novela, o mejor dicho, autobiografía. Colocas con pulcritud cada hoja, mil veces revisada y corregida por ti mismo, en su lugar correspondiente y, cuando has acabado la tarea, añades al conjunto un pen drive con la versión digital del texto en varios formatos, por si acaso. Y mientras introduces todo en un gran sobre amarillo con su nombre bien visible escrito a rotulador en el anverso del mismo, no puedes evitar mezclar una gran sonrisa con unas gotas de lluvia que, no se sabe cómo, se han introducido en tu hogar y ahora, ¡qué casualidad!, se desplazan, orgullosas, por tu rostro.
Ella no es feliz, aunque hoy tú te has levantado con la esperanza de que eso cambie en breve. El día ayuda, no llueve pero está muy gris y triste y el parque está casi vacío. Tal y como tienes previsto, a las 13h en punto te acercas a su banco y depositas en él, cara arriba para que enseguida identifique su nombre, el sobre que traes preparado con tanto cariño. Y se vuelve a cumplir el ritual horario, sólo que esta vez no el de las costumbres. Antes de sentarse, se hace con el sobre a su nombre mientras intenta localizar a alguien entre árboles y bancos, todavía no sabe a quién, sin conseguirlo. Por fin, se sienta y empieza a leer con apremio, como si tuviera que terminar lo antes posible, ya, y comprende según avanza en la lectura, que es por un afán de recuperar el tiempo perdido. A las 13h43 se da cuenta de su despiste horario, coloca todo en su sitio y vuelve hacia su oficina, sin probar bocado, eso sí, pero la expresión de su cara es ya otra. Ha desaparecido la tristeza y se atisban expresiones menos rígidas, más optimistas.
No quieres irte de allí, anhelas más que nada en el mundo ver la expresión que dibujará su rostro cuando atraviese el portal hacia la calle; y al verla aparecer antes de su hora y con una sonrisa que ya tenías olvidada, la lluvia amenaza tu rostro y tu corazón parece haberse encogido más de lo habitual…
Ella es feliz, y tú lo sabes, por lo que tú también lo eres, por fin, después de tantos años… Ella ha comprendido que tú, sin ser perfecto, no eras aquél al que describían con tan mala intención una y otra vez tratando de borrarte de su memoria, de sus sentimientos, de su vida. Tú, en un ejercicio de sinceridad y de ajuste a la realidad acaecida y a la verdad rigurosa, has escrito por y para ella, el ser más querido y ausente, pero tan presente a la vez, una novela autobiográfica sin terminar, que te ha reconciliado con tu pasado, y a ella, con su futuro, al que ahora ya puede mirar orgullosa, desafiante.
Ella es feliz porque hoy, después de completar los párrafos que tú dejaste en blanco para que fuera ella la que los terminara convirtiéndose así en coautora, ha dado por terminada la obra y ha conseguido, tras muchos esfuerzos e imaginación, que una modesta editorial lance una primera edición en papel, ¡y con tapa dura!, de la misma.
Ella es hoy más feliz que nunca, no porque esté firmando ejemplares de su libro durante la presentación oficial del mismo, sino porque lo hace junto a su coautor, con el que no para de cruzar miradas cómplices de verdadero respeto, admiración y cariño.
¡Y qué decir de ti, su padre, en estos momentos el ser más feliz y orgulloso del Universo…!

© Patxi Hinojosa Luján
(18/08/2014)

lunes, 11 de agosto de 2014

En la penumbra



La penumbra esconde, o por lo menos disimula, un cúmulo de sensaciones y emociones que se entremezclan en su cerebro, afectando también al cuerpo, formando su tótum revolútum particular, ese viejo y conocido compañero de mil batallas disputadas… ganadas en la inmensa mayoría de los casos.
Una vez más está allí, en la semioscuridad que le otorga el encontrarse «entre bambalinas», justo en esa penumbra que tantas veces le ha visto dudar de sí, preguntándose si lo volverá a hacer bien una vez más, si lo recordará todo a su debido tiempo; en definitiva, si el deseo de «mucha mierda» de todos aquellos que siempre le acompañan «antes de» volverá a surtir efecto, o por lo menos no le acabará perjudicando. Todo ello a pesar de haberlo repetido infinidad de veces, tanto en los ensayos como en las funciones, y siempre con éxito...
Pero, ¡ay amigo!, el riesgo jamás está ausente de ese punto sin retorno que se da cuando, estando en el escenario frente a su público, aparece esa maldita décima de segundo de vacío que se hace eterna y, cuando ya la ha superado, lo que al final acaba sucediendo cada vez, unas gotas de sudor frío, casi helado, ya están descendiendo desde sus sienes, eso sí, invisibles para quienes desde sus butacas asisten ensimismados a su arte de clown. Y a la par que la actuación continúa, si en ese momento su cara pincela una sonrisa, la curva de ésta se eleva unos grados por los extremos en una muestra clara de satisfacción, esta sí visible para todos, aunque la crean parte inherente a la actuación y no lo sea… del todo.
Terminada la representación, y mientras vuelve a su camerino con la sensación del deber cumplido, todo su ser empieza a relajarse después del «subidón» de adrenalina del día, que no experimenta sino cuando ya está desmaquillándose y empezando a pensar en su otro mundo, que lo tiene...
Pero si hay algo cierto en esta vida es que casi todo es cíclico, y antes o después vuelve a suceder una vez más, se desee —como es el caso— o no.
***
Y ahí estás tú otra vez, con tu dilema y ese hormigueo en el estómago. ¡Qué se le va a hacer!
«Te llaman a escena, no lo pienses más…»

© Patxi Hinojosa Luján
(11/08/2014)

martes, 5 de agosto de 2014

La pista

       Se dijo: ¿por qué no?, y, con todo el ánimo del mundo, Tasio se desplazó hacia la localidad que le habían indicado. Su destino allí eran los archivos municipales que se encontraban en el ayuntamiento, y su camino hacia ellos solo se vio interrumpido por la visita, preventiva más que necesaria o urgente, a unos urinarios públicos que casual y afortunadamente encontró en su camino. El objetivo de su investigación era sencillamente averiguar cuántas calles cumplirían con una condición, derivada de un recuerdo que había renacido en su cabeza de buenas a primeras hacía unas semanas y que le rondaba desde entonces. Solo encontró dos y las anotó, como si fuera un ritual secreto, en la libreta que siempre le acompañaba; no quería que se le escapara ningún detalle, cosa nada infrecuente a su edad, a pesar de gozar de relativa buena salud.

       Salió a la calle e inmediatamente buscó en su libreta la primera de las anotaciones, hechas con trazos rápidos y nerviosos, y se dirigió a donde indicaban estos. Estando al llegar, enseguida se dio cuenta de que ese no era su objetivo, allí únicamente había un gran edificio lleno de oficinas, todo impersonalidad y frialdad.

        Solo le quedaba una posibilidad, y esto hizo que un hormigueo le visitara el estómago y no le abandonara hasta que, después de identificar en los trazos de su segunda anotación su siguiente y último destino, se dirigiera hacia allí, donde comprobó, esbozando una sonrisa mezclada con alguna lágrima de felicidad que no pudo disimular, que quien antaño había tenido clase, no la había perdido…

       Se encontraba al final de una calle de viviendas unifamiliares, pero pequeñas y modestas, cuya última casa construida en la acera de los números impares era la número 109. Aunque a continuación estaba por terminarse una nueva, que ya portaba orgullosa, como Teresa, la mujer que parecía que supervisaba las obras como propietaria, su número en un letrero de madera que destacaba por su belleza artesanal.

       Tasio enseguida lo vio claro: Teresa, había tenido a la vez que él esa vuelta al pasado con el recuerdo de su querencia común y  aprovechó la «casualidad» de que aquella calle llegara hasta el 109 para adentrarse en la aventura de la construcción de su pequeña casa a la que nada ni nadie le podría arrebatar ya su situación, y con ello la posibilidad de un reencuentro gracias a la intermediación de Simón, un amigo de juventud de ambos, porque lo cierto es que había dado con la mencionada población gracias a la conversación mantenida días atrás con él, que al fin y al cabo fue quien le dio la pista.

       Lo cierto es que hacía un tiempo que a Tasio le obsesionaba una idea, y esta no era otra que la de localizar a Teresa, su primer y único amor, aunque esto lo supo solo cuando ya era demasiado tarde y sus respectivas vidas viajaban en la misma dirección, pero en sentidos opuestos. Simón en cambio sí había mantenido el contacto más o menos periódico con ella hasta hacía bien poco tiempo, por lo que pudo indicarle dónde moraría, casi con toda seguridad, aunque sin poder ofrecerle más detalles. Cierto es que Tasio podría haber indagado en algún buscador de internet, pero él era desde hacía ya algunos años un jubilado que disponía de todo el tiempo del mundo y que además «necesitaba» realizar su búsqueda a la vieja usanza, como un reto en forma de juego,  según un presentimiento que le acompañaba, no sabía ni cómo ni por qué.

         Durante el tiempo en que Teresa y Tasio habían sido algo más que amigos, compartieron muchas cosas, quizá demasiadas y de ahí la separación, pero a ambos se les había quedado grabada en la memoria una en especial: su querencia, su especial cariño por un número, el 111 en concreto, y Tasio pensó que cabía dentro de lo posible que ella hubiera escogido una vivienda con ese número, en un homenaje nostálgico,  para residir los años que le quedaran de vida, y para dejar abierta la puerta a un reencuentro que no sería tan casual. No se equivocó en absoluto.

       El destino «numérico» quiso que pasaran sus últimos años de vida juntos en aquella casa recién construida hasta que el corazón les falló a los dos en un mismo mes. Suele pasar cuando hay tanto cariño inundándolo todo: cuando el primero no puede más,  el segundo ya no quiere más.

       Simón, cada aniversario del reencuentro, en un ritual pleno de cariño y lealtad a sus amigos, al abandonar el cementerio donde descansan juntos, no puede evitar volver la vista atrás mirando por encima de su hombro para echar un último vistazo a las 111 flores que acaba de depositar en el panteón número 111…

Patxi Hinojosa Luján

(05/08/2014)

sábado, 2 de agosto de 2014

De símiles y misiles

       Hay días, aunque no creáis que muchos, no, solo los que tengo que ir a la «estresficina»… en que cuando me despierto por la mañana puedo sentirme incluso como una hermosa y bonita naranja, brillante aunque con la rugosidad justa, sin pelar, sin cortar, sin exprimir… Pero, ¡ay amigo!, cuando ya, y una vez finalizada la jornada laboral, llego a mi hogar, me siento, y no es porque me lo diga ningún espejo sino por las sensaciones que interiorizo, como un limón que, partido por la mitad, hubiera sido exprimido al máximo y ya no le quedara ni una sola gota de jugo en su interior. Después de una larga travesía vital que dura ya demasiados años, y aquí con el adverbio únicamente aludo a lo referente a esa transformación o reacción química, todavía me pregunto cómo este limón puede amanecer, a la mañana siguiente, convertido en aquella naranja… y solo se me ocurre pensar que es debido al sueño reparador, en mi caso siempre junto a mi hada particular, ese pequeño duende que me ha acompañado siempre, haya habido para compartir pan, cebolla, ambas cosas o ninguna de ellas.

       Pudiera parecer que en un principio aflora latente una queja, pero no, nada más lejos de la realidad, puesto que me reconozco como un privilegiado asalariado que por lo tanto, muy cansado eso sí, tiene que estarle agradecido a la vida, muy agradecido.

        Y encima, para más inri, en nuestra tierra no llueven las bombas y los misiles con los que en otra parte del planeta están «obsequiando» a la población, aunque todos sabemos que esos no son los fuegos artificiales que quisieran ver… no me extenderé más aquí, no en caliente, como decimos por estos lares.

       Ya veis, unos tenemos símiles que compartir con los sufridos amigos que pierden el tiempo leyendo nuestras ocurrencias, pero otras muchas personas, lo que por desgracia tienen son misiles que esquivar para poder continuar con sus míseras vidas, pero en las que seguro no falta la pasión mientras no se las arrebaten…

       Y yo lanzo una pregunta al aire: ¿hasta cuándo tanta desigualdad e injusticia?

       Como decía nuestro querido Bernie Taupin, allá por 1976: si Dios está en el Cielo, ¿a qué espera?

       Y eso mismo me pregunto yo en un 2014 que pareciera «muy» futuro cuando surgió aquella reflexión… ¿Tan poco hemos aprendido?

Patxi Hinojosa Luján

(02/08/2014)   

jueves, 24 de julio de 2014

Fin

       […] Accedió a citarse con él en aquel paraje tan poco accesible cuando de personas urbanitas estamos hablando: el final del sendero que une las inmediaciones del pico Muganix (758 m) con el primer pico de Peñas de Aya, el Hirumugarrieta (811 m). Quizá fuera solo un capricho, o un cambio de ritual que pretendiera dar por terminada su relación contractual. En todo caso, Fernando, que ya había tenido acceso a gran parte de los capítulos de la novela que Humberto estaba escribiendo por encargo para él, estaba seguro de que esta obra era la que le iba a dar el espaldarazo definitivo hacia el éxito multitudinario, la que le iba a convertir en uno de los grandes vendedores del momento, en el padre de un nuevo best seller; obra que le iba a apartar, por fin, del circuito de escritores mediocres con ventas aún más mediocres.

       —Llegas puntual, como siempre—le dijo Fernando a Humberto nada más verle aparecer al otro lado de la roca.

       — ¡Hombre!, siendo yo el que te he citado en este lugar, lo normal es que incluso hubiera llegado antes que tú. Pero lo importante es que ya estamos aquí los dos —matizó Humberto mientras terminaba la ascensión y buscaba el lugar menos incómodo donde poder sentarse—. ¿Has traído lo convenido? —dijo enseñando discretamente la novela haciéndola  mínimamente visible al extraerla por una esquina de su portafolio, lo que no dejó de ser una provocación para Fernando…

       — ¿Cuándo no he cumplido yo lo pactado, eh? —Dijo Fernando, y su tono de voz le delató nervioso e irritado.

       —Eso es cierto, tranquilo —trató de serenarlo Humberto—, siempre has sido muy puntual…  al pagarme esas miserias con las que solías valorar mis trabajos —en este punto no pudo ya evitar un repentino ataque de desahogo emocional, cual desagravio de su herido, durante tantos años, amor propio.

       —Pero esta vez es diferente, ¿verdad Humberto?, esta vez has conseguido embaucarme, no sé cómo, hasta sobrevalorarte, consiguiendo que solo predominara tu criterio, en contra de mi opinión y valoración…

       — ¿No estarás intentando regatear el precio, verdad?, porque ya te dejé bien claro a la lectura del tercer capítulo que el valor en que tasé mi trabajo era esta vez innegociable… El tema es meridianamente claro, tú me das lo convenido y bajas de Peñas de Aya con una obra maestra bajo el brazo, permíteme la inmodestia por una vez;  o si no el que lo hace soy yo, y así se conocerá y reconocerá al verdadero autor de la historia que contienen estos folios, e incluso de las anteriores, haciéndose justicia literaria, por primera vez en mi caso…

       —Bueno, no te pongas así, entre «amigos» no deberían permitirse estos enfrentamientos, ¿no crees? —se apresuró a dejar caer con displicencia, aunque con poca credibilidad, todo hay que decirlo—, y tú, nunca me harías eso, ¿verdad?

       —Prueba a incumplir tu palabra, y sabrás de lo que soy capaz y de lo que no (se permitió ese farol)…

       La conversación estaba llegando a un extremo tal que la tensión reinante en el ambiente, húmedo y algo neblinoso a esas primeras horas de la tarde, era tan alta que bien se podría  cortar con un cuchillo. Y un cuchillo fue lo que apareció precisamente en escena, más en concreto en la mano derecha de un Fernando que, con los ojos rojos de ira, se dirigió (dialéctica y físicamente) hacia Humberto…

       —Mira Humberto, yo habría preferido que esto no hubiese acabado así, pero vista tu actitud poco colaboradora, me obligas a zanjar este asunto a «mi manera». ¡Venga! dame ya el maldito portafolio con la novela, al fin y al cabo me pertenece, yo he sido el que te he estado alentando todo este tiempo para que siguieras escribiendo la historia. Sin mi protectorado económico y mi seguimiento constante, no habrías sido más que un vago sin ambición, y un borracho, aunque he de reconocer que con un gran talento —dijo cuando ya el filo del cuchillo rozaba a un inmóvil Humberto y le producía un hilillo de sangre en su cuello… inmóvil hasta que un instante después, y de un certero golpe en las «partes nobles» de Fernando, hizo que a este se le escapara el arma de la mano y empezara a caer por un precipicio situado en un lateral muy cerca del camino, por lo que en un gesto instintivo al intentar recuperarla, acabó acompañándola en el largo descenso por y hacia el vacío definitivo de la nada.

       Humberto, que, en un principio y por la impresión y angustia del momento vivido, asumió la responsabilidad del trágico suceso, enseguida cambió de opinión al analizar con algo más de frialdad la situación acaecida y percibir la sensación de que lo que le acababa de ocurrir a Fernando, él y solo él se lo había buscado.


       Decidió bajar de inmediato mientras intentaba hacer «borrón y cuenta nueva». Mantenía la posesión de su trabajo, aunque lo difícil iba a ser ahora darlo a conocer porque esa faceta era totalmente desconocida para él, aunque sí la hubiera dominado Fernando con sus maneras de seductor. Y mientras bajaba dejando atrás el peligro de la repentina niebla, traicionera entre aquellas rocas graníticas que componen el colosal monumento natural, se prometió a sí mismo cuidar más su dignidad en el futuro que, no sabía a ciencia cierta porqué, sería testigo de su renacer, vital en general y literario en particular.

FIN

*
       Se escondió detrás del buzón del monte Muganix esperando la llegada de Armando, quería ver la expresión de su cara antes de la conversación que tendrían por mor de su cita. Lo vio pasar y notó algo extraño en su mirada, aunque no supo identificarlo. Cuando vio que llegaba al lugar convenido, Roberto salió de su escondite y se dirigió también al punto elegido, con menos signos de cansancio por el descanso previo. El saludo fue tan frío como el ambiente debido a la humedad que impregnaba la persistente neblina.

       Armando preguntó a Roberto por el manuscrito de la novela, que este mostró ligeramente abriendo su portafolio por una esquina y extrayéndolo unos centímetros, los suficientes para que reconociera el título y algunas frases que ya antes había tenido la ocasión de leer. A Armando le empezaron a crecer los colmillos, figuradamente. Roberto preguntó que si había traído «todo», como habían convenido, a lo que Armando contestó negativamente…

       —No pensarías que sin acabar de leerlo te iba a hacer el pago completo, ¿verdad? —argumentó Armando.

       —Pues eso fue precisamente lo que acordamos después de mostrarte los primeros capítulos, que tanto te impactaron y entusiasmaron, según me confesaste —protestó Roberto, no sin razón.

       —No seas ingenuo, Roberto, «amigo», estas cosas no son así en la vida real —intentó apaciguar Armando, pero su voz le delataba, sonaba más falsa que una moneda de 19 euros con 58 céntimos—, tú te llevas ahora la mitad, y en cuanto lea la novela completa, te ingreso la otra mitad en la cuenta habitual, ¿ok? ¡Y tan amigos!

       Roberto, en el fondo, y en la superficie también, era débil, y por eso Armando había hecho siempre lo que había querido con él. Estuvo a punto de protestar de nuevo, pero recordó el último capítulo que él mismo había escrito para la novela en cuestión y, no queriendo que la cosa llegara a mayores, agachó la cabeza y accedió al desigual trueque. Se despidió de Armando invitándolo a iniciar el descenso solo puesto que él se quedaría un rato más disfrutando del granítico entorno. Sabía que no se pondría a leer hasta estar cómodamente sentado en el sillón de su despacho mientras se bebía un whisky y se fumaba un buen puro, lo conocía bien, y eso le daba un margen de tiempo para poder bajar por un camino alternativo y desaparecer para siempre de su vida. No quería estar presente cuando Armando terminara la lectura del manuscrito que, como en ocasiones anteriores, registraría a su nombre, en este caso después de cambiar él mismo «algo» del final, quiso suponer Roberto.

       Armando inició el descenso sin despedirse y casi sin mirar a Roberto. Fue justo cuando se inclinó para salvar el primer desnivel rocoso, y debido a un fugaz rayo de sol que se coló entre dos nubes, como este pudo ver con toda claridad el brillo de la lámina del gran cuchillo que aquel llevaba fuertemente asegurado a su cinturón…

Patxi Hinojosa Luján

(24/07/2014)

miércoles, 16 de julio de 2014

Diálogos entre líneas


—Yo, ¿podría tener una tablet, como muchos chicos de mi clase?
—En un principio… no me parece una mala idea, no, aunque antes tendríamos que hacer todo lo posible para que te la merecieras. Se me ocurre que, por ejemplo, siendo un buen estudiante y sacando unas «notazas» que fueran la envidia de tus compañeros, ¿qué opinas?
—Si a ti no te parece mal y sólo tienes esa condición, ¡por mí encantado! Ya empezaba a pensar que iba a seguir siendo un segundón —le dijo el coprotagonista de la novela a su autor en un momento de debilidad de éste —¿demasiado whisky?—, que por cierto escaseaban, por lo que había que aprovecharlos cuando se producían.
El escritor cambió algunos párrafos del capítulo que le ocupaba en esos momentos para adecuarlo a las novedades pactadas y continuó con la escritura de su opera prima teniendo en cuenta el nuevo status del personaje del chico.
Pero, paradojas del mundo literario, su personaje ya no volvió a intentar nunca más comunicarse con él: estaba demasiado ocupado con su nuevo juguetito conectándose siempre que podía y en cualquier circunstancia y lugar a la red de redes, por lo que descuidó las obligaciones contraídas y no cumplió su parte del trato. ¡Grave error!
Suerte que nuestro novelista reaccionó a tiempo e hizo los oportunos cambios antes de entregar el manuscrito a su editor, eso sí, con un par de semanas de retraso. A las veinticuatro horas de que esto ocurriera, aquél recibió una llamada de éste felicitándole por el excelente trabajo y preguntándole —simple curiosidad, le dijo— por qué al final había prescindido del personaje de ese chico que en un principio iba a ser el coprotagonista…
… quien, según las malas lenguas ha sido visto en los últimos tiempos intentando cambiar su tablet por un papel, aunque fuera pequeño, en la obra de algún primerizo y noctámbulo escritor, para matar el gusanillo más que nada, porque al fin y al cabo ése es su destino, ¿no?…

© Patxi Hinojosa Luján
(16/07/2014)

jueves, 10 de julio de 2014

Sinsentidos consentidos

       Veo tus preciosos ojos color azul cielo y mar, y puedo apreciar que en su reflejo aparezco más valiente.

       Oigo cómo me animas, sobre todo en los momentos más grises, en ellos siempre.

       Huelo tu aroma, sin aditamentos, y mi mente retrocede treinta y seis años, y es como si no hubiera pasado el tiempo, sino que fuéramos nosotros dos los que hubiéramos pasado por el tiempo sin cambiar.

       Saboreo el placer de tu presencia, no ya a mi lado, sino en mi lado, en mi espacio, como si fuéramos uno, siendo uno, lo que siempre ocurre cuando…

       … al acariciar tu piel desnuda, suavemente, de arriba abajo, mis manos se van acercando cada vez más a mi cuerpo, lo que indica que estoy llegando a la cima de las primeras montañas en la escalada del placer, aunque aún quede algún monte por explorar y disfrutar...


       Después de ese placer, el sosiego, la tranquilidad, la paz del descanso…

*

       Veo un futuro que no deriva de este presente, lo que reconforta mi alma.

       Oigo sones de paz, pero estos no han sido propiciados por esos dos jefes de los «rostros pálidos», que en los momentos actuales no lo son tanto.

       Huelo el refrescante aroma de la LIBERTAD, así con mayúsculas, para todos.

       Paladeo el placentero sabor de la Justicia Social Universal.

       «Casi» llego a acariciar, a palpar, a tocar la perfección sensorial…

*

       Me despierto, o eso creo al menos, pero no me quiero dar… no puedo darme el tiempo necesario para comprobarlo: hoy solo deseo empezar a aportar mi granito de arena para que nuestro mundo se parezca lo más posible, y lo antes posible, al que mis sentidos han disfrutado durante estas últimas horas en las que reinaba la Luna, y yo me dejaba llevar por esos universos paralelos de sentidos consentidos. Y en ello estamos…

       Y así, de nuevo con el depósito lleno de carburante, me sumerjo (el tiempo dirá con qué éxito) en la misión que desde ya me he impuesto, la lucha contra los «sinsentidos consentidos».

Patxi Hinojosa Luján
(10/07/2014)  


 Nota del autor: Sirva este humilde texto como homenaje a todas las víctimas inocentes (no hablo de bandos, solo de personas) que cada día aumentan las frías cifras de pérdidas de vidas humanas, como estamos viviendo en estos mismos momentos en nuestro querido planeta, por la intolerancia de algunos… ¿semejantes?