jueves, 21 de julio de 2016

Bromas


El experto y afamado alpinista, en plenitud física a sus treinta y pocos años, se dispone a realizar el asalto final a cumbre de su enésimo ochomil con gran seguimiento mediático. Está a tan solo cincuenta metros de conseguirlo por la  vertiente sur; un último esfuerzo y tendrá un número más para añadir a su zurrón, una nueva muesca. Conseguido. El esfuerzo ha sido descomunal, pero ha merecido la pena. Intenta respirar del poco oxígeno que le queda a la atmósfera a esas alturas, pero el solo gesto de inspirar le cuesta un mundo; «me estoy haciendo mayor», se dice con una medio sonrisa que enseguida desaparece, porque es entonces cuando lo ve, ve al valiente que llega por la cara norte, la más complicada, con una cara que no refleja tanto cansancio como la suya, a pesar de contar con más arrugas, los cincuenta hace tiempo que los dejó atrás. Se saludan desde sus posiciones con deportividad, el valiente gira trescientos sesenta grados para tener la panorámica completa y, ¡enciende un pitillo! ¿Qué clase de broma es esta? El joven, experto y afamado alpinista piensa que su descenso va a ser un calvario, no para de darle vueltas a la cabeza y entraría en depresión si no fuera porque eso está prohibido en los ochomiles, se debe dejar toda la concentración y todas las fuerzas al servicio de la siempre peligrosa bajada.
El músico callejero con el que me cruzo todos los días en el metro tiene una voz magnífica. Hoy disponía de margen de tiempo y he tenido la fortuna de poder pararme a escucharle media docena de canciones. Y he de confirmar que su voz suena preciosa, es en verdad prodigiosa; sube a los agudos más altos y baja a los graves más puros sin ninguna dificultad  y sin gallo alguno. Da gusto oírle cantar. Pero es que ahí no acaba la cosa, el tipo además toca la guitarra clásica como si de un profesor de ese instrumento de cuerda se tratara. Ya de vuelta reflexiono sobre su actividad y acepto que me da rabia que alguien así, con su talento, malviva con las limosnas que recibe. Llego a casa y me envuelve una sensación agridulce, feliz al recordar el mini concierto, de enojo e indignación cuando oigo en las noticias que el hijo de la famosa tertuliana «Fulanita de Tal» ha llegado a disco de platino con su último álbum, cuando todos los que le hemos oído cantar —con o sin arreglos— opinamos igual: ¡Da vergüenza ajena! Esto sí que es una broma pesada.
***
Los ríos desplazan su caudal de agua con decisión y sin tregua; alguien les ha debido de decir en algún momento que allá al final de sus viajes les aguarda una sorpresa que no deben dejar de visitar. Y por ello no dan ningún respiro a sus aguas que, ingenuas, acaban siempre ahogándose en el mar. El enemigo en casa. Una broma pesada no, macabra.
***
Te estoy siguiendo, pero te pierdo cuando te veo doblar la esquina; al llegar a ella yo hago lo propio y compruebo que entonces eres tú quien me sigue a mí. Tú heredas mis ansias de alcanzar, yo tu indiferencia ante cualquier alcance, y así el eterno juego de seducción no reconocida y relaciones varias se perpetúa en cada uno de nuestros yos. Me seguirás, aunque sólo hasta que yo te despiste en la siguiente esquina.
Parece una broma, pero no, no lo es.

© Patxi Hinojosa Luján
(21/07/2016)

martes, 19 de julio de 2016

Cena como excusa


Llevaba media vida escondiendo sus actos, o como mínimo procurando que no le relacionaran con ellos. Era superior a él, no podía evitar repetirlos siempre que tenía ocasión, aunque esto no pasaba tan a menudo como él hubiera deseado. Con el paso del tiempo su círculo de amigos empezó a sospechar algo y llegó el momento en que todo salió a la luz. Decidieron por unanimidad que le prepararían una sorpresa con la que recibiera su merecido…
***
—¡Sorpresa! —gritaron al unísono todos. Le habían citado para cenar en la sociedad gastronómica que frecuentaba la cuadrilla con la peregrina excusa de que a otro grupo de la misma le había sobrado mucha comida de la anterior reunión y que sería una pena que se estropeara.
Él llegó con un cuarto de hora de adelanto a dicha sociedad pero no pudo evitar ser el último, todos le esperaban ya de pie formando un perfecto semicírculo detrás del cual en una gran pancarta rezaba el siguiente texto:
«PARA LA PERSONA MÁS SOLIDARIA, UNA PEQUEÑA APORTACIÓN CON NUESTRA ADMIRACIÓN ¡¡¡GRACIAS, AMIGO!!!».
Los abrazos que siguieron al impacto inicial tuvieron que salvar, mediante un pequeño rodeo, un obstáculo muy especial: un gran contenedor repleto de alimentos imperecederos con una etiqueta de envío que debería rellenar el recién llegado; tenía costumbre de ello.
En un lateral de la sala, una mesa corrida les esperaba a todos con una modesta pero suculenta cena que con toda seguridad acabarían regando con «agua de Bilbao».
***
… homenaje.

© Patxi Hinojosa Luján
(19/07/2016)

lunes, 18 de julio de 2016

¿Me reconoces?


El tiempo se le había echado encima, era ya demasiado tarde. Pronto sería noche cerrada, pero la luna llena estaba preparada desde hacía un buen rato para ejercer de particular linterna de los noctámbulos más incorregibles, aunque también de su espía más discreto.
Se acordó de conectar el teléfono móvil estando ya en el portal de su vivienda y vio que tenía un mensaje. Supo que era importante en cuanto comenzó a leerlo. Girando sobre los talones, dio media vuelta haciendo caso omiso a un ascensor que ya le ofrecía su puerta abierta atendiendo a la petición que acababa de recibir. Se dirigió al garaje para volver a coger su berlina, un coche que mantenía aún el motor caliente, y dirigirse al hospital materno infantil: según vio por la hora que acompañaba al texto, hacía dos horas que su mujer se había puesto de parto con más de una semana de adelanto, lo que le comunicaba con gran disgusto al no poder localizarle —casualidades de la vida— justo en el momento que más le necesitaba; él había estado ilocalizable por primera vez en mucho tiempo debido a lo que con posterioridad definió como un descuido, algo que jamás había sucedido antes; aunque quizá no fuera tal…
El hombre que preguntó en recepción por la situación de su esposa no aparentaba estar nervioso.
Entró en el paritorio justo en el momento en que la enfermera colocaba a la recién nacida al regazo de su madre después de limpiarla y pesarla. Él se apresuró a acercarse a la cama donde descansaba su mujer con su hija y les dio un cariñoso beso a ambas. A continuación se interesó por cómo había transcurrido todo mediante unas precisas preguntas efectuadas a comadrona y enfermeras. Cuando su natural curiosidad se vio satisfecha, acercó una silla a la cama y se sentó en ella; encerró con sus manos las de su mujer en un claro primer intento de disculpa, mientras ambos veían como se llevaban a su hija para hacerle las primeras pruebas.
Enseguida la madre sucumbió a un sueño plácido debido al cansancio derivado por el ímprobo esfuerzo que acababa de realizar. El padre, retirando la protección de sus manos, fijó la mirada en la puerta por donde se habían llevado a su hija y después cerró los ojos; nadie que le observara en ese momento hubiera podido sospechar que, apenas un par de horas antes, acababa de cometer un asesinato. La joven había sido solo un entretenimiento para él durante los últimos meses y cuando esta, cansada de esperar, le recordó sus promesas en tono perentorio, como respuesta recibió un profundo corte en la garganta que le robó su vida en lo que quedaría como un crimen más sin resolver.
 ***
A las primeras semanas de dudas, nervios y noches en vela, siguieron meses de adaptación a la paternidad recién adquirida. Estos completaron los primeros años de su hija que, desde que pudo sostener su cabeza erguida y fijar la mirada, empezó a mostrar a los ojos de su padre una inescrutable mirada. Desde un principio alta fue la preocupación de este, e incluso fue creciendo poco a poco según los rasgos de la chica iban fijándose en aquel no tan inocente rostro, poseedor de unas facciones que ya anticipaban la especial belleza que en un futuro la acompañaría como pieza fundamental del puzle de su personalidad; pero aquella inquietud nunca fue compartida con la madre.
***
Los años pasan con tanta rapidez como la que gastan los pesimistas cuando medio vacían sus vasos. Y en estas te ves que hoy acabas de ser padre y, ¡zas!, mañana tu hija te esconde sus amigos y parejas ante el temor de que no sean de tu agrado e intentes averiguar demasiadas cosas. Aunque siempre hay alguna excepción.
Un buen día, la hija de nuestro protagonista volvió del instituto acompañada; buscó y encontró a su padre en la cocina…
—Papá, quiero presentarte a una compañera de clase, una buena amiga, la mejor; se llama Angie y, ¡mira qué casualidad!, nació el mismo día que yo y casi a la misma hora; y como quería conocer la casa donde vivimos y conoceros…
—¡Encantado, Angie! —Se apresuró a saludar de lejos el padre interrumpiendo a su hija, cautivado desde el primer instante por la enigmática belleza de su amiga—. ¿Te quedarás a merendar, verdad?
—¡Claro, papá! —Se adelantó su hija antes de que Angie pudiera negarse—. Pero esperad a que me dé una ducha, bajo enseguida. —Y desapareció sin esperar respuesta.
Ya solos, Angie se dirigió al padre de su amiga:
—Si quiere, le ayudo con la merienda —indicó mientras avanzaba hacia él con insinuantes movimientos.
—Estaría bien —indicó ignorándolos—, coge ese cuchillo de la encimera. Puedes cortar pan para tres bocadillos; mi mujer no ha vuelto aún de trabajar, pero yo os acompañaré.
Angie hizo caso omiso a la parte final de la sugerencia del adulto y, con el cuchillo colgado de su mano en paralelo a su muslo derecho, se acercó hasta colocarse junto a él para, pegando los labios a su oreja, susurrarle:
—¿Me recuerdas, me reconoces? —Retrocedió un paso para que la pudiera observar bien, de frente—. ¿Aún no?
—Pues no, ¿debería? —contestó él desconcertado y ruborizado, equivocando la interpretación de las intenciones de la «descarada» adolescente. Pensó que aquello era ya demasiado, alguien podría verles…
—¿En serio?, ¿estás seguro de que no… me reconoces? Mira bien en mis ojos, busca en lo más profundo, ayúdate con «aquella» luna llena…
Angie esperó a que el pánico se apoderara del cuerpo y se reflejara en el rostro de quien no parecía ahora más que un cachorrito acorralado y, blandiendo con cuidado el cuchillo, se le acercó un poco.
—Sé que ya sabes quién soy, me lo confirma tu mirada. Te confesaré algo: Cometí un error, soy consciente de ello. Me equivoqué al creerte, al pensar que no mentías cuando me jurabas que te separarías, que yo era la única mujer que te importaba y amabas. Pero tú cometiste uno mucho más grave, incluso, que el quitarme la vida, y fue pensar que aquello era el punto y final, que nadie te pediría cuentas por tu atroz acto —Angie lo acorraló en ese momento y le mostró una sonrisa que a él le pareció diabólica, carente de sonido, porque en ese preciso instante empezó a reinar el silencio.
Y al silencio le acompañó la oscuridad más luminosa cuando, con una de las arterias carótidas de su cuello seccionada, cayó al charco que su propia sangre había formado como alfombra fúnebre. Angie dejó caer el cuchillo y se fue sin despedirse de su amiga cuando su ser incorpóreo abandonó la escena sin siquiera moverse de allí.
***
En ese preciso momento, y ajena a todo cuanto acababa de acontecer en la cocina, la joven de la casa baja en albornoz desde el piso superior; su inescrutable mirada ya nunca más será tal pero, claro, ni ella ni su madre serán conscientes nunca de ello.
***
En otra dimensión, la Justicia Universal sigue medio llenando su vaso, y piensa que jamás beberá de él; aún cree tener motivos —tozuda ella— para seguir en el bando de los optimistas…

© Patxi Hinojosa Luján
(18/07/2016)

sábado, 16 de julio de 2016

Sobre dos ruedas


Quiero que me despeinen los vientos de las vidas que quedan por vivir.
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Imagino esa época en la que los deseos se visten de anhelos y estos de ilusiones, por momentos apasionadas; también los tiempos en los que de la caja de los sueños elegimos solo los que presentan la etiqueta de utópicos, a estas alturas nadie nos puede arrebatar la libertad de soñarlos y de imitar a aquellos locos que «lo hicieron porque no sabían que era imposible».
Os podría contar que hoy me veo —no sé por qué— en situación de relax y planificando una de las rutas por las que me moveré sobre mi brillante máquina de dos ruedas. Veo un mapa de carreteras desplegado sobre mi escritorio, una mesa que acabo de despejar con precipitación y malas maneras; marco sobre el mismo las distintas rutas y los puntos que merecen paradas obligatorias. Hasta podría sentir el aire en mi cara si no fuera porque la prudencia y la ley obligan a protegernos con el obligatorio casco. Os confieso que no me desagrada la estampa que contemplo, al fin y al cabo no tengo tan mala pinta teniendo en cuenta los años que acumulo en mi zurrón.
Os podría comentar que la carretera de mis elucubraciones tiene poco tráfico y unas rectas que intiman con el horizonte mientras espera que nos acerquemos a él. Que el Sol acaricia con mesura su asfalto, un firme que devuelve parte de su calor, allá a lo lejos, en forma de extraños espejismos nebulosos. Que estas dos ruedas que me transportan, no hacia la libertad sino a lomos de ella, no son tan discretas como las otras, claro; son más ruidosas y menos respetuosas con el ambiente, pero siempre hay un precio que pagar por ciertos privilegios, aunque lo hagamos entre todos.
Os podría confesar que, a veces, noto cómo es la Tierra la que se desplaza por debajo de mí mientras, inmóvil sobre su acción, siento que no lo hace sino para nuestro disfrute. También percibo como muy presente la especial sensación del cuero ceñido de la vestimenta sobre el cuero mullido del asiento, y tanto a babor y estribor como por proa los paisajes aparecen como si siempre fuera la primera vez, no en vano a cada contemplación descubrimos nuevos y bellos matices. Al cabo desaparecen bajo promesas de futuros reencuentros. ¡Qué queréis, es mi ensoñación!
 Podría compartir con vosotros todo lo anterior, es cierto, mas no lo haré. No me gusta faltar a la verdad; por eso no lo haré. Lo cierto es que nunca he montado en moto, es más, le tengo un respeto que raya con el miedo atroz, aunque esté salpicado por gotas de la admiración y envidia que me producen esas estampas de libertad que caracterizan su mundo. No sé si cuando llegue esa etapa vital que os mencionaba al principio una de las cartas de la baraja de mis sueños y proyectos desgastará goma a su paso, o no, pero permitidme que me fotografíe hoy con mi imaginada cómoda montura, orgullosa ella de los destellos que regalan sus brillantes y cromadas formas.
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Cuando los espejos me devuelvan la imagen de unos cabellos desordenados, les pagaré con la mejor de mis sonrisas, antes de ajustarme de nuevo el moderno yelmo multicolor, quizá… En ese caso, el peine de la formalidad, una vez más, deberá esperar.

© Patxi Hinojosa Luján
(16/07/2016)

jueves, 14 de julio de 2016

Tampoco esta vez


Estoy nervioso, siempre lo estoy en estos casos; también asustado. Pero que no se diga que no pongo de mi parte: me armo de valor una vez más y decido enfrentar mis miedos. Acudo a cumplir con mi compromiso. Estoy al llegar.
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Hay algo en esa belleza de retoque fotográfico que aprecio en ti que me desasosiega. Me suele pasar cada vez que os descubro en esas bellezas de retoque fotográfico. Noto una ligera humedad a mi alrededor que me incomoda.
Cuando exhibes tu vanidad me deslizo hasta el nivel más bajo de mi inseguridad. Allí tu confianza anula lo que queda de mi amor propio y se deshace de él con indiferencia. Aun así busco un atisbo de bondad en tu imagen pero solo encuentro apariencia; no me encuentro cómodo en ella y me pregunto si he vuelto a cometer el mismo error. Me respondo al instante con un sí tajante. Me salpican gotas de duda.
Anulas mi voluntad; y aunque me duele bastante, lo hace con más brío mi actitud dejándote hacer, mi nada digna complacencia. La decepción que me envuelve tiene un doble origen claro y ello no ayuda en nada. Este sirimiri empieza ya a calarme.
Soy un esclavo de tus caprichos, siempre ocurre lo mismo, y a estas alturas de la historia creo estar anestesiado contra el dolor que me infringe tu ninguneo y tu abuso continuado. Al contrario, no consigo calmantes para mi tormento interior y mi alma salta al aire en excursión implorando una clemencia que no acaba de llegar nunca. La lluvia arrecia.
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No recuerdo si alguien me ha dicho antes que tengo dotes de adivino, o no…, pero creo que al final no voy a acudir a nuestra cita a ciegas; tampoco esta vez. Mientras me alejo de esa escena sin representar, me escudo en la manida excusa con que aún me sigo engañando: llueve demasiado…

© Patxi Hinojosa Luján
(13/07/2016)

jueves, 7 de julio de 2016

La niebla


Apareció en sus vidas y lo hizo de improviso, llenándolo todo, envolviéndolo. Ocurrió un lejano día cuyo recuerdo se pierde en el trecho más recóndito del laberinto que conforma la memoria colectiva de la comarca. Aquella niebla no tardó en apoderarse del paisaje cotidiano. Era blanca, muy blanca; y tan densa que hubiera podido dividirse en rebanadas de nube con la sola ayuda de una mano abierta. Aunque él no osó hacer tal cosa, no, su melancolía coqueteaba en esos tiempos con una profunda tristeza y empezaba ya a compadecerse de su sino mientras su nivel de iniciativa estaba llegando a valores mínimos.
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«Cuando menos lo intuía, del modo que menos hubiera imaginado. Cuando menos la esperaba».
***
Bajó a una calle en la que no conseguía apreciar ningún detalle, tal era la espesura de la húmeda atmósfera nívea. Y entonces la vio. Fue una luminosa aparición surgida de lo más hondo de aquella cegadora presencia y que, con la relajación que otorgan las decisiones firmes, avanzó hasta su posición con parsimonia, sin siquiera parpadear, y sin oposición alguna de nada ni de nadie. Llegó hasta su posición. Fue suficiente un primer cruce de miradas para decidir que tendrían todo el tiempo para ponerse al día mientras se inventaban un nuevo universo para ellos dos.
Es posible que la escena anterior activara un interruptor cósmico porque lo que dura un pestañeo bastó para que la niebla desapareciese y pareciera que ella se quedaba como lo haría una extraterrestre que pisa por vez primera nuestro planeta mientras observa a su nave alejarse hacia la inmensidad del espacio sin haberle dejado certidumbre de un regreso rescatador, aunque no fuera así, o no del todo...
Lo cierto es que aquella niebla nunca se fue por completo, dejó el legado de una humedad que impregnó con su especial aroma emotividades y pasiones; en definitiva, todos los momentos a flor de piel de su relación, tan especial: torpedeada de dificultades, inundada de felicidad.
***
Mucho tiempo después, un mal día, luego de múltiples avisos previos que ni siquiera salpicaron sus impermeables sentidos, volvió a adueñarse del entorno la niebla, que ahora no era la misma, sino de un gris oscuro que no presagiaba sino ansiedades por padecer. Cuando ya se estaba haciendo muy de noche en sus vidas, ella desapareció en esa niebla mientras esta empezaba también a disiparse poco a poco. Pero justo antes de que esto ocurriera, él encontró en el destino a un aliado y pudo correr tras su estela y atravesar una puerta, que estaba ya a punto de cerrarse, hacia esa dimensión en la que sus corazones podrían mimetizarse al latir con la misma nula cadencia, ambos detenidos en su eternidad…
Sí, su vida cambió como por arte de magia un día de niebla, cuando aún no sabía que su hada le acompañaría hasta después incluso de que la muerte, con un plomizo disfraz,  los intentara separar. No dejaron descendencia que los echara de menos y los honrara. Nunca osaron provocar a las leyes de la bioquímica ni de la genética.
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«A quien nunca hubiera esperado…».

© Patxi Hinojosa Luján
(07/07/2016)

domingo, 3 de julio de 2016

Insensatez


Tengo un profundo respeto por la periodicidad, no en vano se ha convertido en una aliada muy valiosa de mi esencia. A la espera de esas escenas que se representan con exquisita regularidad, hay temporadas de tregua activa en las que me aíslo en mis sinfonías de cadencias; otras, por variar, me revuelco en las playas de las que extraigo esas partículas que forman parte fundamental de uno de mis disfraces más utilizados y queridos. Aunque hoy, como en ocasiones anteriores, no estoy en ninguna de ellas, hoy toca comparecer para dirigirme a todos los que no os dignáis en prestarme la debida atención con el fin de recordaros vuestro efímero paso por la consciencia vital que no es sino un préstamo, nunca un regalo.
El atril en el que me apoyo para intentar captar vuestra atención se me está haciendo demasiado familiar, lo adornan ya excesivas muescas de impaciencia; desde su privilegiada posición aprecio, con claridad pero con la tristeza de la resignación, esa piedra que es tan tozuda como vosotros y en la que tropezáis a menudo, tanto que se ha convertido ya en una certeza cíclica.
No sé si recordáis que os lo haya dicho, o acaso ya lo intuíais desde siempre: soy hermano de la Dama de Negro, pero también primo de la Vida. Lo apunto aquí por si lo queréis tener en cuenta al escuchar, de nuevo, el que considero mi más valioso consejo: Por favor, aprovechadme mientras yo las despisto a ambas con nuestras eternas partidas de ajedrez; os lo ruego desde mi retiro en la cuarta dimensión, no seáis tan insensatos de provocar que os acerque a mi hermana con más celeridad de la que sería natural, contra mi voluntad; no os perdáis en banalidades; no me perdáis ni me hagáis perderme, a mí no, no mientras me sigáis llamando «Tiempo»...

© Patxi Hinojosa Luján
(03/07/2016)

sábado, 25 de junio de 2016

Blue Moves


Surfeando el sopor que genera el movimiento —a veces no tan suave— de este vagón que transita sobre las inseparables y paralelas líneas de hierro, intento no caer a sus provocadoras aguas, no antes de poder trazar al menos un par de piruetas de esas que se cobijan en las danzas literarias para engalanarlas. Y en ello estoy. Danzas, piruetas… quién sabe si me visitarán en esta ocasión las musas; si lo hacen, quizá lo dejen para el final, si acaso, como en alguna que otra ocasión que ya no recuerdo…
Lo intento, sí, pero cada dos por tres relajo seis de mis dedos; entretanto, mi mente vuela junto al recuerdo de lo que pueda llegar. Y me veo como el coprotagonista de esas películas antiguas, salpicadas de sus tan familiares como molestas imperfecciones. Ocurre que, en ellas, a veces me acompañan unos seres queridos que siempre estarán conmigo a pesar de las distancias pesarosas; a veces me encuentro solo, saboreando mi soledad. Es entonces cuando la pluma y el teclado esperan, pacientes, a que las nubes a las que suelo subir descarguen todo el peso que las desequilibra, incluyendo el de mi despistada imaginación; tan despistada como esos estudiantes que se distraen incluso con las escasas y discretas moscas de invierno.
Por ejemplo, ahora mismo me encuentro en uno de esos lapsos donde…
«… me veo con unos cuantos años menos —kilos también, añado— en unos grandes almacenes, con la ilusión intacta de un niño reflejada en la cara, buscando en las estanterías de discos el último álbum de Elton John, recién salido de la prensa: Blue Moves. Este es el día en que se pone a la venta en todo el mundo y ahí estoy yo para conseguirlo no más tarde que los demás fans repartidos por la vasta geografía mundial y entre los que, aún, no puedo llamar amigo a ninguno».
Veo la escena como si fuera ayer porque solo han pasado cuarenta años. Me veo localizándolo mientras…
«… mi mano alcanza a coger un ejemplar de ese vinilo; estamos en 1976 y en esta época toca elegir entre disco de vinilo y cinta de casete y, claro, no hay color. Recuerdo que pienso: ¿cómo sonarán las nuevas canciones? ¿Se parecerá este trabajo en algo a esa obra de arte que nos regaló el pasado año? No tengo ni la más ligera idea, no he tenido ocasión de oír ningún adelanto, cosas de ese internet aún no imaginado para la mayoría de los mortales. La azulada portada me descoloca un poco…»
… aunque, ahora que lo pienso, más aún lo hará la primera audición. En efecto, yo esperaba escuchar algo así como el «Captain fantastic and the Brown dirt cowboy, part two» y no, no lo era, como no lo fue ningún trabajo hasta treinta años después, pero esa ya es otra historia. En todo caso, a la tercera escucha me sedujo y me atrapó para siempre entre sus redes musicales, una de las cuales, Tonight, se mantiene igual de bella cuatro décadas después.
Abro unos ojos que no había cerrado y enfoco el entorno en el que me hallo. Caigo en la cuenta una vez más del heterogéneo conjunto de vidas ajenas y anónimas que me rodea e intento imaginar toda la riqueza que esconden. Eso es algo imposible e intangible, así que vuelvo a mis cosas: Pues bien, como el long play de Blue Moves fue, en efecto, el primero que adquirí en el momento de su publicación, siempre le he tenido un especial cariño; quizá por ello he decidido regalarle una nueva vida en otra compañía y por y para ello viaja conmigo en estos momentos en los que los carriles se han aproximado 233 mm como por arte de magia al pasar al ancho europeo y la velocidad ha aumentado de un modo considerable. He pensado que estaría mejor con la persona que se convirtió en mi primera amiga dentro del grupo de fans de Elton, y con quien me reencontraré en pocas horas, si las hadas de la puntualidad ferroviaria no nos abandonan; por eso, con el mismo cariño con que lo he conservado todos estos años, se lo ofrezco como una tramposa, por anticipada, herencia en vida.
Tenéis suerte amigos, el tren se mueve ahora demasiado como para continuar con la tortura que significa seguir escribiendo con estos bandazos, de cualquiera de las dos maneras. Y como este texto no da para más, recojo los bártulos y mientras bajo los párpados pienso…
«Tonight, durante la peculiar mudanza, aunque los altavoces permanezcan en respetuoso silencio por las tardías horas, nada podrá impedir que Blue Moves suene en nuestras cabezas a todo volumen».
Mi compañero de asiento no entiende nada, luzco una amplia sonrisa a pesar de haberme quedado dormido.

© Patxi Hinojosa Luján
(02-25/06/2016)

viernes, 17 de junio de 2016

La llamada


Fue un instante fatídico enmarcado en una época convulsa y oscura. Aún hoy, casi ocho décadas después, oigo los ecos de tus gritos ahogados en sufrimiento revelando tu angustia, junto con los de todas las demás vidas quebradas a traición cuando muchos de nosotros todavía no éramos más que una remota posibilidad; los tuyos, que van teñidos de la sangre que yo heredaría años después, desgarran el aire en una llamada que ni el paso de los años, ni la inicua soberbia ganadora han podido callar, ni tan siquiera amortiguar. Lo cierto es que los he oído siempre, formaban parte de un paisaje vital que no admirábamos demasiado, no fuera a ser que nos deslumbrara su crudeza, su crueldad; sé que tus lamentos no se han quejado nunca por tu suerte, sino por la situación de desamparo en que quedó tu familia al tener que jugar la carta de tu ausencia, entre otras casi tan inhumanas, y sé proceden de ese espacio atemporal que ampara todas las causas que han tenido que danzar con la injusticia en bailes tan lentos como perversos. Siempre han estado ahí, pero es ahora cuando han movido el resorte que faltaba para poder tomar conciencia completa de su significado.
Una bala, que a buen seguro no entendía de ideologías, iba tan perdida que rebotó en una roca yéndose a alojar en una de tus arterias, destrozándola. Desventajas de estar en la primera línea. No pudieron frenarte la hemorragia ni con el torniquete hecho con aquella bandera tricolor que también acabó teñida de rojo sangre, la sangre que te abandonó para recordarnos la sinrazón de cualquier guerra fratricida durante las décadas de sufrimiento que la siguieron.
Hoy, por fin, he sentido la necesidad de acercarme en consciencia hasta esa realidad tan dolorosa, y he acudido a su llamada; a mi próximo destino físico, desconocido hasta ahora para mí y situado en la comunidad de Madrid, no tardaré en acercarme. Pero una cosa es cierta, abuelo: cuando tenga frente a mí su cartel anunciador y entremos en Brunete, nunca más volveré a mirar al mundo ni a sus habitantes de la misma manera, puedes estar seguro.

© Patxi Hinojosa Luján, tu nieto mayor.
(17/06/2016)

jueves, 16 de junio de 2016

Preguntas


La cobardía, esa compañera de viaje que rara vez nos aconseja bien, está detrás de muchas preguntas sin formular, entre otros presentes de dudosa valía. ¿Por qué?, pues porque en un gran número de ocasiones tenemos miedo a la respuesta, cuando no un pánico irracional, y estos están alimentados en gran medida por aquella.
Por suerte no todo en esta vida coquetea con el riesgo, sea físico o psíquico, por lo que en otras ocasiones se nos desata la lengua desanudando y anulando esos nudos gordianos que tantas veces nos empeñamos en sembrar en nuestro camino, y llegamos a pecar por exceso al exponer nuestras inquietudes y dudas a quien, desde antes ya de la primera cuestión, seguro vamos a importunar. Y además pensamos siempre que nuestros problemas son los más importantes, o como mínimo los prioritarios, y así no aceptamos ni miradas para otro lado ni demoras. Egoísmo e impaciencia, ¡ay!, dos de nuestros pequeños pecados de provincias…
Pero volviendo a lo trascendente, la Dignidad Humana debería poder lanzar cual flechas justicieras esas preguntas que atormentan a gran parte de la sociedad. Y aquí surge la gran duda: ¿Seguro que hay que preguntar algo?, ¿y, qué preguntar? La primera respuesta debe ser afirmativa y, como me gustaría poner un ejemplo, para la segunda activo el generador de preguntas aleatorias. No me sorprende leer la que el azar ha elegido por nosotros: «¿por qué permitimos tanta injusticia hasta el punto de que aún se siga muriendo de hambre y de sed?» Tengo el convencimiento de que quienes podrían responder son también los responsables de que la situación permita tales preguntas. Pero no quiero ni siquiera imaginar cuáles serían sus excusas, que no respuestas.
La cobardía, esa compañera de viaje que siempre les aconseja mal, está detrás de muchas respuestas sin ofrecer, entre otras muchas acciones de dudosa valía. ¿Que por qué?, pues porque en un gran número de ocasiones tienen miedo a la reacción, cuando no un pánico racional, y estos también están alimentados en gran medida por aquella.
Eso sí, su cobardía, amigos, nada tiene que ver con la nuestra, pensadlo… Como no siempre es lo mismo una pregunta sin respuesta que una pregunta sin responder.

© Patxi Hinojosa Luján
(16/06/2016)

miércoles, 1 de junio de 2016

Ya soñaré mañana…


El silencio es quebrado por los cazas que, como en ocasiones anteriores, exhiben con alardes sus velocidades y aceleraciones extremas y desafían al sonido emitiendo un siempre inesperado estallido al romper su barrera. Quizá por ello abro los ojos; al hacerlo dejo patente un recelo que esconde el terror más absoluto y la respuesta es la misma desde hace, calculo, ya casi una semana: la luz se ha olvidado de mí, me acorralan las tinieblas.
A pesar de lo poco que he tenido ocasión de visitar, sé que me estoy perdiendo un panorama mágico, de ensueño; un paraje privilegiado al poseer el espectacular paisaje, único y cautivador, de un parque natural. Por esa razón lo visitan miles de personas cada año, y por ello me decidí yo a hacer lo mismo.
Pues bien, resulta que ahora no puedo verlo ni disfrutarlo, no en la actual tesitura. A duras penas, después de dejar que mis pupilas se dilaten hasta su máximo diámetro, distingo una vez más algo del espacio que me rodea; pero tampoco puedo recorrerlo en su totalidad, los grilletes de hierro roñoso que aprisionan y dañan mis muñecas lo impiden; tengo que conformarme con aprovechar los escasos tres metros de margen que me ofrecen sus cadenas para evitar que mi cuerpo se quede congestionado; aun así, no te daré la satisfacción de vislumbrar atisbo alguno de deterioro físico o mental en mí, no mientras las fuerzas me acompañen.
Me quita el sueño no saber nada respecto a tus intenciones puesto que, después de que me abordaras amparado por tu disfraz de buena persona, de esos que esconden artimañas y engaños, al final te limitaste a emplear tu superioridad física para encerrarme sin ninguna explicación, junto con gran parte de mis ilusiones, en el sótano de esta edificación abandonada. Nunca imaginé que tanta advertencia haciendo hincapié en el riesgo que supone un viaje en solitario de una chica, con una mochila pegada a la espalda, pudiera tener base real, pero ahora tengo que aceptar lo equivocada que estaba; también lamento mi cabezonería al insistir a mis padres en que no daría señales de vida hasta regresar a mi nido de soltera, pese a sus ruegos para que enviara noticias con cierta frecuencia. Pero claro, a ti qué te importa cómo pueda sentirme yo en estas circunstancias, ni si por un casual quisiera cambiar mi actitud para tranquilizarlos…
Me produce un cierto rubor pensar que a poco que lo intente puedo ver con claridad tu cara representada en mi cabeza. Hago la prueba ahora y no me sorprendo al recordar esa cara de niño triste que pareciera que no ha roto un plato en su vida y que destila un punto de amargura, de sufrimiento, de lucha interior; ¿cómo alguien así puede ser responsable de tamaña crueldad, acaso tienes alguna explicación que ofrecerme?
Tengo hambre, y sed. Supongo, o eso quiero pensar porque ayer apareciste más tarde y con más prisa de lo habitual, que ya no tardarás en venir a tirarme al suelo mi ración diaria, como si fuera una apestada, o porque temes enfrentar mi mirada aun en las sombras que reinan en tus visitas. Ahora recuerdo que ayer, cuando lo hiciste, creí oírte un gruñido de malestar, pienso que tampoco tú toleras el hedor que se acrecienta con las horas; el retrete, que sirve de asiento para todo, no brilla por su limpieza e higiene y me temo incluso que no cumple su función como debiera. Lo que daría por una buena ducha en libertad, o un baño con sales aromáticas, no voy a andarme ahora con remilgos. Es extraño, por surrealista que parezca a veces me sorprendo sorprendiéndome, como ahora, que desconozco de dónde puedan salir esos toques de humor.
Aunque tengo mucha hambre porque hoy al final no has venido y mi estómago protesta ya tanto que acalla los sonidos de las cadenas, tengo aún más sed y me cuesta humedecer el reseco paladar pese al empeño que pongo. A duras penas soporto esa sensación en la boca y, aunque quisiera, no conseguiría hablar con algo de fluidez, menos aún gritar. También sé que mis gritos de poco servirían, imagino que te has asegurado de que afuera no se oiga nada de lo que acontece aquí y que para cualquier espectador esta no es más que una construcción a evitar por su difícil acceso y el peligro de posibles derrumbes.
Debo dejar ya de compadecerme y empezar a aprovechar la claridad mental que atesoro como el único valor positivo de mi soledad en esta oscuridad física, incluso a sabiendas de que en estas circunstancias no soy dueña de mi propio destino. Pero será ya mañana, el agotamiento hace mella en mí y me sumerjo en el que intuyo será un nuevo sueño inquieto e inquietante.
Me despierto ya sin prisas por abrir los ojos, total, para qué… Es como si el tiempo se hubiera detenido: siempre la misma negrura, la misma angustia, el mismo vacío, el mismo silencio cuando no lo rompen los militares. Un silencio que el resto del tiempo se me hace más y más insoportable. Un silencio a veces enemigo, a veces confidente. Y sigo sin noticias de ti. No puede ser que me hayas olvidado y me vayas a dejar aquí, así, abandonada a mi cruel destino. En este punto no sé si preocuparme todavía más o empezar a esperanzarme.
¿Sabes qué?, he soñado que el otro día, cuando nos encontramos, te limitabas a indicarme la ruta para llegar aquí y después desaparecías silbando una canción, levantando el polvo del camino, con un niño asido a tu mano. ¿Por qué no me deparó esto el destino aquella tarde, por qué? Sí, ya sé que ni tú ni nadie me va a responder, pero no puedo ni debo acallar los desahogos mentales, en esta coyuntura son de mis pocos aliados.
Hace tres sueños largos ya que no hay ninguna novedad, y como además empiezo a perder las referencias temporales, desconozco si ahora es de día o de noche, si estoy controlando los ciclos de veinticuatro horas, si… ¿Cuándo piensas venir?, ¡joder, no puedes dejarme así, maldito seas!
Me dejo ir y bajo a un nivel de consciencia inferior.
Creo que he perdido la apuesta contigo, tío, mi aspecto a estas alturas de la historia no debe de ser muy digno que digamos, ¿verdad?, ¿por qué no vienes a cobrártela, eh?
¡Un momento!, debo impedir que me abandone también la lucidez. A ver, chica, no has hecho ninguna apuesta con ese malnacido, no tienes ninguna confianza ni nada que ver con él. Apago la sonrisa boba que se había dibujado en mis resecos labios en ese momento de debilidad extrema. Esa debilidad es la responsable de que lo único que desee en estos instantes sea cerrar una vez más los ojos para cambiar el matiz de la oscuridad, con la esperanza de despertarme en un universo paralelo en el que esta experiencia no sea ni siquiera una posibilidad. Pero empiezo a descartarlo antes incluso de sumergirme en el frecuentado mundo onírico.
Me despierta el sonido de unas gotas al golpear en el que será el único tramo liso de la cañería de agua al no estar oxidado, y que en este silencio me parece resonar con la fuerza de una tormenta. O puede que lo haya hecho esta sensación tan molesta en mis brazos, no sé. En todo caso las gotas deben de ser de sangre porque, aunque no acierto a distinguirlas, noto en una de mis muñecas la irritación producida por el roce del hierro oxidado, y cómo aquella evita la postilla arrancada y resbala por mi antebrazo. No lo dudo ni un segundo y aprovecho mi propia esencia; su sabor se mezcla con el de las partículas de óxido y noto que ambos se asemejan en el ligero dulzor. Ya he dejado de sangrar, tendré que confiar en que no tardes en traerme algo con lo que alimentarme. Pero cada vez confío menos en mi confianza; tú no contradices mi intuición y sigues sin venir.
Tengo mucha sed. Me vence el sopor pero hago un sobreesfuerzo para recordar que la llave de paso del agua, que no he llegado a encontrar, estará cerrada dejando al pequeño lavabo de la pared como un simple adorno en mi eterna noche; también que la cisterna del retrete la oigo al otro lado del tabique. Así es que una vez más me resigno a mi suerte, dejo de respirar y tiro de la cadena; evitando las lógicas arcadas por la cercanía de inmundicias sin evacuar, acumulo en el cuenco de mis manos algo de agua que alivie mi sed, mientras aumenta mi repugnancia por todo lo que me rodea, incluida yo misma. Bebo un par de sorbos y utilizo el líquido restante para refrescarme la cara. Vuelvo a dormirme.
***
Algo me despierta. Noto cómo se agrieta el silencio y también cómo, por alguna de sus fisuras, me llegan unas voces lejanas que adquieren en mi cabeza la sonoridad de un coro celestial. Me asalta una duda: ¿No me habré muerto, verdad? No, los difuntos no pueden sentir dolor y a mí estas muñecas me están matando. Las voces se oyen cada vez con más volumen, más cerca; distingo dos. Inspiro lo poco que puedo debido a mi fragilidad y lanzo un grito de auxilio que nace mudo porque ni yo lo oigo. ¿Qué esperabas, después de todo este tiempo de penurias? —Justifico para mis adentros—. Pero sé que es cuestión de insistir y al tercer intento, con gallo incluido, consigo hacer vibrar el aire con mi petición de auxilio.
—¡Ayuda, por favor, estoy abajo, en el sótano! —me desgañito como si me fuera la vida en ello, porque me va.
Al segundo de emitir ese grito de socorro quedo helada, un vuelco en el corazón me recuerda que la angustia no es recomendable para nadie, y menos para alguien que, como yo, sufre de episodios de arritmias extrasístoles; y es que por un momento pienso que una de las voces pudiera ser la tuya y que vienes acompañado para presumir de presa y exhibirme como tal ante una compinche —sí, una, ahora distingo a la perfección una voz femenina junto a la masculina— y me recorre un escalofrío desde la nuca hasta los tobillos; mas enseguida interiorizo positivismo y aparto esa idea de mi cabeza visualizando mi pronta liberación.
—¿Hay alguien ahí abajo, necesita ayuda? —oigo, esperanzada; su decidida respuesta me inyecta energía.
—¡¡¡Por favor, sáquenme de aquí…!!! —suplico en el momento en que un rayo de luz se pasea delante de mis ojos, que se cierran por instinto como autoprotección. Demasiado tiempo viviendo entre tinieblas, necesitaré una adaptación progresiva a la luz, pero la sola mención a esa posible certidumbre me anima a insistir…
—Estoy encadenada, casi no puedo moverme —añado ya más relajada, y me dejo caer sobre el frío y único asiento.
Abro poco a poco los ojos, con precaución, protegiéndome como puedo con mis doloridas manos. Intento enfocar donde supongo están mis salvadores y al rato compruebo, con gran alegría, que no eres tú ninguna de esas dos figuras algo borrosas aún; no podría no identificarte... Han dejado abiertas cuantas puertas y ventanas han encontrado a su paso, porque la estancia disfruta ahora de una penumbra que se me antoja deslumbrante. Enseguida me tranquilizan:
—No tema nada, señorita, somos militares de la base cercana. Estábamos paseando aprovechando nuestras horas de asueto y los dos hemos tenido a la vez el impulso de entrar a explorar la vieja cabaña que todos los compañeros conocemos de siempre; como nuestros superiores nos habían «recomendado» no entrar por el riesgo de derrumbe —ahora vemos que no hay para tanto—, hasta ahora ni se nos había ocurrido. Lo de hoy ha sido extraño; tener los dos la misma idea, así, al mismo tiempo…
—Déjate de rollos, compañero —interrumpe impaciente la chica mientras examina los grilletes—. Perdone señorita, ahora lo importante es sacarla de aquí. Me temo que sin la llave no podremos liberarla, avisaré a la base para que nos traigan algo con lo que intentar forzar la cerradura.
Dicho y hecho. Mi salvadora sale de la estancia para conseguir cobertura y hacer esa llamada. Mientras, su compañero me interroga de manera informal con tanta delicadeza como profusión de palabras, queriendo saber todos los detalles, pero haciendo hincapié en los de mi agresor. Me tranquiliza.
—Ya está —dice quien ahora veo como una risueña joven que cuando habla intenta aparentar más edad de la que tiene en realidad—, enseguida vienen.
—¡Perfecto! —responde él sin pararse a pensar si ha interrumpido o no a la chica—. En cuanto la hayamos liberado la llevaremos con nosotros para curarle esas heridas, tomarle declaración para rellenar el atestado; y avisar al juez de guardia, claro.
Pasan unos minutos que ya no se me hacen tan eternos y en los que ellos dos hablan entre sí y conmigo; en los que entran y salen del cuarto, aunque nunca me dejan sola. Me las apaño para aparentar digna y comparto con los dos mi inquietud al imaginar que tú pudieras aparecer en cualquier momento y no poder prever tu reacción. Ellos me calman al instante, portan sus armas reglamentarias y han dejado atrancada la puerta de acceso principal que ya tenían cerrada con el propósito inicial de disfrutar de algo de intimidad…
—Pero, por favor, que esto no se sepa en la base, no diga nada a nuestros compañeros cuando estemos allí —me solicitan al unísono con sendos guiños que consigo apreciar, no sin dificultad, lo que refuerza mi confianza—, no queremos hacerlo oficial, no por ahora.
Inspiro y expiro el rancio aire de la estancia, sin prisas. Después suspiro. Me está llegando el bajón después de tantas emociones contrapuestas; a pesar de que ya estoy relajada, o quizá por ello, empiezo a sentirme muy cansada. Les pido disculpas y cierro los ojos. Sueño con una pequeña y quebrada montaña que me resulta familiar por su forma piramidal, con peñas de bellos tonos ocres aquí y allá. Y no hay ni rastro de ti, por un momento pienso que has desaparecido por completo de mi vida y siento como si pudiera volar al habérseme quitado un enorme peso de encima, por un momento…
***
Parece que hubiera dormido semanas, noto mi cuerpo descansado y en calma. Parpadeo hasta que puedo fijar la mirada. Estoy en una oficina con varias mesas de trabajo, pero nadie ocupa su puesto porque todos me rodean como si observaran un fenómeno extraño. Sonrío, nerviosa, y saludo con un tímido movimiento de mi mano izquierda; al hacerlo, observo las vendas en ambas muñecas y constato que me han aseado y que porto ropa nueva y limpia, ropa militar. Solo siento agradecimiento. Entonces caigo en mi error. No todos están a mi lado. Mirando más allá del grupo aprecio un habitáculo, hecho en madera noble y cristal, destinado al jefe de la unidad tal y como reza la placa: Coronel Gardenias; dentro, con la cabeza gacha, estás tú.
Se me cae el alma a los pies. Mis salvadores aprecian un cambio súbito en mi semblante y con la discreción que impera en el lenguaje de señas me preguntan qué me pasa; les respondo con un ligero movimiento de mi barbilla en dirección a la oficina acristalada y asiento cuando me inquieren con otro elocuente gesto si es él, si es el joven al que su coronel está firmando un albarán de entrega quién me secuestró.
Les agradezco a todos su preocupación para que así puedan continuar con sus labores y que el momentáneo alboroto lo puedan aprovechar mis bienhechores para, con disimulo, acercarse hasta su objetivo y cogerlo desprevenido. Temo que el hecho de que vayan acariciando las culatas de sus armas pueda delatarles, pero no es el caso, tú continuas con la mirada perdida en ninguna parte incluso cuando, al más puro estilo policial, te leen tus derechos mientras te esposan. Solo después de estar inmovilizado levantas la cabeza, buscas con la mirada, me encuentras, lees en mis ojos y sonríes con tristeza, confirmando que te has quitado una losa de encima. No incluyes ningún gesto que indique que te arrepientes de lo que has hecho, que me pides perdón. ¿Pero sabes?, no es necesario. Yo ya sé que lo lamentas, y no por ti, sino por mí. No me preguntes cómo, no sabría contestarte. Y sé también que te ha dado vértigo constatar que yo ya te he perdonado, cuando tú aún no tienes nada claro si llegarás a hacerlo algún día, si lo lograrás antes de…
Esa, créeme, es y será tu mayor condena.
***
Cuando lo peor ya ha pasado, mis ángeles particulares buscan un hotel para mí en una población cercana y me tranquilizan al asegurar que adelantarán el dinero de su bolsillo hasta que mi agresor sea interrogado y yo recupere las pertenencias que me arrebató y pueda volver a organizarme. Los dos jóvenes militares, de los que no conozco sino su versión de «uniforme de paisano», tienen unos días libres como recompensa por su acción e insisten en acompañarme allí hasta que me instale. Una vez hecho esto, bajamos a la cafetería y, después de contarnos nuestras respectivas vidas frente a unas consumiciones, en una escalada de confianza preguntan por mis proyectos, por mis sueños. Mientras la expresión de mi rostro les hace destinatarios de mi gratitud más profunda, mi respuesta brota con inocencia de lo más hondo de mí antes de que pueda meditarla:
—Hoy, ahora, solo quiero dormir, ya soñaré mañana…

FIN

© Patxi Hinojosa Luján
(15/05/2016)