miércoles, 12 de octubre de 2016

Cruces vividos


El tren paró por fin en la estación después de una larga y perezosa frenada. Los viajeros que debían apearse en ella, contagiados en apariencia por el proceder de aquél, tampoco tenían prisa por abandonar sus plazas y bajar al andén con sus equipajes; es cierto que no ayudaba en nada que estuviera lloviendo de manera copiosa. Una joven, con una pesada mochila a la espalda que abultaba casi tanto como ella, se dirigía hacia la sala de espera del vestíbulo atravesando con parsimonia el andén; no tendría mucho más de dieciséis o diecisiete años pero su rostro llevaba grabado el recuerdo de más de una batalla, de esas en las que todos salen perdiendo. Imaginando qué le depararía el destino a corto plazo, tardó en percatarse de que alguien le protegía de la lluvia con un amplio paraguas multicolor. Levantó la mirada para agradecer el gesto con una sonrisa sincera y balbuceó un tímido «gracias» cuando, ya bajo techo, se detuvo y vio cómo caballero y paraguas desaparecían por la puerta que daba acceso a la calle. Se sentó en un banco corrido cuyo asiento no era sino una traviesa de madera de las que se habían retirado del tendido del ferrocarril años atrás; ni que decir tiene que encajaba a la perfección en la decoración de tan ferroviario entorno. Allí, sentada y sin la carga a la espalda, la joven dudaba del acierto en la decisión que acababa de tomar días atrás, a la par que intentaba identificar qué había visto de familiar en aquella expresión cuando su portador lanzó al aire un cariñoso «de nada» antes de desdibujarse tras una cortina de agua. De pronto sintió un vacío interior, algo así como una llamada que le recordaba que no había probado bocado desde la mañana, y ya estaba anocheciendo. Esperó a que escampara y se adentró en las conocidas calles de la conocida ciudad con la firme intención de hacer caso a la primera señal de bar o taberna que le brindara una puerta abierta.
Se acomodó en una de las mesas más pequeñas que encontró frente a la barra de una pequeña pero coqueta taberna y esperó a que le atendieran. El personal no se hizo de rogar. No había terminado de otear la peculiar decoración del establecimiento cuando un joven que no tendría muchos más años que ella carraspeó al objeto de llamar su atención y a continuación le ofreció la carta; volvió al cabo de unos instantes para conocer su elección. La chica cenó con avidez un menú del día tras lo que depositó en el platillo destinado a tal efecto el doble de lo que se indicaba también en una pizarra colocada en un lateral de la barra.
Ya se disponía a abandonar el mesón, mientras observaba otro de los aperos que le conferían su rústico aspecto, cuando oyó a sus espaldas:
—Perdone, señorita, creo que ha tenido una confusión al abonar la cuenta —dijo acercándose a ella.
—No, no, está bien así —y guiñó un ojo sin saber muy bien por qué lo hacía—, lo que sobre es para usted, quiero decir, para ti —rectificó al reparar en la juventud del camarero.
El chico no tuvo tiempo de agradecer semejante gesto porque enseguida ya sólo alcanzó a ver una mochila flotando en el húmedo aire, alejándose. Dio media vuelta y volvió a sus quehaceres con ánimos renovados; si seguía teniendo tanta suerte con las propinas, pronto podría pagarse ese curso de francés que tanto le motivaba.
Acabada la jornada de trabajo, decidió dar un rodeo para llegar a casa y así pasear un poco aprovechando lo bonancible del clima. Al pasar por una calle que hacía tiempo no transitaba pero que recordó por un anuncio, divisó un bulto a lo lejos, en la acera, pegado a la pared. Al alcanzar su posición, el bulto cobró vida y le demandó una ayuda mediante gestos. El consideró oportuno y justo compartir sus propinas del día con aquella persona y así lo hizo, bien podría esperar unos días más para inscribirse en el curso. Depositó su colaboración —su mente se negaba a denominarla limosna— en el recipiente en forma de boina mutilada, por faltarle el rabo, y continuó su camino aún más alegre si cabe, silbando…
El vagabundo murmuró una especie de agradecimiento que ya nació mudo por los efectos del alcohol y se volvió a dormir con el dinero bien asido dentro de uno de los bolsillos de su ajado y sucio gabán. Tuvo un sueño placentero. Cuando despertó, con resaca pero consciente, lo hizo con la intención de cumplirlo.
Ordenó y adecentó lo que pudo su «zona de confort» y se acercó hasta un parque cercano. Allí se sentó en el único banco que vio vacío y sacó de su vieja cartera un trozo de papel algo sucio e irregular y un lápiz que se había quedado en casi nada después de las múltiples veces en las que le debían haber sacado punta. Meditó unos instantes y garabateó unas frases con más pasión que buena caligrafía, después firmó entre dos lágrimas que secó con una manga. A continuación corrió al supermercado de la esquina y compró una botella de agua. Tomó un largo sorbo y empezó a caminar con rumbo fijo; ya no le temblaban ni manos ni piernas.
Un joven trajeado entró al portal de su vivienda y recogió la correspondencia a media tarde, cuando regresó de completar su jornada laboral. En su buzón encontró publicidad, demasiada, alguna que otra factura y un papel roto y arrugado del que sospechó algo, lo que evitó que lo tirara a la papelera creyéndolo una broma. Antes de desplegarlo según subía las escaleras, le dio un vuelco el corazón, aunque enseguida se serenó y lo envolvió una paz que le quitó de encima y de golpe el peso de diez años cuando leyó lo que le decían mediante aquella letra tan familiar. Entró a su apartamento, bebió un botellín pequeño de agua de un solo trago y se cambió de ropa; se deshizo del traje y se puso algo informal, deportivo. Salió a la calle creyendo saber a dónde se dirigía; lo hacía con algo de temor, mas también con esperanza. De repente empezó a tararear una canción que no había oído en los últimos años, quizá desde aquel portazo, desde aquella separación. Aceleró el paso para imitar a su ritmo cardíaco y al doblar una esquina lo vio allí, al fondo, lejos pero ¡tan cerca...! Ya no era un bulto, sino una silueta erguida que desafiaba a su pasado reciente desde una recuperada sobriedad. Parecía que esperara algo o a alguien, o algo de alguien. Comenzó a llover. Abrió su paraguas y se cubrió con él, y también a un transeúnte que, distraído y poco consciente de que se estaba empezando a empapar, repetía una y otra vez palabras en un francés poco ortodoxo. Se giró para agradecer el gesto y se atrevió a probarse con un «merci, merci beaucoup», lo que hizo que se sintiera orgulloso, no en vano aún no había comenzado ese curso tan deseado.
La escena anterior fue observada por un varón que no había tenido el reflejo de llevar consigo su paraguas multicolor y que, en la otra acera, se refugiaba bajo unos balcones centenarios que desafiaban la ley de la gravedad.
Cuando el joven del chándal estaba al llegar a su destino se quedó sin la compañía que compartió su paraguas durante unos pocos metros, porque aquélla entró en un portal, al que adornaba una placa anunciando una academia de idiomas, mientras repetía las dos agradecidas palabras que se sabía tan bien; un segundo después vio llegar a una chica que, despojada de carga a la espalda, de un salto se abrazó a la silueta que ya no era tal; pensó en acercarse a ambos y abrazarlos, y así lo hizo, y al hacerlo sintió que estaba recuperando a un padre y a una hermana, a su padre perdido y a su hermana viajera.
***
Acaba de parar de llover, lo que aprovecha una figura anónima para cruzar a la acera de enfrente y entrar en un portal que por medio de un cartel anuncia una academia de idiomas en su interior. Es cierto que acaba de salir de allí hace un cuarto de hora escaso, cuando terminó su jornada de profesor de francés, pero debe regresar para recoger el objeto que se dejó olvidado, más que nada por si se le vuelve a necesitar para seguir con ese juego de vidas cruzadas, el de los «cruces vividos».

© Patxi Hinojosa Luján, escrito en Sada, entre la casa de Marilén y Javi y su bar, el Rincón de Burgos; ¡gracias por la hospitalidad!
(12/10/2016)

martes, 27 de septiembre de 2016

Menor


Acabamos de entrar en una nueva estación, esa que se desprende de caprichosas lágrimas en forma de hoja para conformar senderos resbaladizos; Juliette se ha levantado animada, exultante, es el primer sábado otoñal y siente rebosar una energía de la que no tardará mucho en conocer su origen. Tararea mientras desayuna, canta en la ducha y baila cuando la humedad ambiental le permite terminar de secarse y vestirse. Reflexiona un instante y se confiesa a sí misma que le gustaría no despojarse nunca de tan agradable sensación.
Jocelyne está, junto con sus compañeros del coro, interpretando una canción ligera popular, pero está intranquila, desazonada; su mente viaja a mundos que le son ajenos y extraños y en los que no logra ubicarse. Para cuando una leve náusea se ahoga antes de llegar a su garganta, hace tiempo que ya no participa de la alegría coral.
Juliette, aprovechando la bondad de los primeros días de otoño, ha decidido dar un largo paseo por el parque y la playa después del cual, y antes de regresar a su hogar, pasará por la tienda del barrio —que pareciera no cerrar nunca— a comprar el pan y algún que otro alimento que demanda su despensa. Piensa en Denis, su pareja, que pronto volverá de una formación a cargo de su empresa y se le ilumina una expresión de felicidad en el rostro.
Jocelyne se excusa ante sus compañeros y el director aludiendo un malestar que sí es tal y emprende camino a casa. Piensa que no probará bocado de sea lo que sea que Frédéric, su chico, haya preparado para comer, tan sólo ansía llegar a su hogar y tumbarse a descansar un rato esperando que aquél no se sienta defraudado por ello.
Juliette acaba justo de volver de su paseo cuando escucha que llaman a la puerta; es Denis, que se presenta con una doble sorpresa en su equipaje: llega un par de días antes de lo previsto y lo hace con la grata noticia de que un proyecto suyo, bautizado como «Juliette», ha resultado ganador entre todos los presentados por los compañeros de su empresa durante la supuesta formación, con lo que sus futuros laboral y económico están asegurados; aunque no es eso lo que más le ha emocionado a su chica, ni a lo que más atención ha prestado después de que le recordara —más que confiara— que ella ha sido siempre su fuente de inspiración constante desde que tuvo la inmensa fortuna de cruzarse en su camino.
Jocelyne da la vuelta a una esquina y encara su calle cuando a lo lejos aprecia una multitud que se hace mayor a medida que se va acercando. Cuando está apenas a una veintena de metros, alguien se gira, la reconoce y corre a su encuentro obligándole a parar en seco. Le aconseja que no siga, no debería ver la escena que el grupo de gente, arremolinada en torno a algo que observan en el suelo, le esconde con sus cuerpos. Siente que su corazón se para una, dos veces, como si le diera vuelcos con irregular periodicidad. Nadie le dice nada, pero ella intuye lo peor. Cuando consigue respirar con algo más de tranquilidad, se acerca apoyándose en otros dos vecinos menos sensibles que el primero hasta que recibe una brutal bofetada emocional cuando ve a Frédéric, ataviado con el delantal que le regaló en Navidad, destrozado en la acera dentro de un charco de su propia sangre. Tres pisos más arriba, una ventana abierta de par en par ha sido testigo mudo de la tragedia de quien no ha encontrado motivos para esperar el final que algo o alguien tendría ya decidido para él, y ahora golpea las contraventanas contra el muro demandando atención.
Juliette no necesita recordarse a cada momento que Denis la tiene en un pedestal, que la ha convertido en el eje de toda su existencia, le basta con disfrutar cada instante de su amor mutuo y complicidad y verlo y verse así de felices.
Jocelyne busca en lo más profundo de sus recuerdos y sentimientos una razón, el motivo que explique lo inexplicable: por qué su pareja ha tomado tan trágica decisión; pero también y, sobre todo, busca entender cómo es posible que ella no haya sido capaz de darse cuenta de lo que estaba pasando por la cabeza de su amado para intentar ayudarle. Mas no piensa con claridad, no puede. ¿Será sólo que no lo supo ver o es algo aún más duro? Su mente es ahora un hervidero de sentimientos, emociones y pensamientos encontrados y en un arranque de valentía —que no es sino un intento de martirizarse generado por el propio dolor— se pregunta si no será ella la verdadera causante del cruel acto especulando que tal vez no haya sido capaz de llenar la vida de su compañero y hacerle feliz.
El Sol empieza su trayecto descendente cuando tanto Juliette como Jocelyne sienten la necesidad de llamarse para contarse sus recientes vivencias; ambas se dan de bruces con una línea telefónica ocupada. No han compartido fortuna en la vida, aunque sí padres, y algo más… Gisèle, su madre, las parió a las dos el mismo día: primero a Jocelyne de parto natural, y después a Juliette, la mayor, por cesárea debido a complicaciones de posicionamiento de última hora que, por contra, evitaron el trauma propio del nacimiento por la angosta vía. El azaroso destino se empeñó desde un principio en minimizar las semejanzas de las dos hermanas gemelas ensañándose al propiciar y potenciar las máximas diferencias entre ellas. 
Según la creencia de muchos, ambas también serían hijas de un mismo dios; mas si ello fuera cierto, lo serían, no me cabe duda alguna, de un dios menor…

© Patxi Hinojosa Luján
(27/09/2016)

jueves, 22 de septiembre de 2016

Aquella sensación


No fue un sonido el que nos alertó. La impoluta estancia estaba ofreciendo durante esos días un silencio no perfecto respetado por las emociones contenidas; éstas ralentizaban cada acción mientras los susurros de nuestras conversaciones surcaban el aire cual subtítulos garabateados en él sin ánimo de molestar. Susurros, por si en un descuido de quien sabe quién hubieran podido llegar a leerse con sus —en apariencia— dormidos oídos.
Tampoco la vista nos advirtió de nada que pudiera salirse de un guion que ya nos sabíamos de memoria, el de Miradas desde mundos distantes, la triste película estrenada en los particulares cines de demasiados hogares.
Cierto es que durante toda la estadía mantuvimos la concentración para que el tacto tuviera suma importancia; mejor dicho, los dos tactos. Nos esmeramos para que el cariño y el respeto envolvieran dichos y hechos mientras, como recompensa, se nos obsequiaba con la calidez del contacto de su piel cuando acariciábamos la de sus manos y cara disimulando lloros convulsivos.
Por intuir, sospechábamos que el desenlace pudiera presentarse en cualquier momento, aunque aquí el olfato, distraído él por desocupado, nada tuvo que ver.
No, no fue ninguna alerta de nuestros sentidos lo que hizo que ese mediodía, con sólo mirarnos, tomáramos la decisión de frenar en seco y volver sobre nuestros pasos decididos así a alargar nuestra compañía diaria… hasta ese final que ya se presentía próximo y que se certificó poco después. Justo en aquellos instantes previos al desenlace tuvimos la sensación de que allí había algo más, algo diferente a todo lo que conocíamos hasta entonces; lo percibimos como una entidad intangible, sobrenatural e inalcanzable, y reveladora… A día de hoy la tenemos bien presente, porque no la olvidaremos jamás; no en vano, cuando entrábamos en los últimos cien metros de la carrera sin saberlo, nos deparó la oportunidad de acompañar su despedida en paz.
Después llegaron miradas cruzadas, barbillas trazando asentimientos, nudos en las gargantas, pulsador encendido, enfermera acudiendo; su confirmación, nuestra aceptación…  
Y con la frialdad con que nos envuelve la pena y la resignación enraizada por el inexorable paso del tiempo, ahora rememoramos el trascendente momento con toda claridad: nuestra afortunada reacción se debió a esa extraña percepción; sin duda fue provocada por aquella sensación…

© Patxi Hinojosa Luján
(22/09/2016)

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Privilegio


Los últimos días se han presentado envueltos en amaneceres perezosos. Amaneceres con el freno de mano echado, como si no quisieran ocultar la desidia de quien sabe que ha dejado en el camino parte de su alma y convive con la certeza de que, para recuperarla, deberá viajar bien lejos, al otro lado del tiempo y de los espejos. Han conseguido su propósito, nada nos ha cogido por sorpresa.
Han sido éstos unos amaneceres rácanos que no han dudado en regalarnos sus simulacros de luminosidad cargados con más mates que brillos y que, sin embargo, contaban en todos los casos con la trascendente belleza de sus predecesores.
Su estado no es sino un reflejo del nuestro, de aquellos que hemos dejado en la gatera más pelos de los que quisiéramos, y que a pesar de todo nos sentimos afortunados por haber cruzado un día nuestros caminos con el de ella; un camino que desde entonces se enriqueció día a día en una suerte de privilegio compartido por muchos.
Como su nombre, ella era feliciana, mucho, aunque desde un principio descartó la acepción despreocupada del término con un sentido de la responsabilidad que llevaba con toda naturalidad.
Hacía magia con los recuerdos, esos que más tarde —paradojas de la vida— delataron la anomalía. Pero… decía que hacía magia porque a más de tres niños embrujó con sus historias, tan largas como adictivas; y a más de dos jóvenes, y a más de un adulto… Su facilidad para el cálculo mental era tal que obviaba la existencia de ayudas tecnológicas, no las necesitaba. Vamos, que con su gracia habitual podía enlazar la recitación de uno de sus cuentos llenos de fantasía con la resolución de una compleja operación sin más respiro que el momentáneo que producía su fina ironía.
No es necesario que os diga que era generosa, tanto que ni siquiera se daba cuenta de ello. Regalaba su tiempo y su atención con la misma sencillez con que te invitaba a su mesa y a su conversación. Ella era así, todo un ejemplo a seguir sin pretender serlo.
Os diré que para algunos fue como una segunda madre, y aquí he de confesar con orgullo que el que escribe tuvo el honor de sentir que pertenecía a tan privilegiado grupo.
Y no quiero dejar pasar un detalle: Feli tuvo siempre muy buen ojo con las personas, y muy buen gusto, no en vano eligió como compañero a la mejor persona posible —todo bondad, aunque no sólo bondad—, esa que enseguida entendió y asumió que debía tomar las riendas de su relación cuando la anomalía justo empezaba a alejarla, no de nuestras vidas pero sí de nuestro mundo.
Feli fue una bellísima persona, tanto como lo es Manolo, aunque eso vosotros ya lo sabéis.
Nos dejó acompañarla hasta el final, cuando el único lenguaje posible entre los dos mundos distantes era ya el de las caricias y, en contadas ocasiones, el de las miradas cómplices; mas ella, aprovechando la última curva de su senda terrenal, consiguió despistarnos y tomar otra vereda hacia una nueva dimensión desde la que ya, estoy convencido, nos observa, vigila y protege; y también nos espera… Hasta entonces, maduraremos sus enseñanzas recordando el cariño —ese amor incondicional— y el elegante sentido del humor con el que nos las impartió. Nosotros rememoraremos nuestro esfuerzo al intentar devolver semejante generosidad con la torpeza del aprendiz, aunque con la pasión del agradecimiento. Sí, porque como dijo no recuerdo ahora quién, desde hace tiempo dormimos con la mejor almohada, la de una conciencia tranquila, lo que no evita que algunos amaneceres, sólo algunos, encontremos aquélla impregnada con la humedad de la pena que a veces, sólo a veces, se calza uno de sus disfraces favoritos, el de la añoranza…

(Para ustedes dos, queridos suegros)
© Patxi Hinojosa Luján, su «duerno»
(14/09/2016)

miércoles, 31 de agosto de 2016

Rebelde


En mi primera escuela, viendo que mis compañeros elegían su mano diestra para dar comienzo, con torpeza, a nuestra relación con los lápices de turno —los de trazo gris grafito y los de colores—, yo lo intenté con la otra hasta que se me «invitó» a renunciar a ese propósito con la sutileza que utilizaban las reglas de madera cuando «acariciaban» las yemas de los dedos. Pensaba en un mundo sin imposiciones caprichosas. Rebelde.
Tampoco me gustaron nunca aquellos otros señores. Estaba en los primeros capítulos de mi vida y llegué al extremo de tenerles miedo: me infundían terror con esas vestimentas tan negras, y con su manera de hablar y actuar. No acababa de entender por qué se arrogaban el derecho de decidir qué se podía hacer y decir y qué no, ni que nos inyectaran a presión el pánico amenazándonos con infiernos y purgatorios si no hacíamos, como el resto del rebaño, lo que nos dictaban. Tampoco soporté de muy buen grado que sólo se calzaran sonrisas, y de plástico, cuando querían camelarnos, como la ocasión en que quisieron vernos a todos ataviados igual, uniformados con esas túnicas blancas, unos hábitos diseñados para pasar por el aro de sus caprichos impuestos. Yo, como mal menor, no comulgué con semejante moda y deslicé mi rebeldía dentro de una especie de traje de calle oscuro que me quedaba casi tan mal como aquellas sotanas camufladas, pero… Recuerdo que respiré hondo y aguanté la respiración hasta que, ya preadolescente, pasó el mal trago; y lo conseguí sin confirmar nada con ellos. Soñaba aún con un mundo sin imposiciones arbitrarias. Rebelde.
Tiempo después, ya sin supervisor que moldeara mis hábitos, si la mayoría de la gente llevaba el reloj en la izquierda, yo en la derecha; que mis compañeros de fútbol jugaban con la derecha, yo centraba y chutaba con la izquierda. Rebelde. El mundo empezaba a parecerse a como lo había dibujado con aquellos lápices.
***
Os confesaré algo: llevo más de medio siglo siendo hincha del equipo de mis amores en territorio enemigo y a veces pienso, equivocado, que los insurrectos son ellos; aunque enseguida reconozco que soy yo el que se comporta como tal. Siempre he sido un poco, y lo seguiré siendo, rebelde.
***
Si a pesar de todo lo que os he contado, llegado el día os decidís a asistir a mi entierro, no perdáis el tiempo buscándome allí, no pienso acudir; con toda seguridad estaré muy ocupado observando cómo reacciona la Dama de negro cuando, después de mi último movimiento frente al tablero de sesenta y cuatro casillas, le susurre con pausa en el oscuro y vacío lugar donde debería hallarse su oído: ¡Ja-que-ma-te!…
Rebelde, sí.

© Patxi Hinojosa Luján
(31/08/2016)

miércoles, 24 de agosto de 2016

Queremos contarte algo…


El crucial momento se estaba aproximando, ya no se podía retrasar mucho más. Notaba en el ambiente la tensión previa; las conversaciones con frases más cortas de lo habitual, las respuestas monosilábicas a sus demandas, en la mayor parte de las ocasiones, no le habían pasado desapercibidas. Decidió que, llegada la ocasión, estaría preparada.
Subió a su habitación y se encerró en ella después de deslizar el pestillo de la puerta; a continuación tomó asiento frente a su escritorio. Se quitó las gafas justo un instante, el necesario para restregarse los ojos; cogió un folio y empezó a escribir:

«Queridos papás»

Paró de golpe, puso la palma de su mano izquierda abierta sobre la hoja y, retrayendo los dedos, la convirtió en una bola deforme que tiró a la papelera camuflada como canasta de baloncesto, encestando. No hubo ovación que jaleara dicho acierto, sólo la efímera satisfacción personal. Con un pañuelo de papel secó sus ojos y mejillas; cogió otro folio y volvió a empezar…

«Queridos papás:
Estoy preocupada, es que me parece que estáis enfadados conmigo porque mis notas han bajado un poco en los últimos exámenes. No os preocupéis, en los próximos volveré a tener las notas de siempre, ya lo veréis. Lo que ocurre es que he pasado unas semanas preocupada por un sueño que tuve y que me ha tenido pensando en una cosa todo este tiempo. Soñé que era adoptada, que no sois mis padres verdaderos y eso me puso muy nerviosa y triste; he estado imaginando cosas muy raras que me han distraído. ¡Qué tontería!, ¿verdad? Ahora vuelvo a estar tranquila otra vez. De todas formas, aunque eso fuera cierto, ya no me importa nada, sólo vosotros sois mis padres desde siempre y para siempre, pase lo que pase. Os quiero mucho, no lo olvidéis.
Vuestra hija.»

Dobló la hoja por la mitad y la deslizó debajo del cuaderno de mates, aunque sabía que esa precaución era del todo innecesaria.
Cuando salió al pasillo, escuchó unos susurros provenientes de la planta baja de la vivienda que no eran sino una conversación que intentaban mantener sus padres con discreción. Aquellos cesaron al instante y entonces oyó a su padre dirigirse a ella con determinación al haber oído sus pasos en el pasillo:
—Hija —tuvo que hacer una pausa para carraspear—, ¿puedes bajar un momento al salón, por favor?
—¿Pasa algo? —preguntó, intranquila, haciendo una especie de tirabuzón en su melena con uno de sus dedos.
—Queremos contarte algo…
—Voy enseguida —gritó, aún más nerviosa, mientras volvía sobre sus pasos para entrar en su cuarto y coger la nota que acababa de dejar.
Bajó al comedor.
Se sentaron los tres a la amplia mesa del centro, la chica frente a los mayores. Éstos se miraron a los ojos, asintieron al unísono, y fue el padre el que tomó la palabra:
—Como te he dicho antes, hija, queremos contarte algo.
—Esperad un momento, porfi, antes quiero daros algo —dijo ofreciendo la hoja doblada al aire donde una mano femenina se adelantó a cogerla.
La desdobló y la colocó de manera que los dos pudieran leerla. Cuando acabaron, ella apoyó la nota en la mesa y miró a su hija con ojos vidriosos; a continuación buscó a su marido con una expresión de sorpresa que fue más una solicitud de ayuda. Ambos se encogieron de hombros a la vez en una clara confirmación: la de la aceptación de que no tenían ni la menor idea de la procedencia o no de trasmitir a su hija aquello tan importante y para lo que llevaban preparándose tanto tiempo…
***
Han pasado dos días desde la trascendente reunión familiar, los mismos dos días que lleva su hogar liberado de la tensión que espesaba el aire hasta dificultar las respiraciones. Las mismas cuarenta y ocho horas que hace ya de que padres e hija se desenvuelven sin la pesada mochila que cargaban antes con el peso cada vez mayor de la verdad oculta, de la cruda confesión por realizar y escuchar.
El ambiente ha ganado en luminosidad y ahora los pasos por la vida de sus moradores son mucho más ligeros.
***
Una madre se dispone a vaciar una de las papeleras de la casa cuando repara en algo, un papel arrugado; lo desdobla y, prestando toda la atención, consigue leer con dificultad dos palabras bajo lo que piensa que es la marca, ya reseca, de una lágrima que ha hecho correr la tinta. No puede evitar que otra suya caiga justo encima de la de su hija; la deja secar sin prisa mientras se dirige a su dormitorio. Allí, escondida en el altillo del armario, a una carpeta llena de hojas —con dibujos que no esconden sus trazos infantiles— le aguarda una nueva y extraña compañía, la segunda en dos días, sin ilustraciones como la anterior pero con tanta alma como las que atesoran aquéllas.

© Patxi Hinojosa Luján
(24/08/2016)

lunes, 22 de agosto de 2016

Caricias


Ella lo acarició sin disimulo, de abajo arriba, de arriba abajo, como si su relación viniera de muy atrás. Él, mimoso, se dejó hacer mientras tecleaba en su viejo portátil, vacilante, párrafos del comienzo de su proyecto más inmediato y ambicioso que no era otro que el intento de escritura de su primera novela. Ella, como casi siempre, acabó despeinándolo, robándole una mueca de resignación.
Pasaron los minutos, y también los días, y él siguió ofreciéndose para el juego de roces; llegó un momento en el que sin las caricias no era capaz de escribir una sola frase decente. Estaba siendo seducido día tras día sin saber su pretendiente que había sido conquistado ya desde un primer momento.
***
Desde hace semanas, y siempre que no llueve, acostumbra a bajar al jardín a ejecutar su creativa tarea, por lo que pronto se ha adaptado al plácido rumor ambiente y a los olores de la naturaleza; y con bastante frecuencia está presente la misma cariñosa compañía. Tampoco ha tardado demasiado en acostumbrarse a los ladridos que le llegan del chalé más cercano; ha llegado a pensar que son producto de unos incomprensibles celos, aunque al cabo de unos días la desaparición de aquéllos le hace sospechar que el joven perro vecino o bien respeta su concentración, la que necesita para avanzar en su tarea con un mínimo de coherencia, o bien le ha declarado vencedor en aquella no declarada pugna de afecto y se retira con discreción a un segundo plano, por extraño que esto pudiera parecer.
***
Han pasado unos cuantos meses y nada es igual a pesar de no haber cambiado nada en lo esencial. La novela, con este penúltimo intento, parece que llegará a ser una realidad; avanza a buen paso y algunos de los últimos capítulos los ha escrito en compañía del cachorro, al que ahora dejan acercarse hasta «su» banco y ya se ha convertido en un amigo más. Pero casi nunca están solos, ella les suele acompañar.
Los dos disfrutan juntos de las mismas atenciones por su parte, de las mismas caricias; ninguno de los dos es discriminado por ella, la brisa tiene por norma no hacerlo.

© Patxi Hinojosa Luján
(22/08/2016)

Abandonadas


Debió colocarlo, antes de su ineludible partida, uno de los postreros huéspedes en abandonar la Villa: en la puerta principal, un cartel escrito a mano —con trazos apresurados y que reza «el último que cierre y que apague la luz»— destila el aroma de una nostalgia cercana.
A pesar de tener que invertirse el orden de las acciones de la cita, ésta no cae en saco roto y la petición se cumple en silencio, con el máximo respeto. A partir de ese instante, las instalaciones intentan fijar en su inerte memoria el recuerdo de todo lo que fue, y también de lo que no, recuperándolo de su habitáculo temporal donde mora impregnando las partículas del aire.
El espacio ha quedado en la penumbra artificial que suelen ofrecer las ventanas cerradas cuando lo son de par en par, a la espera de la oscuridad de la noche; mas cuando ésta llega de paso, unos tenues brillos plateados la desafían con sus intermitentes aunque sincronizados destellos luminosos, como si de un cortejo de luciérnagas macho se tratara. Pudieran ser los brillos de unos trofeos que no se cuelgan del cuello sino que se depositan en las almas de quienes se sienten vencedores aun sin que cámara alguna los enfoque para su vanagloria; lejos del influjo mediático, ellos son los verdaderos triunfadores, los que no se han defraudado a sí mismos ni a todo el trabajo previo realizado junto a las expectativas que se generaron. Pudieran ser, sí, pero no es éste el caso…
En un rincón de la sala de lectura, encima de una mesa baja, unas medallas intentan llamar la atención a sabiendas de que no será fácil, no por el momento. Han sido menospreciadas, olvidadas allí debido a la frustración de sus poseedores que no han podido soportar no ganar una vez más; se niegan a valorar lo que han obtenido y maquillan su despecho con la esperanza de que quizá un día sí lo consigan.
Son brillantes. Son de plata. Y han sido abandonadas.

© Patxi Hinojosa Luján
(22/08/2016)

viernes, 12 de agosto de 2016

Desde mi ventana


A través de mi ventana veo cómo el viento saca a bailar a las ramas más osadas de los árboles que custodian nuestro barrio, las que nacieron, crecieron y habitan en las zonas más elevadas de sus orgullosas copas. Los valses suenan a un volumen moderado, como para no molestar, y sus ritmos y cadencias acaban sumergiéndome en un sueño embriagador.
Una risueña algarabía me saca del letargo y dirige mi atención allí abajo, a ras de césped, adonde dirijo la vista al instante; lo que veo me saca una sonrisa, a pesar de todo: unos chicos, algunos niños pero otros no tanto, persiguen a sus particulares pokémones con la ayuda de coloridas pelotas de goma que no dañarían ni a una mosca. En un momento dado aquéllos se cansan de huir y frenan de golpe; se giran retando a sus perseguidores y, emitiendo unos cuantos ladridos que no consiguen esconder sus alegres expresiones, se lanzan a su encuentro ignorando pelotas y reglas no escritas. Caigo en la cuenta de que nadie se ausenta de la escena mirando pantalla alguna.
Una pareja lanza hacia donde corren las mascotas algunas de las pelotas que éstos han ignorado por caer en sus dominios de intimidad y ternura, y, volviéndose a parapetar detrás de un tronco de gran envergadura, continúan a lo suyo después de lanzar al aire la pregunta tantas veces repetida cuando la pasión sigue a flor de piel: «¿por dónde íbamos?»
Reparo en que un hombre de mediana edad está en uno de los bancos «sembrados» en la zona verde intentando leer un voluminoso libro; y digo «intentando» porque alterna la mirada entre las hojas de la que, no sé por qué, intuyo una novela, el desenfadado jugueteo de los chicos con sus perros y la chica que, en el banco contiguo, no para de escribir —y en ocasiones también de tachar— en las páginas de una libreta desgastada por el uso. Me lo imagino pensando que quizá —quién sabe—, sea ella la escritora «culpable» de su próxima lectura. No creo que él se imagine que nadie pueda imaginarlo así.
Yo sigo sonriendo mientras disfruto de mi privilegiada posición, pese a esta ciática que pugna con el incipiente dolor de muelas en un intento de impedir —sin conseguirlo— que preste atención a escenas como las anteriores, que de veras merecen la pena; eso sí, de momento seguiré haciéndolo desde mi ventana…

© Patxi Hinojosa Luján
(12/08/2016)

martes, 9 de agosto de 2016

Cartas a tres manos


La vivienda conserva la apagada decoración que su propietario, con la desidia de quien no piensa utilizarla, escogió para ella antes de ofrecerla en alquiler. Hace tiempo que los floreados papeles pintados que decoran el salón, con predominio de unos grises tonos marrones, permanecen invisibles a los ojos de quienes no se han atrevido a cambiarlos por aquello de la incómoda provisionalidad, a pesar de que desde un principio echaron en falta unos colores más alegres. Para compensar, de cuando en cuando sacan de sus chisteras chispazos de ilusión que esparcen sin control para enriquecer las escalas cromáticas que colorean sus universos particulares; por paradójico que pueda parecer, algo de esto ocurre ahora cuando se apagan las seis bombillas que iluminan desde la lámpara de su techo dicha estancia y ésta queda en la acogedora penumbra que ofrecen unas pocas velas colocadas en lugares estratégicos. Enfrentadas en torno a una mesa baja de madera, dos figuras gesticulan, parece que se disponen a hablar…

—¡Mamá, carta de papá! —Al instante, unas miradas cómplices se cruzan, inseguras, en un repentino silencio que enseguida desaparece.

El padre de la chica que acaba de hablar, esposo a su vez de la interlocutora de ésta, se levanta de su sillón favorito mientras carraspea y menea la cabeza en un claro gesto de disconformidad. Reflexiona un instante y piensa: «es sábado, y los sábados está prohibido enfadarse». Lo piensa, sí, aunque rara vez él conjuga ese verbo, no importa el día que sea de la semana.

—A ver, hija… déjate de bromas, ¡chistosa!, respeta tu rol, ¡que tú aún no has nacido, por Dios! Recuerda que hoy interpretas el personaje de mamá, aún soltera, y que la carta es de su novio, que está en la mili. Ya sabes que en esta primera parte tu madre hará de tu abuela, y que es ella la que informa de que has recibido correspondencia, ¿ok?

El varón vuelve a sentarse y continúa con su discurso:  

—Si no tenéis paciencia y os leéis con atención el guion, ¡las dos!, esta escenificación estará condenada al fracaso más absoluto y la sorpresa que quiero prepararle al «Tito» se quedará en nada —el grandullón que así habla, no obstante, no aparenta enfado alguno mientras dirige estas palabras a las improvisadas actrices, huelga decir que aficionadas ambas—. Como te adelanté, hija, tú tendrás que leer, si no consigues memorizar, lo que está escrito en negro, y mamá tiene que hacer lo mismo con lo que está en rojo, ¿lo habéis entendido las dos? Pues venga, nos tomamos media hora para releer el texto y lo intentamos de nuevo desde el principio, y así de paso bebo algo, que me muero de sed, ¿de acuerdo? —La emoción y los nervios han hecho acto de presencia secándole la boca.
—¡De acuerdo! —sueltan al unísono las mujeres, aunque quince minutos después su impaciencia ya está pidiendo permiso para retomar la acción, permiso que es concedido.

De nuevo llega el turno para el teatro, ahora en serio:

—¡Hija, carta de tu novio! —exclama la madre, quien fuera destinataria en la vida real de unas cuantas misivas similares casi treinta y seis años atrás; mientras, realiza un esfuerzo ímprobo para no dejar escapar una gran sonrisa que no figura en el guion.
—¡¡¡Bieeeeeeeen!!! Casi me quedo sin paciencia y sin uñas; ni ayer ni anteayer he recibido correo y la espera se me estaba haciendo muy larga, demasiado. Con tu permiso, voy a mi cuarto a leerla con tranquilidad. —La chica, esta vez sí, se ha metido en su papel a la perfección, interpretando a su joven madre cuando ésta aún no llegaba a su propia edad.
—No creo que te diga nada que no puedas leer aquí, ¿no?, ¿o es que es de esos frescos que le dicen cualquier impertinencia a las mozas y hacen que se ruboricen?
—¡Mamá, ya te he dicho un montón de veces que Eduar es buena gente, demasiado buena gente incluso…! —Se toma una licencia al estar ensayando e improvisa un guiño cómplice como regalo para su padre quien, atento, alterna la mirada entre las que son su hija y su mujer en la realidad y que interpretan a su novia y a su futura suegra de antaño, y siente que está orgulloso de ambas.

La escena continúa y la joven aprendiz de actriz, que hace un ademán para indicarnos que se cambia de cuarto, aparenta leer la carta. Ésta no es sino un folio que, después de desdoblarse, se delata al no contener palabra alguna. Poco después invierte el gesto para indicar la vuelta a su posición inicial.

—¿Y qué, qué te dice tu amado amante? —apremia, con algo de sorna, la figura de la madre.
—Pues lo de siempre, mamá: que me quiere mucho, que me echa de menos lo que no está escrito, que las horas se le hacen eternas y que no ve el día en que por fin le licencien para regresar a casa y ya no volver a separarse más de mí. —Gesticula aquí una sonrisa bobalicona, con una exageración premeditada, precediendo a un instante de meditación dentro de un respetuoso silencio.

Acabado el breve momento de reflexión, añade:

—Y, como siempre, la firma es suya, sí, pero el trazo del resto de la carta es diferente. A mí no me engaña, me da a mí que ese compañero suyo del que nos habla las pocas veces que consigue comunicarse por teléfono, como si de su amigo más querido se tratara, algo va a tener que ver… De ésta no pasa, tengo que preguntarle sin rodeos si le encarga que escriba las cartas en su lugar. En todo caso, poco me importa porque lo que leo siempre acabo sintiéndolo como si me lo recitara su propia voz desde su corazón, lo conozco bien…

Llegados a este punto, su madre frunce el ceño, algo desconcertada puesto que desconoce estos extremos al haberse concentrado en su propio texto, ciñéndose en exclusiva a su color; y lo está también por su evidente inocencia.

—Vais muy bien chicas, ¡eso es! —interrumpe, fuera de programa, el varón de la casa, esquivando la sonrisa que intenta aparecer.

La novia coge un nuevo folio en blanco, que en esta ocasión no engaña a nadie, y hace como si, de nuevo en su cuarto y de manera teatral, procediera a redactar la respuesta mientras murmura lo que va escribiendo, en teoría, pero sin que nadie pueda entender nada. Después vuelve a su posición inicial.

—Bueno, ya está, iré ahora mismo a echar la carta al buzón de la esquina para que la reciba lo antes posible —comenta con gesto radiante.
—¿Al final, le has preguntado sobre esa duda que tienes? —Quieren saber, presa de la curiosidad, las dos madres, la de la ficción y la de la vida real, porque así se indica en las líneas de color rojo, y porque la novia del pasado empieza a intuir que algo se le ha escapado durante todo este tiempo.
—No, al final no. Prefiero que me lo diga cuando le apetezca, si es que le llega a apetecer algún día. Al fin y al cabo, como he leído hace poco no sé dónde, «los regalos, los tesoros, nunca, pero nunca, son lo que contienen las cajas, sino siempre las manos que los ofrecen, ¡siempre!» Esta frase me ha marcado y creo con sinceridad que aquí, salvando las distancias, puede aplicarse a la perfección. No me importa nada en absoluto el medio que haya utilizado Eduar para recordarme lo que siente por mí. Es más, si ha tenido que acumular el coraje suficiente para solicitar semejante favor, creo que ello le da más valor, si cabe… —La madre no sabe ya qué pensar, aunque el hecho de que su guionista y director particular les haya dicho que queda aún un segundo acto que se representará al día siguiente, le tranquiliza un tanto, a pesar de no haberles entregado ningún texto adicional.

Unas pocas frases después acaba el ensayo y vuelve la cotidianidad de los días apresurados, aunque ahora no todo siga igual; quizá nadie repare en ello de momento, pero se puede apreciar una flamante luz en la casa, como si algunos de los ramos que adornan la pared del comedor presentaran flores nuevas con múltiples y vivos chispazos de color, desafiando al predominio de los tristes marrones y a su suerte de abuso.
El paso del tiempo muestra una vez más su inexorabilidad y a la siempre misteriosa noche le sigue un nuevo amanecer, que si bien es desesperanzador en ocasiones, en otras como ésta no lo es en absoluto.
***
La cocina recibe los aires del domingo con la ventana abierta de par en par; el Sol se acaba de levantar y su luz ya inunda el ambiente ayudada por el blanco de los muebles y electrodomésticos, que la magnifican. La animación que se observa a tan temprana hora no es nada habitual en días que, como éste, son de teórico descanso; ello bien pudiera ser debido a que la impaciencia se muestra aquí como un personaje más de la escena.

—¿Qué nos toca hacer hoy? —preguntan casi al unísono, intrigadas, las dos ilusionadas actrices noveles sin siquiera haber terminado sus respectivos desayunos.
—En primer lugar, repetir de manera oficial todo lo de ayer; después vendrá un ejercicio de improvisación. Cuando llegue el momento ya os avisaré, espero que no se demore; aunque ya os adelanto que vais a pasarlo bien. —Eduar mira su móvil, inquieto, a pesar de ser consciente de que, como en la mayoría de las ocasiones en que repite esta acción, retira la vista sin haber memorizado qué hora es.

Pasan un par de horas hasta que suena el timbre de la puerta y el que la franquea cuando es abierta no es otro que el «Tito», que había anticipado su visita una semana antes a su amigo, aunque a éste se le hubiera «olvidado» comentarlo con su familia. Después de las salutaciones de rigor, besos y sentidos abrazos incluidos, y de colocar en el frigorífico la botella de champán que trae como presente, se le insta a que tome asiento en la butaca central del salón, que hoy no utiliza Eduar, previo ofrecimiento del aperitivo que ese momento, por ser media mañana, demanda.
Unos minutos más tarde, y dejando la estancia a esa media luz ya familiar para ellas, las chicas proceden a representar las escenas ensayadas el día anterior bajo las atentas miradas masculinas, fija la del invitado e inquisitoria en tres direcciones la del promotor del evento, muy concentrado y más emocionado.
Acabada la corta función se instala en el ambiente un incómodo aunque breve silencio que es cortado por una salva de sinceros aplausos masculinos.

—¡Qué sorpresa, ya no me acordaba de esa anécdota! —suelta el visitante a bocajarro.
—Bueno, ahora entramos en la parte de la improvisación, porque lo que viene no está escrito, ja, ja, ja. —Eduar parecía estar disfrutando al imaginar que sucedería lo que esperaba.
—¿Vais a explicarme de qué va todo esto, par de pillastres? —La esposa, un tanto incómoda, requiere una respuesta por parte de los varones, una respuesta que empieza a entrever aunque no quiera reconocerlo.
—Pero mamá, ¿de veras no has entendido lo que nos ha querido explicar papá relacionándolo con la visita de este granuja? —interviene la hija, entre carcajadas, mientras propina un medido codazo al «Tito».
—La verdad —piensa éste en voz alta mientras teatraliza un exagerado gesto de dolor en su costado—, como en su día no le di ninguna importancia, esos recuerdos se habían escondido en lo más profundo de mi memoria junto con otros de la misma época. Ahora los visualizo con claridad y las sensaciones que me vienen son muy gratificantes. —Dicho lo cual se levanta de su privilegiada ubicación para dar un abrazo a su amigo del alma bajo la atenta mirada de las chicas.
—Entonces —vuelve a intervenir la madre, más tranquila—, ¿es cierto que todas las cartas que me enviaste desde el cuartel las escribió tu amigo y tú sólo las firmaste?
—Veo que todo este montaje ha servido para algo, cariño… Y te diré, en mi defensa, que yo siempre le dictaba lo que quería decirte, y él a veces, sólo a veces, le daba una vuelta si no le gustaba del todo cómo quedaba. Me refiero a las formas, nunca al fondo, ¡que quede claro! ¡Y lo bien que me quedaba la firma…! —añade en tono humorístico el novato director teatral como queriendo rebajar una tensión que, por otra parte, ya ha desaparecido por completo.
—Recuerdo que ya por aquel entonces —interviene de nuevo el invitado—, no te gustaba nada escribir, Eduar, aduciendo mala letra, por lo que aprovechabas que yo le escribía casi diario a mi chica para camelarme y que así, ya puestos, añadiera unas cuantas líneas más. Ahora sería incapaz de hacerlo, he perdido casi por completo la costumbre de escribir a mano y me cuesta una barbaridad. Señora —añade imitando un ademán de galanteo de época—, espero que esta revelación no la haya incomodado, al fin y al cabo era eso o que se espaciara bastante más la llegada de noticias y doy por supuesto que tal posibilidad no le hubiera agradado lo más mínimo.

La «Señora» asiente, risueña, y busca con la mirada a su marido.

—¿Quieres que te diga algo, cariño?, si en su momento intuí algo, te aseguro que ahora no lo recuerdo en absoluto. Y, asumiendo como propio lo que ha interpretado nuestra hija cuando me personificaba, te diré que no me importa, al contrario, me siento orgullosa de ti; y… ¡muchas gracias por prestarme tan bellas palabras!  —Se acerca a él y le da un discreto pero sentido beso en los labios que deja el sabor de la promesa de una sesión de pasiones pendiente… sólo hasta que llegue el oportuno momento de intimidad.

Eduar, satisfecho por cómo se va desarrollando todo, recuerda algo de pronto y se dirige al tocadiscos; deposita allí la aguja sobre los surcos de la canción Whatever You Want, del disco homónimo de los Status Quo. En el instante en que empieza el estribillo, las damas de la casa se ponen a cantarlo al unísono con un repetido «queremos champán». Ellas recuerdan a la perfección lo que Eduar les contó en más de una ocasión: que él y su colega allí presente cantaban así la famosa estrofa de dicha canción cuando se evadían —dejémoslo ahí— en el bar del cuartel y la pinchaban un día sí y otro también en el jukebox del mismo.
Mientras, haciéndoles los coros a las chicas, los dos amigos sirven cuatro copas del dorado líquido que ya ha recuperado la temperatura adecuada. Quedan aún unas cuantas historias por las que bien merece la pena mirarse a los ojos y chocar unas copas.
***
El cielo vuelve a estar generoso esta noche y nos ofrece un regalo para la vista en forma de un círculo perfecto, brillante y plateado: la Luna, que sale a pasear con la certeza de que, como en ocasiones anteriores en que se muestra plena, se quedará sin poder charlar con el Sol porque la recibirá la oscuridad de la noche. Sigue siendo la reina de la bóveda celeste, pero en su soledad pugna con unas velas que se van consumiendo más rápido de lo que sería deseable. En la intimidad de un salón que mantiene la calidez de unas conversaciones repletas de historias recobradas, en un momento dado una ligera corriente de aire disfraza de guiño la mirada de aquellas velas; los cuatro ocupantes no se dejan engañar y coordinan una mirada que busca más allá de la ventana abierta en la creencia de que dicho efecto ha sido obra del satélite, que se ha pasado a saludar. Agradecen el figurado gesto con una reverencia teatral y continúan con el sano ejercicio de buscar nuevas excusas por las que brindar, a pesar de que hace tiempo se agotó el champán…
***
El telón tarde o temprano terminará por bajar y, como nosotros ya hemos presenciado más que suficiente, procedemos a retirarnos con discreción.

(Este texto parte del relato «Cartas a dos manos», ampliado y mejorado con la valiosa ayuda de Gabriel Frau Gomila)

© Patxi Hinojosa Luján
(10/12/2015-04/08/2016)

lunes, 8 de agosto de 2016

El regreso


Tomó la última curva y entonces la vio allí, al fondo del camino, desafiante. En ese momento los pensamientos se amontonaron en su cansada mente; se deshizo de los superfluos y se quedó con la sensación de alivio que le inundó al sentirla tan cerca. Siguió caminando mientras iba interiorizando la firme idea de que su regreso, esta vez, era para quedarse.
El camino se bifurcaba a cincuenta metros del destino y justo en el vértice de la escorada «Y» decidió tomar el ramal izquierdo para entrar en su casa por detrás. Nervioso, buscó la llave en su riñonera y con ella en la mano llegó hasta la puerta. Intentó introducirla en la ranura pero no pudo; pensó que quizá se hubiera confundido pero enseguida desechó esa idea: la llave era esa, no cabía la menor duda. Inspiró y expiró con calma, a fondo, y lo intentó de nuevo, sin éxito. Iba a probar por tercera y última vez, a sabiendas de que el resultado sería el mismo porque el inquilino había cambiado la cerradura con total seguridad, cuando oyó un fuerte portazo proveniente del otro lado de la casa, de su puerta principal.
Buceó un instante en sus recuerdos y corrió en el sentido de las manecillas del reloj todo lo rápido que pudo esquivando los obstáculos —ornamentales, pero también naturales—, bordeando los muros en lo posible hasta llegar al punto del estruendo. Llegó jadeando, y mientras a su derecha aún pudo ver el colgante que, con un sutil balanceo, nos acogía con el «Ongi Etorri» y que trajo de su anterior viaje, a su izquierda, en el ramal derecho que no tomó al final del camino, una figura caminaba decidida, alejándose a buen paso, como escapando de algo o de alguien. La llamó en el silencio de un requerimiento mental con un grito mudo que no era sino una orden. Obtuvo un resultado inmediato: Vio que aquélla frenaba en seco aunque no se giró; miró por encima del hombro para regalarle una sonrisa que escondía toda una declaración de intenciones y continuó, ahora con paso más moderado, hasta perderse tras la primera curva, que ya nunca más sería la última.
Se sentó a descansar en un banco del jardín. No necesitó quitarse antes la pesada mochila negra y naranja: hacía unos minutos que descansaba en la espalda de quien ya se alejaba por el conocido y transitado sendero, ancho y, como casi siempre, herboso.
***
Un rústico y bello asiento de madera tallada es testigo privilegiado de un hecho no muy frecuente que es amparado por la oscuridad con que lo envuelve la noche: una silueta humana se va difuminando poco a poco, mas su esencia vital continúa en el acomodo corpóreo que le da quien lo vuelve a intentar una vez más...

© Patxi Hinojosa Luján
(08/08/2016)